domingo, 20 de agosto de 2017

Materia jubilosa. Poesía de Julio Valle Castillo.

Materia Jubilosa. Julio Valle Castillo.
Editorial Nueva Nicaragua, 1986.
El libro Materia Jubilosa, de Julio Valle Castillo, fue publicado en 1986 pero, de acuerdo con las fechas que aparecen al final de algunos de los poemas, tal parece que fue escrito entre 1977 y 1982, es decir, poco antes y poco después de la caída de Anastasio Somoza Debayle y la toma del poder por el Frente Sandinista de Liberación Nacional. 
Pese al dolor acumulado por una larga lucha en que se perdieron muchísimas vidas, después de la caída de una dictadura tan prolongada que parecía eterna, por primera vez en décadas en Nicaragua empezaba a mirarse el futuro con optimismo. Lo que pasó luego ya es otra historia, así que concentrémonos en el momento. Terminaba un largo y doloroso capítulo en la vida del país y empezaba una nueva etapa que, de primera entrada, parecía prometedora.
La alegría, el júbilo, era el sentimiento imperante en medio de los destrozos que habían dejado los enfrentamientos armados y el luto que se guardaba por los seres queridos que habían perecido en ellos. Los caídos, cuyos nombres eran recordados con admiración y agradecimiento, adquirieron categoría de héroes. La memoria se remontaba muchos años atrás, hasta el héroe principal, Augusto César Sandino, llamado El General de los hombres líbres, primera víctima del primer Somoza.
La vida de Sandino fue trágica desde antes de su nacimiento. Su padre, Gregorio Sandino, era un rico hacendado que tuvo hijos con varias campesinas que trabajaban en sus tierras. La Margarita Calderón, madre de Sandino, fue una de ellas. Aunque fue reconocido por su padre y llevó su apellido, por ser hijo de una aventura extramarital, la categoría del niño Augusto fue, en la casa paterna, apenas algo más alta que la de los numerosos peones. Anastasio Somoza García, quien tendió la trampa, acabó derrocando al poco tiempo al presidente Sacasa.
Augusto César Sandino. (1895-1934)
Durante los últimos años veinte y primeros años treinta del siglo pasado, Sandino lideró una rebelión armada contra la presencia de tropas militares norteamericanas en su país. Invitado por el presidente Juan Bautista Sacasa a firmar la paz, Sandino acudió a la cita pero fue secuestrado y asesinado poco después del encuentro. El General
Hubo repetidos intentos por sacar a Somoza del poder, pero todos fracasaron. A la larga, Somoza murió durante una cirugía tras recibir los disparos de Rigoberto López Pérez quien fue ametrallado inmediatamente después del atentado y tal parece que actuó solo. Los hijos de Somoza, Luis y Anastasio, lograron controlar el gobierno durante más de veinte años tras la muerte de su padre, pero finalmente, Anastasio Somoza Debayle acabó abandonando el poder y el país en 1979.
Todo el dolor de la lucha y toda la alegría del triunfo es lo que Julio Valle Castillo logró plasmar en su libro Materia Jubilosa. Pero no se trata de una crónica, ni de un ensayo histórico, ni, mucho menos, de un manifiesto político o un panfleto progandístico, sino de un libro de poemas verdaderamente hermosos, con tenue sabor agridulce, que parece escrito con sonrisa en los labios y lágrimas en los ojos.
Bellísima es la dedicatoria. "A todos los muertos porque ellos han puesto la vida", como también es bellísima, definitivamente bellísima, es la primera parte, titulada Ronda tribal para el nacimiento de Sandino, en que con imágenes bucólicas retrata el parto y la infancia del héroe, en cuyos labios pone un monólogo impresionante.
Se ocupa luego, hombre por hombre, de los hombres del Estado Mayor de Sandino, nicaragüenses, salvadoreños y hondureños. Salta luego en el tiempo hasta la matanza de Monimbó, en que la Guardia Nacional atacó la población poco después del asesinato del Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. Continúa con epitafios de los caídos en la lucha contra la tiranía, dedica a cada uno un poema. Desde los más conocidos, como Rigoberto López y Leonel Rugama, hasta aquel cuyo nombre se ignora. La última parte es la más personal, en que menciona a seres queridos cercanos, amigos y familiares, con quien compartió angustias e ilusiones.
La alegría y el optimismo tras el fin de la dictadura de Somoza fueron intensos, aunque hayan durado poco. No creo que haya hoy nadie que soporte leer los discursos, proclamas, manifiestos, ni propuestas gubernamentales de aquella época. Todo lo dicho entonces, ya se sabe, terminó en letra muerta. Pero quien se acerque a los poemas de Materia Jubilosa, de Julio Valle Castillo, inevitablemente entrará en sintonía con las emociones, tanto dolorosas como alegres, que, en determinado momento de su historia, estremecieron a todo un pueblo.
INSC: 1990

Augusto César Sandino.
Mientras la Margarita cumple el oficio 
de la mujer preñada que es soñar despierta
hace los menesteres del día: lava y tiende
cocina y vuelve, va y viene y anda dormida
se le caen los párpados, bosteza y bosteza
refriega los ojos llorosos de leña verde.

Otro hijo nacerá sólo de mujer
que la madre es madre para cien hijos
que el hombre padre para ninguno

Si el padre desmemoriado alguna vez lo reconoce, 
recuerda la aventurita
el desliz de la carne
si ya el cabeza de familia honorable teme la mancha
en la solapa y el corbatín
al instante que posa para la foto
con botines de charoles y zapatos blancos de tango,
busca al niño y mete al hijo por el zaguán de la casa
a ser hijo-de-casa, a comer con los criados y conciertos
a vestir ropa vieja, en desuso, de los hermanos.
Y así llega a la adolescencia
y el adolescente a hombre correcto:
capaz de guardar los negocios del padre.
Manojo de zacate, güate, perro bueno, fiel y moto.

El poeta Julio Valle Castillo.

sábado, 19 de agosto de 2017

Mons. José Vicente Salazar y la JOC de Costa Rica.

