sábado, 27 de septiembre de 2014

La mano que da en el blanco.

La mano suicida. María Montero. Perro
Azul. Costa Rica. 2000.
Una voz poética firme y contundente, dolores recordados con cinismo y textos pequeños colmados de inmensas sorpresas, son parte de lo que nos entregó María Montero en su segundo poemario.
Llevaba quince años sin publicar y, en el 2000, sorprendió con las reflexiones de una mujer, artista y madre, que a pesar de todo lo sufrido, tiene el valor de enfrentarse a sus fantasmas con la frente en alto. Tal vez sea mucho el dolor acumulado, pero nunca será tanto como la fortaleza que siempre la empujó a apostar por la vida.
Echar la vista atrás y hacer un inventario minucioso de los desaciertos y tropiezos del camino, no tiene que ser necesariamente (y María nos lo demuestra) un ejercicio de autocompasión que no pase de lamer las viejas heridas.
Aunque la voz de María se enfrenta a dolores que han calado hondo, no los aborda con el asombro de quien mira horrorizado la herida sangrante, sino con la serenidad de quien, lleno de nostalgia, contempla la cicatriz que le trae de recuerdos de otra época.
La mano suicida es un libro que suda honestidad. En todos sus poemas es palpable la intención de la autora por abandonar los pudores y desnudar hasta sus más íntimos pensamientos. Es un libro transparente como una casa de cristal en la que quien la habita no tiene manera de ocultarse.
Su estilo, totalmente ayuno de florituras e ingeniosidades, es limpio, fresco, sin un solo retruécano. María, a fin de cuentas, es mujer de pocas palabras. Sus poemas son concisos y, por ello, impactantes. La aliteración (empezar distintos versos con la misma palabra) tal parece que es su arma favorita. Las palabras se repiten en un ritmo constante, como si estuvieran entonando un mantra o una letanía. Lo que pasa es que los sinónimos no existen y cuando se logra dar con la palabra buscada, no queda más que repetirla con la insistencia de quien da martillazos sobre la cabeza de un clavo. Los poemas de María tienen ritmo de martilleo, un martilleo tan intenso y sostenido que a veces, pese a la brevedad de los textos, el lector se ve obligado a tomar una pausa para asimilar mejor los golpes.
Que nadie se deje engañar por el título y la portada. “La mano suicida” no es un libro pesimista, aunque tampoco es esperanzador. Es un libro, como ya se dijo, transparentemente honesto, en que la autora, al hacer recuento de sus desencantos nos brinda, quizá inadvertidamente, una muestra de su inmensa fortaleza.
La voz y la mirada del libro son, de más está decirlo, femeninas, pero no se trata de un asunto de pose ni de corrección política. La mujer que se adivina tras los poemas de La mano suicida no es de las que tienen que predicar su igualdad ni de las que gustan de subrayar su femineidad.
En la primera parte del libro, titulada también La mano suicida, encontramos a una mujer que se observa a sí misma y a todas las mujeres a su alrededor. Es una mujer que se mira al espejo y tiene el valor de admitir que no es lo que ella cree que es, ni llegará a ser quien quería ser. Una mujer que admite que ha hecho todas las cosas que dijo que nunca haría y a la que, para colmo de males, ya no le queda el vestido de hacer diabluras. Cree que no le importan los piropos, pero cuando escucha uno, piensa en lo hermosa que es. Es la mujer que espera un milagro en la ventana del cuarto, la que se hace la dormida para poder estar más sola. Es la madre que en el momento del parto siente que el dolor se le convierte en destino de la cintura para abajo.
¿Quién es esa mujer? María nos lo aclara en un poema titulado precisamente Soy. Esa mujer es la artista, la alcohólica, la feminista y la académica. La mujer que es tan hombre como tú. También es la imbécil, la hipocondríaca, la puta, la pobre infeliz que no tiene un centímetro de cerebro y vive esperando una limosna del padre de sus hijos. Esa mujer del poemario, son todas las mujeres.
Días contados, la segunda parte del libro, se ocupa del eterno juego del romance y el erotismo, afrontándolo de manera irónica y desencantada. En Espejismo de la dicha nos dice:

Ya no tengo el aliento ni la esperanza
sino la marea de la sangre
cansada del naufragio.
He dejado de creer en casi todo.
Anoche
a oscuras
quemé las pocas luces del amor
con la ayuda de un desconocido.

