domingo, 26 de julio de 2015

Entrevista a Dulce María Loynaz.

Confesiones de Dulce María Loynaz.
Aldo Martínez Malo. Editorial José
Martí. Cuba. 1999.
La vida de los hijos del general cubano Enrique Loynaz del Castillo parece sacada de una novela. Se afirma que la historia de los hermanos que se dedicaban a juegos extraños en la enorme mansión llena de cofres con tesoros, al inicio de El Siglo de las Luces, de Alejo Carpentier, está inspirada en ellos. De ser así, Carpentier, que era su gran amigo y los visitaba con frecuencia, se quedó corto. La casa de los Loynaz no solamente contaba con salones amplios, muebles antiguos y obras de arte, sino que tenía un jardín en el que, además de palmeras y árboles enormes, había fuentes, estatuas de mármol antiguas, pavos reales, cacatúas, flamencos y hasta monos traídos de Venezuela.
Como suele ocurrir, quienes pregonan ideas liberales para su país no acostumbran ponerlas en práctica en su casa. El general Loynaz, héroe de la independencia de Cuba, no les brindó ni la más mínima independencia a sus cuatro hijos, a quienes mantuvo encerrados toda su infancia y juventud en la jaula de oro que les había construido. Recibían visitas pero no tenían permitido visitar a nadie. Ni siquiera los envió a la escuela, ya que prefirió que fueran educados por profesores a domicilio. Naturalmente, de vez en cuando los sacaba de paseo y, como para compensar el encierro, en una de esas salidas se los llevó por varios meses a Egipto, Siria y Palestina. 
Los Loynaz eran cuatro, dos varones y dos mujeres: Dulce María, Enrique, Carlos Manuel y Flor. Todos ellos escribían pero solamente Dulce María, la mayor, llegó a publicar libros. Como es fácil de suponer, debido al régimen de clausura en que crecieron, su relación con el mundo exterior era algo conflictiva. Fueron educados para no molestar, no importunar, no interrumpir, no llamar la atención, no hacerse notar. La casa, con su amplia biblioteca, sus obras de arte, sus espejos enormes y su jardín con monos, era el refugio en que escribían los poemas que fluían con fuerza pero ocultos, como un río bajo tierra. Los jueves a las cinco de la tarde recibían amigos a quienes, además de brindarles una cena deliciosa en un ambiente decorado con un gusto que rayaba en lo macabro, les leían sus más recientes creaciones. Un poema de Enrique llegó a manos de Juan Ramón Jiménez, quien lo publicó en España. Cuando Federico García Lorca estuvo en Cuba, en 1930, quiso conocer a Enrique, pero acabó haciendo mejor amistad con Carlos Manuel y Flor. Lorca pasó una larga temporada con ellos y llamó a su mansión "La casa encantada". Otros visitantes ilustres de los Loynaz fueron el propio Juan Ramón Jiménez y Gabriela Mistral. Alejo Carpentier no faltaba a la cita semanal.
Aunque la poesía de Enrique era muy elogiada, nunca publicó un libro. De hecho, los pocos poemas suyos que aparecieron en revistas llegaron a la imprenta por iniciativa de sus amigos y sin que él lo supiera. Carlos Manuel, además de poeta, era compositor y tocaba todos los instrumentos musicales. Muy joven empezó a dar muestras de sufrir una demencia y, en un viaje a China, Japón y la India, se les escapó a los vigilantes y apareció, sin que ni él mismo supiera cómo, en Australia. En uno de sus arranques, Carlos Manuel quemó toda su obra poética y musical, así como los dibujos y manuscritos de poesías y obras teatrales que había dejado Lorca en su casa. Flor, cuyo nombre completo era Flor Combert, en homenaje al amigo de Antonio Maceo y del propio general Loynaz, además de escribir poesía era famosa por su audacia. Bebía ron y jugaba billar con hombres rudos en las cantinas menos recomendables de La Habana y, en una ocasión, siendo joven y hermosa, se rapó totalmente la cabeza aduciendo que había que quererla con o sin cabello. 