Memorial a Mons. Dr. José V. Salazar
Fundador de la Juventud Obrera Católica
de Costa Rica. Francisco Vindas Chaves.
Ediciones CECOR, Costa Rica, 1995.
Existen numerosos estudios históricos sobre la acción social de la Iglesia católica en Costa Rica, pero la mayoría de ellos suele concentrarse en las figuras de los obispos Bernardo Augusto Thiel y Víctor Manuel Sanabria, así como en el reformismo del General Jorge Volio y, salvo la honrosa excepción de La Iglesia y el sindicalismo en Costa Rica, de James Backer, suelen pasar por alto la obra y figura de Monseñor José Vicente Salazar Arias (1913-1962), quien fue el lider la Juventud Obrera Católica, dirigió un agerrido semanario, fundó un instituto secular y construyó el templo de la Medalla Milagrosa en calle 20.
En 1995, la Conferencia Episcopal de Costa Rica publicó una investigación realizada por el Dr. Francisco Vindas Chaves sobre la vida y obra de este prelado. El libro brinda un retrato bastante completo de este singular personaje, así como de sus múltiples y, en ocasiones, polémicas actividades.
José Vicente Salazar Arias nació en San José, el 8 de abril de 1913. Fue el primero de los tres hijos que tuvieron José Joaquín Salazar Peraza y Melchora Arias Porras. La familia era muy católica. Siendo joven, su madre quiso ingresar como religiosa en la congregación de las Hermanas de Sión, e incluso viajó a Francia con tal propósito pero, por motivos de salud, regresó a Costa Rica y eventualmente acabó contrayendo matrimonio. Su abuelo paterno, Dionisio Salazar, era ebanista y le enseñó el oficio a su hijo, José Vicente Aguilar Peraza quien era además sacerdote. Los confesionarios de la catedral metropolitana de San José fueron elaborados por el padre José Vicente Salazar Peraza, cuyo nombre sonó como posible candidato al episcopado tras la muerte de Monseñor Thiel en 1901.
Al igual que su tío y tocayo, José Vicente Salazar Arias, optó por el sacerdocio. Como tenía la cara redonda y colorada, en el Seminario le pusieron el apodo de "Manzanita" que, muchos años después y por las mismas razones, también se le dio a Monseñor Román Arrieta Villalobos.
Como el joven seminarista destacó en los estudios, el arzobispo Rafael Ottón Castro lo envío a Europa, en 1938, para que obtuviera un doctorado. En Bélgica, su primera parada en el viejo continente, José Vicente Salazar conoce a quien sería su modelo y mentor, Monseñor Joseph Cardijn (1882-1967), fundador de la Juventud Obrera Católica, gran figura del catolicismo de acción social, quien, casi al final de su vida, fue nombrado cardenal.
La II Guerra Mundial estalló al año siguiente de su arribo a Europa y, aunque logró culminar con éxito su doctorado, sufrió penurias por el conflicto. Cinco jóvenes estudiantes costarricenses quedaron atrapados en Italia por la guerra: el padre Salazar, Otto Jiménez Quirós, que estudiaba arquitectura, Carmelo Calvosa Chacón, Fernando Escalante Pradilla y Carlos Collado Martínez, que estudiaban medicina. Salvo Carlos Collado Martínez, que fue asesinado por los nazis y en cuya memoria se levantó un monumento frente al edificio metálico, los demás estudiantes lograron volver al país, pero a su regreso estaban tan flacos que hasta a sus propios familiares les fue difícil reconocerlos.
Mons. José Vicente Salazar Arias.
(1913-1962)
El padre Salazar regresó en 1942 y tuvo oportunidad de acompañar a sus padres en sus últimos días. Ambos murieron, con una semana de diferencia, en 1943.
Solamente durante un tiempo, y bastante breve por cierto, el padre Salazar ejerció un curato. Fue párroco de Heredia. En Europa, además de aprender a hablar italiano, francés y alemán, estudió a fondo la Doctrina Social de la Iglesia y quiso dedicar sus energías a la promoción cultural e intelectual de los jóvenes trabajadores. La Juventud Obrera Católica (JOC) nació en Bélgica en 1924, fundada por Mons. Cardijn. El 27 de noviembre de 1942, el mismo año de su retorno a la patria, el padre Salazar fundó la JOC de Costa Rica, que pronto logró atraer a numerosos afiliados. Como tribuna y medio de comunicación, publicaba un periódico, El luchador, que circuló sin interrupción cada sábado, desde el 29 de mayo de 1943 hasta el 28 de junio de 1959. El semanario se identificaba como "Organo de combate de las organizaciones obreras católicas" y tenía como propósito "la elevación cultural, religiosa, moral, económica y social de los trabajadores de Costa Rica."
En el libro aparecen reproducidos varios artículos de tono encendido y vehemente, con llamadas a la acción más que a la reflexión. Los temas iban desde las secuelas del divorcio hasta la incoveniencia de los contratos del Estado con las compañías privadas generadoras de energía eléctrica. Las propuestas eran en alguna medida de tono socialista, pero la posición era claramente antibolchevique. Se criticaba al capitalismo y al mercado tanto como al marxismo y a la Unión Soviética. Pese al contenido incendiario de su periódico, el padre Salazar sostenía que la JOC no era, ni sería jamás, un movimiento político.
El 15 de setiembre de 1943, en el desfile a propósito de la promulgación de las Garantías Sociales, los jóvenes de la JOC desfilaron separados de los trabajadores afiliados a la confederación sindical Rerum Novarum, que dirigía el padre Benjamín Núñez y que contaba con el apoyo de Monseñor Sanabria.
Aunque ambos mantenían cierta cortesía en su trato, las diferencias del padre Salazar con Monseñor Sanabria eran profundas y frecuentes. Salazar no estuvo de acuerdo con la decisión del obispo de retirar a los padres paulinos del Seminario y nombrar en su lugar, como formadores, a sacerdotes locales con menor preparación intelectual. También le preocupaba la cercana relación de Sanabria con el líder comunista Manuel Mora Valverde. El padre Salazar mantenía correspondencia con Monseñor Giovanni Battista Montini (el futuro Papa Pablo VI) a quien había conocido en Roma en sus tiempos de estudiante y se dice que escribió a Roma (no se sabe si a Montini o a alguien de menor jerarquía), acusando a su obispo de comunista. 
Entre otras actividades, el padre Salazar fundó La Casa de la Juventud, una pensión para estudiantes y jóvenes trabajadores, el Instituto Vocacional San Pío X y el Instituto Secular Opus Mariae, conocido como "los pericos", por su hábito verde. También creó una organización católica de Boy Scouts para, según él, contrarrestrar la influencia masónica de la organización. Entonces aún no estaba claro si Sir Robert Baden-Powell, el fundador de los Boy Scouts, era masón, pero tras una polémica que sostuvo el padre Salazar con el escritor Roberto Brenes Mesén, Monseñor Sanabria le ordenó mantenerse fuera del escultismo.
Pese a la situación tensa que mantenía con el padre Salazar, Monseñor Sanabria acogió calurosamente la visita que realizó Monseñor Cardijn, fundador de la JOC, a Costa Rica y participó, junto con el Presidente Teodoro Picado, en el congreso nacional de la organización.
En 1948, sin comprometer a los miembros de la JOC en la declaración, el padre Salazar manifestó clara y abiertamente su apoyo a don José Figueres Ferrer. Una vez instalada la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por don Pepe, el padre Salazar participó en una fallida iniciativa de la Junta para solicitar a la Santa Sede que creara más diócesis en Costa Rica. Unos vieron en esta actuación un intento de remover a Sanabria, mientras que otros consideraron que Salazar, en el fondo, no hacía más que procurar su propio nombramiento como obispo.
Tras la muerte de Monseñor Sanabria, su sucesor, Monseñor Rubén Odio tuvo, al menos al inicio, una buena relación con el padre Salazar. Lo nombró canónigo y le brindó total apoyo a sus iniciativas. Sin embargo, tras un incidente en el congreso mundial de la JOC, en Roma, el arzobispo destituyó al padre Salazar de su cargo y puso en su lugar al padre Francisco Herrera Mora. Al momento del cambio, la JOC de Costa Rica estaba ya prácticamente disuelta. El padre Salazar quedó aislado en su Casa de la Juventud, contigua al templo, dedicado a la Medalla Milagrosa, que había construido en calle 20. Cuando alguien lo visitaba solía responder que se encontraba a gusto en su "caracolito".
Monseñor Odio murió el 21 de agosto de 1959 y pasaron más de ocho meses antes de que se anunciara su sucesor. Durante ese periodo, se pensó que existían posibilidades de que Monseñor Salazar fuera nombrado obispo. Era joven y había demostrado estar lleno de energía, tenía título de Doctor, hablaba varios idiomas y, pese a sus conflictos con los obispos Sanabria y Odio, tenía buenas relaciones con el clero, su conducta era intachable y su apego a la doctrina indiscutible. Contaba, además, con poderosas amistades, entre ellas el cardenal Montini, con quien se carteaba y el cardenal Carlo Chiarlo, que había sido Nuncio Apostólico en Costa Rica y le tenía en alta estima.
Pero todas las ilusiones de los simpatizantes del padre Salazar se vinieron abajo el 7 de mayo de 1960, cuando fue anunciado el nombramiento de Monseñor Doctor Carlos Humberto Rodríguez Quirós, como nuevo arzobispo de San José.
Si las relaciones del padre Salazar fueron tensas con Sanabria y Odio, con Monseñor Rodríguez Quirós alcanzaron puntos de verdadera confrontación, ya que no compartían puntos de vista en casi ningún asunto. Mucho más enérgico y mucho menos paciente que sus predecesores, Monseñor Rodríguez Quirós no estuvo dispuesto a tolerar un cura que actuara por la libre como si no hubiera autoridad sobre él y lo tuvo a mecate corto y bajo estricta vigilancia.
En 1961, el padre Salazar celebró sus veinticinco años de sacerdocio con un almuerzo al que invitó a trescientas personas pobres, entre las que había mendigos e indigentes, a quienes atendió espléndidamente y despidió con regalos. Al año siguiente falleció a la edad de cuarenta y nueve años.
Poco antes de morir, viajó a Italia y visitó al Padre Pío de Pieltrecina. El libro recoge el testimonio de alguien que afirma que el padre Pío se le acercó a Monseñor Salazar y le dijo: "Nunca serás obispo. Regresa a tu tierra, porque tu hora está próxima."
INSC:  2736

