martes, 27 de junio de 2017

Don Cleto González Víquez.

Biografía del Lic. Cleto González Víquez.
Luis Felipe González Flores. Lehmann.
Costa Rica, 1958.
Cleto González Víquez, además de haber sido presidente de Costa Rica en dos ocasiones, se destacó como brillante abogado, historiador y genealogista. En 1958, con motivo del centenario de su nacimiento, un grupo de amigos suyos publicó la pequeña biografía que Luis Felipe González Flores escribió sobre él. Entre los responsables del homenaje estaban, entre otros, don Arturo Volio Jiménez, don Ricardo Castro Beeche y don Juan Trejos Quirós. Presentado en una edición modesta pero con tiraje masivo, el libro recoge, en menos de cincuenta páginas, un resumen sobre la vida de don Cleto, los puestos que desempeñó, los principales logros de sus dos gobiernos, las investigaciones y ensayos que escribió y hasta una interesantísima nota genealógica sobre su parentesco con Juan Rafael Mora Porras, Tomás Guardia, Bernardo Soto, Alfredo González Flores y Julio Acosta García.
Don Cleto nació en Barba de Heredia, el 13 de octubre de 1858, hijo de Cleto González Pérez y Aurora Víquez Murillo. Su familia era de escasos recursos y, por ello, cuando don Cleto empezó a destacarse como intelectual, abogado y figura pública, sus partidarios recordaban sus orígenes humildes con la simpática afirmación de: "Don Cleto nació descalzo". El mensaje que pretendían dar, sobre la importancia del estudio y el trabajo, resultaba clara a pesar de la objeción, más que obvia, que todos los niños nacen, no solo descalzos, sino desnudos.
Descalzo asistió a la escuela de su pueblo natal, donde aprendió a leer y escribir, así como las cuatro operaciones básicas de aritmética, que era todo lo que se enseñaba a los niños por entonces. Estudió el Catecismo, fue monaguillo y tuvo la intención de hacerse sacerdote. Con ese propósito, en 1869, asistió en Heredia a los cursos de latín que dictaba don José María Aguilar.
Al año siguiente ingresó al Colegio San Luis Gonzaga de Cartago, dirigido por Valeriano Fernández Ferraz, al que acudían jóvenes, no solamente de todas las provincias de Costa Rica, sino también de otros países centromericanos. El programa de estudios incluía historia, gramática, contabilidad, trigonometría, inglés, francés, dibujo y música. Don Cleto obtuvo sobresaliente en todas las materias y, durante todos sus años de colegial, fue compañero de clase de Ricardo Jiménez Oreamuno.
Tras graduarse de Bachiller con tan solo quince años de edad, don Cleto ingresó a la Universidad de Santo Tomás para estudiar Derecho. La amistad con don Ricardo Jiménez se tornó más estrecha puesto que, como don Ricardo era de Cartago, don Cleto de Heredia y la Universidad estaba en San José, los dos jóvenes estudiantes decidieron compartir gastos y acabaron durmiendo en la misma habitación, mientras recibían, de parte del Dr. Zambrana, una profunda formación filosófica de corte liberal,
En 1884 don Cleto se graduó de abogado tras presentar un examen ante un jurado que tuvo como miembros, entre otros, a Ascensión Esquivel Ibarra y Julián Volio Llorente. Casi de inmediato, empezó su carrera en el servicio público. Fue diplomático en Washington, ocupó la Secretaria de Fomento durante la administración de Bernardo Soto y la de Hacienda en la de Ascension Esquivel Ibarra. En 1889 don Cleto fue Presidente del Colegio de Abogados y en 1892 fue electo diputado. Desempeñó también otros cargos, antes y después de haber sido Presidente de la República. Volvió al Congreso en 1916, fue Presidente de la Academia Costarricense de la Lengua en 1923, Presidente Municipal de San José y diplomático en Centroamérica y España.
Cleto González Víquez.
1858-1937
Además de su amplia trayectoria en la función pública, don Cleto ejerció de manera privada su profesión. Fue el abogado de Minor Cooper Keith, así como de otros importantes clientes.
Pese a sus múltiples actividades, don Cleto encontró tiempo para dedicarse a la investigación histórica y genealógica, campos en los que llegó a publicar amplios estudios rigurosamente documentados. Tenía una memoria prodigiosa y era capaz de recordar datos de manera precisa. Fue buen amigo del obispo Bernardo Augusto Thiel, también apasionado estudioso de la historia costarricense y, cuando conversaban, solían mencionar nombres, fechas y acontecimientos como si se hubieran aprendido de memoria los documentos de los archivos.
