domingo, 28 de diciembre de 2014

Las memorias de don Pepe Figueres.

El espíritu del 48. José Figueres Ferrer.
Editorial Costa Rica, 1987.
Para componer y redactar este libro, don Pepe contó con la colaboración del Padre Benjamín Núñez y del periodista e historiador Guillermo Villegas Hoffmeister. Ya los tres han muerto y ninguno de los tres explicó cómo fue que se repartieron el trabajo de elaboración de esta obra. Son las memorias de don Pepe y están escritas en primera persona. El estilo, en muchos episodios, coincide con el de sus discursos, artículos y los otros libros que escribió sin colaboradores, pero son muchas las páginas en que el estilo, el vocabulario y la mentalidad de don Pepe no se reconoce.
El libro lo empezaron a componer en 1986, cuando don Pepe cumplió ochenta años de edad. Según explica el Padre Núñez en el prólogo, la iniciativa respondía a la preocupación de que los protagonistas de los hechos de 1948 no escribían sus memorias, por lo que una bibliografía disponible sobre el conflicto eran los estudios realizados por historiadores que no vivieron el conflicto y presentaban los acontecimientos con una interpretación ideológica que amenazaba con tergiversarlos. 
Tiene razón, solamente muy pocos de los protagonistas de nuestra guerra civil dejaron un testimonio escrito. Don Beto Cañas publicó Los ocho años, don Eugenio Rodríguez Vega De Calderón a Figueres, don Roberto Fernández Durán escribió un pequeño libro sobre la Huelga de brazos caídos y Edgar Cardona publicó su versión del intento de golpe de Estado que quiso darle a la Junta. En la acera de enfrente, don José Albertazzi Avendaño escribió La tragedia de Costa Rica y don Teodoro Picado también dejó escritas sus Memorias.
El Dr. Calderón Guardia, don Manuel Mora, Monseñor Sanabria, don Alberto Martén, don Chico Orlich y tantos otros, se fueron de este mundo sin legarnos por escrito su versión de los hechos.
Siempre me ha extrañado que no se haya escrito aún una amplia biografía de don Pepe Figueres. No solamente por el hecho de que lideró una revolución que marcó un antes y un después en la historia de Costa Rica, ni por las trascendentales y controversiales iniciativas que realizó las tres veces que gobernó el país, sino porque don Pepe, en sí mismo, es un personaje fascinante. Hijo de padres catalanes, nació en San Ramón en 1906 y, desde muy joven, fue un lector voraz de obras clásicas de filosofía y literatura. Habituado a interactuar con personas sencillas del campo, don Pepe era hombre de pocas palabras. Cuando hablaba, hacía frecuentes pausas y se esforzaba por ser breve y claro. Trataba de disimular su amplia cultura pero, a veces y si venía al caso, citaba a John Stwart Mill o a Robert Owen. Don Guido Sáenz una vez invitó a don Pepe, cuando era presidente de la República, a su programa de televisión para hablar sobre Chejov. Cuando don Joaquín Gutiérrez Mangel publicó sus traducciones al español de las tragedias de Shakespeare, don Pepe escribió un amplio y profundo comentario en que, aunque como de costumbre trató de ser coloquial, breve y claro, dejó en evidencia su amplio conocimiento de la obra del bardo inglés. En muchos sentidos, don Pepe fue un filósofo. No solo en sus libros de ensayos, sino también en sus obras de narrativa, así como en sus discursos, don Pepe plantea reflexiones profundas que, por la fluidez y concisión con que las expone, salta a la vista que han sido largamente repasadas. Le interesaba también la agricultura y la mecánica. Concibió y puso en práctica en su finca La Lucha, diversas técnicas novedosas en los cultivos y diseñó por sí mismo la maquinaria que necesitaba. Don Pepe vivía lejos de la capital y de la política. Su temperamento, en muchos sentidos, era el de un ermitaño. Le parecía, sin embargo, que el país no estaba bien gobernado. A pesar de ser un ilustre desconocido, pronunció un discurso en la radio para manifestar sus ideas. La policía irrumpió en la estación, detuvo la transmisión, lo arrestó y el gobierno a los pocos días lo expulsó del país. Don Pepe se convirtió, entonces, no solo en el último costarricense desterrado por el gobierno de Costa Rica (situación que no ocurría desde la dictadura de los Tinoco 1917-1919), sino en un líder político que, desde el exilio, se preparó para derrocar al gobierno. Regresó a Costa Rica convencido de que el partido en el poder solamente podría ser removido por medio de la lucha armada. Cuando, en 1948, se anularon las elecciones que dieron un claro triunfo al candidato opositor, el periodista Otilio Ulate Blanco, don Pepe supo que había llegado el momento de actuar. 
José Figueres Ferrer. Don Pepe.
1906-1990.
La guerra civil fue breve pero muchos combatientes de ambos bandos perdieron la vida. Cuando los gobernantes abandonaron el país, don Pepe presidió la Junta Fundadora de la II República, convocó a una Asamblea Nacional Constituyente, gobernó por decreto durante dieciocho meses y, según lo acordado, entregó el poder a Ulate el 9 de noviembre de 1949.
Don Pepe siguió activo en la política, tanto local como internacional, fue presidente de la República de 1953 a 1958 y de 1970 a 1974, pero su libro de memorias, termina en 1949. Arranca, eso sí, desde sus recuerdos más remotos en el San Ramón de su infancia, de sus estudios en el Seminario y de los años de juventud que vivió en Boston con su gran amigo Francisco Orlich. En estas páginas iniciales es donde encontramos al don Pepe más auténtico y genuino. Nadie podía ayudarle a reconstruir unos recuerdos que eran solo suyos. Sin embargo, en cuanto se empiezan a relatar los hechos políticos y las acciones bélicas, queda claro que, más que memorias, aquello es un recuento minucioso. Las circunstancias en que fallecieron Rigoberto Pacheco Tinoco y Carlos Brenes conocido Perro Negro, los dos primeros muertos del conflicto, son expuestas en todo detalle. No son los únicos. Los caídos de ambos bandos se mencionan con nombre y apellidos y se indica el lugar y los pormenores de su muerte. Es una verdadera lástima que la primera edición de este libro no traiga un índice onomástico -sería buena idea incluirlo en las ediciones futuras- puesto que las menciones no se limitan a los combatientes, sino a todos los que de alguna manera participaron en la gran empresa de organizar la lucha armada. Algunos nombres son una verdadera sorpresa. Don Álvaro Terán Seco, tío de don Pepe, dueño del Almacén La Granja, fue uno de los primeros en conocer sus planes. Don Eberhard Steinvorth fue quien le prestó el dinero para adquirir la totalidad de La Lucha. Don Alex Murray McNair, se encargó del control de radio, don Manuel de Mendiola recogió fondos y don Jaime Solera Bennet fue quien propició el acuerdo entre Ulate y Figueres. El Dr. Vesalio Guzmán, el empresario Rafael Sotela, don Rosendo Arguello y don Fernando Castro Cervantes, jugaron también un papel muy decisivo en el éxito de la lucha armada. Menciono estos nombres, porque todos ellos fueron señores muy discretos y de bajo perfil público cuya participación probablemente habría acabado siendo desconocida de no ser por la mención minuciosa de involucrados que hace el libro.
Escrito casi cuarenta años después de los hechos, el tono del texto es desapasionado y sereno. No hay expresiones de rencor ni de resentimientos. Se trata de manera respetuosa a don Teodoro Picado y don Manuel Mora y las referencias al Dr. Calderón Guardia se plantean de manera bastante cortés. La única persona hacia quien los calificativos son bastante severos es Juan José Tabío y Silva, el cubano que comandó el ataque a la casa del Dr. Valverde Vega.
El libro es enfático en varios puntos. Uno de ellos es la participación de milicianos no costarricenses, que ha llegado a ser materia legendaria. Líderes políticos de la zona, como el colombiano Rómulo Betancourt, el venezolano Rómulo Gallegos, el dominicano Juan Bosch, el puertorriqueño Luis Muñoz Marín y el guatemalteco Juan José Arévalo, no solo estaban al tanto del plan, sino que lo apoyaban. Sin embargo, en la guerra civil solamente participaron dieciocho combatientes no costarricenses, a quienes se cita con nombre y apellido. Otro aspecto sobre el que se hace hincapié tiene que ver con la participación de don Otilio Ulate. ¿Por qué Ulate no participó en el movimiento revolucionario si, a fin de cuentas, era su elección lo que se estaba defendiendo? Con cierta ironía, don Pepe afirma que don Otilio y sus seguidores eran "prudentes" y siempre consideraron "una locura" al movimiento armado que se levantó en La Lucha. Cuando "la locura" triunfó, don Otilio sostuvo que él no se sumó a las filas porque no fue convocado. Don Pepe lo desmiente.
El proceso de mediación, convocado por el cuerpo diplomático para poner fin al conflicto, fue bastante complicado. En las negociaciones en la Embajada de México, el Padre Núñez, sin consultar a don Pepe, firmó un documento privado que le presentó Manuel Mora y que, posteriormente, salió a la luz pública. En unos interminables capítulos, llenos de alegatos, seguramente escritos por el propio Padre Núñez, se explica que él "no firmó el documento, sino que solamente escribió su nombre en él". De hecho, cada vez que en el libro se menciona al Padre Núñez se percibe una insistencia desmedida por destacar lo intachable que es. Detalle de bastante mal gusto ya que, en la introducción del libro, tanto a Núñez como a Villegas, don Pepe los llama "coautores".
El libro reproduce proclamas y documentos. Tiene sus páginas emotivas, entre las que se incluye el largo poema de don Beto Cañas Los treinta de la trinchera y, también, uno que otro momento cómico. Desde antes de que estallara el conflicto, el gobierno les seguía la pista a los conspiradores. Mientras Gonzalo Facio y Daniel Oduber acabaron detenidos en la Penitenciaría, don Pepe logró salvarse del arresto ya que al salir de su escondite, caminó varias calles vestido de mujer y con un velo sobre la cabeza.
He disfrutado mucho todos los libros de don Pepe. En cierta forma lamento que sus memorias no las haya escrito solo pero, aunque la cantidad de datos y explicaciones atenuaron su rica prosa, lo cierto es que El espíritu del 48 es un gran documento para la historia costarricense.
INSC:  02630

