jueves, 6 de noviembre de 2014

De la vida a la literatura.

Los azules días. Joaquín Gutiérrez Mangel.
Editorial de la Universidad de Costa Rica
Costa Rica, 2000.
Aunque la vida de don Joaquín Gutiérrez fue larga y rica en experiencias, sus memorias, tituladas Los azules días, es un libro breve en que la vida de don Joaquín apenas se asoma. El libro, más que una autobiografía, es una colección de relatos autónomos sobre diversos momentos y personajes. Hay, por supuesto, una que otra anécdota personal pero, además de escasas, todas están ubicadas en su infancia y juventud. Cuenta la vez que su madre, que pintaba cuadros, lo castigó por haber metido mano a una de sus obras. Don Joaquín, en ausencia de su madre, tomó el pincel para agregarle un par de detalles al cuadro que su madre estaba pintando, con la esperanza de que ella no se diera cuenta. Doña Stella lo castigó, no por haber pintado en su cuadro, sino por haberlo hecho tan mal. En la casa de Limón, la familia tenía un mono como mascota y un exministro de seguridad como vecino. El exministro era calvo y usaba peluca y tenía la costumbre de quitársela a la hora de leer el periódico en la mañana para que su cráneo recibiera algo de sol. Un buen día el mono saltó al patio vecino y le robó la peluca. La empleada doméstica del vecino tocó la puerta para decir que por favor le devolvieran "eso". Don Joaquín y su hermano, haciéndose los tontos, solamente preguntaban qué era "eso", pero la empleada contestaba simplemente "eso, eso".
Los azules días, como todos los libros de don Joaquín, está lleno de sonrisas. En el libro no menciona nada de sus tiempos en la Unión Soviética ni en Vietnam, tal vez por haberse ocupado de ellos en otros libros. Tampoco habla de su trabajo en la editorial Quimantú, en Chile, en tiempos de Allende ni de la proeza que fue salir del país tras el golpe de Pinochet. Tampoco menciona su estrecha amistad con Pablo Neruda ni sus triunfos en el ajedrez. Sobre su familia, su esposa y sus dos hijas, tampoco se ocupa. Al escribir sus memorias, don Joaquín optó por llamar la atención sobre otros más que sobre sí mismo. Dedica un capítulo aparte a cada uno de los grandes personajes de su vida: a Monseñor Sanabria, su profesor de literatura, a don Joaquín García Monge, el mentor literario de su generación y a sus contemporáneos Yolanda Oreamuno, Carmen Lyra, Max Jiménez, Francisco Amighetti, Carlos Luis Fallas, Manuel Mora y Juan Manuel Sánchez.
Por tratarse de las memorias de un escritor, encontré en el libro dos revelaciones sorprendentes. La primera fue la influencia de su tío Agustín Gutiérrez Ross, tío Tin, quien tenía una imaginación extraordinaria y al caer la tarde, cuando regresaba a casa del trabajo, reunía en torno suyo a los sobrinos (don Joaquín incluido) para contarles historias de aventuras. El tío Tin iba inventando las historias conforme las iba contando pero, antes de