Se dice que la primera vez que don Cleto llegó a la Presidencia de la República, entró por la ventana. Para las elecciones de 1906 se habían presentado cinco candidatos y el Presidente Ascención Esquivel Ibarra, para favorecer a don Cleto, que era su ministro, sacó de en medio a los otros cuatro. A unos los mandó encerrar y a otros, como don Máximo Fernández, los sacó del país. Sin contrincantes cerca, don Cleto ganó la presidencia con el ochenta y siete por ciento de los votos. La indignación general pronto pasó al olvido ya que don Cleto logró lavarse la cara con un gobierno conciliador apegado a la ley y respetuoso de los derechos de los ciudadanos. Con el tiempo, hasta sus enemigos políticos fueron capaces de pasar por alto lo irregular de su primera elección.
Bonachón, paternal y de carácter conciliador, don Cleto supo ganarse hasta las simpatías de sus adversarios. En una oportunidad, mientras se discutía acaloradamente en el Congreso, un numeroso grupo de manifestantes rodeó la sala de sesiones vociferando consignas contra el gobieno. Alguien le recomendó que ordenara disolver la manifestación con la policía, a lo que don Cleto, negándose a hacerlo, contestó: "Gobernar a la fuerza es algo que puede hacer cualquiera."
En 1910, don Cleto entrega la presidencia a su gran amigo de toda la vida don Ricardo Jiménez Oreamuno. Un dato poco conocido es que, en 1914, ante la crisis desatada por la renuncia de los tres candidatos presidenciales que habían participado en los comicios de ese año, don Ricardo propuso que el Congreso nombrara presidente de nuevo a don Cleto.  Si la propuesta hubiera sido acogida, don Ricardo habría recibido la presidencia de don Cleto en 1910 y se la habría devuelto en 1914.
Don Ricardo fue presidente de nuevo de 1924 a 1928, luego vino don Cleto de 1928 a 1932 y, después, otra vez don Ricardo de 1932 a 1936. 
Quien no esté familiarizado con los detalles de la historia costarricense quizá no comprenda la fascinación de los electores costarricenses por estos dos viejos liberales.  Las figuras de don Cleto y don Ricardo llegaron a simbolizar la paz y la estabilidad. Los otros gobiernos de finales del siglo XIX y primeras décadas del XX, o fueron autoritarios y hasta tiránicos, o se vieron sacudidos por conflictos que no supieron manejar. A don Cleto le tocó hasta enfrentar una sangrienta intentona golpista, liderada por su ministro Manuel Castro Quesada en 1932, que acabó dejando decenas de muertos, pero tuvo la serenidad necesaria para lograr apaciguar los ánimos y hacer que pronto volviera la calma.
Don Cleto en la inauguración del aeropuerto de Lindora. 1931.
Durante sus dos gobiernos, don Cleto alcanzó importantes logros. Concluyó la línea de tren a Puntarenas en 1910 e inauguró el muelle de esa ciudad en 1928. Inauguró el 12 de abril de 1931 el aeropuerto de Lindora y creó, al año siguiente, la primera empresa de transporte aéreo de Costa Rica. Con el decidido esfuerzo de su ministro de fomento, don Arturo Volio Jiménez, se instalaron las cañerías de San José y Heredia, se construyó el antiguo edificio de la Biblioteca Nacional y se inició el asfaltado de las calles de San José. La primera calle asfaltada de Costa Rica, era la que iba de la estación de la Northern hasta el Parque Morazán. Fue don Cleto, por cierto, cuando era ministro de Fomento de Bernardo Soto, quien decidió secar la laguna que había en ese sitio y construir un parque en su lugar.
Don Cleto, además, creó la Procuradoría General de la República y el Patronato Nacional de la Infancia. Pero más que obras o instituciones, lo que se recuerda de don Cleto es su figura de hombre culto, sereno, humilde y recto. Cuando dejó por primera vez la presidencia, en 1910, no tenía ni bienes ni fuentes de ingreso. Publicó entonces un pequeño aviso en el periódico anunciando que había vuelto a abrir su bufete y poniéndose a las órdenes de quienes ocuparan sus servicios profesionales. Trascendió que don Cleto estaba pasando apuros económicos. Un diputado propuso entonces que el Estado le otorgara una ayuda para la educación de sus hijos. Don Cleto se opuso rotundamente: "Carezco de fortuna y tendré necesidad, para cancelar mis deudas, de sacrificar los bienes de mi mujer. Pero todavía puedo trabajar y, si por caso no me basto yo mismo para mantener y educar a mi familia, no veo que tenga otro la culpa sino yo. El Estado no  ha de enmendar con su largueza mis faltas de juicio. Menos habría de admitir esa ayuda en los momentos actuales en que el tesoro público y el país sufren  grandes congojas."
Don Cleto murió el 23 de setiembre de 1937. Fue declarado Benemérito de la Patria años después de su muerte ya que, aunque hubo intentos por concedérselo, don Cleto no aceptó que se le otorgara ese honor en vida.
INSC: 2099
El 28 de noviembre de 1928, don Cleto González Víquez recibe, en la Casa
Amarilla, al presidete de los Estados Unidos Herbert Hoover. Fue la primera
visita de un presidente de Estados Unidos a Costa Rica.

