sábado, 5 de marzo de 2016

El poeta debutante.

El columpio entre las hojas.
Eugenio Redono. Perro Azul.
Costa Rica, 2003.
Muy pocos poetas debutan con el pie derecho.  Por lo general, el primer libro de poemas que publica un autor nuevo suele ser una amplia y casi exhaustiva muestra de todas las búsquedas emprendidas, tanto de las acertadas como de las fracasadas.
Además, casi siempre ocurre que el primer libro es también el menos reposado. Las ansias de publicar pronto juegan en contra y acaban haciendo que el poeta saque los papeles de la gaveta y los entregue sin mayor depuración ni sentido de conjunto al editor.
En el primer poemario lo que se aplaude es el esfuerzo, el atrevimiento de romper por primera vez el silencio y el valor de declararse poeta. Pero, a decir verdad, de los primeros poemarios en el mejor de los casos lo que se rescata son un par de páginas ya que la gran mayoría de los poemas presentados se quedan en el puro intento.
Los lectores de poesía están acostumbrados a ver cómo, en el primer poemario, el poeta debutante se deja vencer por diversas tentaciones tales como la demostración de habilidad verbal, el juego sin medida, la arrogancia desbocada o, en el extremo opuesto, por la chambonada grotesca y el experimento de vanguardias infantiles. El poeta debutante, como el músico que empieza a travesear un instrumento, se dedica a explorar posibilidades y no se atreve a renunciar a ninguna de las que se topa en el camino.
La depuración de estilo, la búsqueda de un lenguaje propio y el abandono a ciertas formas a cambio del abrazo sostenido a otras es algo que suele ocurrir, si es que ocurre, a partir del segundo libro.
Pero leer primeros poemarios no deja de ser un ejercicio interesante, sobre todo porque de vez en cuando, muy de vez en cuando, aparece una voz nueva que demuestra que los primerizos no están necesariamente desorientados.
Cuando Eugenio Redondo dio el paso, su rostro era familiar en los recitales de poesía, pero no desde la mesa de lectura sino desde las últimas filas del público. En una de las Lunadas Poéticas del año 2002, un tanto nervioso por cierto, leyó por primera vez en público sus poemas. Poco después presentó El columpio entre las hojas, su primer libro.
Aunque muchas páginas evidencian que se trata de una opera prima, el libro muestra una depuración y una composición tan cuidadosas que lo salvan de caer en los defectos típicos de las obras iniciales. Numerosos poemas, además, están muy bien logrados.
Inteligentemente estructurado, el libro se desarrolla alrededor de diferentes preocupaciones. Una de ellas, quizá la más hermosamente planteada y resuelta, es la del hombre que quise ser y no fui, la vida que quise tener y no tuve. Ese otro yo que habita dentro del mundo de fantasía que llevamos dentro y que es cantado y descrito por quien, como dice el maestro Sauma, está cansado de no vivir como en sus sueños.
La vida real no es suficiente. Para alcanzar cierto grado de felicidad es necesario complementarla con una vida imaginaria que, en algunos aspectos, puede llegar a ser más importante que la real.
Un hombre metódico, de vida y salario estables, que deseó en su juventud convertirse en filósofo, pero que acabó renunciando al sueño intimidado por lo grueso de los libros.

Debí haber sido filósofo
de bastón y levita
pero los extensos tratados
me alejaron de una vida azarosa
y casi entregada a la caridad pública.

