jueves, 25 de septiembre de 2014

Un pleito de monos.

La ciudad de los monos. Iván Molina.
EUNA EUCR. Costa Rica, 2001. 
El 20 de abril de 1907, José María Orozco Casorla, profesor de ciencias del Liceo de Heredia, dedicó su clase a explicar la teoría de la evolución. El tema formaba parte del programa de estudios avalado por el Ministerio de Educación, de manera que, aunque hubiera alguna polémica en el aula, el asunto no tenía por qué trascender más allá de la clase. Sin embargo, la lección darwiniana del profesor acabó generando todo un escándalo nacional, una agria y prolongada polémica en la que todos los que se involuncraron acabaron siendo insultados por los otros.
Arrancó como un debate entre el párroco local, don Rosendo de Jesús Valenciano, y el director del liceo, don Roberto Brenes Mesén. Luego empezaron a circular panfletos anónimos de ambos bandos. Varios intelectuales comentaron el asunto en periódicos de circulación nacional. Empezaron los insultos y ataques personales. La polémica fue subiendo de tono y cambiando de tema. De la teoría de la evolución se  fue pasando a la práctica religiosa, la conducta del clero, el patriotismo de los intelectuales radicales, los impuestos a las compañías extranjeras y cualquier otra cosa que se pusiera por delante. El intercambio de opiniones, réplicas y contraréplicas, tardó más de un año antes de empezar a diluirse.
Aún hoy, ocurre que líderes religiosos y profesores de ciencias discuten sobre si debe enseñarse en las aulas que Dios modeló al hombre con sus manos del barro o si el ser humano evolucionó a partir de otras especies. Esa discusión, hoy, es poco frecuente y solo ocurre en algunos sitios. Hace cien años, la misma discusión estaba encendida en todas partes y a todo momento. En muchísimos sitios alrededor del mundo ocurrió lo mismo que pasó en la tranquila provincia de Heredia. El historiador Iván Molina investigó este caso particular en Costa Rica y escribió el libro La ciudad de los monos. A esta obra hay que agradecerle, además de haber rescatado un episodio poco conocido de nuestra historia, el brindarnos la oportunidad de reflexionar acerca de una actitud intolerante y un modo particular de hacer polémica que, tal parece, no ha cambiado mucho en más de un siglo.
Lo de la clase de ciencias fue solo el detonante. La Iglesia Católica llevaba más de veinte años enfrentada con la educación pública. En 1884, el presidente Próspero Fernández, además de haber expulsado al obispo Thiel y a los jesuitas, había prohibido las órdenes religiosas, había introducido el matrimonio civil y el divorcio y había secularizado los cementerios y la enseñanza. La Iglesia, golpeada con esas disposiciones, se mantenía a la defensiva frente a las instituciones del Estado, a las que consideraba hostiles.
Por otra parte, al asumir la dirección del Liceo de Heredia, Roberto Brenes Mesén, que era masón y aficionado a las sesiones espiritistas, había sido recibido con sospechas por parte de los católicos heredianos.
Dos semanas después de la clase del profesor Orozco, el padre Rosendo de Jesús Valenciano denunció, en un periódico católico, que en el Liceo se enseñaba que el hombre descendía del mono y, por medio de unas Cartas a una señorita colegiala, invitaba a las muchachas a refutar esa enseñanza. El artículo venía con la chanita de mentar a un "chilenoide" y, como tanto el profesor como el director del Liceo habían estudiado en Chile, se sintieron aludidos.
El libro recoge los distintos momentos que atravesó la polémica, pero más allá de los argumentos esgrimidos y las firmas que los suscribieron, llama la atención las armas que utilizaron.