viernes, 23 de junio de 2017

Dr. José María Montealegre, Presidente de Costa Rica.

Dr. José María Montealegre. Carlos
Meléndez Chaverri. Academia de Geografía
e Historia. Costa Rica. 1968.
En la historia, como en la literatura, unos personajes adquieren el papel de héroes y otros el de villanos. Los héroes históricos son constamente recordados, mientras que los villanos acaban sumidos en la oscuridad. Don Juan Rafael Mora Porras, declarado oficialmente Héroe Nacional de Costa Rica, ha sido objeto de numerosos estudios, mientras que a la figura, vida y gobierno de su sucesor, José María Montealegre Fernández, no se le ha prestado mayor atención. Lo poco que dicen los libros de historia sobre él es que, pese a ser cuñado de don Juanito Mora, lo derrocó y aprobó su fusilamiento y, años después, abandonó el país para no regresar nunca más.  Algunos autores ni siquiera lo mencionan directamente, sino que prefieren referirse a "los Montealegre", incluyendo en el paquete a don José María junto con sus hermanos Mariano y Francisco.
Don Carlos Meléndez Chaverri cuenta que su pasión por la historia de Costa Rica nació desde que era niño por el deseo de saber más sobre don Juan Rafael Mora y la guerra contra los filibusteros de la que tanto le hablaban en la escuela pero, conforme fue adentrándose en el tema, le intrigó el hecho de que la figura de José María Montealegre apenas pasara como una sombra difusa sobre la que no se tenían mayores datos. Decidió entonces concentrar su atención en el malo de la película y, en 1951, presentó, como tesis de grado en la Universidad de Costa Rica, una biografía del Dr. Montealegre que, tras ser corregida y aumentada, fue publicada por la Academia de Historia y Geografía en 1968.
El libro, inevitablemente, en determinado momento acaba refiriéndose más al derrocamiento de Mora que a la gestión de Montealegre, pero su lectura permite conocer mejor a este personaje casi olvidado de nuestra historia.
José María Montealegre Fernández nació en San José, 19 de marzo de 1815, hijo de Mariano Montealegre Bustamante y Gerónima Fernández Chacón. Su madre, fundadora de un hospicio de huérfanos, era hermana de Manuel Fernández Chacón, el padre de Próspero Fernández Oreamuno. Su abuelo paterno, Mariano Ignacio Montealegre, había nacido en Granada, España, y emigró a Guatemala con apenas veintidós años de edad. Mariano Ignacio tuvo tres hijos varones con tres madres distintas. Con Isidora Rueda, tuvo a Juan Montealegre Rueda, de quien descienden los Montealegre de Guatemala. Con Josefa Bustamante, tuvo a Mariano Montealegre Bustamante, de quien descienden los Montealegre de Costa Rica y con Manuela Casimira Romero Sáenz tuvo a Mariano Montealegre Romero, quien se trasladó a vivir a Chinandega y de quien descienden los Montealegre de Nicaragua. 
A Mariano Ignacio le fue bien. Tenía un puesto de auditor de la factoría de tabacos, se dedicó a diversos cultivos y durante sus desplazamientos por Guatemala, Costa Rica y Nicaragua, logró amasar una considerable fortuna.
Su hijo, Mariano Montealegre Bustamante fue uno de los más entusiastas pioneros del cultivo del café en Costa Rica. Cada año sembraba más manzanas de terreno e invertía fuertes sumas en bodegas y maquinaria para empacar el grano en sacos. Sus vecinos, equivocadamente, creían que su obsesión por el café acabaría arruinándolo, pero ocurrió todo lo contrario. Don Mariano y doña Gerónima tuvieron nueve hijos y, como podían permitírselo, decidieron enviar a sus dos hijos mayores a estudiar a Europa.
Al momento de partir, José María tenía doce años y Mariano, apenas diez. Los niños fueron confiados a John Mair Gerard y Richard Trevirhick, con quienes partieron a caballo desde San José hasta Sarapiquí, para luego navegar por el río San Juan hasta San Juan del Norte y, de allí, a Cartagena, Colombia, luego a New York y finalmente a la Gran Bretaña. Mariano estudió ingeniería en Londres, mientras que José María cursó sus estudios de medicina en Marischal College de la Universidad de Aberdeen, Escocia. Su título de cirujano le fue otorgado por el Colegio Real de Cirujanos de Edimburgo el 22 de febrero de 1837. Erróneamente, el libro afirma que se graduó como médico en la Universidad de Edimburgo, Escocia. Los hermanos Montealegre fueron los primeros costarricenses en graduarse en universidades europeas. Antes de ellos, los pocos costarricenses que habían realizado estudios superiores los habían llevado a cabo en León, Nicaragua o Guatemala.
Dr. José María Montealegre Fernández.
1815-1877
Mariano retornó antes a Costa Rica porque su carrera era más corta, pero José María debió permanecer mucho más tiempo en el viejo mundo para perfeccionar la práctica de cirugía. Un dato curioso es que, por la larga ausencia, José María, a su regreso, casi no podía hablar en español. Se cuenta que llegó a San José a caballo, de noche y que, al abrazar a su madre, ella no sabía quién era ese atrevido inglés que la cubría de besos.
De vuelta en la patria, el Dr. Montealegre se dedicó al ejercicio de su profesión y a atender sus fincas cafetaleras, tanto las que le correspondían como parte del patrimonio familiar, como las que fue estableciendo él mismo. Contrajo matrimonio con Ana María Mora Porras, la hermana de don Juanito, y fue padre de diez hijos.
Su esposa murió en 1854 y el Dr. Montealegre contrató como a la inglesa Sophie Joy para que cuidara y educara a sus hijos. No mucho después, don José María contrajo matrimonio con Miss Joy, con quien procreó tres hijos, un varón y dos niñas.
La labor médica del Dr. Montealegre fue realmente valiosa. Importó medicamentos de Europa, enseñó a sus aprendices a preparar recetas y, en 1848, fue el primer cirujano en Costa Rica en aplicar analgésicos en una operación, apenas dos años después de que el procedimiento hubiera sido realizado por primera vez en Massachusets. En 1852 estuvo al frente de la lucha contra la epidemia de viruela.
Aunque su padre (autor de la obra Formas de Gobierno a partir de la Independencia), era una influyente figura en el Estado y su cuñado era Presidente de la República, el Dr. Montealegre, eternamente ocupado con su familia, sus pacientes y sus cafetales, se mantuvo alejado de la política. Ni siquiera se involucró en la movilización de la guerra contra los filibusteros, pese a que sus hermanos, Mariano y Francisco, formaron parte del Estado Mayor de don Juanito. 