A fin de cuentas, como revela en Reglas del juego:

Todos coinciden en haberme amado.
Todos coinciden en haberse ido.

En todo caso, darse cuenta que el amor eterno tiene los días contados y que el abandono es parte del proceso, no es una gran tragedia porque, nos lo enseña el mismo libro, una mujer nunca está sola.
La última parte del libro, titulada Defectos especiales está dedicado a la eterna exploración del Ars poética, un ejercicio en que el artista trata de explicar (y explicarse) la forma en que concibe y asume su labor creadora. Como era de esperarse, la actitud de María Montero, ante el arte, está totalmente libre de solemnidad y de pose. La artista confiesa que la poesía no le interesa tanto como enamorar a un hombre (o a dos), hacer una buena salsa de tomate natural o secar los cuerpos desnudos de sus hijas.
María tiene claro que en esta vida hay cosas mucho más valiosas que la poesía. Vivir por ejemplo. Quizá por ello esta brillante escritora no se ha desesperado por publicar y mantener su nombre vigente en la comunidad literaria, tan llena de poetas desechables. En 1985, con su primer libro El juego conquistado ganó el Premio Joven Creación. Aunque tras la publicación de su primer libro, algunos de sus trabajos han sido recopilados en antologías, tardó quince años en publicar el segundo.
Al igual que todos los poetas que, en vez de vivir desesperados por publicar, saben trabajar sus textos el tiempo que sea necesario, María ha logrado brindarnos un poemario fuerte, contundente y memorable.
En uno de los poemas que aparecen en este libro, María reconoce que entre sus virtudes nunca se destacó la puntería. Es injusta consigo mismo porque, con este libro, no solo acertó sino que dio en el blanco con una precisión deslumbrante.


Discurso
María Montero.
María Montero

Una mujer no tiene dirección:
todos sus costados son profundos

No anhela caminos de regreso
mas si
un horizonte indefinido
de pájaros centrífugos.

Una mujer necesita el asombro
de la oscuridad sostenida ante sus ojos
y no los límites precisos de un espejo.

Una mujer se esparce en el aire.

Una mujer nunca está sola.




INSC:  2066

Para leer y disfrutar con una sonrisa.