empezar, secreteaba con la tía Carmen para saber cuáles sobrinos se habían portado bien y cuáles mal. A los que se habían portado bien, los ponía de capitanes de barcos que resistían el ataque de los piratas y a los que se habían portado mal los dejaba solos en el globo en que estaban dando la vuelta al mundo, o los ponía de cocineros mientras los que se portaban bien iban a cazar tigres y elefantes. Me pregunto hasta dónde habrán influido las historias del tío Tin en la vocación literaria de su sobrino.
El otro detalle que me llamó la atención, fue que encontré, en las memorias de don Joaquín, a varios personajes de sus novelas. Estoy seguro de que don Joaquín se inspiró en su padre, don Paco Gutiérrez Ross, para construir el personaje de don Héctor, el finquero de la novela Puerto Limón. Otro personaje de la misma novela, que aparece en las memorias, es el negro Tom Wilkelman, a quien don Joaquín presenta como su ángel de la guarda. Era un gigante, alto, fuerte y musculoso, que tomaba al pequeño Joaquín y lo montaba sobre sus hombros. Desde allí arriba, bien agarrado al cabello del peón, el futuro escritor avanzaba por la finca esquivando las ramas. Un trabajo frecuente, en una zona tan lluviosa como Limón, consistía en hacer zanjas que sirvieran como desagüe. Cuando Tom paleaba, lanzaba por lo alto la pelota de barro. A los otros peones se les volvía a llenar la zanja con el siguiente aguacero, pero no a Tom, gracias a la distancia a que podía lanzar su paletada. En la novela Puerto Limón, Tom maneja un motocar, pero a quien lea las memorias y la novela, no le cabrá duda de que se trata del mismo Tom.
En las memorias, don Joaquín recuerda a una perrita, Pirula, que fue la mascota consentida de su casa. La perra favorita de Federico, en la novela Murámonos Federico, también se llama la Pirula y, al igual que la del mundo real era capaz de sonreír.
Don Joaquín se encontraba en Moscú cuando le avisaron que su padre, don Paco, se encontraba muy enfermo. Envío inmediatamente un telegrama que decía: "Salgo mañana, llego ayer" y fue tomando aviones que lo fueran acercando a Costa Rica. Tuvo buena suerte con las conexiones y al día siguiente estaba tocando la puerta de la casa en San José. Lo recibieron con gritos de sorpresa, ya que arrivó apenas pocos minutos después de que llegara el telegrama. Don Joaquín cuenta cómo vio morir a su padre. Esa misma escena, en todos sus detalles, está en Murámonos Federico para contar la muerte de Colacho.
En otra entrada mencioné que el propio don Joaquín me contó que al Marqués, el personaje de su novela Te acordás hermano, no lo inventó, sino que lo conoció.
A veces, ante un libro lleno de historias asombrosas y personajes memorables, uno se asombra ante la imaginación de escritor, cuando es muy probable que esas historias y esos personajes, el escritor no los haya inventado, sino que se los haya encontrado a lo largo de su vida.