Cuando don Juanito había partido a la guerra, hubo en la capital un intento por derrocarlo, lo que muestra que ya existía desde entonces un sector de opositores decidido a tomar acciones en su contra. Una vez finalizada la guerra, los enemigos de don Juanito se multiplicaron. Unos le cuestionaban su asociación con Crisanto Medina para fundar un banco, otros los favoritismos al escoger proveedores de caña de azúcar para la Fábrica Nacional de Licores, así como ciertos manejos poco claros con escrituras. Don Juanito había perdido apoyo, no solamente entre los ricos propietarios, sino también entre el pueblo, que le reclamaba su intención de gravar con impuestos las pequeñas propiedades de campesinos que no estuvieran registradas. La expulsión del obispo Anselmo Llorente y La Fuente, lo enemistó con el clero y hasta entró en querellas con su socio Vicente Aguilar Cubero. Numerosas personas, entre ellas don Julián Volio Llorente y don Francisco María Yglesias, habían manifestado su preocupación de que don Juanito Mora continuara reeligiéndose indefinidamente y hasta un buen número de sus antiguos partidarios, como Manuel José Carazo, consideraban oportuno que abandonara el poder.
El golpe de Estado tuvo lugar el 14 e agosto de 1859 y su brazo armado fue el general Lorenzo Salazar Alvarado. Ese mismo día, los vecinos de San José, con el Dr. José María Castro Madriz a la cabeza, firmaron un acta desconociendo el gobierno de Mora.
¿Hasta dónde el Dr. Montealegre participó, o al menos estuvo al tanto, de las maniobras para derrocar a don Juanito? El asunto no está del todo claro. Su firma no aparece en ninguno de los documentos de repudio a Mora, pero fue el llamado a sustituirlo. Su hermano Mariano no se encontraba en Costa Rica en el momento del golpe y su otro hermano, Francisco, tampoco firmó.
Las palabras con las que el Dr. Montealegre acepta la presidencia parecieran indicar que la designación lo tomó por sorpresa. Declara estar dispuesto a "sacrificar su vida privada", para aceptar el "llamado" a ejercer el poder "temporalmente"
Una de sus primeros actos como presidente, fue comunicarse con don Juanito Mora, que se encontraba prisionero en el Palacio Nacional, a quien le informó que un grupo de simpatizantes moristas estaban reunidos en la Hacienda San Rafael de Ojo de Agua con la intención de alzarse en armas para revertir los hechos. El Dr. Montealegre le recomendó a don Juanito que se comunicara con ellos y les ordenara no actuar ya que, de hacerlo, su vida correría peligro. Leandro Cantillano, uno de los moristas alzados, recibió el recado de don Juanito en que les ordenaba dispersarse porque: "...dice el Dr. Montealegre que a la menor tentativa me asesinarían."
Pocos días después, con una escolta de cien hombres, don Juanito Mora partiría hacia Puntarenas para abandonar el país. Los documentos de la época están llenos de fuertes acusaciones. La proclama de Lorenzo Salazar exaltó los ánimos de los simpatizantes del depuesto presidente. Don Juanito, desde el exilio, dejó escritas numerosas declaraciones con términos violentos. Sin embargo, llama la atención que don Juanito, quien no se medía al tomar la pluma, nunca utilizó palabras duras contra el Dr. Montealegre. Ni siquiera lo menciona. Al enumerar la lista de quienes lo traicionaron, cita a Lorenzo Salazar, Vicente Aguilar, Julián Volio Llorente y Francisco María Yglesias.
Desde el primer momento, el Dr. Montealegre se preocupó por garantizar la vida y las haciendas de los miembros del bando derrocado. Cuando don Juanito expulsó del país al Dr. José María Castro Madriz, sus haciendas fueron objeto de embargos y litigios, pero las propiedades y los intereses financieros y comerciales de Mora no fueron molestados durante el gobierno de Montealegre.
La intención de Montealegre, era dotar a Costa Rica de legislación e instituciones liberales que garantizaran la estabilidad futura. Consideraba fundamentales los pesos y contrapesos de las autoridades democráticas para evitar la concentración de poder y, por ello, insistió en que la nueva Constitución estableciera un periodo presidencial de tres años sin posibilidad de reelección. Introdujo además importantes reformas para controlar la administración de recursos públicos. Fiel a su propósito, gobernó con total apego a la ley y manejó el tesoro público con austeridad y cuentas claras.
Serio. callado, frío en apariencia, el Dr. Montealegre era un hombre de amplia cultura y aguda inteligencia. Respetable y respetado, logró salir de la presidencia con la frente en alto y las manos limpias.
Aunque durante su gobierno hubo numerosos intentos armados por derrocarlo, el Dr. Montealegre trató de pasar la página. Confiaba que, estableciendo un régimen de derecho, las conspiraciones de cuartel quedarían en el pasado.
El Dr. Montealegre no tuvo participación directa en el fusilamiento de don Juan Rafael Mora Porras. Su hermano Francisco sí se encontraba en Puntarenas y formó parte del proceso. 
Terminado su período, don José María Montealegre fue sucedido por el Dr. Jesús Jiménez Zamora, quien continuó el esfuerzo por fortalecer las instituciones civiles frente a las injerencias militares. Aunque don Jesús logró deshacerse de los viejos militares, Máximo Blanco y Lorenzo Salazar, acabó siendo derrocado por don Tomás Guardia
Durante los primeros años de su larga dictadura, Guardia miró con recelo a los hermanos Montealegre, quienes optaron por irse del país. En 1872, José María, Mariano y Francisco partieron rumbo a los Estados Unidos. Mariano luego se trasladaría a Inglaterra, donde moriría en el año 1900.
El Dr. José María Montealegre se estableció en San José, California, con su segunda esposa Sophie Joy y los hijos que tuvo con ella. Nunca regresó a Costa Rica.  Murió el 26 de setiembre de 1877,
Manuel Argüello Mora, sobrino de don Juanito, declaró que: "No se puede negar... que el gobierno de Montealegre fue progresista, culto, correcto."
Don Cleto González Víquez, por su parte, escribió: "Montealegre no fue un astro, sino un meteoro. Cuando la muerte lo condujo a otra esfera, se había olvidado de Costa Rica y Costa Rica se había olvidado de él. Olvido manifiestamente injusto, el nuestro."
INSC: 2693