domingo, 13 de agosto de 2017

La obra en prosa de Eunice Odio.

La obra en prosa de Eunice Odio.
Rima de Vallbona. Editorial Costa Rica
Costa Rica, 1980
Aunque su vida fue corta y solamente llegó a publicar tres libros de poesía, Eunice Odio ha llegado a ser considerada una de las grandes figuras de la literatura costarricense. Se le han erigido dos monumentos, uno en la Facultad de Letras de la Universidad de Costa Rica y otro en los jardines del Teatro Nacional. En los años noventa, su nombre identificó a un memorable taller de poesía activa en que figuraron valiosos escritores jóvenes del momento. Convertida en figura de referencia, cada cierto tiempo algún artículo mantiene despierto el interés por esta gran escritora. Su poesía, pese a lo enigmática que pueda resultar en ciertos momentos, no deja de cautivar a los lectores que entran en contacto con ella.
En una de sus cartas, Eunice comentó, con cierta amargura y hasta resentimiento, que Octavio Paz le dijo "en el colmo de la solemnidad", que su poesía, como la de Blake, Saint John o Pound, al crear una mitología propia, es de la que nadie entiende hasta años, o incluso siglos, después de que los autores han muerto.
Lamentablemente y sin que hubiera que esperar tanto, la poesía de Eunice Odio empezó a ser conocida en Costa Rica cuando ella ya había fallecido.
Nacida en San José, en 1919, Eunice fue una niña curiosa e inquieta que, desde muy pequeña, solía escaparse de la casa para explorar el mundo. Aunque la ciudad de San José no pasaba de ser un pueblo grande en que todos se conocían, sus padres sufrían cada vez que tenían que salir a buscarla. Sin embargo, en cuanto aprendió a leer, dejó de vagabundear sola por las calles y comenzó a sumergirse en el mundo de los libros. Pocos años después de la muerte de su madre, Eunice, muy joven aún, contrajo matrimonio pero la unión no duró mucho.
En 1945, como casi todos los jóvenes inquietos de su generación, publicó algunos escritos suyos en el Repertorio Americano que dirigía don Joaquín García Monge. 
Su primer libro de poesía. Los elementos terrestres (1948), ganó un premio centroamericano en Guatemala. Eunice fue a recogerlo y, fascinada por la intensa actividad social y cultural del gobierno del Dr. Juan José Arévalo. se estableció en Guatemala de 1948 a 1953. Adoptó la ciudadanía guatemalteca, viajó por todo el istmo centroamericano, entabló amistad con Claudia Lars, Miguel Angel Asturias, Augusto Monterroso y Otto Raúl González, y hasta participó activamente en política. En Guatemala, escribió su segundo libro Zona en territorio del alba, que acabaría siendo publicado en Argentina en 1953. Desilusionada de la izquierda guatemalteca del Dr. Arévalo y de su sucesor, el Dr. Arbenz, Eunice se trasladó a vivir a México, país del que también adoptó la nacionalidad y donde escribió su tercer libro, considerado por muchos su obra maestra, El tránsito de fuego, que fue publicado en El Salvador en 1957.
Eunice Odio en su vestido de novia.
Eunice Odio se marchó de Costa Rica cuando era joven y nunca regresó. Los costarricenses, por su parte, le perdieron la pista y, como ya se dijo, su obra empezó a ser conocida en el país cuando ya ella había muerto. Hay quienes han interpretado esta circunstancia como un conflicto entre la escritora y sus coterráneos. En una de sus cartas, Eunice se refiere a sus paisanos como "los costarrisibles", pero el asunto se ha sobredimensionado. Es verdad que Eunice fue severa y tajante en su ensayo sobre la historia de Costa Rica, pero también lo fue al referirse a la realidad de Guatemala o de México, los tres países de los que fue ciudadana. Tenía una mente con gran sentido crítico y no se andaba con rodeos a la hora de expresar sus opiniones. Sin embargo, sus argumentaciones siempre fueron inteligentemente sustentadas y nunca se rebajaron al nivel de resentimientos personales que otros han querido encontrar en sus escritos. De hecho, Eunice estaba muy ilusionada con publicar en Costa Rica y revisó personalmente las pruebas de Territorio del alba y otros poemas, el primer libro suyo que iba a aparecer en el país, editado por EDUCA. Lamentablemente, no pudo llegar a verlo a impreso. En la triste fecha del 23 de marzo de 1974, Eunice fue encontrada muerta en su apartamento de la ciudad de México. El único poema suyo, publicado durante su vida en Costa Rica, fue Proyecto de un caballo, incluido en la antología Poesía Contemporánea de Costa Rica, compilada por Carlos Rafael Duverrán y editada por la Editorial Costa Rica en 1973.
Si Eunice no recibió en su país natal la atención que se merecía, se podrían encontrar otros motivos para explicarlo, además de su ausencia. Aunque las creadoras de leyendas han querido pintarla como mujer rebelde, Eunice se declaraba antifeminista, defendía valores familiares tradicionales y consideraba una farsa y una majadería los resentimientos de las mujeres contra la sociedad en que fueron criadas. Rechazaba también el compromiso político en la obra literaria y, a pesar de sus juveniles simpatías por los gobiernos de izquierda en Guatemala, pronto se desencantó de sueños revolucionarios y llegó a manifestar que la simpatías por el comunismo eran una forma ingenua o perversa de promover una tiranía totalitaria. Por otra parte, su poesía, misteriosa y llena de símbolos, se asomaba, hasta en sus episodios eróticos, a un mundo místico lleno de referencias mitológicas, mágicas y bíblicas.
Ella misma dijo: "Tal como entiendo el poeta, es lo contrario de un buscador de sí mismo. El poeta anda buscando a Dios y solo lo encuentra en el fondo de todos los hombres. Y solo es poeta cuando sabe de todos los hombres posibles."
En El tránsito de fuego,  llegó a inventar la palabra pluránimo, porque: "Si un poeta no es la suma de todas las almas, va mal."
Pues bien, una escritora que no era ni feminista ni de izquierdas y cuyos poemas, además, tenían un alto contenido espiritual y estaban construidos con imágenes misteriosas, no calzaba precisamente con el tipo de literatura que se elogiaba en los años sesentas y setentas. Solamente quienes pudieron elevar su visión más allá de la moda del momento, fueron capaces de reconocer en la poesía de Eunice Odio la gran riqueza, belleza y sabiduría que de que estaba llena.
De la poesía no se vive y, por eso, todos los poetas tienen otro oficio. Tanto en Guatemala como en México, Eunice trabajó como periodista. La reconocida investigadora literaria Rima de Vallbona, escuchó por primera vez el nombre de Eunice Odio en labios de un profesor de la Universidad de Middbury, en el Estado de Vermont, cerca de la frontera con Canadá. Hasta allá había llegado la fama de esta escritora a quien los costarricenses desconocían. Deslumbrada al descubrir la obra de esta compatriota de la que no tenía noticias previas, se puso a rastrear, además de sus poemas, sus artículos periodísticos y, en 1980, publicó La obra en prosa de Eunice Odio, en que aparecen ensayos, reseñas de libros, relatos y algunas de las muchas cartas que Eunice le escribió a su amigo, el editor venezolano Juan Lizcano.
Eunice Odio. (1919-1974)
Lamentablemente, el libro no incluye el ensayo que publicó en 1948 sobre la historia de Costa Rica, que es en verdad valioso. Además, como la gran mayoría de obras que se han publicado sobre Eunice, comete el error de ubicar su nacimiento en 1922, cuando en realidad tuvo lugar en 1919. Pero, aparte de estos dos pequeños detalles, el libro es una buena muestra de la amplia cultura, la clara inteligencia, el fuerte temperamento y el estilo contundente y sincero de esta gran escritora costarricense.
En sus comentarios sobre arte y literatura, tanto los elogios como los reclamos están sólidamente argumentados. Fustiga a Siquerios y denuncia que el muralismo mexicano ha llegado a un punto de estancamiento. La reseña que hace de Estirpe Sangrienta, de Pedro Joaquín Chamorro, es tan amplia como emotiva. Al comentar Las buenas conciencias, de Carlos Fuentes, considera que, tras La región más transparente, en esta segunda novela hay un progreso evidente y cierra diciendo que Fuentes, "bien podría depararnos algo que, viéndolo bien, no sería del todo una sorpresa."
Logra ser punzante, irónica y hasta humorística, cuando la situación lo amerita. Al comentar los cuentos de la escritora Guadalupe Amor, (cuyo apellido es antónimo al suyo) los califica como "genuina cursilería" e invita a verla hundirse en "un pantano de mermelada". Sus cuentos, dice, "son, ni más ni menos, chismes de diversos matices y del peor gusto. Homosexuales, solteronas, amantes frustradas, desfilan por el libro, no como una galería de títeres -¡ojalá lo fueran!- sino como una colección de trajes y sombreros pasados de moda,"
La poesía de Eunice Odio, por su complejidad y riqueza simbólica, es posible que requiera algún tipo de esfuerzo, o al menos voluntad y apertura, para entrar en sintonía con ella. Pero sus ensayos, relatos y reseñas son de una contundencia transparente. En cada página, no desaprovecha la oportunidad de compartir su manera personal de comprender el arte, en general, y la literatura, en particular.
En poesía, afirma, oscuro es lo que no trasciende. Hay obras que se llaman oscuras, pero son más bien difíciles de penetrar. Eunice Odio descreía en el arte a la moda, en el éxito taquillero, en seguir la cantaleta del momento. Más que complacer al lector con un texto entretenido, amigable y de fácil digestión, prefería invitarlo a realizar un pequeño esfuerzo por alcanzar una sintonía que acabaría deparándole emociones intensas y reflexiones profundas.
INSC: 1185

domingo, 9 de julio de 2017

El controversial presidente León Cortés Castro.