La alusión personal estuvo presente desde el inicio. Lo primero que se desató, como era de esperarse en un pueblo chico e infierno grande, fue una guerra de chismes. Se dijo que en Liceo se proferían inmoralidades en clase. Una familia sacó a su hija de la institución porque le hablaron de amor libre. Un profesor varón tuvo la osadía de explicar, frente a las señoritas, lo antihigiénico que resultaba el uso de corsé.
El humor y el uso de anónimos no tardó en aparecer. Primero circuló una hoja suelta con el título de Viva Heredia, firmada por "Eduardo Chimpancé", en la que, unos versos con rima, hacían burla de los católicos heredianos. La respuesta no se hizo esperar y, firmadas por "Monillo Tití", aparecieron otras rimas contra el Liceo. Se desató una guerra de panfletos con ataques cada vez más frontales.
Como en toda polémica tica, llegó el momento de poner a asolear los chuicas sucios. Se mencionaron prácticas indecorosas de los sacerdotes que iban, desde avances sexuales con hombres y mujeres, hasta malos manejos de dinero. Los curas devolvieron las pedradas con buena puntería. En este punto, ya nadie se acordaba de la clase de ciencias. La polémica, que había llegado a los periódicos, se ocupaba en calificar a los clérigos o a los profesores (dependiendo del bando de quien escribiera), como unos monstruos perversos e inmorales que solo hacen daño a la sociedad.
En la mejor tradición inquisitorial, se prendieron hogueras en las puertas de los templos para arrojar al fuego las publicaciones del enemigo. Brenes Mesén, mientras tanto, no tenía fuego en su casa porque los católicos campesinos se negaban a venderle leña. Su esposa tenía que recurrir a sus amistades para que le compraran el diario en el mercado.
Alguien señalaría en un artículo que todo ese debate no era más que una cortina de humo deliberadamente provocada para distraer la atención de asuntos realmente importantes, como la situación de la Compañía bananera y la Northern. Al que insinuó semejante complot, también le llovió.
En el libro hay dos figuras principales: Brenes Mesén y el padre Valenciano. La imagen que queda de ambos, no es muy favorable. Ambos tenían en común una actitud autoritaria, intransigente y llena de prejuicios. Ambos, además, estaban equivocados.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que Brenes Mesén no era un monstruo inmoral satánico que quería destruir la moralidad de la juventud, como creía el padre Valenciano. Hoy sabemos que Brenes Mesén era un intelectual seriamente preocupado por el desarrollo del país y, paradójicamente, tenía ideas muy conservadoras.
Hoy, un siglo después, los aficionados a la historia de Costa Rica sabemos que el padre Valenciano no era un inquisidor oscurantista y medieval enemigo de la ciencia, como creía Brenes Mesén. Hoy sabemos que el padre Valenciano fue un hombre culto, poeta y músico, que trabajó por el bienestar espiritual, educativo y material de las comunidades a su cargo y, paradójicamente, tenía ideas muy progresistas.
Ninguno de los dos pudo ver a quién tenía al frente. Como don Quijote arremetiendo contra los molinos, no lucharon contra un enemigo real, sino imaginario.
La ciudad de los monos muestra claramente cómo los prejuicios nos vendan los ojos.
La lectura del libro, de alguna forma nos remite a polémicas recientes o actuales en las que, pese al alto nivel intelectual de los antagonistas, en vez de un debate de altura, hubo un intercambio de golpes bajos.
Los prejuicios, la intransigencia y la intolerancia siempre echan a perder las discusiones más interesantes y necesarias.