INSC: 1703

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Monseñor Romero.

Romero "¡Cese la represión!" Miguel Cavada Díez.
Grupo Maíz, El Salvador, 2006.
Monseñor Oscar Arnulfo Romero (1917-1980), cuarto arzobispo de San Salvador desde 1977, es uno de los personajes centroamericanos más queridos y respetados. Era un sacerdote piadoso, de vida modesta, caritativo, culto, sabio y recto que supo desempeñar el papel que le correspondía dentro de una sociedad con problemas complejos, convulsa y violenta, que atravesaba uno de los momentos más difíciles y dolorosos de su historia.
De origen humilde, segundo de los ocho hijos de un telegrafista, fue desde pequeño tímido y piadoso. Más que la actividad física, la oratoria o la acción social, lo suyo era la oración y el recogimiento. Mostró, eso sí, gran capacidad intelectual y fue enviado a Roma a cursar sus estudios eclesiásticos. En Roma fue alumno de Monseñor Giovanni Battista Montini (el futuro Pablo VI) con quien lo uniría una gran amistad durante los siguientes cuarenta años. Fue precisamente Pablo VI quien lo nombró obispo auxiliar de la diósesis de Santiago de María en Usulutlan en 1974 y arzobispo metropolitano de San Salvador en 1977.
La relación del nuevo arzobispo con el gobierno de su país fue tensa desde el inicio. Varios sacerdotes del clero arquidiocesano fueron expulsados del país poco antes de que Romero tomara posesión de su sede. A otros sacerdotes, que se encontraban fuera, se les negó el ingreso y tanto miembros del clero secular como del religioso fueron arrestados. Monseñor Romero no había cumplido un mes, al frente de la arquidiócesis, cuando fue asesinado el sacerdote jesuita Rutilio Grande, quien fue ametrallado en la carretera en compañía de un señor de setenta y dos años y un joven de dieciséis, que también murieron en el lugar.
Romero, Miguel Cavada Díez
Grupo Maíz, El Salvador, 2005.
En esas circunstancias, todavía había quienes pensaban el modesto, tímido y piadoso Monseñor Romero asumiría una posición de bajo perfil. El asesinato del padre Grande reveló la energía y la solidez de principios del Arzobispo, quien, valientemente, clamó por el cese a la violencia, el respeto a la dignidad de la persona y la convivencia pacífica.
Eran los años de la Guerra Fría. El mundo estaba dividido en dos bloques antagónicos. En América Latina abundaban tanto las dictaduras militares como los grupos guerrilleros. En El Salvador, su país, los enfrentamientos entre el ejército y los grupos rebeldes armados ensangrentaban constantemente todo el territorio nacional.
¿Cuál era la posición de la Iglesia en el conflicto interno salvadoreño? Es difícil decirlo. Si al hablar de Iglesia, nos referimos al pueblo, había fieles de uno y otro bando. Si por Iglesia entendemos el clero, había sacerdotes en uno y otro bando. Y si por Iglesia nos limitamos al episcopado, también había obispos en ambos bandos.
La posición de Monseñor Romero, contra lo que se ha creído, no era la de apoyo a la guerrilla. Romero simplemente clamaba por la justicia y la paz, por el respeto a la vida humana, por el fin de la represión y la tortura. Sus homilías, transmitidas por radio, eran un mensaje de denuncia y de esperanza. Llegó a escribirle una memorable carta al presidente Carter de los Estados Unidos, solicitándole el cese de asistencia militar al gobierno salvadoreño. 
Monseñor Romero le muesta al Papa Pablo VI, su antiguo
profesor y amigo, la fotografía del padre Rutilio Grande S.J.
que fue asesinado en 1977.
Un día antes de su muerte pronunció por la radio estas palabras: "Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles. Hermanos: son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: "No matar". Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla. Ya es tiempo de que recuperen su conciencia y que obedezcan antes su conciencia que a la orden del pecado."
Esas palabras le costaron la vida. El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la misa, un disparo le dio en el pecho. Los fieles, en vez de huir, fueron a recogerlo y trataron de auxiliarlo pero su muerte fue instantánea. La bala dio alcanzó a Monseñor Romero en el momento del ofertorio, el momento en que el sacerdote ofrece al Señor el pan y el vino. Monseñor Romero ofreció su propia vida.
Sobre Monseñor Romero se han publicado diversos artículos y se han producido películas y documentales. Dos libros que considero muy valiosos y completos son Romero, publicado en 2005 y Romero "¡Cese la represión!" en 2006. Ambos libros fueron editados en El Salvador por el Grupo Maíz e incluyen semblanzas biográficas, fragmentos muy bien escogidos de sus discursos, una reseña del conflicto salvadoreño y abundante material fotográfico.
La vida, las palabras y el ejemplo de Monseñor Romero, conmueven al recordar un pasado doloroso e inspiran a crear un mundo mejor.
Tras el disparo, los fieles, en vez de huir, lo levantaron y trataron de auxiliarlo
pero su muerte fue instantánea.
INSC: 2563 / 2564

Otra perspectiva de Tinoco.