Pero volvamos a Dulce María. El primer novio y el gran amor de su vida fue Pablo Álvarez de Cañas, pero acabó contrayendo matrimonio con su primo Enrique de Quesada Loynaz. El enlace no significó un cambio de vida sino un cambio de encierro. Su marido, al igual que su padre, estaba dispuesto a satisfacer todos sus gustos y caprichos, pero ella debía permanecer encerrada en la jaula de oro. El matrimonio no duró mucho y, tras el divorcio, Dulce María realizó un viaje por Brasil, Uruguay y Argentina en que fue perseguida, y alcanzada, por Pablo Álvarez de Cañas, quien había jurado no casarse con nadie más que con ella. Álvarez de Cañas, su segundo marido, su novio de juventud y su primer gran amor, era empresario periodístico y lejos de reservarse el talento de Dulce María para su exclusivo disfrute personal, impulsó su carrera literaria. Dulce María escribió muchísimas crónicas para los periódicos, poemas y la formidable novela Jardín, que muchos consideran una autobiografía psicológica, ya que trata de la relación de una mujer solitaria con su jardín y su mundo interior. Poetisa, periodista y novelista, Dulce María, cosa rara, nunca escribió un cuento.
Como un empresario periodístico no tiene cabida en un régimen stalinista, Pablo Álvarez de Cañas decidió salir de Cuba a inicios de los años sesenta. Dulce María, hija de un prócer de la independencia cuyo tema de conversación favorito era el patriotismo, no quiso abandonar la isla. Ella, nacida en 1902, era ya para ese entonces un personaje de otra época. Una hija de familia rica, una señora de alta sociedad, una dama católica colaboradora de la obra salesiana de don Bosco, la autora de una novela misteriosa y compleja sobre un mundo interno lleno de imágenes sugerentes, una escritora que ni en sus poemas ni en sus artículos tocaba temas sociales, exigía reivindicaciones ni predicaba ideología alguna. Tras la revolución cubana, Dulce María quedó en la isla como quedaron las viejas mansiones del Vedado con sus muebles de caoba abandonados, como un vestigio de una época que pronto se olvidaría. Como ella no se metía con nadie, nadie se metía con ella. Su aislamiento, en la Cuba comunista, no le incomodaba. Después de todo, el aislamiento no era nada nuevo para ella, casi podría decirse que era su estado natural. Pablo, su marido, regresó a Cuba para morir a su lado y, tras quedar viuda, Dulce María no era más que la viejita misteriosa que vivía sola dedicada a cuidar sus gatos y sus plantas.
Aunque su obra no era promocionada oficialmente, seguía leyéndose. Aldo Martínez Malo, periodista, crítico de arte y gran admirador de la obra de Dulce María, le escribió una carta sin esperar respuesta. Dulce María le contestó dándole las gracias por ser uno "de los que aún recuerdan que existí". El intercambio epistolar se mantuvo, Dulce María invitó a Aldo a visitarla, se hicieron buenos amigos y, gracias a los esfuerzos de Aldo (Dulce María ya estaba anciana y ciega para entonces), llegaron a publicarse manuscritos inéditos tanto de ella como de su padre. Aquello fue como si Cuba hubiera reencontrado una joya perdida. Las editoriales cubanas reeditaron las obras de Dulce María y tanto el gobierno como la prensa y los grupos culturales de la isla le brindaron homenajes.
Confesiones de Dulce María Loynaz es el título de un pequeño libro, publicado por la editorial cubana José Martí, que recoge una larga entrevista,  llena de anécdotas simpáticas y revelaciones interesantes, que sostuvo la escritora con Aldo Martínez Malo.
Cuenta Dulce María que la única vez que habló en persona con José Lezama Lima, el poeta le dijo: "No he leído Jardín", a lo que ella respondió: "No he leído Paradiso". Después se enviaron uno al otro sus libros, pero nunca volvieron a verse. Con Lorca, Dulce María no se entendió muy bien. Eran de temperamentos muy distintos. Lorca prefería la poesía y la compañía de sus hermanos más que la de ella. Una vez, Dulce María escribió un poema en son de broma y, cuando se lo enseñó, Lorca, entusiasmado, le dijo: "Este sí me gusta, es lo mejor que has escrito". Aquel elogio fue para ella un insulto.