El perfume de un beso. Carlos Tapia.
Perro Azul, Costa Rica, 2001.
Debe quedar claro que esta es una obra ligera. El perfume de un beso es una novela sin grandes pretensiones estilísticas que tampoco se aventura demasiado en la exploración psicológica o social. Sin embargo, a pesar de que los criterios más exigentes se negarían a calificarla como Literatura  con mayúscula, lo cierto es que es una obra terriblemente simpática, de lectura fluida y amena, que se lee inevitablemente con una sonrisa.
Apenas apareció, numerosas  voces se levantaron para catalogarla como una novela rosa. Si acaso lo fuera, sería, en todo caso, la primera novela rosa costarricense. En mi opinión el calificativo es injusto: El perfume de un beso podría considerarse rosa por su tema, pero nunca por la forma en que lo afronta. La narración no es lineal, como se esperaría en una novela rosa, sino que la trama se enfrenta desde diferentes entradas.
La secuencia de imágenes y acontecimientos, procedentes de diversos momentos cronológicos y psicológicos, unido a la alta carga visual de lo narrado, le da al desarrollo del argumento todo el sabor de una película de escenas breves e intensas.
El manejo que hace Tapia de lo inmediato, lo absurdo y lo mágico, al revolverlo sin el más mínimo empacho, le da un encanto morboso a la novela ya que el lector, desde el primer momento, tiene claro que los hechos se desarrollan en un mundo en el que todo es posible.
El asunto está más o menos así: en uno de aquellos caserones de cafetal de Tres Ríos, tres mujeres (la abuela y dos nietas) llevan una vida totalmente aislada del resto del mundo. Naturalmente, el llamado a destruir ese idílico rincón paradisiaco tenía que ser un hombre, pero Tapia mete a dos en la danza. Eusebito, una inofensiva alma de Dios incapaz de matar una mosca, y Rodrigo, el verdulero, quien, aunque no podría decirse que tiene la actitud de un don Juan, al menos es más atrevido.
Curiosamente, pese al encierro impuesto por la abuela, aquellas mujeres, en sus largas horas de ocio, se entretenían viendo tele o leyendo revistas, en las que se enteraban de los escándalos más sonados y de los crímenes más sangrientos, de manera que su reclusión había acabado por darles una visión grotesca y mórbida del mundo exterior.
La novela menciona sin ningún el asesinato de Selena, el Show de Cristina o de Geraldo, así como el juicio, convertido en culebrón, de O.J. Simpson.
Carmelina y Leila Clavel, las dos hermanas, se enamoran de Rodrigo quien es incapaz de escoger una, porque eso significaría rechazar a la otra. Para poder quedarse con ambas, cosa que ellas consentirían sin mayor complicación, es necesario sacar del medio a la abuela. Aquí entra en juego el elemento mágico, porque resulta que Doña Etelvides, la matriarca, tenía a la muerte detenida con una colcha de colores. Rodrigo quitó la colcha y problema resuelto: la vieja se fue para el otro mundo.
 Sin embargo, la abuela, de quien las niñas heredan lo ninfómanas, se da el lujo de regresar del más allá cada vez que la ocasión lo amerita, valiéndose de medios tan poco fantasmales como la pantalla de la televisión.
En el desarrollo de la trama, el recargo de adjetivos le da a ciertos tramos de la narración un aire cursi, fácilmente disculpable por ser evidentemente deliberado. En todo caso, resulta inevitable ponerse cursi al explorar el mundo de dos mujeres inquietas que, debido a los cuidados de su abuela (que no era ninguna blanca paloma) han venido a conocer el mundo demasiado tarde.
El numerito del desfloramiento, sin embargo, fue quizá demasiado descriptivo, como si hubiera sido hecho para consumo y escándalo de lectores impresionables, pasando por alto el hecho de que la mayor parte de los impresionables no lee y la mayor parte de los que leen no son impresionables.
Lo cierto del caso, volviendo a la trama, es que se establece un triángulo amoroso que, a diferencia de cualquier otro, no plantea mayor conflicto para ninguno de los tres, que acaban dedicándose a tiempo completo a atender el negocito del que viven y donde le han hecho campo, también, al buenazo de Eusebito.
Conforme el matrimonio de tres se va agotando, la narración entra en digresiones que pudieran interpretarse como una pérdida de rumbo, pero el despliegue de ingenio y el simpático aderezo de sorpresas con que Tapia logra salpicar todas las páginas, hace que el libro se lea con deleite de principio a fin.
No se puede ignorar, sin embargo, que la tensión a lo largo del texto es decreciente y conforme avanza,  el autor le dio cada vez más espacio a las ocurrencias. El salto, del caserón de Tres Ríos a las pasarelas europeas, es precipitado tanto de ida como de vuelta y se llega al final de la novela con conflictos y personajes diluidos.  Quizá por la intensidad de su arranque, el lector queda a la espera de un clímax definido, pero Eusebito nunca da la sorpresa y Ricardo, Carmelina y Leila, aunque de alguna forma transgresores en su conducta, no parecen aspirar a más que a la comodidad sin sobresaltos. La madre de las muchachas, cuya historia, así como la de la abuela se relata en forma paralela, acaba, en un abrir y cerrar de ojos, en África. La novela, que arranca desde la calma, vuelve, tras un viaje por situaciones intensas, de nuevo a la calma. 
El gran mérito de El perfume de un beso, radica en su innegable capacidad de capturar al lector, entretenerlo, divertirlo y hacerlo inmiscuirse en un mundo paralelo. Al respecto, y considerando el éxito de público de esta novela, valdría la pena recapacitar y discutir la importancia que tiene el que una obra literaria sea entretenida. Sin intención de suscribir un manifiesto a favor de la literatura light, lo cierto es que muchos de los que la critican, han llegado a considerar un mérito el tragarse libros que, por su absoluta incapacidad de ser amenos, resultan ilegibles para el común de los mortales.

Tapia nunca se propuso escribir una novela que fuera analizada por los entendidos. Lo que hizo fue narrar, solo narrar y nada más que narrar y hay que reconocerle el haber logrado un libro interesante, amigable y accesible para cualquier lector.

INSC: 1120

Tanta fe como dudas.