INSC: 1123

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Lunada poética.

Lunada poética. Armando Rodríguez
Ballesteros. Andrómeda. Costa Rica
2005.
El 30 de mayo del 2002, último jueves de mes, los poetas Osvaldo Sauma, María Montero, Armando Rodríguez Ballesteros y Mauricio Molina, tomaron asiento en la mesa principal de la Casa de Cultura Popular José Figueres Ferrer, del Banco Popular y de Desarrollo Comunal y leyeron sus poemas ante el público numeroso y atento que colmaba el recinto. Con ese acto se daba inicio al ciclo de Lunadas Poéticas que, creado por los poetas Mauricio Molina y Armando Rodríguez Ballesteros, pretendía seguirse convocando mensualmente.

Como en todo inicio, el optimismo iba de la mano con el temor. El público había respondido a esa primera convocatoria de manera entusiasta, pero estaba por verse si la cita podía seguir siendo atractiva y concurrida en el largo plazo. Esa primera noche se planteó, en son de broma, el problema de que, a lectura por mes, pronto se agotarían los poetas o se agotaría el público. Afortunadamente, el vaticinio no se cumplió y la cita mensual se mantuvo por varios años.
En San José, con frencuencia hay lecturas de poesía en diversos sitios, pero esas actividades, pretendidamente públicas, acaban siendo bastante restringidas ya que se hacen por y para los amigos. Cada capilla literaria organiza su evento por separado, leen sus miembros y reciben el aplauso de sus adeptos. El público en general que asiste a estos encuentros, acaba recibiendo solamente una muestra muy reducida de la gran variedad de tipos de poesía que se escriben en la actualidad.
Las lunadas pretendían ir más allá del club de amigos y sentar juntos a poetas de distintas escuelas. Se dio el caso de que un poeta reconocido, con premios internacionales, traducido e incluido en antologías, compartiera la mesa con un poeta inédito. En una lunada leyeron Carlos Bonilla, Alexander Obando, Adriano Corrales y Ronald Bonilla. Quien esté familiarizado con el tipo de poesía que cultiva cada uno de ellos tendrá dificultad para imaginárselos juntos. La lista de poetas que participaron es larga e incluye, entre muchísimos otros, a Luis Chaves, Carlos Cortés, Julieta Dobles o Américo Ochoa.
El hecho de que autores de calidades, exploraciones, fines y medios tan diversos hayan leído juntos y que el público (formado por admiradores de unos y detractores de otros), haya tenido la oportunidad de escuchar poemas totalmente distintos a los que están acostumbrados, facilitó que todos ampliaran su criterio. Pese a la rivalidad existente entre los creadores, pese al rechazo que los cultores de determinadas estéticas profesan hacia quienes se les sitúan en las antípodas, el ejercicio de la poesía, tando desde la creación como desde el disfrute, permite la confrontación respetuosa y hasta fraternal.
Definitivamente memorable fue aquella noche en que, junto a dos poetas debutantes, leyeron Laureno Albán, Alfonso Chase y Jorge Charpentier. Charpentier insistió en leer de último. Alfonso y Laureano, encogiéndose de hombros, se lo permitieron. "Hay que dejarlo porque es el más viejo". La lectura avanzó según lo acordado: diez minutos para cada uno. Esa noche, yo era el maestro de ceremonias y cuando le indiqué a Charpantier que se había agotado el tiempo y había que despedir la actividad, pidió la oportunidad de leer dos poemas más. Cuando los leyó, pidió chance para otros dos y, después, para dos más. Tanto el público como la mesa principal acabaron aceptando de buena gana lo inevitable: que el viejo poeta leyera todo su libro inédito. Esa fue su intención desde el inicio. Charpentier estuvo magnífico y, cuando terminó, recibió una estruendosa ovación que incluyó hasta los hurras de los poetas jóvenes que acostumbraban sentarse atrás para poder burlarse de todo lo que se dijera al frente. En los abrazos y felicitaciones que le llovieron a Charpentier en el brindis posterior, nadie podía suponer que aquella sería su última lectura, la despedida de sus amigos de letras. La muerte lo sorprendió poco después, cuando se preparaba, con mucha ilusión, para participar en el Festival de poesía de Bogotá donde, seguramente, también esperaba cortar rabo y orejas. El libro que leyó entero nunca se publicó.
En cada Lunada, los asistentes recibían una plaquete con poemas de los lectores de la noche. En el 2005, Armando Rodríguez Ballesteros publicó, con Ediciones Andrómeda,  una antología en la que incluyó a los treinta y siete poetas que habían leído durante los dos primeros años. Es interesante repasar los poemas incluidos, porque no hay uno que se asemeje a otro. Cada vez que escucho a alguien disertar sobre qué es poesía y qué no lo es, qué es literatura y qué es subliteratura, cuáles autores son buenos y cuáles malos, recuerdo tanto las lecturas de las Lunadas como su antología. A las antologías se les suele criticar lo arbitrario de la selección. ¿Por qué incluyeron a este? ¿Por qué no incluyeron a este otro? Ese cuestionamiento, no se le puede hacer al libro de las Lunadas, simple y sencillamente, porque allí están todos los que participaron. Que cada quien tenga sus gustos, criterios y preferencias es natural e inevitable. Que quienes comparten una determinada estética la promuevan y la difundan, es algo que nadie discute.
Lo que es lamentable, es el hecho de que en la divulgación literaria la tolerancia y la amplitud de criterio sea la excepción y no la regla. Lo que es triste es que quienes dicen pretender acercar al público a la poesía, traten de atraer adeptos para encerrarlos en su corral en vez de ofrecer una muestra de todo el abanico de posibilidades que hay para escoger.
Las reuniones de los cenáculos literarios de gusto y producción afín, no atraen al público. Las antologías de compañeros de capilla no son interesantes porque todos escriben de la misma forma.
Iniciativas como las Lunadas no son comunes. Tal vez por eso las recuerdo con tanta nostalgia.



Aquí estoy bien acompañado por el poeta Armando Rodríguez Ballesteros, al centro,
y David Gutiérrez Jalet, a la derecha. 
INSC: 1953

El libro, el Papa y el aplauso.