Federico Tinoco Granados en la Historia
Oscar Aguilar Bulgarelli,
Editorial Progreso, Costa Rica, 2008.
La historia es constantemente revisada, reescrita y revalorada. Constantemente pero no frecuentemente. Un buen ejemplo es el caso de la dictadura de Federico Tinoco Granados en Costa Rica. En 1914 se realizaron las primeras elecciones por voto directo. Los candidatos eran Máximo Fernández, el Dr. Carlos Durán y don Rafael Yglesias Castro. Ninguno alcanzó la mayoría requerida para ser electo por lo que, de acuerdo con la constitución de entonces, la designación pasó a ser responsabilidad de Congreso. Se suponía que los diputados debían elegir entre los dos candidatos con mayor número de votos, Fernández y Durán, pero ambos presentaron su renuncia. Se desató entonces una discusión bizantina y una serie de maniobras basadas en acuerdos misteriosos que acabaron en poniendo en la presidencia de la República a don Alfredo González Flores, quien no había sido candidato. El artífice de la jugada fue Federico Tinoco Granados.
El inicio de la administración González Flores coincidió con el estallido de la I Guerra Mundial. El comercio cayó, la situación económica del país se volvió muy difícil y don Alfredo, quien era más tecnócrata que político, planteó importantes reformas bancarias, tributarias y administrativas que fueron poco comprendidas. En enero de 1917, Federico Tinoco, el mismo que había puesto a don Alfredo en la presidencia, le dio un golpe de Estado y gobernó el país hasta 1919.
La versión que se ha manejado durante casi un siglo pinta a don Alfredo como el héroe y víctima y a Federico Tinoco como el malo de la película. Según esta versión, el golpe de Estado se dio porque don Alfredo, con sus reformas tributarias, le tocó el bolsillo a la oligarquía. La dictadura de Tinoco es retratada como un régimen represivo y corrupto.
Federico con Mimita, su es-
posa. Ella fue escritora, y pu-
blicó las primeras novelas de
tema indígena en Costa Rica.
Aunque es uno de los periodos más interesantes de la historia de Costa Rica en el Siglo XIX, ha sido poco estudiado. Federico, su esposa María Fernández Le Capellain y su hermano Joaquín, son personajes fascinantes. La literatura, curiosamente, les ha puesto más atención que la historia. La bibliografía en ambos casos, sigue siendo escasa. En su exilio en París, Federico Tinoco escribió sus memorias tituladas  Páginas de ayer; Gonzalo Chacón Trejos publicó la novela El crimen de Alberto Lobo, sobre el asesinato de Joaquín; Ileana Zambrana compuso una obra de teatro titulada Tinoco, días de tiranía, que fue editada pero no sé si habrá sido montada. Están también los estudios históricos Los Tinoco, de Eduardo Oconitrillo García y Tinoco y los Estados Unidos de Hugo Jiménez.
Particularmente valioso, por lo novedoso de su perspectiva, es el libro Federico Tinoco Granados en la Historia, del Dr. Oscar Aguilar Bulgarelli, ya que se concentra en aspectos que otros han pasado por alto. En primer lugar, desenmascara un mito. Contra la versión popularmente difundida, de que Tinoco fue un instrumento de la oligarquía golpeada por los nuevos impuestos de González Flores, el libro deja claro que Tinoco no derogó ni el impuesto territorial ni el de la renta. Por otra parte, el libro explica ampliamente como, pese a haber surgido de un golpe de Estado, el gobierno de Tinoco se apresuró por volver a la estabilidad constitucional con la promulgación de una nueva carta magna, sin lugar a dudas legítima.