martes, 16 de diciembre de 2014

Paul Johnson. Brillante y ameno columnista.

Al diablo con Picasso. Paul Johnson.
Javier Vergara Editor, Argentina, 1997.
Mi parte favorita del periódico son los artículos de opinión. Para empezar, es la mejor escrita y, con frecuencia, uno acaba comprendiendo mejor lo que está pasando por medio de los comentarios más que por las notas y reportajes. Además, prefiero que me informen con franqueza. El periodista, supuestamente imparcial y objetivo, me genera más desconfianza que el columnista que simplemente dice lo que piensa. A pesar de esta preferencia, debo admitir que en la actualidad los buenos periodistas abundan mientras que los buenos columnistas escasean.
Los columnistas actuales aburren por monótonos. Está el indignado que, con las vestiduras permanentemente rasgadas, sobrerreacciona airado sobre todo lo que denuncia; el analista con ganas de explicarlo todo que produce bostezos desde la primera línea; el sabihondo que quiere impresionarnos con lo mucho que sabe y lo mucho que piensa; el divo que cree que su vida social y personal merece ser escrita y leída y, finalmente, el chistoso cuyo ingenio es una verdadera prueba de paciencia.
Un buen columnista, en mi opinión, debe tener amplia cultura, sensibilidad, experiencia e inteligencia, así como la discreción necesaria para no arrojárselas al lector a la cara. Lo que se espera de un columnista, en todo caso, es que manifieste su opinión sin mucho rodeo y que se exprese de forma clara y amena. El columnista no se supone que sea un profesor de clase avanzada, ni un orador de tribuna, ni un predicador de púlpito sino, simplemente, un contertulio amigable, alguien a quien nos agrada leer porque nos fascina su forma de expresarse, aunque no siempre compartamos sus puntos de vista.
Los columnistas actuales, y quienes aspiren a serlo algún día, harían bien en leer Al diablo con Picasso y otros ensayos, del inglés Paul Johnson, un verdadero maestro del oficio, quien escribe columnas desde 1953 y recopiló, en este libro, una selección de sus colaboraciones semanales publicadas en el periódico The Spectator en la década de los noventa.
Aunque Johnson es un hombre de mundo, gran viajero, historiador y crítico de arte  que se mueve en altas esferas sociales, en sus columnas no hay desplantes de erudición ni intenciones didácticas. Convencido de que una de las funciones más importantes de la lectura es generar ideas, Johnson expone sin tapujos las suyas para que el lector las confronte con las propias. Tiene claro que si escribiera un tratado sobre retratistas o paisajistas ingleses del siglo XVIII, por ser un tema que a él lo apasiona, podría hacerlo de manera brillante pero ninguno de los lectores de sus columnas se tomaría la molestia de leerlo completo. También tiene claro que un columnista es una figura pública menor -muy menor- y que a nadie le importa la demora que tuvo en el aeropuerto, el buen o mal servicio que haya tenido en un establecimiento ni la discusión que sostuvo con el oficial de tránsito que lo detuvo. Por otra parte, la experiencia le ha enseñado que los vaivenes de la política, por intensos que lleguen a ser en su momento, son un tema temporal que todo el mundo habrá olvidado en el corto plazo.
Paul Johnson.
Al escoger el tema de sus columnas, Johnson mira alrededor, a sabiendas de que sus lectores muy probablemente estén mirando lo mismo. Escribe entonces sobre la disposición de los productos en el supermercado, el uso de cosméticos, la costumbre de saludar con un beso, lo inoportuno que es el sentido del humor en el sexo y otros temas cotidianos. Como es una persona mayor (nació en 1928), ha visto cómo muchos usos, sitios y dinámicas han cambiado y, con aguda mirada comenta esos cambios.
No se crea, sin embargo, que las columnas de Johnson son una lectura ligera. No es cierto que los artículos sobre el gobierno y los Derechos Humanos son serios y profundos mientras que los que se refieren a la vida cotidiana son frívolos y superficiales. Muchas veces ocurre a la inversa. La profundidad de un artículo no depende del tema, sino de la forma en que se aborde. Gracias a su gran cultura e inteligencia, así sea sobre el tema más trivial, Johnson es capaz de escribir una columna memorable, digna de ser repasada durante años.
Por ser conservador, católico y de gusto clásico, las opiniones de Johnson nadan contra corriente. A sabiendas de que quizá la mayoría de sus lectores no estará de acuerdo con él, lejos de asumir una actitud discreta, muestra su posición sin tapujos, de manera enfática y contundente, y la expone haciendo gala de una enorme jovialidad. El título del libro es un buen ejemplo. Para Johnson, Picasso es un farsante que, sin ser un pintor meritorio, logró vivir del cuento. Cree en la conveniencia de que se vuelva a la antigua práctica de que a los miembros de la familia real no se les permita escoger su cónyuge por sí mismos y considera que la educación universitaria es una pérdida de tiempo.
Johnson tiene el mérito, bastante poco común, de escribir sobre lo que le molesta o le incomoda con gran sentido del humor y amenidad. Sus opiniones sorprenden, pero no irritan al lector. Johnson es como ese amigo querido que todos tenemos, con quien no estamos de acuerdo en nada, pero a quien nos fascina escuchar y al que nunca vamos a dejar hablando solo.
Hay personas tan cerradas en su punto de vista y tan rudas al exponerlos, que solo pueden compartirlos con sus afines ya que cualquier otro se levantaría indignado de la mesa. En el primer capítulo del libro, titulado El arte de escribir columnas,   Johnson comparte las normas que sigue y los trucos que ha ido aprendiendo para mejorar el oficio. La columna periodística, como la poesía, el cuento, la novela y el ensayo, es un género literario. Para los lectores, no hay nada más fácil en el mundo que dejar de leer. Cuando se trata de un libro, lo cierran, pero en el caso de una columna en el periódico, basta que dirijan su mirada a otro extremo de la página, cosa que no ocurre con las columnas de Johnsos que, se traten sobre lo que se traten y digan lo que digan, es imposible abandonarlas sin haberlas leído completas.
INSC: 1947

viernes, 12 de diciembre de 2014

Ernest Hemingway habla en español de su novela "El viejo y la mar".