León Cortés y su época.
Carlos Calvo Gamboa. EUNED
Costa Rica, 1982.
En 1917, primer año de la dictadura de Federico Tinoco, el gobernador y comandante de plaza de Alajuela cometía tantos abusos de autoridad y excesos de violencia, que el propio Joaquín Tinoco, ministro de Guerra que lo había nombrado en el cargo, debió enviarle un telegrama ordenándole que procediera con cautela, ya que sus acciones le estaban creando antipatías al gobierno.
Como los arrestos, palizas y registros de domicilios y comercios continuaron, los hermanos Tinoco acabaron removiéndolo del cargo.
Con apenas treinta y cinco años, León Cortés Castro, el comandante destituido, ya se había dado a conocer por su carácter hosco, su temperamento autoritario y la severidad con que disciplinaba a cualquiera que considerara bajo su autoridad. Primogénito de los seis hijos del Dr. Roberto Cortés Cortés y de doña Fidelina Castro Ruiz, había nacido en Llano Grande de Alajuela el 8 de diciembre de 1882. Su padre era colombiano y, durante sus estudios de medicina en Alemania, había sido compañero del médico costarricense Pánfilo Valverde, quien lo invitó a pasar una temporada en Costa Rica. Durante la visita, que se suponía iba ser breve, el Dr. Cortés conoció a quien sería su esposa, contrajo matrimonio y se radicó definitivamente en el país. 
El Dr. Roberto Cortés Cortés, su esposa Fidelina Castro Ruiz
y cuatro de sus hijos. A la izquierda Hernán y Adriana. A la
derecha León y Claudio.
Tal parece que la familia gozaba de buenas relaciones sociales, puesto que el presidente Bernardo Soto y su esposa, doña Pacífica Fernández Guardia, fueron los padrinos de bautizo de León Cortés.
Aunque el sueño de juventud de León Cortés era convertirse en médico, como su padre, no le fue posible alcanzarlo. En Costa Rica no se impartía la carrera de medicina y su familia no disponía de recursos suficientes como para costearle estudios en el exterior. Además, por razones que no conocemos, tuvo cierta demora en obtener el bachillerato. Se graduó de bachiller en 1902 en el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago, cuando ya contaba con veinte años de edad, mientras que lo normal, en aquel tiempo, era ser bachiller poco después de los quince.
Trabajó como maestro de primaria y fue director de la escuela de Grecia. En 1905, contrajo matrimonio con Julia Fernández Rodríguez, con quien tuvo dos hijos: Otto y Javier.
Ya casado, inició sus estudios de Derecho que también se prolongaron más de lo normal. Se graduó como abogado en 1916.  
Su carrera política, que había iniciado como munícipe, iba en ascenso. Fue diputado tres veces. La primera de 1914 a 1917, en que fue un severo opositor al gobierno de Alfredo González Flores. Tras su tristemente célebre paso por la comandancia de Alajuela, volvió al Congreso de 1922 a 1926 y fue reelecto para el perído siguiente, de 1926 a1932.
De 1925 a 1926, fue presidente del Congreso y los diputados sufrieron, aunque no tanto como los alajuelenses, su temperamento autoritario y enérgico. Trataba a los legisladores como niños de escuela y controlaba hasta extremos obsesivos los menores detalles del funcionamiento del plenario. El poder legislativo está compuesto por representantes electos por el pueblo que sostienen distintas posiciones. Es natural que haya desacuerdos y el Presidente del Congreso debe ser quien facilite la discusión y les garantice a todos su derecho a ser escuchados. Con caballerosidad, cortesía y gentileza, eso era lo que hacía don Arturo Volio Jiménez, quien presidió el Congreso de 1920 a 1925, por lo que, tras el único año de León Cortés en el cargo, los congresistas volvieron a poner a don Arturo al frente del Congreso de 1926 a 1929.
A pesar de sus maneras bruscas, sus discursos violentos y su actitud autoritaria, León Cortés llegó a gozar de buena fama como hombre honesto, trabajador y eficiente.  Fue Secretario de Fomento de don Cleto González Víquez y de don Ricardo Jiménez Oreamuno, cargo en el que demostró su capacidad para ejecutar obras de infraestructura sin que se perdiera ni un minuto ni un centavo.
En 1932, León Cortés mostró interés por llegar a la presidencia de la República, pero su candidatura no prosperó. Tres años más tarde, cuando ya parecía tener posibilidades reales de alcanzar el poder, cundió la alarma. El 21 de junio de 1935, el Dr. Ricardo Moreno Cañas, el poeta Rogelio Sotela, don Carlos María Jiménez Ortiz y el expresidente Alfredo González Flores, convocaron y encabezaron una manifestación para impedir que "se entronice un régimen tiránico en Costa Rica."
Manuel Mora Valverde quiso ser
candidato presidencial en 1936.
pero no tenía la edad requerida.
Las elecciones de 1936 fueron las primeras en que participó el partido comunista que, originalmente inscribió la candidatura de Manuel Mora Valverde, pero como la Constitución exige que para ser presidente se deben tener treinta años cumplidos y don Manuel solamente tenía veintiséis, debió ser sustituido por Carlos Luis Sáenz. La vieja guardia liberal lanzó la candidatura de Octavio Beeche, presidente de la Corte Suprema de Justicia, pero no logró detener el triunfo de León Cortés Castro, quien ganó la presidencia con amplio margen de ventaja.
El gobierno de León Cortés se distinguió por realizar numerosas obras de infraestructura, entre las que destacan el aeropuerto de La Sabana y el balneario de Ojo de Agua, así como numerosos edificios municipales y escuelas. Se decía que su administración era de cemento y varilla, no solo por las construcciones, sino por el rígido estilo autoritario que lo caracterizaba. Los empleados públicos, incluso los de alto nivel, sabían que contradecirlo o mostrar el más mínimo desacuerdo con él, significaba el despido inmediato.