En el libro, el poeta reflexiona sobre su propio oficio y lo hace, paradójicamante, con un atrevimiento tímido o una timidez atrevida, como si el poeta debutante, al mismo tiempo en que se declara poeta, manifiestara su propia duda y recelo por esa declaración.
Un poema, titulado precisamente Poeta debutante,  reza que, tras la lectura, habrá que retirarse rápido, con los papeles en la mano, eludir la tentación de los basureros y situarse en otra parte.
En otro poema, titulado también muy a propósito El silencio necesario, afirma que la poesía no anida en la garganta ni conoce la medida en la página sino que, para que aflore, es preferible dejar de escribirla.
Hay otros segmentos dedicados a la mujer como objeto de anhelos y una sección compuesta por poemas dedicados a obras de arte, dentro de la cual, el poema dedicado a las Señoritas de Avignon de Picasso es sin duda uno de los mejor logrados.
Pero el gran mérito de El columpio entre las hojas está en su reflexión en torno al poeta y la poesía, que es verdaderamente profunda y clara. Son  pocos los poetas debutantes que, como Eugenio Redondo, han llegado a conocer la importancia del silencio necesario. Algunos poetas reconocidos y premiados están todavía sin descubrirla.
Quizá por comprender la importancia de ese silencio, que es donde surge la poesía, es que, pese a escribir desde muchos años atrás, se tardó en publicar ese primer libro con el que rompería el silencio. Un libro limpio, conciso, depurado, libre de trucos fáciles e imitaciones evidentes y sin la más mínima voluntad de estridencia.
A diferencia de la gran mayoría de poetas debutantes, Eugenio Redondo no hizo uso de la palabra ni para demostrar su habilidad o erudición, ni para deslumbrar con juegos elaborados, ni en busca del reconocimiento de genialidad, ni en procura de establecer una reforma abrupta, sino muy convencido de que no hay que inventar el agua tibia ni ponerse a la zaga de maestros ya que ambos caminos conducen al descrédito.
El columpio entre las hojas, muestra una voz poética todavía en busca de sí misma. En el libro están presentes todas las evidencias de un lenguaje aún en formación, pero tiene el mérito de venir salpicado, y muy abundantemente además, de grandes aciertos.
Eugenio Redondo, como poeta todavía temeroso de declararse como tal, evidencia en su primer libro una gran timidez, pero, paradójicamente, es esa timidez lo que le da más firmeza.
INSC: 1753

Poeta debutante


Supongo que hay que transcribir un epígrafe
para pasar como erudito
al margen de toda constatación y luz.

No sé si habrá que modular la voz
o adquirir el hábito de la sordina.
Quizás esa tentativa de míseras palabras
que con tanta pretensión algunos llaman poema
deberá ser dicha por otro, no por mí.

No habrá derecho a comer
ni a saludar con cerveza
la mirada desamparada de este aspirante anonadado
que cae de hinojos ante el pronombre "yo".

No habrá, tampoco, que sorprenderse
ante el dramatismo de ese comediante
que enhebra vocablos sin cesar
para no morir de tortura y aflicción.

Supongo, pues, que al concluir
habrá que retirarse rápido
caminar con los papeles en la mano
eludir la tentación de los basureros
y sentir que la poesía se desvanece
para situarse allá, en otra parte.

viernes, 4 de marzo de 2016

Valiosa reflexión sobre la importancia de la ética.