El viejo y el mar. Ernest Hemingway.
Editores Mexicanos Unidos, México, 1992.
Santiago tenía ochenta y cuatro días de no pescar nada. Estaba a punto de romper su propio récord de mala suerte, puesto que una vez había pasado ochenta y siete días en blanco. Manolín, el niño al que Santiago había enseñado a pescar cuando tenía solamente cinco años, lo acompañó los primeros días pero, acatando las órdenes de su padre, se había pasado a trabajar con otro pescador que sí tenía suerte.
En Santiago todo era viejo, excepto sus ojos. La vela de su barca, remendada con costales de harina, parecía la bandera de una derrota permanente.
El día ochenta y cinco, Santiago decidió ir más lejos de lo acostumbrado y, en alta mar, pescó un magnífico pez espada, enorme y fuerte, con el que luchó durante tres días en que su pensamiento voló hasta las playas africanas, tan blancas que lastimaban los ojos, donde hacía muchos años había visto leones. Cuando finalmente, tras dar una dura batalla, el pez murió, Santiago lo ató al costado de su bote, ya que era tan grande que no había manera de meterlo dentro. En el camino de vuelta a casa, los tiburones, a pesar de los golpes que les propinaba Santiago, se comieron el pez, por lo que el viejo pescador, a quien ya daban por muerto, regresó al pueblo con solamente el esqueleto del pez espada al que no le podía sacar ningún provecho. 
La solitaria lucha de este hombre en el ocaso de su vida ante un pez gigantesco,  llega a tener connotaciones heroicas. Santiago está viejo y débil. En los días sin pesca y sin dinero ha pasado hambre. Las fuerzas le fallan y el cansancio está a punto de doblegarlo. Aunque es un hombre de piel curtida, la brisa y el sol lo lastiman. Sus manos callosas acaban sangrando por la fuerza con que el pez tira del sedal. 
Primera edición de El viejo y el mar.
Revista Life, 1 de septiembre de 1952.
En los tres días que estuvo en alta mar, los grandes problemas de Santiago fueron el hambre, el sueño y la fatiga. La soledad no lo afectaba porque estaba acostumbrado a ella, vivía solo en su cabaña, se reconfortaba con recuerdos de los tiempos felices y sabía conversar consigo mismo.
Santiago, el protagonista de El viejo y el mar de Ernest Hemingway, es uno de los héroes más conmovedores y admirables que uno puede encontrase. Cuando la lucha ha sido intensa, prolongada y desigual y se ha sostenido hasta el límite de agotar las fuerzas sin doblegar la voluntad, deja de importar si el resultado final fue un triunfo o una derrota. 
La novela es breve, las descripciones son mínimas, los diálogos son concisos, cortantes y escuetos. Y con esta economía de palabras, Hemingway logró insinuar mucho más de lo que dijo. Los grandes valores de la amistad, de la solidaridad, del respeto, del orgullo, de la tenacidad, del esfuerzo y de la constancia, llegan a ser palpables aunque nunca se mencionen. El viejo y el mar es una de esas novelas en que uno acaba comprendiendo mucho más de lo que lee. 
Manolín admira al viejo. Recuerda que cuando tenía cinco años lo llevó con él a alta mar y pescaron un pez tan grande que, al sacudirse, amenazaba con volcar el bote. Santiago puso al niño en la proa y empezó a matar al pez dándole con un palo. Los golpes eran tan fuertes que parecía que el viejo estaba derribando un árbol. "¿De veras te acuerdas de todo eso, o yo te lo conté?" le pregunta Santiago cuando Manolín evoca la escena.
El libro está lleno de instantes que hacen que se asomen, juntas, una lágrima con una sonrisa, como cuando Santiago y Manolín se sienten tentados a comprar un número de la lotería, pero no tienen a quién pedirle prestado. Esta escena siempre me ha conmovido. ¿Habrá mayor muestra de fe y esperanza que pedir prestado para jugar lotería? Aunque, a fin de cuentas, Santiago aborta el plan. "Trata de no pedir prestado." Le aconseja a Manolín. "Primero pides prestado y después pides limosna."
Ernest Hemingway. 1899-1961.
El texto completo de El viejo y el mar, apareció en la revista Life el 1 de septiembre de 1952. La primera edición, como libro, fue lanzada una semana después, el día 8. A pesar de que la revista vendió cinco millones de ejemplares del número que incluía la novela, los tirajes del libro también se contaron por millones. Desde entonces, son muchos los lectores que, incluso sin haberse acercado a otras obras de Hemingway, han quedado fascinados con El viejo y el mar.
Al leer The old man and the sea, en inglés, hubo dos cosas que me llamaron la atención.
En las versiones en español, se dice que el viejo estaba "salado" para indicar que tenía mala suerte. Curiosamente, en la versión original en inglés aparece "salao". 
Pero lo más llamativo es que, en el propio libro, se aclara que el viejo siempre se refería al mar en femenino, "la mar",  ya que, según Hemingway, esa es la forma que utilizan quienes la aman. (He always thought of the sea as la mar which is what people call her in Spanish when they love her.)
"A veces los que la aman hablan mal de ella, pero siempre como si fuera una mujer. Algunos de los pescadores más jóvenes... le decían el mar, en masculino. Hablaban del mar como un contrincante, un lugar o incluso un enemigo. El viejo siempre la veía como algo femenino, que retiene grandes favores."
Me pregunto por qué, si el propio Hemingway dejó escrito en el libro que el viejo decía la mar, todas las traducciones al español han optado por traducir "El viejo y el mar". ¿Será tal vez por aquello de que en masculino es un enemigo? 
En una entrevista de 1954, Hemingway, además de declararse el primer escritor cubano "sato" (no de raza pura) en ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura, llama a su libro "El viejo y la mar".
INSC: 0371

Poco más que datos curiosos.