La sal de la tierra. Peter Seewald. Libros
Palabra, España, 2005.
Gracias a mi buen amigo Joaquín Trigueros León, fui invitado a dictar un pequeño curso en el Centro Universitario Miravalles. Cuando me preguntó si cobraría honorarios, le propuse que me regalaran un libro. El último día del curso, Roy Campos Retana, director del Centro, me obsequió La sal de la tierra,  una larga entrevista que Peter Seewald sostuvo con el cardenal Joseph Ratzinger, por aquel entonces recién electo Papa Benedicto XVI.
La entrevista está muy inteligentemente planteada y prácticamente no deja tema sin tocar. Seewald rompe el hielo con asuntos anecdóticos y pasa luego a preguntarle sobre su vida personal y familiar, su infancia en el campo y su juventud en la Alemania Nazi. Viene luego un repaso por las distintas posiciones que Ratzinger ocupó a lo largo de su carrera en que salta a la vista que el entrevistador se informó a fondo de diversos hechos y procesos relevantes. Luego, se plantean asuntos filosóficos, históricos y teológicos y, finalmente, se cierra con temas polémicos y actuales: divorcio, celibato sacerdotal, eutanasia, aborto, ordenación femenina y otros.
Las respuestas de Ratzinger tenían la extraña combinación de ser amplias y concisas. En cada respuesta explicaba, justificaba, daba algún ejemplo, pero era siempre breve. A veces, brevísimo. ¿Cuántas maneras hay de acercarse a Dios? "Tantas como personas." Una regla de oro en el género de entrevista reza: "si quiere una respuesta concreta, haga una pregunta concreta".
Hay personajes interesantes que son totalmente desperdiciados por entrevistadores improvisados. Hay entrevistadores preparados y profundos a los que el entrevistado no les da la talla. En este caso, tanto Seewald como Ratzinger se lucieron. El ritmo y la fluidez de la conversación mantienen despiertos la atención y el interés. Los temas ligeros se abordan con cierta profundidad de enfoque y los temas complejos se plantean y responden de manera concisa y sintética. Otro punto digno de destacar es la distancia profesional del entrevistador. Las entrevistas (y muy especialmente las entrevistas con cardenales) suelen ser o discusiones hostiles llenas de cuestionamientos planteados de manera agresiva o, en el otro extremo, conversaciones complacientes en que nada se objeta. Seewald plantea sus preguntas respetuosa y claramente, pero también debate, vuelve a preguntar, pide explicaciones y solicita que se amplíe lo que le parece ambiguo. El buen entrevistador, no está solo para sostener la grabadora y digitar luego lo grabado. Debe dominar el tema de la entrevista para poder convertirse en un interlocutor del entrevistado.
Ratzinger es un hombre reservado, especialmente respecto a su propia persona. La insistencia de Seewald lo hace remontarse a su infancia y hasta logra sacarle confesiones simpáticas. Cuando Seewald le pregunta cuándo descubrió su vocación, Ratzinger responde que una vez, cuando vio a un pintor de brocha gorda pintando una pared, muy convencido dijo: "Yo quiero hacer eso cuando sea grande", de manera que su primera vocación fue de pintor de casas. Poco después, llegó el Cardenal Faulhaber de visita pastoral al pueblo y, cuando el niño Ratzinger lo vio encabezar la procesión dijo: "Yo quiero hacer eso cuando sea grande". Era un niño impresionable que, apenas aprendió a leer y escribir, empezó a hacerle poemas a todas las cosas que veía, a lo cotidiano, a la naturaleza, al clima. 
Seemwald sabe ir al grano sin rodeos y Ratzinger sabe responder a cabalidad en pocas palabras. Pregunta directa y respuesta franca. ¿Tuvo novia? "Nunca pensé en formar una familia pero naturalmente tuve... mis amistades." ¿Formó parte de las juventudes hitlerianas? "Yo no. Mi hermano sí."
Al igual que todos los jóvenes (y hasta niños) alemanes, tuvo que servir en el ejército al final de la guerra. Con solo dieciséis años de edad lo reclutaron y lo asignaron a un equipo de batería antiaérea en el sur. Su unidad fue capturada por tropas aliadas y junto con los demás soldados fue recluido en un campo de prisioneros que más parecía un patio de secundaria porque todos eran muchachitos imberbes. No tenían radio ni periódicos y la única información de que disponían eran los rumores. El que más los asustaba, y circulaba mucho por entonces, era que apenas cayera la Alemania nazi, los ingleses y los americanos los iban a reclutar a ellos, los soldados alemanes, para seguir la guerra contra Rusia.