Integridad 24/7 Roy Campos Retana.
Editorial Promesa, Costa Rica, 2015.
La idea generalizada es que la ética suele hacerse a un lado en el mundo de los negocios. Se cree que los profesionales y las empresas que han alcanzado un éxito notable, lo lograron siendo agresivos con los competidores, abusivos con los empleados y engañosos con el público. Dicha idea no pasa de ser un prejuicio. 
Las relaciones que se establecen en mundo empresarial, comercial o laboral son en el fondo relaciones humanas en, a la larga,  los abusos reciben su castigo y la rectitud su recompensa. 
Algunas personas acostumbran elaborar planes minuciosos y detallados. Otras optan por improvisar sobre la marcha. Ambas formas de actuar pueden ser tanto mérito como defecto.  El estratega militar Karl von Clausewitz decía que todo plan funciona, hasta que llega el enemigo.  La realidad está llena de sorpresas por lo que las cosas casi nunca salen según lo planeado.  Es importante saber reaccionar de manera creativa frente a lo imprevisto. Pero lanzarse a realizar un proyecto a lo que salga, sin definir objetivos ni métodos, es emprender un viaje sin ruta y sin destino.  Lo ideal sería combinar tanto la habilidad de planear como la de improvisar. Quien planea y no es capaz de reaccionar ante imprevistos puede quedarse a medio camino. Quien improvisa sin un plan predeterminado acaba simplemente reaccionando ante tropiezos sin tener claro hacia dónde va.
 En la actualidad se vive tan a prisa que no se dispone de mucho tiempo para reflexionar cuando hay que tomar una decisión.  Y, aunque no siempre sea a nivel consciente,   a la hora de buscar una salida ante un apuro,  la respuesta surge de los principios más que de las circunstancias.
Ante la simple pregunta de “¿Qué hacemos en este caso?” se abre todo un abanico de posibilidades.  Alguien tacaño diría “lo que nos salga más barato”, mientras que alguien ambicioso respondería: “lo que nos deje mayor ganancia”. Sobra decir que ambas opciones no solo no coinciden, sino que pueden ser totalmente distintas. Quien quiera salir del paso diría “lo más rápido”. Al que no le guste complicarse la vida optaría por “lo más práctico” y el perezoso por “lo más fácil”.
Suponiendo que los citaran a una reunión para definir la ruta a seguir, la discusión podría prolongarse por horas analizando las ventajas y desventajas de cada opción.  
Pero existe además otra forma de responder, que la cito de último porque, lamentablemente, por lo general es la última que se pone en el tapete. Ante la pregunta “¿Qué hacemos en este caso?”  la respuesta ética es, simple y sencillamente: “Lo correcto”. Con frecuencia, al considerar lo más económico, lo más rentable, lo más práctico, lo más fácil o lo más rápido, se deja de pensar en qué es lo correcto.
Roy Campos Retana, Magister en Administración y Dirección de Empresas con énfasis en Mercadeo, profesor universitario en las facultades de Ingeniería y Ciencias Económicas, columnista de El Financiero y responsable de centros de formación para jóvenes, en su libro Inegridad 24/7,  a través de una serie de artículos publicados previamente en la prensa, muestra como hacer lo correcto es siempre el mejor camino a seguir, tanto en las decisiones del día a día como en la planificación a largo plazo.
¿Un libro de ética? La sola idea despierta recelos. La ética es un concepto tan manoseado y tan mal expuesto por quienes lo invocan que ha acabado siendo percibido como una abstracción alejada del mundo real. El propio autor recuerda en el prólogo que sus clases de ética en los negocios "eran tan pesadas, tan confusas y teóricas: una materia densa, incomprensible, fría e impersonal. Era una ciencia más, alejada del hondo deseo humano por ser cada día mejor, dotando de sentido y vitalidad cada una de nuestras acciones, incluso las más triviales."
Ya con experiencia en el ejercicio de su profesión, Roy Campos Retana descubrió que la ética, aquella materia abstracta, era la disciplina más práctica de todas, ya que está presente en todas las decisiones y afecta todas las acciones. De ella depende, además, el éxito o fracaso de cualquier proyecto.
Como el libro es una recopilación de artículos, cada uno, con gran concisión, claridad y brevedad, plantea el tema, lo desarrolla y lo cierra sin andarse por las ramas. No hay tiempo, ni espacio, para la divagación teórica ni para la prédica de normas. 
Don Eduardo Lizano, quien presenta el libro, le elogia el que sea una exposición de situaciones concretas, más que una obra teórica llena de citas y tecnicismos de poca ayuda.
Los temas que se tocan son diversos: liderazgo, motivación, lealtad y estructuras de organización. Como el autor es profesor universitario, también dedica varios apartados a la educación, el proceso de aprendizaje y la enseñanza y la capacitación.
Uno no trabaja por algo y para algo. Todo lo que uno hace lo hace por alguien y para alguien. El fin último de cualquier actividad que realice una persona es siempre otra persona. Todas las organizaciones, incluso las más grande, está compuesta por individuos cuyos principios, inevitablemente, acabarán determinando tanto los objetivos que se planteen como los métodos para realizarlos.
Numerosos casos expuestos demuestran que él éxito en el largo plazo, depende en gran medida de la integridad en la manera de actuar.
El libro, con muestras concretas, revela cómo el actuar con integridad favorece y beneficia a todos los involucrados en alguna actividad determinada sino que, a la larga, genera un cambio positivo para cada individuo y en particular y la sociedad en general.
INSC: 2729

Antología de poemas de un grupo irreal pero posible.