Historias imprescindibles para los
amantes de los viajes. Alberto
Granados, Aguilar, España, 2013.
Para no andarme con rodeos lo diré de una vez: leer este libro fue una auténtica desilusión. El título es atractivo, el texto de la tapa llama la atención y el índice parece ser prometedor. Sin embargo, el contenido del libro es verdaderamente hueco.
Para empezar, no hay historias, sino solamente abundantes datos tan curiosos como escuetos. No me queda claro qué quiso lograr Alberto Granados con este libro ni a qué clase de público pretendía dirigirse.
Historias imprescindibles para los amantes de los viajes está dividido en varios apartados. El único medianamente rescatable es el primero, en que consigna breves biografías de grandes viajeros como Marco Polo, Cristóbal Colón, Magallanes, David Livingston y otros. Curiosamente, no incluyó a Humboldt, Darwin o Burton pero, en todo caso, la información que brinda es más o menos la misma que cualquiera podría encontrar en una breve búsqueda en Internet.
Tras las minibiografías, vienen unas notas sobre el puente más largo del mundo, las cataratas más altas, la ciudad más poblada, el lago más profundo y otras por el estilo. Leer un recuento de datos, no es precisamente una lectura fascinante y si a ello le sumamos la molestia de tropezar frecuentemente con errores, incoherencias e inexactitudes, la lectura se convierte en un verdadero fastidio. Al referirse a los ríos más largos del mundo, coloca al Amazonas en primer lugar, al Nilo en segundo y al Mississippi en tercero. Pero, al consignar la extensión, anota que el Nilo mide 6.627 km. y el Mississippi 6.800 km. En la página 56 dice que en el Amazonas viven más de mil especies distintas de peces y, en la página 58, dice que son más de tres mil.
El recuento que hace de las cruzadas es acelerado y puramente informativo, mientras que la nota sobre la ruta 66 parece sacada de Lonely Planet, ya que viene hasta con recomendaciones de sitios interesantes que visitar. Vienen luego apartados dedicados a trenes, barcos, aviones, hoteles y museos. Cansado de leer datos y más datos, me salté la la lista de hoteles de siete estrellas. 
¿Qué clase de libro es este? ¿Una colección de relatos de viajes? No. ¿Una guía práctica? Tampoco. Es simplemente una recopilación de datos curiosos más o menos organizados de manera temática, aunque recopilados sin confirmación ni cuidado. Según el libro, el tren transiberiano une a Rusia con Vladivostok, cuando todo el mundo sabe que Vladivostok está en Rusia. 
Aunque tenía un libro en las manos, me parecía estar leyendo una revista en la peluquería. Lo único que leía eran datos que me entretenían pero que no tomaba en serio. Este no es un libro para leer sino para hojear (pasar las hojas) y ojear (pasar los ojos). 
Hay un viejo chiste en que un hombre se encuentra a su amigo leyendo un libro grueso. "¿Qué estás leyendo?" le pregunta. "El diccionario." Responde el amigo. "¿Y qué tal va la lectura?". "Pues más o menos, porque apenas se pone interesante, cambia de tema."
Leer este libro me hizo sentirme tan defraudado (y hasta tan tonto) como el lector del diccionario. Lo que más me ha asombrado de este libro es su ligereza. Es muy fácil dedicarse a recopilar datos y, sin tomarse la molestia de confirmarlos, armar un libro de trescientas páginas, ponerle un título llamativo y atrapar lectores curiosos e incautos. No conozco a Alberto Granados quien, según la información de la solapa, es un conocido periodista de la Cadena SER en España. Este es el primer libro suyo que leo y, muy probablemente, el último. Al que sí conozco, y respeto, es al sello editorial Aguilar que, antes de este, ya le ha publicado a Granados cuatro libros. Los periodistas tienen caras y nombres y conocidos y, cuando publican un libro, por lo general logran buenas ventas. Comprendo que las editoriales estén dispuestas a publicar libros de periodistas populares pero cuando una editorial, como en el caso de Aguilar, ha alcanzado prestigio, no debería ponerlo en riesgo.  
INSC: 2692

lunes, 8 de diciembre de 2014

Vargas Llosa y el lenguaje de la pasión.

El lenguaje de la pasión. Mario Vargas Llosa.
Aguilar, México, 2001.
En un foro de lectores, una señora, tras decirle a Mario Vargas Llosa que le gustaban mucho sus novelas, pero que le disgustaban sus artículos, cerró su intervención preguntando: "¿Qué puedo hacer?" La respuesta de Vargas Llosa fue escueta: "Si mis novelas le gustan, sígalas leyendo. Si mis artículos le desagradan, pues no los lea."
Me parece que el asunto, aparentemente simple, podría explorarse más a fondo. La reacción de la señora es una de varias posiciones posibles. Habrá personas que disfruten tanto sus novelas como sus artículos. Habrá también a quienes les desagraden tanto sus novelas como sus artículos y, en la posición opuesta a la de la señora, habrá quienes se deleiten con sus artículos pero no estén interesados en sus novelas. 
En sus novelas, Vargas Llosa toma un puñado de personajes, los ubica en determinada época y lugar y cuenta lo que les ocurre. La trama es el foco de atención y el autor de la obra está oculto. Los artículos de Vargas Llosa, en cambio, aunque suelen brindar datos informativos y tengan con cierta frecuencia pretensiones analíticas son, ante todo, opinión. 
El lector de novelas se sumerge en el mundo propuesto, se familiariza con los personajes, sigue con atención los acontecimientos y acaba agradecido con el autor capaz de fascinarlo, conmoverlo o impresionarlo. Una buena novela acaba siendo recordada, no como una lectura, sino como una experiencia. El lector de novelas, para poder disfrutarla, estable desde la primera línea un vínculo de complicidad con el autor. 
El lector de un artículo, en cambio, si es un lector inteligente y crítico, analiza y cuestiona cada idea sugerida y la confronta con las propias. Al leer un artículo, constantemente el lector se pregunta si está de acuerdo  o no con lo que está leyendo. En las novelas aceptamos las cosas como son, en los artículos cuestionamos la opinión, el análisis y, en algunos casos, hasta los propios datos. Muchas veces y sin darnos cuenta, calificamos un artículo como "muy bueno", simplemente porque estamos de acuerdo con lo que expresa. Pero en los artículos, como en cualquier otra creación literaria, la forma cuenta. Puede ocurrir también que, aunque estemos de acuerdo con el contenido, la composición del artículo nos acabe defraudando.
Vargas Llosa ha estado relacionado al quehacer periodístico desde mucho antes que surgieran en él pretensiones literarias. Ha sido redactor, reportero, editorialista y columnista. Su obra periodística juvenil habrá que rastrearla en las hemerotecas, pero los artículos de opinión que empezó a publicar en 1992 en el diario español El País, ya han sido recopilados en tres libros: Desafíos a la libertad (1994), El lenguaje de la pasión (2001) y La civilización del espectáculo (2012). Un dato curioso es que, aunque tiene mucho material para escoger, puesto que publica un promedio de veinticinco artículos por año durante los últimos veintidós años, hay cuatro artículos incluidos en libro del 2001 que se repiten en el del 2012.
Mientras Desafíos a la libertad y La civilización del espectáculo son recopilaciones temáticas, El lenguaje de la pasión es una antología variada que incluye semblanzas de personajes históricos, crónicas de viajes, recuerdos personales y temas de actualidad (actualidad en su momento, se entiende), sobre los que Vargas Llosa expone, explica y justifica su opinión.
El artículo que da título al libro, es el homenaje que Vargas Llosa escribió a propósito de la muerte de Octavio Paz, acaecida en 1998. En realidad, el título, tanto del libro como del artículo es una cita de Paz quien, al referirse a André Bretón,  dijo que hablar del fundador del surrealismo sin emplear el lenguaje de la pasión era imposible. Vargas Llosa menciona, en la introducción del libro, que trata de escribir de la manera más desapasionada posible, "pues sé", afirma, "que la cabeza caliente, las ideas claras y una buena prosa son incompatibles". Curiosamente, más adelante sostiene que en sus artículos: "me esfuerzo por comentar algún suceso de actualidad que me exalte, irrite o preocupe, sometiéndolo a la criba e  la razón y cotejándolo con mis convicciones, dudas y confusiones".
No acabo de comprender el método. Vargas Llosa escoge los temas basado en reacciones emocionales pero, al desarrollarlo pretende hacerlo desapasionadamente. Debo señalar que su objetivo solamente lo logra en parte. Es verdad que al exponer un hecho, informar de los antecedentes y describir las situaciones, así como al analizar sus causas y consecuencias, Vargas Llosa suele hacerlo de manera fría y objetiva pero, con mucha frecuencia, al expresar su opinión, se acalora más allá del límite de la prudencia y suelta epítetos de origen visceral. Al final de cuentas, sus artículos son una extraña mezcla en que el tema se plantea con el lenguaje de la razón pero se comenta con el lenguaje de la pasión. El tono sereno y desapasionado de la exposición de los hechos, se pierde por completo a la hora de comentarlos. El contraste es tan fuerte que muchísimas afirmaciones acaban percibiéndose, no solo como desmedidas, sino totalmente fuera de lugar.
Personalmente, habría preferido mayor definición. O análisis sereno, o reacción emocional. Con el lenguaje de la razón se hace un recuento de los hechos, se juzgan, se desmenuzan, se llega a conclusiones y, si es preciso, se debaten, se argumentan y se cuestionan las opiniones contrarias. Con el lenguaje de la pasión se celebra o se lamenta, se da rienda suelta a la expresión de emociones y se permite que la subjetividad califique con los adjetivos que crea oportuno todo lo que tenga al frente. El lenguaje de la razón se utiliza para mostrar, analizar y explicar aquello sobre lo que uno cree haber comprendido. El lenguaje de la pasión se elige cuando uno siente la necesidad de expresar las propias emociones con toda intensidad, incluso sobre aquellos temas que no tenemos del todo claros.
Trato de no perderme los artículos de Vargas Llosa. Siempre plantea temas interesantes y es capaz de sacarles mucho jugo al desarrollarlos. Aunque la combinación de pensamiento frío y emoción caliente, típica de sus artículos, me incomoda un poco, aunque me lo sugiriera él mismo, no voy a dejar de leerlos.
INSC: 1960

viernes, 5 de diciembre de 2014

Un testimonio de la revolución cubana.