Además de inflexible, don León era desconfiado. Colocó a sus hermanos, cuñados, sobrinos e hijos en puestos clave del gobierno. En su afán por tener el país bajo su control, llegó hasta a quebrantar la legislación vigente. En las elecciones de medio periodo de 1938, destituyó a los miembros del Consejo Electoral y anuló la elección de Carlos Luis Sáenz como diputado. Persiguió a don Joaquín García Monge por haberse atrevido a publicar, en el Repertorio Americano, artículos antifascistas. También intentó cerrar el diario La Tribuna, de don José María Pinaud. En un desplante de bravuconería, cuando dejó la presidencia, retó al Sr. Pinaud a enfrentarse con él en otro terreno, pero el periodista, muy elegantemente, le respondió que él criticó a León Cortés como presidente, pero no tenía nada personal contra León Cortés como ciudadano.
En 1937, el buque de guerra alemán Schleswing visitó Costa Rica. La bandera nazi con la svástica ondeó junto al pabellón tricolor y los marinos presentaron armas al presidente Cortés en una parada militar frente al Monumento Nacional. Los jóvenes comunistas que protestaron fueron encarcelados. Apenas un año antes, su hijo Otto había estado presente en los juegos olímpicos de Berlín de 1936 y, por carta, le había manifestado a su padre los progresos que había logrado Alemania bajo el control severo de Adolfo Hitler.  Aquellas olimpiadas, por cierto, fueron las primeras en que participó un costarricense, ya que Bernardo de la Guardia compitió en esgrima.
León Cortés Castro. 1882-1946/
Presidente de Costa Rica de 1936 a 1940.
A petición de la Embajada Alemana, León Cortés prohibió la proyección de películas que pudieran perjudicar la imagen de la Alemania Nazi, pero cuando el Sr. Enrique Yankelewitz le llamó la atención sobre el aumento de publicaciones antisemitas en los periódicos, el presidente le respondió que nada podía hacer porque eso iría contra la libertad de prensa.
Prohibió las reuniones del partido comunista y quiso además impedir que circularan publicaciones comunistas por correo. Entre los opositores a esta medida, además de los líderes de izquierda, destacaron los periodistas Joaquín Vargas Coto y Otilio Ulate Blanco, el escritor Mario Sancho y hasta el padre Rosendo Valenciano. A liberales, conservadores y católicos les preocupaba que se creara un organismo que tuviera la autoridad de decidir cuáles publicaciones podían circular y cuáles no. La libertad de reunión, por otra parte, era un derecho constitucional.
Pese a la resistencia general, la mano dura se hizo sentir. Cuando, en agosto de 1939, invitó al General Anastasio Somoza García a visitar Costa Rica, tomó medidas para que no hubiera protestas ni en las calles, ni en las páginas de los periódicos, ni en las emisoras de radio.
Una actuación suya verdaderamente inexplicable fue haber interrogado personalmente a Beltrán Cortés, asesino de su adversario político el Dr. Ricardo Moreno Cañas, la misma noche de los hechos.
En la memoria de Gobernación de 1936, aparece la afirmación de que los judíos son propagadores del socialismo y se propone restringir su ingreso al país. Quizá sin conocer el dato, una organización humanitaria de Estados Unidos, Refugee Economic Corporation, propuso al gobierno costarricense, en 1937, un proyecto para ubicar en Costa Rica mil quinientas familias judías procedentes de Alemania. La iniciativa no le costaría ni un centavo al país, más bien la organización estaba dispuesta a pagar lo que le pidieran y a comprar la finca Tenorio para crear allí una colonia. La respuesta no solo fue negativa sino que, en 1939, el gobierno ordenó la salida de todos los judíos procedentes de Alemania y Austria que estuvieran en Costa Rica, a quienes les recomendaba trasladarse a Bolivia, país que no exigía requisitos para su ingreso.
La firma de don Manuel Francisco Jiménez Ortiz, ministro de Relaciones Exteriores, en un documento continental a favor de la democracia y en contra de las dictaduras, le costó el puesto.
El período presidencial de León Cortés terminó en mayo de 1940. La elección de su sucesor, el Dr. Rafael Angel Calderón Guardia, fue apoyada por Cortés pero no tardaron en aparecer las diferencias. Para empezar, en diciembre de 1941, tras el ataque a Pearl Harbor, Costa Rica le declaró la guerra a las potencias del eje y cualquier simpatía por la Alemania Nazi empezó a ser mal vista. El Dr. Calderón Guardia, además, se había aliado con el partido comunista, acérrimo enemigo de Cortés.
Con todo y todo, había un punto en que Cortés salía ganando en la comparación. Si bien es cierto que su gobierno fue autoritario y abusó del poder, su gestión se caracterizó por una eficiente e incuestionable administración de los recursos públicos. En el gobierno de Calderón Guardia, en cambio, imperó un desorden administrativo y fiscal y los casos de corrupción fueron frecuentes, notorios y a gran escala. La alianza con los comunistas, por otra parte, no acababa de gustarle a un amplio sector del electorado, especialmente por las acciones violentas que protagonizaban las brigadas de choque comunistas contra los opositores, en un tiempo en que, con el pretexto de la guerra mundial, las garantías individuales estaban suspendidas.
León Cortés fue candidato presidencial de nuevo en 1944, pero perdió ante Teodoro Picado en unas elecciones generalmente consideradas como fraudulentas en las que hasta hubo muertos. En las elecciones para diputados de 1946, León Cortés figuró de nuevo como líder de la oposición. Se repitieron las irregularidades y la violencia de los comicios anteriores. Prematuramente envejecido y enfermo, León Cortés murió el 3 de marzo de 1946.
Tras la guerra civil de 1948, su figura fue exaltada a nivel de héroe. Nadie recordaba entonces los abusos de su administración, sino su honradez como gobernante y su papel como líder de la oposición a los gobiernos de Calderón y Picado. Se le levantó el monumento en La Sabana y hasta se le dio su nombre a un cantón.