Puera de los ciegos. Carlos Bonilla. Perro
Azul, Costa Rica, 2002.
Escribir sobre Dios es un riesgo tan enorme como el tema mismo. Para el creyente, reflexionar sobre la figura Divina no deja de resultar abrumador por lo aplastante de su magnitud. Para el no creyente, Dios, como concepto, sigue siendo bastante duro de manejar. Por algo Roque Dalton, con el cinismo que le era característico, dejó escrito que “El problema de Dios es tan intenso que por eso más vale no caer nunca en las garras de Dios”.
Sobre Dios, ese tema intenso e inmenso, trata Puerta de los ciegos,  de Carlos Bonilla Avendaño . Es un poemario pequeño, de poco más de 60 páginas, pero con semejante tema ningún libro es corto o, más bien, todos acaban siéndolo.
Los poemas iniciales nos marcan la cancha muy claramente. No se abordará el tema desde la verdad ni desde la definición preconcebida y firmemente asumida, sino desde el terreno, bastante movedizo, de la duda. Contra lo que comúnmente se piensa, la fe no está relacionada con la certeza sino, más bien con el acto de asumir como verdadero algo sobre lo que no se tiene y nunca se podrá tener ninguna certeza.  Quien conoce  todas las respuestas no necesita de la fe tanto como el que se interroga constantemente.
Creyente o no, quien reflexiona sobre Dios, queda siempre con preguntas sin responder,  con misterios enormes e inabarcables.
Puerta de los ciegos no intenta responder nada, sino más bien, por el contrario,  plantea cuestionamientos que acaban siendo incontestables.
Los poemas son breves, escuetos, casi podría decirse que telegráficos. El asunto se plantea de golpe, con la misma brevedad y firmeza con que se le ensartan las banderillas al toro para herirlo y provocarlo. Ni un adjetivo innecesario, ni un giro puramente decorativo. Aquí todo es sustancia y punto. Provocaciones lanzadas sin más palabras que las estrictamente necesarias.
 Los poemas vienen ordenados en secciones que parten la lectura en diferentes estadios. Se arranca, como se dijo, planteando el asunto desde la duda. Apenas al inicio un niño de diez años pregunta que si Dios conoce el futuro, ¿por qué puso a prueba la fe de los profetas?  No es posible contestar la pregunta sin balbucear, porque tan solo un balbuceo es lo más que podemos decir sobre Dios.
Sin entretenerse demasiado en la duda que experimenta el creyente, la segunda parte del poemario, titulada La zarza ardiente, nos hace ocuparnos de Dios, no solo como esa sombra oculta detrás de todo, sino como la fuerza revelada o que quiere revelarse. Dios, el invisible, el gran incógnito, no quiere permanecer oculto, pero  tampoco están claros los posibles puentes de comunicación para encontrarlo.
Una tercera parte, titulada Sombras de tu ausencia, se ocupa de lo que San Juan de la Cruz llamaba “la noche oscura”, esos momentos en que Dios parece, más que oculto, ausente.
La cuarta y quinta parte del libro se ocupan de la figura de Nuestro Señor Jesucristo, concentrándose principalmente en lo humano de su persona, en la debilidad y confusión que podría albergar su parte mortal y terrena ante su propia figura y cuestionando el hecho de que, a quien no quiso vivir con máscaras, tras su muerte sus seguidores lo han enmascarado. Más adelante, con poemas aparte, se hace glosa de las palabras que Cristo dijo en la cruz. Vale mencionar que al referirse a la frase: “Hoy estarás conmigo en el paraíso”, el poema correspondiente, en vez de prestarle atención al destino, el paraíso, se centra más bien en el verbo: “estarás”, porque lo importante, sin importar dónde, es la promesa que implica el  “estarás”.
El libro cierra con unos poemas llenos de esperanza titulados en conjunto, muy oportunamente, “Vigilia”.

No sé si abrazás el universo o
 simplemente inútil y vencido
 mirás la vida que se escurre.
A tus pies, un baile de disfraces:
soldados, sacerdotes, plañideras,
cada quien con su máscara imagina,
cargar en tu dolor su propio peso.
Amigos y enemigos respiran el mismo aire...

Puerta de los ciegos es un poemario inquietante, cuya gran limpieza formal facilita la sintonía con un estremecimiento tan íntimo y espiritual, que no puede ser descrito sino solamente insinuado.
Este sería, por cierto, el término que mejor describiría el tono del libro. Es una obra insinuante, que no responde sino que plantea, que no muestra sino que asoma, que no deduce sino que supone.
Con Dios como tema, en todo caso, siempre será más lo oculto que lo mostrado y Puerta de los ciegos está escrito con la conciencia de que las palabras acabarán callando mucho más de lo que puedan decir. 