Terminada la guerra, Ratzinger se ordenó sacerdote, estudió Teología y Filosofía, llegó a ser catedrático de importantes universidades, arzobispo y cardenal de Munich (sucesor del Faulhaber que visitó su pueblo y que, además fue quien lo ordenó) y, finalmente Prefecto de la Congregación de la Doctrina de la Fe, la máxima institución teológica de la Iglesia, encargada ni más ni menos que de definir la ortodoxia.
Cuando Seewald le pregunta si le ha fascinado el hecho de haber llegado a ser tan influyente, Ratzinger responde: "Más bien me asusta... aunque colaborar y ayudar todo lo posible... poner a disposición de servir todo lo yo sea capaz de hacer, es algo que siempre me ha motivado mucho".
La respuesta es reveladora, porque remite a sus palabras desde el balcón de la basílica apenas fue electo Papa: "Me han electo a mí, un humilde trabajador en la viña del Señor".
Hay quienes dicen que la elección de Ratzinger fue una decisión algo extraña. Un hombre de edad avanzada, serio, callado, reservado, tímido, cuyos placeres predilectos son leer tratados de filosofía, teología e historia, escuchar y tocar al piano música clásica, rezar el breviario y vivir acompañado de gatos, no era la persona idónea para ocupar el papado, especialmente con la idea de papado que había dejado el largo y sonado periodo de Juan Pablo II.
Ratzinger, excelente profesor y escritor, brillante a la hora de responder entrevistas, no lograba entrar en sintonía con la multitud. De ánimo sereno y personalidad discreta, parecía contrariado (y hasta un poco asustado) ante las muestras de entusiasmo desbordado y ruidoso. 
El pontificado de Ratzinger, sin embargo, fue valioso. Devolvió la mesura y la solemnidad a las ceremonias, definió y aclaró conceptos fundamentales y, lo más importante, puso orden en la casa. A Juan Pablo II, permanentemente en gira primero, y seriamente enfermo después, se le habían acumulado asuntos que requerían una respuesta urgente. Ratzinger estaba al tanto, puesto que era él quien llevaba los expedientes, algunos ya gruesos y viejos, y todos muy serios. 
Aunque para los entendidos Benedicto era un papa sabio, preparado, eficiente, trabajador y decidido, al gran público no dejaba de parecerle un papa desabrido y seco. Aunque todos sabemos que las apariencias engañan, no dejan de ser importantes. El aspecto de Benedicto no acababa de parecer el de un papa.
Echémonos atrás medio siglo. Pío XII, el Pastor Angelicus, parecía casi una criatura celestial de visita en la tierra. Asceta, místico, solitario, reservado, cortés pero distante. Delgado, alto, pálido, majestuoso. Lo sucedió Juan XXIII, sencillo, natural, jovial. Vino luego Pablo VI, de aspecto y pensamiento dramático y profundo, que hablaba y escribía como un elevado poeta. Después, el breve encanto de Juan Pablo I y su contagiosa sonrisa y, luego, ese torbellino que se llamó Juan Pablo II, el papa vedette, estrella mediática y convocador de multitudes cuyo One man show se mantuvo en gira mundial ininterrumpida. Wojtyla, que fue actor en su juventud, hizo de su vida, y hasta de su muerte, un espectáculo masivo.
Benedicto XVI, en su última misa como
papa, escucha el aplauso tras la homilía.
Benedicto no tenía ni el aura de misterio de Pío XII, ni la calidez de Juan XXIII, ni la imagen sublime de Pablo VI, ni el encanto de Juan Pablo I, ni la vocación por los reflectores de Juan Pablo II. Para acabar de hacerla, fue sucedido por el simpático y sencillo Francisco.
A los ochenta y cinco años, Benedicto decidió retirarse, no solo del papado, sino del mundo. El miércoles de ceniza del 2013 celebraría su última misa como papa y pasaría luego a vivir el tiempo que le quedara en una casa con su hermano, sus libros, sus gatos y su piano.
Por tratarse de su última celebración solemne como papa, tras la homilía, los asistentes rompieron en un prolongado aplauso cuyo sonido aumentaba en intensidad a cada segundo. Las cámaras de televisión se enfocaron en el rostro del papa para capturar alguna reacción, una sonrisa, un gesto, tal vez una lágrima. Pero en el rostro del papa no había ninguna reacción. Era un rostro totalmente neutro. El aplauso no lo sorprendió, ni lo alegró, ni lo halagó, ni tampoco lo molestó ni le incomodó. Los cardenales, los acólitos y hasta los guardias, tragaban grueso y tenían ojos brillantes; los más entusiastas de las bancas gritaban vivas, la intensidad del aplauso crecía como una lluvia que arrecia, pero el rostro del papa seguía inmutable, inexpresivo. Pensándolo un poco, es explicable. A un hombre de su edad, de su cultura, de su inteligencia, de su espiritualidad y de su experiencia ¿qué va a importarle un aplauso?
Cuando parecía que el aplauso no iba a terminar nunca, el papa Benedicto lo hizo callar en un segundo. Se acercó al micrófono y dijo: "Gracias. Continuemos con la misa."
INSC: 1953