Fragmentos Fantasmas. Cristian Marcelo
MCJD San José, Costa Rica, 2000.
Los poetas costarricenses del hiperbarroquismo, lejos de ser personajes fantásticos fruto de una imaginación desbordada, son caricaturas de seres reales que con frecuencia se dejan ver en nuestro panorama poético.
Una vez recuperado del fuerte impresión de la primera lectura de Fragmentos Fantasmas, tras reflexionar un poco, hube de llegar a la conclusión de que se trataba de una broma. Una broma elegante, ingeniosa y de buen gusto, por cierto, pero una broma al fin y al cabo.
A finales de los años noventa, la oficina de publicaciones del Ministerio de Cultura publicó varios libros de autores poco conocidos. Dentro de esa colección apareció Fragmentos Fantasmas, de Cristián Marcelo, una antología en que se recopilaban las creaciones del grupo R.I.P., que funcionó en Costa Rica en los años ochenta, simultáneamente con el grupo Octubre Alfil 4, el Eunice Odio y el Taller de Chico Zúñiga, y cuyos miembros cultivaban un tipo de poesía a la que denominaban "hiperbarroquismo".
Curiosamente, ningún lector atento a la literatura más inmediata ha oído hablar nunca del grupo R.I.P. ni de su gurú, fundador y maestro, el poeta Francisco Sierra. Con la conciencia de que son totalmente desconocidos, Cristian Marcelo, estudioso de la literatura que se ha ganado una bien merecida fama de ser serio en sus juicios, abre el libro con una introducción en la que explica que, a pesar de haber pasado inadvertidos en el plano local, los poetas del R.I.P. lograron publicar en revistas importantes y de alguna forma significaron un movimiento poético digno de ser tomado en cuenta a la hora de considerar la evolución de la poesía costarricense. Históricamente, los ubica como inmediatamente posteriores a la generación de Osvaldo Sauma, Ana Istarú y Lil Picado. No deja claro si llegaron a publicar individualmente y pasa a dar las coordenadas de su movimiento.
Su propuesta, resumida en máximas de gran abstracción redactadas con solemnidad de proclama, se inclina por la exquisitez, por asumir la poesía como una actividad intelectualmente elevada y estéticamente compleja.
Viene luego la muestra de poemas de cinco miembros del grupo: Francisco Sierra (el líder), Manuel Coto, Carlos Correa, Fernando Marcial y William Zúñiga, cada uno presentado con una breve nota biográfica en que se mencionan su nacimiento, sus estudios y las actividades a las que se dedicaron luego de su breve paso por la poesía. En esa nota se incluye además la opinión que Sierra tenía de la obra de cada uno de sus pupilos.
Si bien cada uno muestra un mínimo de toque personal, todos tienen en común una grandilocuencia añeja y enojosa y unas pretensiones mucho más elevadas que su propia capacidad.
Está claro que los poetas del grupo R.I.P. no son más que una partida de arrogantes, de esos que creen que lo mejor que pudo pasarle a la literatura fue que ellos se hubieran decidido a escribir. Se trata de uno de esos grupos que desconocen las proporciones y que tras eternas y soporíferas habladas teóricas, anuncian que han descubierto algo tan nuevo como la sopa a base de agua.
Un grupo de lectores iniciales que, deslumbrados ante sus primeros hallazgos, abrazan a determinados autores (por lo general extravagantes), los declaran "geniales" y pasan a venerarlos como sus santos patrones.
Este tipo de colectivos, aunque en su época de mayor cacareo hacen el ridículo de la forma más grotesca y proclaman su ignorancia, pedantería y estupidez a los cuatro vientos, por lo general pasan sin pena ni gloria y acaban en el más absoluto olvido.
¿Por qué entonces el interés de alguien serio, como Cristian Marcelo, por rescatar su obra? ¿Por qué publica la edición antológica el Ministerio de Cultura? ¿Cómo es posible que nadie, nunca, haya oído hablar de ellos?
Reflexionando sobre estas cuestiones llegamos a la única conclusión posible: Cristián Marcelo nos ha tomado el pelo, los tales poetas antologados no son más que una obra de ficción en que las referencias de autores, revistas y títulos de libros conocidos y familiares del mundo real, no tienen otro fin que llevarnos dócilmente a creer en la farsa de un grupo que nunca existió.
Hasta lectores cultos y enterados se tragaron el anzuelo.
La farsa debe ser creíble o no ser y, tomando esta verdad en cuenta, hay que aplaudirle a Cristián Marcelo la broma de buen gusto en que nos involucró con humor del fino y pedantería de la buena.
La lectura de Fragmentos fantasmas nos hace reflexionar sobre la fatuidad, el egocentrismo y la solemne charlatanería de algunos grupos de escritores que desconocen por completo la modestia y no tienen ni el más mínimo sentido de las proporciones. De vez en cuando surgenen el mundillo cultural los poetas que son solo pose y el maestro arrogante rodeado de sus acólitos incondicionales. Por la frecuencia de su aparición y por la existencia, incluso larga, de muchos de estos grupos, es que los autores de Fragmentos Fantasmas, pese a ser ficticios, se reconocen como posibles y hasta conocidos y familiares.
INSC: 1430