Te pienso
Carlos Bonilla


No sé bien desde cuáles horizontes

Poblador del silencio
parábola difusa de todas las hipérboles

Te creo
desde la oscura luz de esta vigilia
desde la inasible nostalgia del futuro
desde el hilo que me une al universo.

Te sueño
hasta el instante en que te ame cara a cara

o hasta que el barro devuelva mi memoria
a la brillante oscuridad del cosmos


o al minuto infinito de la flor.


INSC: 1472

viernes, 26 de septiembre de 2014

Me encontré con un gran poeta.

Poesía completa de Rogelio Sotela. Carlos
Porras, compilador. EUNED. Costa Rica, 2007.
A este libro le tengo un gran cariño. No me corresponde a mí comentarlo, puesto que yo lo hice. En la antología Poesía contemporánea de Costa Rica, de Carlos Duverrán, leí por primera vez poemas de Rogelio Sotela y quedé deslumbrado. Busqué más información y lo único que conseguí fue la Antología de Rogelio Sotela, publicada por Alfonso Chase. Un librito pequeño, de apenas setenta páginas, que aumentó mi admiración y curiosidad por el poeta. 
Nadie lo mencionaba, nadie lo citaba, nadie lo conocía. No comprendía cómo un personaje histórico tan interesante y un poeta tan valioso había caído en el olvido. En otra entrada de este blog me refiero a su figura y su obra. 
Un buen día, mi gran amigo David Gutiérrez Jalet, me consultó acerca de un proyecto que tenía entre manos y en el cuál yo podría participar. "Porras", me dijo, "unas personas que yo conozco tienen unas grabaciones de hace más de sesenta años, en que un señor recita poemas. Se llama Rogelio Sotela, ¿has oído hablar de él?" A los pocos días escuché su voz, conocí a sus hijos y, gracias a ellos, tuve todos sus libros. Organizamos un homenaje que fue muy concurrido y, al final de ese acto, anunciamos la publicación de un tomo que recogería su poesía completa. Marlen Sotela Borbón, la nieta del poeta, tenía su archivo. Revisé su correspondencia, sus recortes, sus artículos y hasta un par de manuscritos. 
Este fue el día que empezó todo.
Sotela, como poeta, publicó poco. Solamente tres libros en toda su vida. Tras su muerte, sus hijos publicaron un libro póstumo. Revisando sus papeles, encontré recortes de varios poemas suyos publicados en periódicos o revistas que no fueron incluidos en ningún libro. Toda su obra poética acabó siendo un libro de cuatrocientos treinta páginas que me publicó la EUNED, gracias al apoyo de don Alberto Cañas, don  Eugenio Rodríguez Vega, don René Muiñoz y doña Inés Trejos de Montero. A pesar de lo arriesgado que podría ser el título, se llamó Poesía Completa de Rogelio Sotela. Era muy remota la posibilidad de que un poema se hubiera quedado por fuera. Hasta ahora, no ha aparecido ninguno más.
El proceso de edición, como suele ocurrir, se complicó. La compilación estuvo lista en el 2004, el Consejo Editorial de la Universidad aprobó la publicación de inmediato, pero el libro apareció hasta el 2008. Lamentablemente, en el ínterin, falleció don Rogelio, el hijo mayor del poeta, y su otro hijo don Rodrigo, enfermó seriamente.
El lanzamiento del libro, el 15 de mayo del 2008, lo realizamos el Dr. José Enrique Sotela y don Hiram Sotela, hijos del poeta, junto con dos extraordinarios presentadores: Alfonso Chase, quien desde que murió Sotela había sido el único preocupado por mantener viva su obra y el poeta Mauricio Molina.