El libro no entra a valorar los aspectos negativos del régimen de Tinoco pero, muy honestamente, remite a las investigaciones que se han ocupado del tema. Tampoco se distrae en detalles anecdóticos que, sobre esta época, abundan. 
Joaquín Tinoco, hermano de Federico,
asesinado dos días después de que
su hermano renunciara a la presidencia.
El libro de Aguilar Bulgarelli se concentra, especialmente, en el gran fracaso, la gran derrota y el gran enemigo de Tinoco, que se ubicaban, no en Costa Rica, sino en los Estados Unidos. Su gran fracaso fue diplomático, su gran derrota, no haber sido reconocido por los Estados Unidos y su gran enemigo el presidente Woodrow Wilson. 
Julio Acosta se fue a El Salvador y no fue sino por la muerte de Alfredo Volio, que preparaba la revolución armada en Nicaragua junto a su hermano Jorge, que se integró a las fuerzas antitinoquistas. Pero quien le hizo verdaderamente daño al régimen de Tinoco no fueron los revolucionarios en Nicaragua, sino el expresidente Alfredo González Flores quien, apenas derrocado, se trasladó a Washington para evitar que los Estados Unidos reconocieran al nuevo gobierno. Las cartas de González Flores al Departamento de Estado americano, hirieron más efectivamente al gobierno de Tinoco que los balazos de la batalla de El Jobo. Funcionarios de la Legación Americana en San José, se convirtieron en promotores de la agitación popular contra Tinoco. La Compañía de Minor C. Keith, también tuvo parte en el asunto y, un aspecto poco conocido que el libro rescata, se manejaban por entonces contratos petroleros cuyos interesados movieron hilos en Washington para el que el gobierno de Tinoco no fuera reconocido.
Otro mito muy repetido que el libro refuta es el que Federico haya renunciado a la presidencia por el asesinato de su hermano Joaquín. Federico había presentado su renuncia dos días antes de que mataran su hermano. La muerte de Joaquín solamente apresuró su salida del país que ya estaba decidida. Un detalle poco conocido es que, tras la partida de Federico hacia el exilio, el país fue diplomáticamente intervenido por los Estados Unidos, al punto que la Junta de Notables convocada por el presidente interino Juan Bautista Quirós, no hizo más que acatar las instrucciones de Washington. El libro reproduce un artículo vehemente del padre Rosendo Valenciano al respecto.
Vino luego el absurdo de la ley de nulidades, con la que se pretendió borrar dos años de historia, como si Tinoco nunca hubiera ocupado la presidencia. Este es uno de los casos más extraños de la historia, no solo de Costa Rica, sino del mundo. No creo que en ninguna otra parte del mundo, un congreso haya pretendido imponer que un gobierno de dos años simplemente no existió.
El libro relata, también desde una perspectiva nunca antes vista, la quema del diario La Información. Definitivamente, esta obra de Aguilar Bulgarelli brinda una nueva visión sobre esta convulsa época de nuestra historia sobre la que tanto se habla pero tan poco se escribe.
  