martes, 23 de septiembre de 2014

El Vietnam de don Joaquín.

Vietnam crónicas de guerra. Joaquín
Gutiérrez Mangel. Editorial Legado.
Costa Rica, 1999.
Luego de haber recorrido Sur América, Europa, China y la Unión Soviética de un extremo a otro, don Joaquín Gutiérrez Mangel llegó a Vietnam como corresponsal de guerra. Allí se dedicó a recorrer el país y a hablar con la gente y, gracias a que ninguna bomba le cayó encima (aunque sí le pasaron cerca), escribió unas crónicas que fueron transmitidas por radio y publicadas en periódicos de todo el mundo.
Aquellas notas periodísticas contaban cómo era vivir con la amenaza de muerte siempre sobre la cabeza, recogían diálogos con campesinos que se habían acostumbrado a interrumpir su trabajo en cuanto escuchaban el sonido de un avión y exaltaban la resistencia y la lucha de un pueblo cuya búsqueda de independencia se vio complicada debido a la confrontación este-oeste.
Poco después de terminada la guerra, esas crónicas fueron compiladas en un libro que, como era de esperarse, se agotó y, curiosamente, no volvió a editarse.
Los seguidores de la obra literaria de don Joaquín sabían que él había estado en Vietnam y había escrito un libro, pero ese texto, por años, fue imposible de conseguir. La curiosidad, sin embargo, siempre se mantuvo. Muchos, incluso, se preguntaban cómo sería un libro sobre un tema tan crudo y dramático como la guerra de Vietnam, escrito por don Joaquín, que es un autor al que, a través de todos sus escritos, se le sale su carácter bonachón, romántico y lleno de sentido del humor.
Cuando, en 1999, la Editorial Legado las publicó, llegó el momento de salir de la duda.
El don Joaquín corresponsal de guerra, es el mismo don Joaquín narrador o contertulio. El de siempre: ameno, jovial, romántico y divertido. Es el escritor que, cuando expone una situación triste o difícil, concentra su atención en el valor y no en el sufrimiento. Mirando siempre al lado humano, tratando de comprender los sentimientos más que las ideas, nos muestra cómo, incluso en medio de una guerra, la gente sigue soñando, enamorándose y hasta divirtiéndose.
Además de ser un gran testimonio, un gran documento y un gran trabajo periodístico, tal vez el valor más importante del libro sea su profundo sentido de optimismo y esperanza. Sobre Vietnam se han escrito miles de libros y artículos, se han filmado cientos de películas y documentales, pero pocos, o quizá nadie, como don Joaquín, ha explorado el lado humano del conflicto, el de los jóvenes que se quieren casar, los niños que aprenden a escribir, los agricultores que esperan la cosecha y los de todos los que siguieron adelante con sus vidas a pesar de que, durante trece años, les cayeran bombas a diario.
Don Joaquín arribó a Hanoi un martes. Dos días antes habían bombardeado los suburbios de la ciudad y, el día anterior, los barrios de Haifong. Sin embargo, en la primera ojeada que le echó a aquella ciudad devastada, lo que más lo sorprendió fue la calma. Encontró parejas de novios en los parques y ancianos acuclillados en las calles para arreglar ramos de flores. La vida nunca se detiene y, precisamente, él había ido a Vietnam a observar cómo la vida continuaba su marcha a pesar de los ataques.