La historia cambió en la sierra. Manuel Rojo
del Río. Costa Rica, 1970.
Manuel Rojo del Río, además del nombre, tuvo una vida digna de una novela de aventuras. Su vida tuvo tantos altos y bajos como sus saltos en paracaídas. Luchó en la guerra civil española, primero con los republicanos y luego en el bando nacional. Colaboró en repeler la invasión somocista a Costa Rica en 1955 y llevó luego un cargamento de armas a los rebeldes cubanos en la Sierra Maestra. Cuando triunfó la revolución cubana, se convirtió en asistente personal de Camilo Cienfuegos y logró salir de la isla, tras la desaparición de su jefe, para escapar de un seguro fusilamiento.
Fue en una compra y venta de libros usados, dentro de los cajones en que se almacenaban los libros a precio de remate, donde me encontré un ejemplar de portada desteñida y páginas amarillentas de su libro La historia cambió en la sierra, publicado, según el colofón en 1969, aunque en la portada dice 1970. Lo compré por la portada, en que aparecían fotos del autor con Raúl y Fidel Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos. En el interior del libro vienen muchas otras fotografías y copias de documentos. Leer el libro me convenció, una vez más, de que la realidad supera la ficción. Las memorias de este argentino hijo de españoles nacido en Buenos Aires en 1915 son, como ya dije, una verdadera novela de aventuras. 
La familia en que nació Rojo era numerosa y pobre. Su madre murió a los treinta y seis años, cuando Manuel tenía apenas once, por lo que su padre tuvo que hacer milagros para sacar adelante a sus hijos huérfanos. Todos en la familia trabajaron desde pequeños. Se casó muy joven, pero su esposa murió a los dos años. Tuvo problemas con la policía y debió salir huyendo hacia Paraguay. De allí se trasladó a Brasil para ofrecerse como voluntario en una oficina de la República Española en Brasil. Fue reclutado y luego de cruzar el Atlántico hasta Marruecos y pasar por Argelia y Francia, finalmente llegó a Barcelona, donde se integró al ejército republicano. Ya en España, sus convicciones cambiaron y se formó una mala opinión de la República. Se trasladó a Francia y se enroló en la Legión Extranjera. Desertó al poco tiempo y se trasladó a Portugal, donde actuó como extra en unas películas. Luego volvió a luchar en España, pero esta vez del lado nacionalista. Se hizo miembro de la Falange Española y participó en batallas en Galicia y el País Vasco. Sus compañeros de armas bromeaban de que un Rojo (su apellido) fuera combatiente de las tropas de Franco.
Al finalizar la contienda, se metió de polizón en un buque que lo llevó hasta Cuba y, luego de saltar a República Dominicana y Puerto Rico, llegó finalmente a Venezuela, donde se incorporó a la fuerza aérea y se destacó como hábil paracaidista. Abandonó el servicio activo y trató de hacer fortuna como comericante pero, en 1942, se vio envuelto en un escándalo. Fue acusado de haber asesinado a Luis Zarzalejo, ex campeón venezolano de boxeo.
Se dedicó entonces a brindar espectáculos de paracaidismo en los que su caída libra se prolongaba hasta el límite. Solía abrir su paracaídas cien metros antes de llegar al suelo. Cada presentación le generaba buen dinero y recorrió distintos países de Centro y Sur América. En Costa Rica las cosas no salieron muy bien y cuando cayó en La Sabana, justo en el cerrito donde actualmente se encuentra la Cruz, se fracturó un brazo. Una familia tica lo acogió en su convalecencia y la muchacha que lo cuidaba se convirtió en su esposa. En 1955, Rojo del Río formó parte de una improvisada Fuerza Aérea que se organizó para repeler la invasión del país por parte de fuerzas calderonistas apoyadas por la Guardia Nacional de Somoza. Rojo del Río estaba dispuesto a echar raíces y tener una vida serena. Empezaron a llegar los hijos y, para mantenerlos, obtuvo un trabajo tranquilo y un sueldo modesto. Una llamada de don Pepe Figueres, volvió a llenar su vida de aventuras. Varios cubanos, enemigos de Batista, entre ellos el comandante Huber Matos, se encontraban en Costa Rica. Don Pepe tenía armas y municiones que quería hacerle llegar a Fidel Castro en la Sierra Maestra, pero no sabía cómo enviárselas. Rojo del Río fue elegido para la misión. La aeronave con el cargamento aterrizó en un claro de la selva y Rojo pasó varias semanas con Fidel, Raúl y el Che Guevara, quienes estaban muy contentos con la ayuda recibida. Cuenta Rojo que Ernesto Rafael Guevara de la Serna, el Che, se ganó su apodo porque siempre, al dirigirse a cualquier persona, antes que nada le decía "Che". Como es sabido, el Che era asmático pero tal parece que no le afectaba fumar puro. Reírse, en cambio, lo hacía ahogarse y, tal vez por ello, las conversaciones con él eran siempre muy serias. Como los chismes vuelan y llegan hasta los sitios más remotos, los guerrilleros de la Sierra Maestra, empezando por Fidel y el Che, mantenían cierta desconfianza hacia Rojo ya que estaban al tanto de su participación en la Guerra Civil Española con las tropas de Franco. En determinado momento, Fidel abrazó a Rojo y le dijo: "Tú te quedas con nosotros hasta la victoria final", pero el vaticinio no se cumplió. Lo mandaron en autobús y sin documentos hacia La Habana, a que buscara refugio en una embajada. Fue rechazado tanto en la legación argentina como en la salvadoreña. Nadie creía su historia. El consulado tico, tras consulta a don Pepe, le giró un pasaporte y Rojo regresó a Costa Rica donde, de nuevo en busca de una vida tranquila, se puso un pequeño negocio de encomiendas. 
Cuando triunfó la revolución, Rojo fue invitado a viajar a La Habana en uno de los vuelos gratuitos que había para repatriar a cubanos en el exilio simpatizantes de la causa. En la capital cubana fue recibido por el Che y entabló una gran amistad con Camilo Cienfuegos, quien lo nombró su asistente personal y hombre de confianza. Con rango militar, buena casa, buenos contactos y cercano a los círculos de poder, Rojo decidió dedicar su vida a la revolución cubana y se estableció en La Habana con su esposa y sus cinco hijos pequeños. Pero las cosas no tardaron en descomponerse. El Che Guevara se dedicó, en la fortaleza de La Cabaña, a fusilar a los simpatizantes de Batista. Como los grandes capitalistas habían salido del país, cualquier mediano y hasta pequeño comerciante o empresario era declarado enemigo del pueblo y puesto contra el paredón. Camilo Cienfuegos se dedicó a darse la gran vida en la mansión confiscada que había pertenecido al magnate de la televisión Gaspar Pumarejo. Allí tenía a su disposición una inagotable bodega de excelentes vinos y licores, se relajaba en la enorme piscina, comía manjares exquisitos y gozaba de complacientes visitas femininas que el propio Rojo era el encargado de reclutar. Mientras el Che hacía el papel de Robespierre (con paredón en vez de guillotina) y Camilo se dedicaba a la dolce vita de millonario, Fidel Castro no perdía el tiempo y empezaba a consolidar su absolutismo. Cada vez eran más los líderes del Movimiento 26 de julio que eran arrestados, fusilados o, en el mejor de los casos, puestos a un lado. En su lugar iban trepando incondicionales de Fidel dispuestos a seguir ciegamente sus órdenes y mantener un perfil bajo que no opacara su gloria. Ocho meses después del triunfo de la revolución, Huber Matos denunció el rumbo que estaba tomando el nuevo régimen y fue encarcelado. El propio Camilo Cienfuegos advirtió a Rojo que su pasado franquista era conocido y que no sería raro que, por la paranoia reinante, acabara frente al paredón. Varios personajes importantes, con muchísimos más méritos en la lucha que Rojo, ya habían sido fusilados. Cuando la avioneta en que viajaba Camilo desapareció sin dejar rastro, Rojo tuvo claro que tenía que irse cuanto antes. Lo arrestaron, lo interrogaron y, gracias a que nunca estuvo dispuesto a escuchar a quienes le proponían participar en un complot contra Fidel, probablemente enviados por él mismo, logró salir de la cárcel pero tuvo claro que su vida pendía de un hilo. Envió a su familia a Costa Rica y poco después, con el cuento de ir a verlos, se dispuso a partir. En el aeropuerto, el propio Fidel Castro le advirtió que "el brazo de la revolución llega lejos". 
Rojo tenía esposa y cinco hijos que mantener y no tenía un centavo. Periódicos y revistas de distintos países publicaron sus artículos y sus fotos, pero no ganó dinero con ello. Para ganarse la vida, acabó trabajando en una fábrica en un puesto tan ingrato que incluía entre sus tareas regañar a los operarios cuando tardaban un minuto más de lo establecido en el baño. Tras un largo periodo de muchas penurias y largas noches de insomnio, Rojo logró colocarse como periodista. Ignoro que habrá sido de su vida posteriormente. Tengo entendido que su libro tuvo una segunda edición en 1981 realizada por la editorial Texto, pero ni en librerías ni en las compra y ventas he logrado encontrarla. Tengo la esperanza de que en algún momento este libro sea reeditado. Además de un testimonio histórico y biográfico de gran valor como documento, la vida de Rojo del Río, contada por él mismo, es un fascinante libro de aventuras.
INSC:  25206