León Cortés Castro, su esposa Julia Fernández
Rodríguez y sus dos hijos Otto y Javier.
Sobre su figura, el historiador Carlos Calvo Gamboa publicó el libro León Cortés y su época. Se trata de un estudio minucioso y profundo al que, sin embargo, se le puede reclamar su posición sesgada. Más que una biografía, Calvo Gamboa quiso plantear una defensa del exgobernante. En su obra repasa las acciones del gobierno de Cortés, tanto las admirables como las cuestionables, pero trata siempre de explicar, justificar, hacer comprender las circunstancias y hasta invita a pasar por alto ciertas situaciones graves. En su afán por limpiar la imagen de Cortés, llega a justificar la censura de prensa, el afectuoso recibimiento a los marinos alemanes y la dura represión contra el partido comunista. Carlos Calvo Gamboa, incluso, se permite entrar en el pensamiento de los personajes históricos, especula sobre sus intenciones y motivos para actuar como lo hicieron. Minimiza las acciones antisemitas de Cortés afirmando que durante el período de Calderón Guardia fueron peores. Trata de hacer parecer como normal, lo que definitivamente fue irregular. Según él. cuando León Cortés ordenó disposiciones arbitrarias lo hizo por haber sido mal asesorado y todas las acciones ilegales de su administración fueron hechas a sus espaldas y sin su consentimiento. Considera injustas las críticas que ha recibido la administración Cortés, aunque su propio libro es una buena fuente de argumentos para criticar el gobierno que intenta defender. 
Atribuye que León Cortés haya sido etiquetado como nazi a una campaña de difamación del partido comunista. En su argumentación logra, eso sí, destruir parte de la leyenda negra en torno a su figura. Mucho se ha hablado de la influencia de los colaboradores alemanes en el gobierno de Cortés. Algunos de los que comentan su gobierno se han dejado decir, sin documentos que lo prueben, que Max Effinger fue quien estuvo a cargo de la restricción de ingreso a inmigrantes judíos, cuando en realidad Effinger, ingeniero de profesión y director general de obras públicas durante el gobierno de Cortés, fue el responsable de instalar, entre otras muchas obras, la cañería de Puntarenas. Carl Hoelkenmayer y Albert Foortuniak, coordinaron trabajos eléctricos en el ferrocarril al Pacífico. Estos tres alemanes, además, fueron contratados durante la administración de don Cleto González Víquez y Cortés no hizo más que dejarlos en su cargo. Irónicamente, el libro no es capaz de mejorar la imagen de Cortés, pero sí logra limpiar el nombre de estos tres profesionales alemanes, cuyas ideas políticas no llegaron a conocerse.
En el prólogo del libro, don Carlos Meléndez Chaverri afirma que la severidad con que se juzga a León Cortés no deja de ser injusta. Innegablemente, durante su gobierno cometió errores, pero al haber sido víctima de un fraude en las elecciones de 1944. acabó convirtiéndose en el símbolo de la lucha por la pureza del sufragio. Ante esta aseveración, se podría recordar que, en las elecciones de 1938, el propio Cortés pasó por alto la voluntad popular manifestada en las urnas.
Sin lugar a dudas un personaje polémico y controversial, León Cortés no deja de ser una figura propia de su tiempo. En muchos países del mundo, los gobernantes autoritarios eran la norma general durante los años treinta y Costa Rica no fue la excepción y tuvo el suyo.
INSC: 1239

domingo, 2 de julio de 2017

Julio Acosta García, el presidente que viajaba en bus.