sábado, 10 de junio de 2017

Los cuentos de don Pepe Figueres.

Así nacen las palabras y los cuentos. José
Figueres Ferrer, Prólogo de Fabián Dobles.
Editorial Costa Rica. 1982.
En 1948, el movimiento armado de don Pepe Figueres, además de las balas de las tropas del gobierno, era blanco del ataque del joven poeta herediano Fabián Dobles, miembro activo del Partido Vanguardia Popular, quien, desde los micrófonos de la radio, recitaba los versos que había escrito en octosílabos contra los rebeldes figueristas. Las palabras, así sean rimadas, no son tan fuertes como las armas. La revolución de don Pepe triunfó y don Fabián acabó siendo una de las pocas figuras del bando derrotado que no abandonó el país.
Pero el tiempo cura las heridas y, veintisiete años después, don Fabián recordaría el episodio de sus disparos poéticos en el prólogo que escribió al libro Así nacen las palabras y los cuentos, de quien fuera su antiguo adversario José Figueres Ferrer.
Pese a estar situados políticamente en bandos opuestos, tal parece que en materia literaria no existían entre ellos grandes diferencias. A la hora de contar historias, tanto don Fabián como don Pepe, escribían sobre el pueblo con el lenguaje del pueblo.
Político, finquero, empresario y filósofo, don Pepe Figueres fue un hombre de muchas facetas. En sus tres gobiernos realizó grandes reformas al país. Su finca La Lucha, abierta por él mismo en una zona de difícil acceso fue, además de su refugio, el laboratorio donde puso en práctica originales iniciativas. Hombre de cultura enciclopédica, pasaba horas en su biblioteca leyendo las obras de autores clásicos sobre los que llegó a manifestar agudas interpretaciones.
En sus libros de ensayos (Palabras Gastadas, Cartas a un ciudadano y La Pobreza de las Naciones), a don Pepe se le sale lo de erudito devorador de libros, pero logra exponer reflexiones profundas y complejas de manera fluida y comprensible. En su libro de cuentos, en cambio, el que habla es el finquero, el hombre cercano a la tierra, a los trabajadores, los cultivos y los animales. En sus relatos, mezcla experiencias personales y recuerdos familiares. Las digresiones abundan, pero no molestan. El propio don Pepe reconoce que es un escritor que se distrae a cada paso y, por ejemplo, en el cuento El Mocho, sobre un buey que perdió un cacho, dedica párrafos enteros a describir los caminos de tierra de Tarrazú (polvazal en verano y barreal en invierno), así como a describir en detalle la estructura de las carretas.
El sentido del humor, por supuesto, no podía faltar. Mientras estaba en una junta militar en plena guerra civil, cuando pidió la brújula para calcular las coordenadas, pudo notar que un chiquillo campesino allí presente, se asustó al oír hablar de la bruja y las condenadas. En una ocasión, ya en plena guerra civil, estaba con su tropa esperando que les sirvieran el almuerzo, cuando fueron atacados por un avión que les tiraba bombas. El piloto del avión era un hombre de apellido Masegoza y, en medio del ataque, escuchó a alguien decir: "Entre más bombas, más se goza." Sus hombres, en vez de buscar refugio, se pusieron a dispararle al avión. Aquello era inútil. Las balas de un rifle difícilmente podrían alcanzar un avión y, de lograrlo, no le harían mayor daño. Más que las bombas que caían, a don Pepe le preocupaba el desperdicio de municiones y ordenó que pararan el fuego. La orden fue repetida a gritos pero los hombres, al calor de la batalla, seguían disparando. Cuando el avión finalmente se marchó, don Pepe preguntó si ya estaba listo el almuerzo, pero las cocineras le respondieron que como él había dicho "Paren el fuego", le habían tirado baldes de agua a los fogones.
La vida en la finca, los cultivos, los animales y las pequeñas
historias, sentimentales y simples de los campesinos, son los
temas de los cuentos de don Pepe Figueres.
Los animales, en la vida rural, adquieren categoría de personajes. El buey que había perdido un cacho debido a la presión del yugo, ya no servía más para la carreta y lo dejaron engordar en el potrero. Una niña lo visitaba a diario sin advertir que, con cierta frecuencia, el carnicero también iba a verlo. Al final, ni siquiera fue necesario decirle a la niña lo que había ocurrido con el animal con que se había encariñado.