jueves, 4 de diciembre de 2014

Ensayos de Raúl Zurita.

Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo
milenio. Raúl Zurita, Editorial Andrés
Bello, Chile, 2000.
El chileno Raúl Zurita es reconocido ante todo como poeta, pero en el año 2000, a propósito del cambio de siglo y de su cumpleaños número cincuenta, publicó su primer libro de ensayos, titulado Sobre el amor, el sufrimiento y el nuevo milenio. De más está decir que el libro es una verdadera delicia. Cuando uno lee ensayos escritos por un filósofo, por un erudito o por un académico, es posible que en algún momento se empiece a cabecear. Los ensayos escritos por un poeta nunca cansan. No es un asunto que dependa únicamente de la belleza y musicalidad de las palabras que, en un verdadero poeta, acaba siendo inevitable. La ventaja del poeta, al escribir ensayos, radica en la exposición y la síntesis. Hay cimas de concisión y claridad que el poeta alcanza en una sola línea, pero a las que los eruditos, con sus tratados voluminosos, nunca logran llegar. El intelectual quiere plantear un tema, desarrollar una serie de razonamientos, llegar a conclusiones y decir la última palabra. "Cuando alguien quiere agotar un tema", decía Oscar Wilde, "lo único que logra es agotar a quienes lo atienden". Mientras el intelectual trata de convencer y demostrar, el poeta propone, insinúa y muestra matices.  Cuando uno lee un largo ensayo de un intelectual, en el recuerdo permanecen apenas unas cuantas ideas que bien pudieron haberse expuesto con muchísimas menos palabras. Cuando uno lee un ensayo de un poeta son tantas las imágenes e ideas que quedan grabadas en la mente que, después de un tiempo, al tener de nuevo el libro en las manos, uno se sorprende porque lo recordaba más grueso.
La dedicatoria de Zurita, al
obsequiarme el libro, es muy
hermosa: "A Carlos mi amigo
el amor y el nuevo milenio y
nada con el sufrimiento."
Este libro de Zurita lo he repasado varias veces a lo largo de los años y no deja de brindarme revelaciones sorprendentemente nuevas en cada lectura.
El primer ensayo es el único que se refiere al sufrimiento, que siempre es un misterio. Cuando somos felices no pedimos explicaciones ni justificaciones. La felicidad podemos entenderla porque en cierto sentido nos parece debida. El dolor, en cambio, es incomprensible. Nunca preguntamos "¿Por qué?" cuando somos dichosos. Zurita sostiene que el sufrimiento es lo que nos da la magnitud de la existencia y es gracias a él que podemos reafirmar nuestro deseo de vivir. Encontré grandes coincidencias en este primer ensayo con el libro Apología del dolor, del poeta Rogelio Sotela, publicado en 1938 y que no creo que Zurita conozca. Solo grandes poetas como Sotela y Zurita son capaces de mirar el sufrimiento con tanta serenidad y sabiduría.
En los otros ensayos, Zurita reflexiona a partir de referencias literarias e históricas tan amplias que abarcan desde un grafiti de pocas palabras, hasta el Mahabbarata, el antiquísimo poema de la India que es ocho veces más largo que La Iliada y La Odisea juntas, pasando por las cartas de amor que, en 1640, la monja portuguesa Mariana Alcoforado dirigió a Nöel Boutom, Marqués de Chamilly.
Se refiere también al Cantar de los Cantares y a la Carta de San Pablo a los corintios. El libro está lleno de una profunda espiritualidad pese a que Zurita confiesa que no sabe si existe el otro mundo y tampoco sabe si le importa tanto.
No quiero ofrecer un extracto, ni una semblanza, ni una síntesis de este libro. Resumir los ensayos de Zurita sería como resumir uno de sus poemas. Si se dijera lo mismo, con otras palabras, ya no sería lo mismo. Sin embargo hay dos temas de este libro que no resisto la tentación de compartir.
Walt Whitman escribió: "no estás tocando un libro, estás tocando una persona". En opinión de Zurita, esta es una de las frases más conmovedoras que se han escrito, precisamente porque no es cierta. El escritor se aísla de quienes lo rodean para escribir. El lector se aísla de quienes lo rodean para leer. A través de las páginas de un libro, esos dos solitarios se encuentran. La página impresa es el escenario de una cita en la que no caben retrasos. Durante siglos, en la actualidad y también en el futuro, ha habido, hay y habrá lectores que tengan su cita con Homero. Pero, afirma Zurita contradiciendo a Whitman, no hay manera de darle un abrazo al autor que logró conmovernos. Tras el encuentro con su obra, el lector vuelve a su vida y las páginas leídas se convierten en lápidas para quien las escribió, que yace convertido en polvo ajeno a nuestra admiración y respeto.
El segundo tema es revelador. Zurita cree que la poesía elige a quien ella quiere y no a la inversa. Ser poeta, entonces, no es algo que se decide. La tarea de quien dirige un grupo de nuevos poetas es llevar a quien pretende serlo, a despojarse incluso de sí mismo para no interferir con esa fuerza misteriosa que quiere manifestarse a través de él. La cultura literaria, las ideas y los argumentos biográficos, según Zurita, suelen ser grandes trabas en el proceso. Dirigir un taller de poesía no es mucho más que constatar que el fenómeno sucede. Zurita afirma: "Desconozco las reglas, los métodos con que se produce. El poeta no le pide a la poesia algo que no sea ella misma."
INSC: 1012
El maestro Raúl Zurita. Gran poeta y ensayista.

martes, 2 de diciembre de 2014

El pesimismo de Vargas Llosa.