Julio Acosta, El hombre de la providencia.
Eduardo Oconitrillo García.
Editorial Costa Rica, 1991.
Tanto el gobierno como el pensamiento de Julio Acosta García son bastante difíciles de comprender. Como presidente, tal parece que no quería tomar ninguna decisión y, al escribir, era capaz de llenar páginas y páginas con giros enrevesados sin asumir ninguna posición. Durante su gobierno, se decía que los documentos oficiales que redactaba, en vez de propuestas concretas, parecían más bien textos poéticos escritos para concursar en juegos florales. Teósofo, masón, aficionado al espiritismo y a las mitologías orientales, don Julio tuvo dificultad para poner los pies en la tierra y, cuando se le consultaba por cualquier asunto en particular, su respuesta era siempre ambigua. 
Julio Acosta. El Hombre de la Providencia, la biografía que Eduardo Oconitrillo García escribió sobre él. pese a su extraño e inexplicable título, es una buena fuente de información para conocer mejor a este particular personaje de nuestra historia. 
Julio Acosta García (1872-1957), nació en San Ramón de Alajuela, hijo de don José Vicente Acosta Chavez y doña Jesús García Zumbado. La familia debió abandonar el cantón de manera abrupta cuando Aquiles Acosta, hermano de don Julio, fue acusado de asesinar a un importante líder político local y los ramonenses, indignados, le prendieron fuego a la casa y la tienda de los Acosta.
Don Julio cursó hasta el segundo año en el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago pero no llegó a obtener el bachillerato. A pesar de sus pocos estudios, logró obtener diversos y modestos puestos burocráticos. Fue diputado de 1902 a 1906. En 1907, don Cleto González Víquez lo nombra Cónsul en El Salvador, donde don Julio conocería a Elena Gallegos Rosales, con quien contraería matrimonio, en San Salvador, el 16 de abril de 1910. La pareja tuvo tres hijos, pero dos murieron al nacer, así que la hija única de la familia sería Zulay Acosta Gallegos. La niña fue llamada Zulay, por ser el nombre de la heroína de la novela escrita por María Fernández de Tinoco, esposa de Federico Tinoco Granados y gran amiga de don Julio.
Su vida en El Salvador fue tranquila, aunque le tocó presenciar, a poca distancia, el atentado del que fue víctima el Presidente salvadoreño Manuel Enrique Araujo quien, mientras escuchaba música en un parque, acabó recibiendo un machetazo que le abrió la cabeza.
El sueldo de cónsul no era elevado y, antes de su matrimonio, don Julio alquilaba una casa en San Salvador junto con otros cuatro jóvenes solteros. Entre todos, pagaban los servicios de un criado para que realizara los oficios domésticos. Curiosamente, todos llegaron a ser gobernantes de sus países. Julio Acosta García fue presidente de Costa Rica, Carlos Ibáñez del Campo fue Presidente de Chile, José María Moncada, de Nicaragua, Rafael López Gutiérrez, de Honduras y Jorge Meléndez de El Salvador. El criado, Maximiliano Hernández Ramírez, también fue presidente de El Salvador.
El 1 de octubre de 1914, don Julio ingresa a la Academia Salvadoreña de la Lengua. Años después, también sería miembro de la Academia Costarricense de la Lengua.
De vuelta en Costa Rica, el Presidente Alfredo González Flores lo nombra secretario de Relaciones Exteriores, en sustitución de Manuel Castro Quesada. Cuando el gobierno de González Flores es derrocado por Federico Tinoco, don Julio regresa a El Salvador, vive en casa de sus suegros y se gana la vida escribiendo editoriales para el Diario de El Salvador.
Los hermanos Alfredo y Jorge Volio Jiménez, quienes se habían trasladado a Nicaragua, intentan desde allí preparar un grupo armado para derrocar a Federico Tinoco. Sin embargo, la muerte de Alfredo Volio, el 26 de de diciembre de 1918 en Granada, deja sin líder a los rebeldes. Julio Acosta, llamado a integrarse al movimiento, adquiere una posición de liderazgo. Los rebeldes sostuvieron una única batalla con las fuerzas del gobierno en mayo de 1919. Poco después, tras el asesinato de Joaquín Tinoco, el 10 de agosto de 1919, su hermano Federico renuncia a la presidencia y abandona el país.
El Dr. José María Soto Alfaro, eminente
médico y hermano del Presidente Bernardo
Soto, candidato en las elecciones de 1919.
que ganó Julio Acosta García.
Don Julio se presenta como candidato presidencial en las elecciones de octubre de 1919. Su popularidad era tan grande que a sus adversarios les costó encontrar a alguien dispuesto a enfrentársele. A última hora se postuló el Dr. José María Soto Alfaro, eminente médico, hermano del expresidente Bernardo Soto Alfaro, pero don Julio ganó por amplia mayoría. La campaña tuvo sus toques pintorescos. Desde las páginas del periódico La Verdad, el padre Rosendo Valenciano en repetidas ocasiones llamó la atención sobre la masonería, la teosofía y el esoterismo de don Julio, preocupado de que sus creencias espirituales y filosóficas fueran a desencadenar encontronazos con la Iglesia. Sus temores fueron infundados y muy pronto, tanto el obispo Stork como el propio padre Valenciano, que fueron muy cercanos a los Tinoco, hicieron buena amistad con el nuevo presidente.
Julio Acosta inició su gobierno con una política de "perdón y olvido". Como buen tico, después de que ha pasado algo, y algo serio además, quiso decir: "Aquí no ha pasado nada". Esa posición, que pretendía ser conciliadora, surgió el efecto contrario. Don Julio se atrajo las simpatías de los antiguos tinoquistas y se ganó la oposición de quienes habían luchado contra el régimen de los Tinoco.
Uno de los primeros conflictos con sus antiguos compañeros surgió a partir de la ley de recompensas, según la cual, el Estado pagaría los servicios prestados a quienes participaron en el movimiento armado contra los Tinoco. La ley fue aprobada, pero don Julio la vetó. En el veto, fue donde escribió su famosa frase: "Si hay paga, no hay gloria y si hay gloria, no hay paga." Aunque años después esas palabras llegaron a considerarse admirables, en aquel momento cayeron como un balde de agua fría. Muchos costarricenses habían arriesgado su patrimonio y su vida en la lucha y entonces se consideraba una cuestión de honor pagarles. Nadie negaba la gloria de los combatientes de la guerra contra los filibusteros, a quienes se les había pagado. A los diputados les resultaba difícil de comprender que se apelara al honor para dejar deudas sin pagar, cuando lo honorable es, precisamente, pagar las deudas. La ley de recompensas fue resellada por el Congreso y, en su aplicación, hubo de todo. Desde quienes rechazaron el pago, como Jorge Volio, hasta quienes pidieron más, como Manuel Castro Quesada.