Algo similar ocurrió con La Vieja, una chancha enorme, reservada para la cría, madre de una innumerable prole de chanchitos. La Vieja era toda una institución en la finca. La respetaban tanto que, cuando debían sacrificar a uno de sus hijos, lo hacían bien lejos, donde ella no pudiera escuchar los gritos. Y cuando, tras años enteros de parir y amamantar, a La Vieja también le llegó su día, hasta los campesinos más curtidos inventaron excusas para no estar presentes.
Tan sentimental como Animalerías, la primera sección del libro, es Campesinerías, la segunda, en que el propio don Pepe aparece como personaje en uno de los relatos. Se trata de un diálogo entre el dueño de la finca y uno de sus peones. No es por azar que el nombre del finquero es "Don Cándido". Se trata, de hecho, de un hombre cándido, que ha viajado a países lejanos, que pasa el día entero leyendo como un tonto y que todavía tiene mucho que aprender. La relación con sus trabajadores es respetuosa, aunque ellos lo miran con recelo. Recién llegado, en lo alto de la montaña vio una mata de chiverres y preguntó si eran sandías. Los campesinos le explicaron que las sandías se cultivan en tierras bajas y calientes. Definitivamente, ese hombre era un ignorante que solo sabía de libros. La convivencia cotidiana, el trabajo compartido y las extensas conversaciones, como la que se consigna en la narración, hacen que poco el patrón vaya aprendiendo de los peones y, a veces, hasta se atreva a ayudarlos a descubrir algo que ellos no hayan notado.
En otro cuento, comparte una anécdota de su padre, don Mariano Figueres Forges, médico catalán que vino a Costa Rica, contratado por el gobierno, para prestar sus servicios en San Ramón. De Limón a San José cruzó en tren. También viajó en tren desde la capital hasta Río Grande de Atenas, pero de allí hasta San Ramón el viaje a caballo podía tardar de cuatro a ocho horas, dependiendo de la estación del año. Como el gobierno le daba un sueldo, las consultas a los habitantes eran gratuitas. Le enseñó a preparar recetas a Pancho, un muchachito del Bajo de los Corrales, en Naranjo, que resultó un buen aprendiz. Ni el propio don Mariano, el médico, sabía la fórmula con que Pancho elaboraba las medicinas que tanto bien le hacían a los pacientes.
Verdaderamente simpático es el cuento del jilguero y el cuyeo, que don Pepe dice habérselo oído contar a Roberto Brenes Mesén. Los dos pájaros participan en un concurso de canto. Como juez, escogieron al burro, porque tenía orejas grandes. El jilguero deleitó sus melodioso trino, mientras que el cuyeo soltó  su estridente, monótono y aturdidor sonido. A la hora del veredicto, el burro le da el premio al cuyeo porque, aunque todo es cuestión de gustos, los sonidos fuertes y simples son más claros para sus orejas. Moraleja: Más vale ser jilguero cantor, que cuyeo ganador de concursos de orejas.
En el libro hay un ejercicio literario atrevido e interesante. Según don Pepe, aunque el contenido de los relatos clásicos es de un valor eterno, muchas veces a las nuevas generaciones les incomoda leerlos porque no comparten el gusto por el estilo y el lenguaje en que están escritos. Sostiene que valdría la pena reescribir esos textos en versiones actualizadas ya que la literatura, en su opinión, no solamente debe ser leída como arte sino como filosofía. Hasta las obras de cambio de siglo ganarían más lectores, dice, si se les cambiara el estilo. Tras el preámbulo, don Pepe, con el temor de que Edelberto Torres "me mande a fusilar", brinda su versión, estirada y planchada, de El vuelo de la reina, de Rubén Darío.  Tal vez como disculpa previa, o anticipándose al juicio de don Edelberto Torres, a quien llama "el mayor rubenista que he conocido", Don Pepe le pone, a ese apartado del libro, el título de "Rubén Darío echado a perder".
Don Pepe Figueres es recordado como estadista, gobernante, político: algunas personas, más familiarizadas con su pensamiento, lo consideran filósofo. Pero su faceta como ameno narrador de historias, es poco conocida. El propio don Pepe lo lamentaba: "Rómulo Gallegos en Venezuela, Juan Bosch en República Dominicana y yo en Costa Rica, llegamos a ser presidentes por azares del destino, pero lo que en realidad queríamos era ser escritores."
INSC:0649