INSC: 2312

El enigma de los templos josefinos.

El sétimo principio. Francisco González
Brenes, Costa Rica, 2000.
Todo sucede en una noche. Una noche intensa en que Pedro recibe una apabullante lluvia de sorpresas y revelaciones tan impactantes como numerosas que lo aturden, pero también le pican la curiosidad por conocer más. No ha tenido siquiera tiempo de recuperarse del impacto de la anterior, cuando ya la próxima se deja venir, más contundente, más impresionante y más demoledora que todas las otras juntas.
Esa tarde, Pedro creía que tenía una relación de pareja tensa pero estable y que tanto su vida, como la de la ciudad en que vivía, estaba ajena a cualquier conflicto de orden sobrenatural. La noche se encargaría de mostrarle que Lucía, su compañera por ya bastantes años, le era infiel y que, expuestos a la vista y paciencia de cualquier transeúnte josefino, era posible identificar ciertos símbolos que podrían constituir la clave de un enigma.
En esa noche acelerada y reveladora, Pedro termina intimando con una chica que acaba de conocer y la madrugada lo sorprende manejando un carro prestado, propiedad de un desconocido, por las calles y avenidas de San José que, a esas horas, como es usual, están totalmente desiertas.
Ese carro que se detiene ante todas las iglesias del centro (la Catedral, la Dolorosa, la Merced y la Soledad) anda en busca de la pieza perdida de un rompecabezas que desde hace tiempo están armando y que esa noche, por fin, logran completar.
La magia no está fuera del periplo y, cuando ya era bastante tarde, Pedro tiene una alucinación (o uno de esos pequeños sueños que suceden cuando uno se duerme por pocos segundos) que contribuye a resolver el final del misterio.
Con una gran carga de elementos místicos, esotéricos y ocultistas, ambientada totalmente en nuestra ciudad capital de San José, esta es la trama de El Sétimo Principio, primera novela del costarricense Francisco González que apareció a finales del año 2000.
Uno de los puntos en que el texto es más insistente, se refiere a la distribución de las iglesias católicas en el plano de San José que, vistas en conjunto, forman una cruz. El palo vertical de esa cruz estaría trazado por la avenida 4, de la Iglesia de La Soledad, en calle 9, hasta la iglesia de la Merced en calle 12, con la Catedral al centro. El palo horizontal sería la calle central, de la iglesia del Carmen a la iglesia de la Dolorosa, también con la Catedral al centro.
Pedro, como era de suponer, nunca le había puesto atención a ese detalle y, por pura casualidad, se encuentra de repente hablando con un grupo que cree ver en esa distribución un simbolismo mágico y secreto. Echando mano de una técnica tan antojadiza como flexible, que llaman numerología, llegan a al conclusión de que el número de las calles en que están ubicadas las iglesias, encierra también un mensaje cifrado.
Como todos los grupos esotéricos y ocultistas, los nuevos amigos de Pedro echan mano de todo lo que pueda reforzar su teoría y descartan todo aquello que la debilite. Su método para llegar a conclusiones es gratuito y hasta forzado. Algunos argumentos, incluso, se caen por sus propias inexactitudes. El incienso no se utiliza en las ceremonias de bautizo, la Merced y la Catedrak fueron reubicadas y los hijos de los cafetaleros no fueron a estudiar a París, sino a Londres, para mencionar solo algunas rectificaciones a los datos erróneos que manejan los miembros del grupo.
Sin embargo, como todo colectivo empeñado en demostrar sus postulados, aquellos amigos creen ver, en su viaje en automóvil por la capital, la comprobación punto por punto de sus hipótesis.
Independientemente del contenido ideológico, doctrinal o histórico de la novela, hay que señalarla como un libro definitivamente interesante, al valerse, para referirse a temas ocultistas, de una historia situada en nuestro entorno capitalino. Sin embargo, esa situación constituye también el mayor lastre que le impidió elevarse a un nivel de calidad literaria mayor. Resulta evidente que todo lo dicho y lo narrado está en función de demostrar un punto, por lo que todos los recursos narrativos (algunos bastante bien utilizados) son apenas un pretexto para soltar un argumento.
Siempre resulta desafortunado el confundir la narración con el discurso y Francisco González, al combinarlos, no midió adecuadamente el riesgo. Los diálogos están llenos de explicaciones y de prédicas, algunas demasiado reiterativas, al punto de que hay exposiciones que se repiten hasta tres veces a lo largo del texto.

Al escribir en función de la demostración de una tesis, González Brenes se inhibió de moldear con detenimiento a sus personajes, quienes, salvo Pedro, parecen sombras que pasan rápido y apenas se definen. Por otra parte, la narración es lineal, sin juegos de tiempos que nos muestren antecedentes o, simplemente, rompan el tedio de seguir los acontecimientos cronológicamente. Sin embargo, a pesar de todos estos baches típicos de cualquier ópera prima, El Sétimo Principio es un libro agradable, de lectura amena que, si bien tiene una que otra torpeza formal, se deja leer tranquilamente, no le pone las cosas cuesta arriba al lector y cuenta con momentos verdaderamente brillantes.

martes, 4 de noviembre de 2014

Cuatro relatos de Rodrigo Soto.