La civilización del espectáculo. Mario
Vargas Llosa, Alfaguara, España, 2012.
Uno creería que si alguien recibe un reconocimiento importante, seguramente estará alegre, de buen ánimo y optimista. Sin embargo, el primer libro que publicó Mario Vargas Llosa tras haber sido galardonado con el Premio Nobel, es de un pesimismo bastante amargo. 
Bajo el título La civilización del espectáculo, aparecen reunidas varias entregas de Piedra de toque, aquellas famosas notas que el escritor peruano solía publicar en la prensa, junto con otros ensayos que, de alguna manera, enlazan el contenido para que sea una propuesta de conjunto y no una antología.
En los distintos apartados, Vargas Llosa habla de literatura, de arte, de periodismo y de política. Su diagnóstico es negro como un túnel. Según él, todas estas áreas (y otras más a las que se refiere de pasada) se han venido banalizando hasta ser irrelevantes y vacías. Vivimos en una época en que solo se produce literatura light, cine light, arte light. El público no tiene memoria ni criterio, sino que vive pendiente de la novedad. El gran éxito de un libro, a la hora de su lanzamiento, no significa que seguirá editándose y acabará convirtiéndose, a la larga, en punto de referencia. Nada de eso. Lo más probable es que al año siguiente nadie lo recuerde porque alguna otra novedad desechable habrá capturado la atención. 
"La cultura en la que vivimos desalienta esos esfuerzos denodados que culminan en obras que exigen del lector una concentración intelectual casi tan intensas como las que las hizo posibles", se lamenta. Señala también el hecho de que la crítica ha desaparecido y que en su lugar se ha entronizado la publicidad. Las reseñas de libros de los periódicos y revistas son promocionales más que orientadoras. Los análisis literarios de las facultades de Letras de las Universidades están escritas con una jerga profesoral que las aleja del público y las reserva solamente a especialistas. Queda uno que otro crítico literario que, basándose en su solido criterio y experiencia, trata de elevar un poco el debate pero, se pregunta, "¿alguien lee a esos paladines solitarios que tratan de poner cierto orden jerárquico en esta selva promiscua en que se ha convertido la oferta cultural en nuestros días?"  
El arte conceptual es una farsa. Antes, el público iba a las galerías y los museos a observar pinturas y esculturas. Ahora, hasta las galerías más destacadas y los museos más prestigiosos prestan su espacio para mostrar ocurrencias que, despojándolas del cuento teórico con que las acompañan, a nadie le interesaría mirar. Los intelectuales, ensayistas, semiólogos y académicos han llevado su elucubración teórica hasta el absurdo. Los charlatanes dictan conferencias en las universidades en las que cuestionan hasta su propia existencia. Mientras el público masivo se entretiene en la frivolidad del disfrute de obras desechables y huecas, los vanidosos intelectuales se han encerrado en grupúsculos para deleitarse en su juego retórico, esóterico y oscurantista de espaldas al conjunto de la sociedad.
La política ha hecho a un lado la confrontación de ideas y propuestas para convertirse en un truculento juego de alcanzar el poder gracias al marketing. Entre los políticos actuales no hay grandes oradores ni pensadores y ni siquiera hombres de acción, sino personajes mediáticos que prestan más atención a los gestos y la apariencia porque tienen claro que el votante no presta atención a nada más que lo evidente.
Vargas Llosa lamenta que el arte, la literatura, los estudios universitarios, el cine y la política, se hayan convertido en actividades triviales. Afirma que la cultura se ha ido banalizando hasta convertirse un pálido remedo de lo que nuestros padres y abuelos entendían por esa palabra. Vislumbra en el futuro un mundo sin valores estéticos en el que las artes y las letras habrían pasado a ser poco más que formas secundarias de entretenimiento. Denuncia la falta de autoridad de los entendidos para orientar al público y el poco criterio de las mayorías para apreciar en su justo valor lo que acaba consumiendo sin pensar.
Así de oscuro y pesimista es el diagnóstico. El libro cierra sin una luz de esperanza, sin una sola mención a obras o autores que mantengan vivo el optimismo.
No discuto el diagnóstico. Nadie podría hacerlo. Es verdad que las librerías, los cines y las galerías de arte están llenas de productos desechables que logran público y ventas solamente gracias a una campaña publicitaria bien planteada. Es verdad que los intelectuales amantes de las teorías complejas viven en otro planeta. Es verdad que los políticos actuales no tienen ni la cultura, ni la inteligencia, ni la visión de futuro, ni la claridad de ideas de los antiguos líderes. Pero, incluso aceptando como acertado el panorama que pinta, me resisto a creer que dicha situación vaya a mantenerse indefinidamente. La moneda falsa circula solamente por un tiempo. Cada vez más público, al asistir a una exposición de arte conceptual, descubre que le están tomando el pelo. Cada vez más lectores tienen claro que la cantidad de ejemplares vendidos de un libro no tiene nada que ver con su calidad. Los intelectuales soberbios engañan a cada vez menos y su influencia ha quedado reducida a sus incondicionales. El político fotogénico de simpatía fingida y cabeza hueca se reconoce a leguas. 
Estoy seguro que la frivolidad no ganará la batalla. Creo que cada vez más lectores, seguidores del arte y votantes, son capaces de distinguir los diamantes de las cuentas de vidrio. Hay muchos escritores que trabajan arduamente para producir una obra sólida más que un éxito de temporada, así como hay también líderes políticos que piensan en la próxima generación más que en las próximas elecciones. No son figuras de primer plano, lo reconozco, están ocultos detrás de los figurones desechables de turno pero, repito, confío en que pronto se convertirán en protagonistas principales.
Admito que se requiere de mucha paciencia para encontrar propuestas literarias, artísticas o políticas que no sean ni la farsa del producto masivo ni la farsa del grupo intelectual sublime y hermético. Pero que las hay, las hay y el boca en boca acabará destacándolas.
Vargas Llosa es un escritor de gran frescura y energía. En este libro ha hablado como un viejo cascarrabias, que suspira por los tiempos idos, se lamenta de los cambios que ha presenciado y profetiza un futuro negro en que todo irá de mal en peor. 
Comparto su diagnóstico, pero no su pesimismo.

Portugal en la II Guerra Mundial.