domingo, 28 de mayo de 2017

La campaña de Oscar Arias en 1986.

El primer domingo de febrero. Guido
Fernández. Editorial Costa Rica, 1986.
Desde la temprana edad de los catorce años, Guido Fernández Saborío (1933-1997) se dedicó al periodismo. Empezó como redactor de sucesos, llegó a entrevistar al General Anastasio Somoza y, tras graduarse como Licenciado en Derecho y cursar estudios de postgrado en California, llegó a ser director del periódico La Nación. Salvo los seis meses en que se desempeñó como asistente del gabinete del presidente Mario Echandi Jiménez, no ocupó cargo público alguno. Ideológicamente, era era considerado (y se consideraba él mismo) un liberal. Su protagónica participación en la ANFE (Asociación Nacional de Fomento Económico) lo ubicaba en las antípodas de la Social Democracia propia del Partido Liberación Nacional.
Las cosas cambiaron en 1985, cuando Oscar Arias Sánchez, candidato presidencial liberacionista, lo invitó a formar parte de su equipo de campaña. La aceptación del cargo causó sorpresa. Todos suponían que Guido Fernández se mantendría fuera de la política y, si en algún momento decidía entrar en ella, lo haría en el bando contrario.
La experiencia estuvo lleno de momentos difíciles. Acostumbrado a ver los toros desde la barrera, pese a estar involucrado en el debate político nacional desde la prensa, Guido Fernández era primerizo en las duras negociaciones que pueden darse al interior de un partido. Puntos que podrían considerarse secundarios y hasta intrascendentes eran objeto de largas discusiones en que era necesario saber imprescindible la habilidad de lograr convencer sin generar rencores.
Como buen periodista, tenía siempre a mano su libreta de apuntes y, durante toda la campaña, llevó un diario con sus impresiones sobre las actividades en que participaba.
Las elecciones, en que Arias salió victorioso, se llevaron a cabo el primer domingo de febrero de 1986 y, poco después, Guido Fernández sorprendió con un libro en que hacía un recuento de su participación en la campaña política recién concluida.
Según anota el propio Fernández en el prólogo de la segunda edición, el libro, titulado El primer domingo de febrero, se escribió en febrero, se imprimió en marzo y se vendió en abril. Esta velocidad de producción nunca había ocurrido antes y ni volvió a ocurrir después. La Editorial Costa Rica, que publicó el libro, se ha caracterizado históricamente por desarrollar los proyectos con cuidado y sin prisa. Por lo general, solamente el dictamen de un manuscrito presentado se lleva al menos un mes. Lo precipitado de esta publicación saltó a la vista casi de inmediato. La primera edición, según admite el autor en el prólogo de la segunda, apareció llena de errores debido al poco tiempo dedicado a la corrección de pruebas.
La segunda edición, que fue la que leí, tampoco está precisamente inmaculada. Además de frecuentes "dedazos" y faltas de ortografía tan groseras como escribir gira con jota, hay errores que solamente pueden ser causados por la prisa o el descuido. Uno puede comprender que haya escrito Rovinsky en vez de Rovinski, pero invertir los apellidos del gobernador de Puerto Rico, Rafael Hernández Colón, por Rafael Colón Hernández ya es otro nivel. Menciona que Oscar Arias fue diputado de 1974 a 1978, cuando en realidad lo fue de 1978 a 1982. De todas las inexactitudes del libro, llama particularmente la atención que diga que Luis Manuel Chacón fue el jefe de campaña del partido Liberación Nacional, cuando era más bien el de la Unidad Social Cristiana. Si la segunda edición es la corregida, no puedo imaginarme cómo habrá aparecido la primera.
Con todo y todo, el libro tiene su valor testimonial. La primera intención de Guido Fernández, al trabajar por primera vez en una campaña política, era elevar el nivel de la propaganda política con mensajes ricos en contenido, planteados en lenguaje decente y sin golpes bajos al adversario. Conforme la carrera electoral fue calentando, ese objetivo acabó haciéndose a un lado. Se realizaron anuncios de televisión en que se caricaturizaba al adversario, el lenguaje utilizado fue subiendo de tono hasta rayar el insulto y los golpes bajos no tardaron en aparecer. A veces, este tipo de campaña era aprobada desde el comité central y, en otras ocasiones, grupos de simpatizantes publicaban por su cuenta hojas sueltas que lograban ofender la sensibilidad hasta de los líderes del mismo partido al que se suponía que apoyaban.
En la campaña hubo episodios más que lamentables. Los dos partidos mayoritarios se vieron envueltos en un debate de amas de casa verdaderamente bochornoso. Todo empezó por un comercial de televisión en que aparecía una señora, habitante de un tugurio, que opinaba en contra de un partido político. Los del partido contrario, en vez de pasar por alto el asunto, pusieron a responder a una vecina de la señora y entonces empezó la historia de nunca acabar.
Mientras dos humildes mujeres discutían en anuncios televisados, los candidatos no debatían. Antonio Alexandre García, director de Notiséis, se valió de un truco para ponerlos frente a frente, aunque estuvieran a distancia. Envió un equipo de televisión a la casa de cada uno de ellos y, cuando estaban ambos al aire, enlazó la transmisión. Así fue el primer debate televisado entre candidatos. Por haberse realizado por sorpresa y sin anuncio previo, no fue muy visto. A partir de la campaña de 1990, los debates de televisión han pasado a ser parte de la rutina del proceso electoral.
En aquellos años, todavía las reuniones de plaza pública eran la principal actividad de la campaña. Guido Fernández menciona que Víctor Ramírez opinaba que cuando en cada casa hubiera un televisor, las manifestaciones con tribuna pasarían a la historia. Definitivamente, don Víctor salió profeta y, en la actualidad, los partidos políticos celebran cada vez menos reuniones de este tipo. Para que mantengan su atractivo, en vez de discursos encendidos, suelen programar conciertos musicales.
El libro consigna que, para el cierre de la campaña liberacionista de 1986, vino a Costa Rica el cantante español Luis Eduardo Aute pero que, por incovenientes de último momento, no pudo hacer su presentación.
Un tema que resulta interesante es el manejo de las adhesiones de figuras públicas y el manejo de las relaciones con la prensa dentro de las normas legales impuestas por el Código Electoral. En ocasiones, la publicación de un simple folleto requería innumerables trámites y consultas.
Quizá por tener su origen en un diario llevado sobre la marcha, El primer domingo de febrero está lleno de menudencias y presta más atención de la que merecen a hechos que solamente fueron importantes en el momento en que ocurrieron.
Hay páginas y páginas llenas de acontecimientos sin importancia. La reunión empezó a tal hora, en tal lugar, estaban fulanito y menganito, zutanito manejaba el automóvil. A veces dan ganas de sacudir el libro para ver si, en medio de tanto detalle intrascendente, sale algún dato revelador.
Vivido, pensado, escrito, editado y publicado a toda prisa, este es un libro al que le falta reposo. Acostumbrado, por su larga carrera periodística, a escribir contra reloj, Guido Fernández quiso hacer un libro como se hace una nota de periódico. Los periodistas viven en el día a día, pero los autores de libros no se ponen a escribir acerca de lo que les sucedió antier y, si lo hacen, no lo publican de inmediato. Ni uno mismo comprende lo que ha hecho inmediatamente después de haberlo hecho. La historia no se escribe al día siguiente.
Los altos y bajos de la campaña, que unas veces daba la impresión de tener el triunfo seguro y otras parecía que caminaba al fracaso, dejan de ser importantes cuando se llega al conteo de votos. El interés por los detalles internos del proceso electoral, se diluye con el tiempo. El primer domingo de febrero, tuvo dos ediciones, una en marzo y otra en noviembre de 1986 pero, como era fácil de suponer, no ha vuelto a llamar la atención desde entonces. 
INSC: 2039

domingo, 21 de mayo de 2017

Alas en fuga. Poemas de Julián Marchena.