Figuras en el espejo. Rodrigo Soto
Perro Azul, Costa Rica, 2001.
El libro abre con dos citas. La primera, de Heráclito, afirma: "El carácter del hombre es su destino", pero la segunda de Kierkegaard, quizá sea la que mejor prepare el ánimo del lector que se disponga a entrarle a Figuras en el espejo. El epígrafe reza: "La vida se vive para adelante pero se entiende para atrás".
Los cuatro relatos que componen el libro son, ante todo, un intento por comprender la vida de la única manera posible: echando un vistazo atrás para mirar el camino recorrido con la distancia que dan los años.
Da la impresión de que los personajes no tienen una vida real sino que, salvo, tal vez, en el caso de los niños del inicio, desempeñan el papel que se supone deben representar, aun con cierta confusión y desconcierto. A los jóvenes universitarios no les interesa tanto ser progres como parecerlo. Gina quiso ser buena mujer, buena madre y buena esposa, mientras que Oswaldo encarnó su papel de Casanova, aunque de cada romance saliera más lastimado que del anterior.
Los cuatro relatos están relacionados. En el primero, Los petroglifos, una pandilla de niños confiesa, cada uno por aparte, sus preocupaciones, sus pasatiempos favoritos y los descubrimientos que, como todos los niños, van encontrando en el mundo que los rodea. Tienen su lugar secreto, una especie de claro al lado del río en que hay un petroglifo, en donde realizan sus mayores travesuras y ceremonias de iniciación. Ser niño no es muy complicado, consiste en estar siempre con los ojos abiertos para sacar conclusiones a partir de la información, casi siempre escasa, a la que se tiene acceso. Ser niño es jugar, establecer vínculos de complicidad con los afines y relaciones marcadas por la crueldad con quienes no lo son. Poco les importa, a los niños de este cuento, que el papá de uno vaya a ser ministro o que la hermanita de otro haya tenido innumerables operaciones en su pierna. Les basta acompañarse, disfrutar de su vida en familia y de sus programas de televisión favoritos y, en su lugar secreto, mirar los petroglifos y excavar en busca de pedazos de arcilla.
Los personajes del segundo relato están muy lejos de la candorosidad, la inocencia y, ante todo, de la autenticidad de los niños que, apenas unas páginas antes, eran ellos mismos. La dulce infancia de los años setenta, se transforma en la vida universitaria de los ochenta. En una fiesta de intelectuales, los asistentes tratan de dar una apariencia de profundidad a sus conversaciones, que no hace más que recalcar lo frívola y lo falsa que es su pose de intelectual consciente y comprometido. En el fondo, los asuntos que en verdad los preocupan son los inmediatos y cotidianos, pero se sienten en la obligación de aparentar ser, además de cultos y solidarios, emocionalmente fuertes.
Gina es el nombre de la protagonista de la tercera historia. Es una mujer fuerte, de gran voluntad y determinación, pero con mala suerte. "Juro que durante estos años me propuse ser una buena esposa", afirma Gina, para aclarar inmediatamente que su concepto de  "buena esposa" no es el de una imbécil ni el de una víctima modelo, sino la de una madre con sus hijos revoloteando alrededor. Encontró un hombre con quien compartía (o creyó compartir) ideas y aspiraciones, pero el destino se encargó de jugarle una mala pasada y hacerla enterarse de que la felicidad nunca está a la vuelta de la esquina. Gina se da cuenta que solo hay cuatro tipos de esposa: la muda que escucha y obedece, la preguntona que atrasa, la antagonista necia pero necesaria y la parlanchina escandalosa y solitaria. Ella no había podido desempeñar ninguno de esos cuatro papeles y, aun pagando un precio muy alto, intentó construir su propio proyecto de vida que finalmente vio truncado.
El tigre frente al aro de fuego es la narración que cierra el libro. El personaje principal es Oswaldo, un hombre que desconfía de la palabra amor pero, negándose a aceptar que su destino es ser un solitario, insiste en involucrarse en relaciones intensas y fugaces que, lejos de placenteras, son más bien destructivas. Oswaldo es un cínico que descubre que las armas con las que se defiende del mundo permanecen afiladas y representan un peligro para sí mismo. Como el tigre del circo que atraviesa un aro de fuego para caer frente a otro, el mujeriego, pese a todos los fracasos sentimentales que acumula en su pasado, se expone siempre de nuevo al peligro de lastimarse.
Lo único que me incomodó de este libro es que el narrador, en algunos momentos, entró a valorar éticamente a los personajes, restando con ello la libertad del lector de ir construyendo su propia valoración. La forma en que Rodrigo Soto manejó la psicología infantil y femenina, así como la figura del Don Juan, se presta para profundas y extensas reflexiones. Figuras en el espejo es, en resumen, más que una obra literaria, un valioso retrato psicológico. 

INSC: 1153

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