Los otros corresponsales iban detrás del sensacionalismo: niños quemados con napalm, hombres mutilados, aldeas incendiadas, cadáveres abandonados. La curiosidad de don Joaquín era diferente, iba más a fondo. Se había propuesto llegar a comprender cómo aquel pueblo era capaz de librar tres guerras a la vez. La guerra contra el hambre, al tener que sostener la agricultura para alimentar a la población; la guerra contra el miedo,al vivir durante años bajo la lluvia de bombas y, por último, la guerra propiamente militar. 
Otra cosa que diferenciaba a don Joaquín del resto de corresponsales, era que mientras ellos preferían permanecer en Saigón y sus alrededores, él, para lograr una panorámica más completa, se fue a meter selva adentro, a regiones que hasta las fieras salvajes, como los tigres, elefantes y osos, habían abandonado a causa de los bombardeos. Allí encontró un paisaje intensamente verde, bastante parecido al de su Limón natal, a no ser por las plantaciones de arroz y los cráteres que dejaban las bombas que, cuando se llenaban de agua, eran lagunitas que reflejaban las nubes. Allí comprendió que hasta la guerra puede ser rutina: viajar solamente de noche y tener siempre, al lado de cada luz, algo con qué taparla.
Allí tuvo también su bautizo de fuego y pasó apuros al tratar de acomodar su humanidad, de casi dos metros de estatura, en trincheras diseñadas para que los pequeños vietnamitas permanecieran agachados. Allí recorrió kilómetros de carretera en que la monotonía de la marcha solamente se veía interrumpida cuando había que saltar del vehículo y, de panza en el suelo, esperar que lo único que le cayera encima fuera tierra, piedras y ramas.
Pero, lo más importante, encontró personas sencillas, trabajadoras y humildes, que han sido siempre y en todo lugar sus favoritas. Encontró niños escandalosos, hombres románticos y mujeres que se sonrojan. Casi todos lo recibieron como a un amigo, aunque hubo también quienes lo insultaron, como una partida de niños que al verlo tan alto y tan blanco, pensaron que era uno de los pilotos que los acribillaban a diario. En todo el libro es evidente una gran admiración y un enorme cariño hacia el pueblo vietnamita por haber mantenido, en aquellas condiciones, la serenidad que les permitiera seguir adelante. Por acercarse al pueblo, don Joaquín logró, como premio, un privilegio que todos los corresponsales en esa guerra acabaron envidiándole. Fue invitado a una cita con el primer ministro Pham Van Dong, durante el transcurso de la cual  sorpresivamente se integró a la charla el presidente Ho Chi Minh. El que había ido a hablar con campesinos, acabó teniendo una entrevista exclusiva con el líder.
Esas dos entrevistas, junto con una tercera, realizada a un piloto americano cautivo, ponen fin al libro. Un libro en que, como en todos los suyos, don Joaquín nos dice que en el mundo pasan cosas horribles, pero que el mundo sigue siendo un lugar hermoso.
INSC: 0999 