El Presidente Julio Acosta García leyendo un discurso ante el
Congreso. A su lado, don Arturo Volio Jiménez, 
Presidente del Congreso.
Aquel no fue el único veto. Pronto se estableció una dinámica verdaderamente extraña. El Congreso, presidido por don Arturo Volio Jiménez, promulgaba una ley, luego el presidente Acosta la vetaba y, finalmente, el Congreso la resellaba. La ruptura entre el Poder Ejecutivo y el Legislativo, además de evidente, era constante.
Empezó a circular el dicho de que "no había gobierno". Muchos años después, don Julio Acosta se declaró autor de esa afirmación: "La frase es mía, pero nadie entendió lo que quise decir."
En realidad, nadie entendendía lo que don Julio escribía. Mario Sancho, quien calificaba a don Julio como "impenitente retórico", decía que incluso releyendo una y otra vez sus escritos, nunca quedaba claro lo que quiso decir. Lo acusaba de haber defraudado las esperanzas de la revolución y de no tener méritos que justificaran su ascenso al poder. Por su parte, José María Zeledón, autor de la letra del Himno Nacional, acusaba a don Julio de "predicar un idealismo que no tiene". Ramón Zelaya fue más allá al afirmar: "Don Julio no sabe nada de nada. No es abogado, ni ingeniero, ni bachiller, ni cafetalero, ni finquero, ni ganadero, ni industrial, ni artesano y... ¡ni siquiera es millonario!"
Durante su gobierno se fue quedando cada vez más solo. Los ministros renunciaban y le costaba encontrar a alguien que aceptara tomar el puesto vacante. Fue un gobernante accesible, recibía las visitas sin necesidad de cita previa, caminaba solo por el centro de San José y en muchas ocasiones concedió entrevistas a los periodistas a bordo del autobús que tomaba para regresar a su casa.
Se mostraba tranquilo ante la adversidad. Siendo presidente, decidió dar un paseo en avión con su hija. A los pocos minutos del despegue, el motor del aparato se descompuso y la hélice se desprendió. Quienes miraban desde tierra estaban asustados pero, tras el aterrizaje, don Julio se bajó de la nave sonriente y sereno.
Julio Acosta, siendo presidente, en
el acto de entrega de un autobús.
Su administración transcurrió sin sobresaltos, limitándose a ejecutar lo que el Congreso, que sostenía ideas distintas a las suyas, le imponía. El único momento tenso de su administración fue cuando hubo un breve conflicto armado com Panamá, que después se conoció como la Guerra de Coto. Una vez más, el Ejecutivo y el Legislativo sostuvieron posiciones distintas y, pasado el susto, en el Congreso tildaron la actitud del Presidente como imprudente e insensata.
El libro de Oconitrillo García incluye la reproducción de varios documentos. Uno de los más interesantes es la carta que, desde Cuba, le escribió Patrocinio Araya al presidente Acosta, solicitándole permiso para regresar al país. Patrocinio Araya, uno de los personajes más temidos del régimen de los Tinoco, fue quien asesinó a Rogelio Fernández Güell y sus compañeros en la Zona Sur, crimen presenciado por Marcelino García Flamenco. Con tono paternal, don Julio le responde a Araya que considera su retorno inconveniente y le deja claro que, pese a su política de perdón y olvido, no puede garantizar la seguridad de su persona en el país.
Después de haber dejado la presidencia, don Julio realizó un viaje a Europa. En París, en una recepción en la que estuvieron presentes el Marqués de Peralta y el Mariscal Petain, se encontró con Federico Tinoco y su esposa Mimita, viejos amigos suyos. En 1931, a propósito de la muerte de Federico Tinoco, escribió un artículo en que elogiaba tanto a Federico como a Joaquín.
Cuando ya era expresidente, don Julio escribió artículos en La Tribuna con el seudónimo de Eufrasio Méndez, pero dejó de hacerlo cuando trascendió que era él quien firmaba con ese nombre. Durante los gobiernos de Ricardo Jiménez (1924-1928), Cleto González Víquez (1928-1932), Ricardo Jiménez (1932-1936) y León Cortés Castro (1936-1940), a don Julio no le fue asignado ningún cargo de importancia, pero el Dr. Calderón Guardia lo nombró en 1941 primer gerente de la recién creada Caja Costarricense del Seguro Social. Durante el gobierno de Teodoro Picado (1940-1948), don Julio se desempeñó como Secretario de Relaciones Exteriores y, en ese cargo, le tocó firmar por Costa Rica, en San Francisco California, el acta de fundación de la Organización de las Naciones Unidas.
Los escritos de don Julio, conforme pasaba el tiempo, se fueron volviendo cada vez más etéreos. Escribía extensas respuestas a las cartas que le dirigían. Eran páginas y páginas llenas de conceptos abstractos y divagaciones que no aterrizaban. Por ejemplo, nunca quedó totalmente clara la posición de Costa Rica frente a la dictadura de Francisco Franco en España. La obsesión de don Julio por la eternidad, el espacio astral y los estados del alma, así como su activa participación en la masonería, la teosofía y el espiritismo, lo llevaron a un razonamiento complejo y abstracto que acababa despreciando lo concreto y lo práctico.
Tras la guerra civil de 1948, don Julio, pese a formar parte del bando derrotado, permaneció en el país. Una tarde, iba don José Figueres Ferrer, presidente del Junta Fundadora de la Segunda República, a bordo de un automóvil, cuando vio a don Julio, ya de setenta y siete años de edad, haciendo fila en la parada del autobús. Apenas llegó a su despacho, don Pepe pidió que le averiguaran de cuánto era la pensión que recibía Julio Acosta. La suma era modestísima y don Pepe dispuso aumentarla a un monto que le permitiera vivir con mayor holgura. El propio don Pepe le comunicó por carta a don Julio el aumento de su pensión. En su respuesta, don Julio, en vez de repetir lo de la paga y la gloria, no solo le agradece a su adversario político el amable gesto, sino que se atreve a solicitarle que le aumente también la pensión a Mimita, la viuda de Federico Tinoco. Don Pepe, por supuesto, accedió a la petición.
INSC: 0948
Julio Acosta García firma, por Costa Rica, el acta de fundación de la
Organización de las Naciones Unidas. San Francisco, California, 1945.


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