Cuando Dulce María escribió La novia de Lázaro, su marido consideró oportuno conocer la opinión de la Iglesia sobre el texto. Invitó a tres obispos a cenar a su casa y, tras atiborrarlos de manjares y licores, Dulce María les leyó su composición. Eran más o menos cincuenta páginas, pero la lectura duró hora y media. Los obispos, como es fácil de suponer, estaban durmiéndose. Cuando don Pablo sugirió que se realizara una segunda lectura para analizar mejor los conceptos, los tres purpurados se apresuraron a declarar innecesario el repaso y ahí mismo le dieron el Nihil Obstat, el Imprimatur y la aprobación plena sin la más mínima objeción y sin hacer ningún comentario. A fin de cuentas, en el árbol genealógico de Dulce María, además de su padre el general de la guerra independencia, y su madre, la bella dama María de las Mercedes Muñoz Sañudo, quien fundó el primer albergue para perros callejeros de La Habana, había también un santo: San Martín de la Ascensión Loynaz, misionero que murió mártir en Asia en el Siglo XVI mientras predicaba el Evangelio.
En la entrevista, además de recuerdos personales jocosos, Dulce María comparte su visión de la literatura. "Lo que no comprendo, trato de olvidarlo, porque no tengo carácter de investigadora", afirma. Para ella la poesía, más que una meta en sí misma, es un tránsito hacia un objetivo desconocido. Como a todos los escritores, a ella le ha ocurrido que, revisando un poema, se ha quedado sin poema. Por otra parte, en ocasiones se ha puesto a escribir un pequeño apunte y, cuando se percata, lleva más de cien páginas. 
También, por supuesto, hace revelaciones personales. Cuenta que su padre era muy severo y siempre hallaba mal todo lo que sus hijos hacían o decían. Tal vez esa represión durante la infancia fue lo que provocó a la larga que de los cuatro hermanos escritores, tres murieran sin publicar un libro y ella solamente publicara los suyos por insistencia de los amigos. Como ya se dijo, en la última etapa de su vida, gracias a la amistad con Aldo Martínez Malo, se publicaron obras de gran importancia que, de no haber sido por él, habrían permanecido para siempre almacenadas en los muebles de la vieja mansión de El Vedado.
Como Dulce María tuvo una vida larga, alcanzó a recibir premios y homenajes con los nombres de sus amigos. El gobierno de Andalucía le dio el Premio García Lorca, el gobierno chileno la medalla Gabriela Mistral y el gobierno cubano el Premio Alejo Carpentier. Supongo que debió haber sido emotivo, aunque algo extraño también, que los galardones tuvieran el nombre de personas a las que ella atendió en su casa. En 1992, Dulce María Loynaz recibió el Premio Cervantes, sin embargo, al repasar los honores y reconocimientos, Dulce María confiesa que lamenta que el gobierno de Nicaragua nunca le haya otorgado el Premio Rubén Darío. Ella conoció a Darío siendo una niña y, con el paso de los años, además de recordarlo con simpatía,  llegó a desarrollar por él una gran admiración literaria. La admiración que Darío sintió por la madre de Dulce María fue, como ella misma lo insinúa, más que literaria.
Dulce María Loynaz murió en 1997. Todos sus amigos y parientes ya se le habían adelantado. Ni ella ni sus hermanos tuvieron hijos. Su vida, aunque bastante extraña, fue rica en experiencias, logros y satisfacciones. Sin embargo, en la entrevista, Dulce María afirma: "La época en que me ha tocado vivir me parece tan fea que, sin detenerme a elegir, habría preferido cualquier otra". 
INSC: 1177
Dulce María Loynaz. (1902-1997) Poetisa, periodista y novelista. 

2 comentarios:

  1. He disfrutado mucho esta entrada tuya, como alguien que descubre algo totalmente desconocido. Un placer.
    Abrazos,

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  2. ¡Qué interesante! Desconocía todos o casi todos los pormenores aquí explicados sobre Loynaz y su particular , muy particular, familia y entorno.He disfrutado con su lectura. Gracias.

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