La participación de Mauricio era muy importante. No queríamos que el esfuerzo que hicimos, con la publicación de este libro, fuera percibido como un trabajo de arqueología literaria. Sotela, muerto en 1943, es un poeta que tiene mucho que decir y mucho que mostrar a los lectores de poesía tanto contemporáneos como del futuro. La poesía de Mauricio Molina, nutrida de diversas influencias y nacida mucho después de que los cánones estéticos clásicos fueran abandonados, no tiene nada que ver con la poesía de Sotela, pero Mauricio, un valioso poeta costarricense del siglo XXI al referirse a un valioso poeta costarricense de la primera mitad del siglo XX, supo mostrar el respeto que le inspira Sotela y el gran valor y vigencia que su obra sigue y seguirá teniendo.
Alfonso Chase, por su parte, me hizo un reclamo que sentí como un jalón de orejas. Dijo Alfonso que, aunque no estuvieran escritos en verso, sino en prosa, los libros Recogimiento y Apología del dolor, debieron haber sido incluidos en la poesía completa de Sotela. De haber incluido dichas obras, habrían sido la mejor vía para que los lectores de poesía actuales se encontraran con Rogelio Sotela. Tras revisarlos, me percaté de que Alfonso tenía razón. Sotela, en su época, no los consideró poesía. Yo, setenta años después, sí debí haberlo hecho.
El acto de presentación fue muy hermoso. Rufino Gil Pacheco, banquero e historiador de la banca costarricense, cantó una oración compuesta por Sotela. Al final del acto, de manera espontánea, el público cantó Cumpleaños Feliz. Ese día, Rogelio Sotela habría cumplido 113 años. Era, también, mi cumpleaños.
Don José Enrique, don Hiram y Marlene, me dieron un regalo de parte la familia Sotela. Una pluma fuente y una caja en la que venían ejemplares de la primera edición de todas las obras de Rogelio Sotela y la colección empastada completa de la revista Athenea, publicada por el poeta. Al ver los enormes libros Valores literarios de Costa Rica y Escritores de Costa Rica, que constituyen el primer estudio amplio y sistematizado de la historia de la literatura costarricense, ambos realizados por Sotela y ambos inconseguibles, varios escritores, sonriendo, me advirtieron: "No apartés la vista de esos libros, porque se te pueden perder."
Solo hay una cosa que me molesta cuando reviso Poesía completa de Rogelio Sotela. Tiene una sola errata, pero es imperdonable e inexplicable. En el manuscrito que entregué, iba mi agradecimiento a don Rogelio, don José Enrique, don Rodrigo, doña Rima y don Hiram, por el honor que me brindaron al permitirme recopilar la poesía completa de su padre. En el libro impreso, por alguna razón que nunca podré explicarme, no apareció el nombre de don Rodrigo.
Espero que algún día este libro tenga una segunda edición. Desde ahora anuncio que esa segunda edición incluirá Recogimiento y Apología del dolor y será dedicada a la memoria de don Rodrigo Sotela Montagné.
Atrás, el retrato del poeta Rogelio Sotela. De izquierda a derecha, Dr. José Enrique Sotela Montagné, Alfonso Chase, Carlos Porras, Hiram Sotela Montagné y el poeta Mauricio Molina.