Lisboa 1939-1945. Neill Lochery.
Aguilar, España, 2013.
Mucho antes de que estallara el conflicto, el dictador portugués Antonio Oliveria Salazar comprendió que su país tenía mucho que perder y poco que ganar si se involucraba en la guerra y, aunque sus simpatías personales se inclinaban por el fascismo y la Alemania Nazi, mantuvo a Portugal fuera de la contienda. Salazar consideraba que el verdadero peligro era el comunismo y, como muchos otros en su momento, consideraba que Hitler era la barrera que protegería a Europa de un posible avance de la Unión Soviética. Por otra parte, Portugal tenía una antigua alianza con Inglaterra, que era además su mayor socio comercial. El ejército portugués era pequeño, no estaba bien equipado y habría sido incapaz de resistir un ataque, ya fuera británico o alemán. 
Aunque el Estado Novo, establecido por Salazar en 1932 era un régimen fascista, con policía represiva y poder centralizado, la personalidad de Salazar era muy distinta a la de Hitler, Mussolini o Franco. Nunca vistió uniforme militar, no organizaba desfiles interminables ni se metía a realizar aventuras insostenibles. Era un hombre inteligente, metódico y práctico y, prueba de ello, es que declaró a Portugal neutral en la II Guerra Mundial. 
Mantener esa neutralidad no fue fácil. Durante los seis años de guerra el gobierno portugués se vio sometido a fuertes presiones de ambos bandos y Lisboa, su capital, acabó convertida en un albergue de refugiados en tránsito y en un activo centro de espionaje. El libro Lisboa 1939-1945 del historiador escocés Neill Lochery, hace un recuento de los acontecimientos que sucedieron en la capital lusa relacionados con una guerra en la que se suponía que Prtugal no participaba. 
Mientras en otras capitales europeas, amenazadas con bombardeos y ocupaciones, se vivía en constante temor con alimentos, transporte y energía eléctrica racionada, en Lisboa la vida transcurría con normalidad, el alumbrado público estaba encendido toda la noche y el comercio con las colonias africanas garantizaba el abastecimiento. Cuando Alemania invadió Francia, muchísimas personas adineradas decidieron huir de Europa y corrieron a la frontera española. España les permitió pasar pero no quedarse, por lo que el tropel de refugiados del jet set cruzó directamente hasta Lisboa. De allí esperaban partir hacia los Estados Unidos, pero los cupos, tanto en los buques como en famoso Clipper de Pan Am, eran limitados. Además, obtener una visa implicaba un proceso lento y complicado, por lo que su estancia en Portugal se prolongó muchísimo más de lo que habían imaginado. Desde las suites de los hoteles de lujo hasta las más humildes piezas de las pensiones o posadas populares, todas las habitaciones de Lisboa estaban ocupadas por refugiados. Como la permanencia en Lisboa se hizo larga, los ricos debieron vender sus joyas y eran tantos los vendedores y tan pocos los compradores, que el precio de los diamantes se vino abajo. Hasta Peggy Gugenheim y Max Ernst, atrapados en Lisboa, debieron pedir prestado para sobrevivir la larga espera antes de partir hacia América.
Antonio de Oliveira Salazar. (1889-1970)
Gobernó Portugal de 1932 a 1968. Aunque fue
un dictador fascista y simpatizaba con Hitler,
logró mantener la neutralidad de Portugal
en la II Guerra Mundial.
Con la capital abarrotada, Salazar giró una circular a los cónsules portugueses en Francia para que no le dieran visa de ingreso a judíos. Aristides de Souza Mendes, cónsul portugués en el sur de Francia, ignoró la orden y autorizó la entrada a Portugal a un buen número de judíos. Lochery demuestra con datos que el número de visas otorgado es mucho menor al que se cree pero, en todo caso, su desobediencia a la orden directa de Salazar le costó su carrera y de Souza Mendes murió en la pobreza.
Entre los muchos atrapados en Portugal estuvo el Duque de Windsor, quien había sido rey de Inglaterra con el nombre de Edward VIII. Era un hombre en verdad extraño, engreído y bastante idiota que, además, simpatizaba con los nazis. Renunció al trono de Inglaterra para casarse con Wallis Simpson y tras la abdicación, se había ido a vivir a Francia. Cuando Francia fue ocupada por los alemanes, la pareja se trasladó a España, donde mantuvo una sospechosa, y hasta peligrosa, amistad con diplomáticos nazis. Los Duques, amigos personales del ministro de exteriores nazi Joachim von Ribbentrop, que habían cometido la imprudencia de ir a visitar a Hitler tras su salida de Inglaterra, se convirtieron en un verdadero dolor de cabeza para la inteligencia británica. Los nazis barajaron el plan de secuestrarlos con miras a lograr un arreglo entre Alemania e Inglaterra o, en último caso, devolver a Edward al trono como títere nazi. Churchill forzó al Duque a trasladarse a Portugal, donde estuvo jugando golf mientras Londres era blanco de bombardeos y, tras esquivar el plan alemán de secuestro, finalmente pudo fletarlo a las Bahamas.
A propósito de Churchill, en el libro se relata la muerte del actor inglés Leslie Howard, cuyo avión fue derribado por los nazis cuando volaba de Portugal a Inglaterra. Howard, quien era recordado por su participación en Lo que el viento se llevó, viajaba con su representante Alfred Chenhalls, quien era muy parecido a Winston Churchill. Además de rollizo, calvo y sonriente, Chenhalls tenía siempre en la mano un inseparable puro. Tal parece que un espía alemán lo vio en el aeropuerto de Lisboa y supuso que se trataba de Churchill. Los alemanes sabían que Churchill acababa de reunirse con Roosevelt en Casablanca, Marruecos, y supusieron que en su regreso a Londres había utilizado la ruta de Lisboa. El parecido de Chenhalls con Churchil y el mal ojo de un espía les costó la vida a todos los tripulantes de aquel avión de pasajeros.
Portugal fue durante la guerra un enorme hormiguero de espías. Por ser un país neutral, en las recepciones diplomáticas los embajadores de Alemania, Gran Bretaña y los Estados Unidos debían saludarse y departir civilizadamente, pero el personal de sus respectivas oficinas era sospechosamente elevado. Se trataba de captar información y se ponían a circular rumores falsos. Se sobornaban funcionarios, se contrataban informantes, todo el mundo, en Portugal, era un espía o fingía serlo. Las conversaciones en los concurridos cafés, eran siempre en voz baja. Entre los espías británicos que trabajaron en Portugal durante la guerra, estuvo Ian Flemming, el autor de las novelas de James Bond. Su jefe, John Godfrey le sirvió de modelo para crear al personaje M. Su famosa novela Casino Royale, que fue llevada al cine está basada en sus experiencias como espía en el Casino de Estoril, donde los millonarios europeos atrapados en Portugal se sentaban a las mesas de juego en medio de espías americanos, británicos y alemanes.
Un caso divertido es el del español Juan Pujol, quien trabajaba como espía para los nazis y fingía estar en Inglaterra cuando en realidad estaba en Lisboa. Fue contratado como doble agente para la inteligencia británica y en 1944 fue condecorado por ambos bandos.
Un tema fundamental, al que el libro presta especial atención, es el del comercio de volframio producido en Portugal. El volframio es un mineral que se utiliza en la industria del acero y del que Portugal tenía importantes yacimientos. La neutralidad declarada le permitía vendérselo a ambos bandos, que lo necesitaban para sus fábricas de armamento. Naturalmente, ni a los ingleses ni a los alemanes les hacía mucha gracia que Portugal fuera tanto proveedor suyo como del bando enemigo, pero ambos tenían claro que si Portugal se negaba a venderle a uno, el otro acabaría invadiendo el país y la cosa se complicaría.
Neill Lochery. Historiador escocés.
Su especialidad es la historia del
Medio Oriente, pero su libro sobre
Portugal es una investigación
profunda y una lectura fascinante.
Salazar temía tanto un ataque inglés como uno alemán y ciertamente la tuvo difícil para lograr que los resentimientos de ambos países hacia su país no se pasaran de la raya. La tensión, a veces, estaba a miles de kilómetros de Lisboa, pero lo afectaba directamente. Portugal tenía el control de Timor oriental, en Asia y la inteligencia británica descubrió un plan japonés para invadir el territorio. Le ofreció a Salazar desplazar en el sitio tropas australianas y neozelandesas, pero Salazar temió que aquella acción podría desencadenar un ataque alemán sobre Portugal. Roosevelt, por su parte, lo presionaba para que permitiera el control americano sobre las islas Azores, también portuguesas, situadas a mitad del Atlántico, para establecer en ellas un centro de abastecimiento. En Timor, las cosas no pasaron a más, pero las Azores sí fueron cedidas temporalmente a la marina americana en 1943, cuando ya Alemania no podía reaccionar.
Incluso cuando tuvo claro que los aliados ganarían la guerra, Salazar mantuvo relaciones diplomáticas y comerciales con el III Reich. Cuando Hitler murió, Salazar envió sus condolencias y decretó duelo nacional por lo que las banderas ondearon a media asta en señal de luto. Solamente tres países manifestaron sus condolencias por la muerte de Hitler: Portugal, España e Irlanda.
Franco le debía grandes favores a Hitler. El sentimiento antibritánico de Eamon de Valera lo había llevado al extremo de hacer que Irlanda, también desde la neutralidad, apoyara la causa nazi. Pero las condolencias de Salazar ante la muerte de Hitler fueron las menos comprendidas y las más recriminadas por el Foreing Office británico.
En la posguerra, el anticomunismo de Salazar pesó más que cualquier resentimiento que pudieran guardar hacia él los ingleses y americanos. El viejo líder, metódico, solterón y de vida austera continuó rigiendo el país hasta 1968.
A pesar de su neutralidad o quizá precisamente por ella, Portugal fue uno de los grandes ganadores de la guerra. El país se enriqueció porque el precio del volfranio se disparó hasta las nubes y tanto la avalancha de refugiados como las actividades de espionaje llenaron la capital de joyas y divisas. Como parte de una jugada maestra, Salazar le exigía a Alemania que pagara sus compras de volframio con barras de oro. La parte final del libro explica ampliamente las complejas operaciones bancarias que permitieron que grandes cantidades de oro de los países ocupados por los nazis terminaran en poder del Estado portugués.
El libro de Lochery es una buena muestra de que la II Guerra Mundial está aún lejos de agotar su caudal de sorpresas y que la historia del conflicto es fascinante incluso en los escenarios en que no hubo batallas.
Ian Flemming,autor de las novelas de James Bond, fue espía en Portugal
durante la II Guerra Mundial. Sostiene en sus manos un ejemplar de Casino
Royale
, novela que escribió basada en sus experiencias en el Casino de Estoril.
INSC: 2691

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