Alas en fuga. Julián Marchena,
Editorial Costa Rica, 1980.
Hay un momento en la novela Murámonos Federico de don Joaquín Gutiérrez. en que Colacho, el boticario, hablando sobre la muerte, improvisa unos versos que podrían servirle como epitafio. Inmediatamente después de escucharlos, Federico exclama: "No sirven"... "le faltan sílabas".
Colacho entonces, haciéndose el ofendido, le responde: "Sos muy exigente. ¡Ni Julián Marchena que fueras!"
La salida, además de ingeniosa, fue acertada. En la poesía de Julián Marchena (1897-1985) no faltan ni sobran sílabas. La métrica es exacta y hasta la rima se apega a las normas clásicas: consonante en el soneto y asonante en el romance. Lo que hace su caso muy particular, es que para la época en que publicó su único libro, ya los poetas no solían ser tan apegados a las reglas. Aunque era un hombre muy querido y respetado, incluso por los escritores jóvenes, es posible que en sus últimos años, además de la mención incluida en Murámonos Federico, haya llegado a sus oídos la frase irónica, que lo aludía directamente, que afirmaba que Costa Rica era el único país del mundo que tenía un poeta modernista vivo.
Los historiadores de la literatura, así como todos aquellos que acostumbran etiquetar a los autores por generaciones, quizá calificarían su obra como "tardía". Son poemas típicos de la segunda mitad del siglo XIX, publicados en la primera mitad del XX.  Sin embargo, a quienes leen por placer y no por hacer análisis (que son la mayoría), esta clasificación, como cualquier otra, los tiene sin cuidado. En todas las épocas hay creadores que siguen fielmente los cánones tradicionales así como otros que, más bien, están dispuestos a romperlos. Los lectores (y muy especialmente los lectores de poesía), no suelen detenerse a considerar si los versos que logran impresionarlos y conmoverlos estuvieron a la vanguardia o a la retaguardia en el momento en que fueron publicados.
La forma en que alguien escribe, depende de sus gustos y su propio temperamento, más que de la tendencia que esté de moda a su alrededor.  "Cada poeta escribe sobre su propio mundo", me dijo una vez Popo Dada, "por lo que al publicar su libro, lo que hace es entregar a otros su mundo interno."
Julián Marchena empezó a escribir poesía desde joven. Envió sus versos a un par de concursos pero no obtuvo más que menciones honoríficas y, en 1941, cuando ya había dejado la juventud atrás, publicó su único libro Alas en fuga.  En poesía, como en muchas otras disciplinas, el criterio de los especialistas y el del público en general casi nunca coinciden. Los jurados de los premios a los que se presentó no lo galardonaron, pero su libro llegó a alcanzar gran popularidad.
Julián Marchena (1897-1985) Director de la
Biblioteca Nacional de Costa Rica de 1938 a
1967 y de 1974 a 1979. Autor de un único libro
de poesía: Alas en fuga.
Marchena, como ya se dijo, fue obsesivo con la métrica y con la rima, pero no echó mano ni de construcciones complejas ni de palabras rebuscadas. Los poemas, tal vez, parezcan un poco encorsetados y almidonados, pero son de una claridad transparente. Aunque en la estructura no falta ni sobra una sílaba, los temas y el vocabulario son perfectamente comprensibles para cualquier lector. Alas en fuga, es un libro amigable que se lee fluidamente y sin tropiezos y no obliga a consultar el diccionario. Las emociones, por su parte, son reposadas, serenas, y todo el libro, lleno de dolor y de ausencia, está escrito en un tono moderado y contenido.
Es difícil poner a circular libros de poesía. En muy raras ocasiones hay una segunda edición puesto que, por la general, un buen número de ejemplares del primer tiraje acaba sepultado en polvo lejos de los lectores.  Alas en fuga es uno de esos raros casos en que las ediciones se agotaban a pesar de que venían una detrás de la otra. 
Hugo Montes, autor del prólogo a la sétima edición publicada por la Editorial Costa Rica de Alas en Fuga, que es la que tengo,  señala que, desde el mismo título, la huida es el tema central del libro. Cita, para reafirmarlo, una serie de versos de distintos poemas que, de alguna manera, manifiestan el deseo de fugarse a otro sitio. 
"Huir en una barca o en un sueño"... "hayas de huir de ti mismo"... "por huir de su amor  infortunado"...  "como para escaparme de mí mismo"... "huir de todo lo que sea humano"... "tu silueta  ausente huye luego y se borra de repente"... "la tarde huyó por no manchar su traje",,, "y al verte prisionera de tu vida apacible no ansiaste vivamente poder huir muy lejos"... "vuestros encantos se fugan de las catorce rejas de oro de un soneto"... "se me escapaba el alma entre los dedos"... "fugóse el ave y me dejó su canto". 
Como si se sintiera prisionero en una realidad que lo asfixia, el poeta pretende escapar hacia un lugar remoto, desconocido y, por eso, nuevo y fresco. En cada página de Alas en fuga la mirada está puesta en la lejanía. El mundo poético de Julián Marchena no es el mundo real en que vivía, sino el mundo ideal con que soñaba. No se le puede reclamar que, al escribir, utilizara formas que habían caído en desuso ya que, después de todo, es muy probable que quien desee trasladarse a otro sitio, también prefiera ubicarse en otra época.
Aunque el más conocido es Vuelo supremo, mi poema favorito de Alas en fuga es el Romance de las carretas, quizá el único del libro que es nostálgico en vez de doloroso. Las carretas de bueyes, "ambulancias campesinas/ hormigas de las cosechas/ cándidos lechos nupciales/ y trashumantes viviendas/ se mueven siempre sin prisa,/ -tarde o temprano se llega-/ y sobre el barro o el polvo/ detrás de sí solo dejan/ como las almas afines/ ondulantes paralelas." 
INSC: 0711 

Vuelo Supremo

Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marino
no tener, para ir a otra rivera,
la prosaica visión de los caminos.

Poder volar cuando la tarde muera
entre fugaces lampos ambarinos
y oponer a los raudos torbellinos
el ala fuerte y la mirada fiera.

Huir de todo lo que sea humano;
embriagarme de azul... Ser soberano
de dos inmensidades: mar y cielo,

y cuando sienta el corazón cansado
morir sobre un peñón abandonado
con las alas abiertas para el vuelo.

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