jueves, 25 de septiembre de 2014

Un ídolo con pies de barro.

Yo soy el Diego. Diego Armando Maradona.
Planeta. 2001.
La palabra ídolo se usa tan indiscriminadamente que con frencuencia se vacía de significado. Nunca falta quien califique de ídolo a un figura de temporada que acaba siendo olvidada a la vuelta de un par de años. El verdadero ídolo es el que es capaz de generar una idolatría, el que sin buscarlo ni pretenderlo logra que sus seguidores conviertan su admiración en culto, su fanatismo en religión.
Diego Armando Maradona fue, por bastante tiempo, un ídolo, no solo en Argentina, sino en el mundo entero. Sus caídas y errores fueron duramente señalados por la prensa mundial precisamente por lo alto del pedestal al que ella misma lo había elevado. Que un jugador salga positivo en la prueba de doping es algo que, aunque suceda en una copa mundial, podría anunciarse sin mayor escándalo. Que una persona retirada pierda la batalla contra el sobrepeso ni siquiera es noticia. Que alguien tenga problemas de adicción a las drogas es un asunto personal y privado. Pero en el caso de Maradona todo aquello era diferente. Tener debilidades y problemas es algo que se le tolera a las personas comunes y silvestres, no a los dioses, semidioses o titanes de la mitología.
Que una persona de carne y hueso como cualquier otra, con temores, defectos y virtudes como cualquier otra sepa que una multitud lo mira elevado en un altar, es una carga abrumadora. Maradona declaró repetidas veces que él era un jugador de futbol, no un ídolo ni un modelo para nadie. El mensaje no fue escuchado y fue necesario un desplome estrepitoso para que la fanaticada pudiera ver finalmente a Diego en su dimensión real: un hombre no muy inteligente, casi sin educación, con serios problemas de salud, cuya vida ha atravesado verdaderos malos momentos. Los idólatras de Maradona tuvieron que abrir los ojos. Todo ídolo es imaginario y no se puede evitar una decepción al confrontar su imagen idealizada con la triste realidad.
El mundo conoció a Maradona, el jugador de futbol. Sin embargo, pese a los cientos (quizá miles) de entrevistas y reportajes, Maradona el ser humano permanecía oculto. En el año 2000, en La Habana, ante los periodistas deportivos Ernesto Cherquis y Daniel Arcucci, Maradona habló sobre sí mismo. "A veces pienso que toda mi vida está en las revistas", les dijo, "pero no es así. Hay cosas que están solo dentro de mi corazón y nadie las sabe."
El fruto de esas entrevistas fue recogido en un libro, publicado por Planeta, titulado Yo soy el Diego, una obra importante para conocer a alguien que, pese a ser famoso en todo el mundo, nadie tenía claro quién era.
No soy aficionado al futbol. Nunca he pateado un balón y ni siquiera he visto  un partido completo en mi vida. Mi buen amigo, el poeta Joan Bernal, sí es muy futbolero y un buen día me dijo: "A vos no te gusta el futbol, pero sí te gustan los libros de memorias. Este tenés que leerlo".
Maradona no escribió el libro, sino que se lo contó a los periodistas. Tal vez por esa circunstancia, el encanto principal de esta obra es su tono íntimo, que hace que las páginas pasen y pasen como pasan las horas cuando uno tiene al frente a alguien que está abriendo su corazón. Al frente está un Maradona honesto, tranquilo, que ni presume de los logros ni se disculpa por los errores. Toda su vida la relata con serenidad. Se refiere, inevitablemente, a sus malos momentos y a los tragos amargos que le ha tocado sufrir, pero el repaso es apacible, con los sentimientos ya enfriados. "Nunca le perdonaré a Menotti el no haberme incluido en la selección de Argentina 78. Nunca se lo perdonaré, nunca. Pero no lo odio al Flaco. Eso no. Odiar es muy distinto de no perdonar, al menos para mí".
Maradona nació en el Fiorito, un barrio tan pobre que, en sus propias palabras, "si se podía comer, se comía y si no, no." Su casa tenía tres aposentos. Uno era la sala, comedor, cocina (todo junto), el otro era el cuarto de los papás y el tercero, de dos por dos metros, el dormitorio de los ocho hermanos. No tenían baño y el agua para cocinar y para asearse había que traerla en baldes de un tubo que estaba un tanto lejos. La única recreación para los muchachos (los pibes, dice él), era jugar futbol todo el día. El paso de la cancha sin pasto del Fiorito a la selección argentina y, de allí, al estrellato mundial fue rapidísimo. Empezó en la novena división. Al año siguiente, la octava y, casi inmediatamente, pasó a la sétima. En sétima jugó dos partidos y pasó a la quinta. Cuatro partidos ahí y pasó a tercera. Dos partidos más y llegó a la primera división. Tres meses después de haber debutado en primera, integró la selección argentina. El resto es historia conocida.
Cuando debutó en primera, Maradona era tan pobre que solamente tenía un pantalón de corduroy y al enterarse del dinero que iba a ganar, en lo primero que pensó fue en comprarse más pantalones. El dinero alcanzó para más que pantalones. Compró automóvil y se llevó a toda la familia a vivir en un condominio espacioso con cuarto privado para cada uno. Logró cumplir, además, dos sueños: pedirle a su padre, que era obrero de fábrica, que no trabajara más y llevar a toda la familia a conocer el mar. 
A pesar de lo duro de las condiciones en que pasó su infancia y juventud, el recuerdo de aquellas épocas tiene más añoranzas y menos reclamos que el de los años de gloria.
Este libro revela a un hombre sencillo, inocentón, espontáneo hasta el límite de lo rústico que, por su talento natural, acabó en la cúspide sin abandonar nunca su simpleza y que, viejo, pasado de peso y con una dolencia cardiaca, añora la época en que pasaba todo el día jugando en una cancha sin pasto.
No se refiere a sus escándalos porque, según él, no ha defraudado a nadie ni tiene que darle explicaciones a personas que no conoce. "No soy ni quiero ser un ejemplo. En todo caso, para mis hijas sí. A ellas me debo. Solo ellas tienen derecho a juzgarme."
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...