Crítica literaria de Sergio Pitol.

Adicción a los ingleses. Sergio
Pitol. Lectorum, México, 2002.
Existen distintas formas de hacer crítica literaria. Hay quienes leen el texto a través del cristal de alguna teoría (Lucha de clases, Psicoanálisis, Sociocrítica, Teoría de género, Análisis de discurso etc.) y logran descubrir revelaciones sorprendentes. Otros son aficionados a clasificar las obras en géneros, tendencias y movimientos (novela negra, novela rosa, novela histórica, costumbrismo, realismo, romanticismo, modernismo etc.) y agrupan los textos en categorías. Otros, los historiadores literarios, se dedican a estudiar la evolución de la literatura por región geográfica o por idioma y, al analizar una obra, destacan las novedades que aporta, así como las influencias que tuvo de autores anteriores o que fue capaz de generar en autores posteriores. Hay también críticos estéticos que se enfocan en los méritos o las torpezas de estilo. Existen además críticos que se consideran pontífices y se dedican a canonizar libros y autores. Sin embargo, lo que acaban haciendo, más que un canon, es un ranking. Son los que dicen "Estas son las cinco mejores novelas del año" o "los diez más importantes autores de la región". Otros críticos se creen evaluadores y son capaces de afirmar "su primer libro fue regular, el segundo bueno y el tercero malo". Están también los que llamo críticos testimoniales. Son esos que se meten en un libro como quien se clava en el mar, bucean por su páginas y, luego, salen a contarnos su experiencia y no tienen empacho en decirnos "fue maravilloso" o "fue horrible". A estos los considero los más valientes. Los más tímidos son los que en vez de críticas hacen reseñas. Se leen completo un libro de 800 páginas y luego escriben tres páginas para informarnos por dónde va la cosa. Su trabajo de síntesis, naturalmente, se agradece.
Todas estas clases de críticos nos prestan un gran servicio a nosotros, los lectores, quienes, además de libros, andamos siempre en busca de un poco de orientación.
Pero de todos los críticos literarios, mi favorito es aquel que logra ver detalles que otros pasan por alto y, gracias a su buen ojo, es capaz de guiar la mirada del lector hasta el rincón donde están escondidas las sorpresas.
Cuando le comenté lo que acabo de escribir a mi buen amigo don Sergio Román, él simplemente me dijo: "La próxima vez que nos veamos te voy a regalar un libro". La semana siguiente lo tenía en mis manos, lo leí verdaderamente deslumbrado y fue toda una revelación. Le agradecí el obsequio a don Sergio varias veces. Al recibirlo, cuando iba por la mitad y al terminar de leerlo. Sin embargo, creo que nunca podré agradecerle lo suficiente, porque en Adicción a los ingleses, de Sergio Pitol, publicado por Lectorum, encontré doce ensayos de crítica literaria que me hicieron sentir como un ciego de nacimiento cuyos ojos miraban por primera vez.
Confieso que no estoy familiarizado con muchos autores a los que se refiere el libro. Pero, naturalmente, sí he leído a Dickens, a Emily Brönte y a Jane Austen. Yo creía que los había leído atentamente pero los ensayos de Pitol, me hicieron sentir, repito, no como un lector miope, sino como uno ciego. Es asombrosa la experiencia de leer una crítica literaria de autores que uno cree que conoce a fondo y, súbitamente, percatarse que fue tanto lo que uno pasó por alto que es como si no los hubiera leído nunca.
En el caso de Jane Austen, por ejemplo, el ensayo de Pitol me hizo darle vuelta, como a un calcetín, a todos los conceptos y valoraciones que yo tenía de su obra. Yo, al igual que miles de lectores, leí Orgullo y prejuicio como una curiosidad de época. Mucho baile con vestidos bonitos, muchos caballeros de uniforme con aspecto de príncipe azul y muchas damitas tímidas y tontas en busca de marido que sonreían nerviosas ocultando su rostro tras un abanico. Deliciosas veladas y conversaciones galantes de personas ociosas en un mundo perfumado y cursi. El ensayo de Pitol, me hizo darme cuenta que yo, como los otros miles de lectores, me había quedado en la superficie. Que nunca pude entrar en el juego de ambigüedad y silencios con los que la escritora reivindica y da valor y protagonismo al mundo femenino. Las feministas que hayan leído a Austen como yo y los otros miles lo hicimos, se sentirían insultadas si se les insinuara que en las protagonistas de Orgullo y prejuicio se puede encontrar un antecedente de sus luchas. Sin embargo, Pitol, al subrayar las sutilezas que la autora solamente insinuó, deja claro cómo, en el fondo, aquellas niñas de sociedad, pese a jugar el papel que la época les imponía, eran inteligentes, capaces y enérgicas. Su mundo subordinado, el femenino, dominaba y controlaba el mundo masculino sin que nadie, especialmente los hombres, se enteraran. En el mundo de Austen, los hombres solo existen como sombras supeditadas a la voluntad de las mujeres.
Mientras Charles Dickens, cada vez que narraba una situación de injusticia social, era incapaz de aguantarse las ganas de soltar la denuncia, el sermón y el manifiesto reivindicador y panfletario, Jane Austen pudo hablar de adulterios, de raptos y de atropellos, sin juzgar como monstruos a los que los cometían y sin caricaturizar como víctimas dignas de lástima a quienes los sufrían. Austen, por medio de alejamientos y aproximaciones, logra comunicar, en los momentos necesarios su propia voz, sin que le estorbe al lector. Es más, sin que ni siquiera lo note.
Por eso, porque son muchísimas las cosas que el lector, incluso el lector atento, nunca nota, es que es tan valiosa la orientación de los críticos literarios que, como Sergio Pitol, además de ver, tienen la habilidad de hacer ver. Este tipo de crítica literaria hay que destacarla, porque es la que menos abunda.
Tengo la costumbre de subrayar los libros. Aunque durante la lectura de Adicción a los ingleses, tenía el bolígrafo en la mano, no lo utilicé ni una sola vez. Cada vez que quería marcar el libro, me percataba que don Sergio Román, su antiguo dueño, se me había adelantado y cada marca estaba justo en el mismo lugar en que yo la habría puesto.
Sergio Pitol (1933-2018),

INSC: 2628 
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