Un panfleto poco efectivo.

Manual del perfecto idiota
latinoamericano. Carlos Alberto
Montaner. Plinio Apuleyo Mendoza.
Álvaro Vargas Llosa. Plaza & Janés
Barcelona, España. 1996
Los admiradores de este libro lo han calificado como un análisis desmitificador de las ideas socialistas que, pese a ser populares en su momento, a la larga le hicieron daño a América Latina. Están equivocados. El libro ni es analítico ni pretende serlo.
Los detractores le critican la falta de seriedad y la agresión verbal y le reclaman su carencia de objetividad y lo barato de sus argumentos. También se equivocan. Le están pidiendo peras al olmo. 
El mismo Carlos Alberto Montaner reconoce que si hubiera escrito un sesudo análisis titulado Manual del liberalismo latinoamericano, o Las funestas consecuencias del estatismo latinoamericano, ningún editor se lo hubiera publicado y, en todo caso, nadie lo habría leído. Tiene razón. En Costa Rica, hace bastantes años, Miguel Ángel Rodríguez escribió un libro titulado El mito de la racionalidad del socialismo. ¿Alguien ha oído hablar de él?
Esta obra que escribieron en conjunto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa, aunque desde el  mismo título parezca ofensiva, en el fondo pretende ser humorística. Su propósito era más la provocación que el análisis. Se trata de un libro propagandísco, panfletario, deliberadamente superficial e hiriente, en que los tres autores pretenden envalentonar a quienes piensan como ellos e incomodar a los del bando contrario. Publicado en 1996, pocos años después de la caída del Muro de Berlín y la desintegración del Bloque Socialista, cuando tanto en Europa como en América Latina hasta los viejos partidos socialistas impulsaban reformas de apertura de mercados, el libro pretende burlarse de las ideas y propuestas de la vieja izquierda latinoamericana.
Los autores, quienes no pudieron resistir las ganas de gritar "¡Siempre hemos tenido la razón!" hacen mofa del pensamiento socialista que entonces parecía iba a ser totalmente abandonado. Los años han demostrado que su triunfalismo fue precipitado. Tras la desaparición de lo que se llamó el "socialismo real", las discusiones sobre la comunidad y el individuo, el papel del Estado, la solidaridad con los menos favorecidos y la distribución de los bienes siguen abiertas.
El libro es una suma de trivialidades y argumentos baratos que evoca las discusiones más bajas que tuvieron lugar en tiempos de la Guerra Fría. Hay un apartado completo dedicado a la revolución cubana y sus disparates. Otro se refiere a la Teología de la Liberación. También hay capítulos extensos sobre el nacionalismo latinoamericano y el antigringuismo de yankee go home.  
Por tratarse de un panfleto propagandístico, dedica buena parte de sus páginas a reseñar diez panfletos de la otra acera. Irónicamente, señalan las imprecisiones, falacias y manipulación arbitraria de datos que hace Eduardo Galeano en Las venas abiertas de América Latina, así como lo absurdo del libro Para leer al Pato Donald, de Ariel Dorfman.
El manual del perfecto idiota latinoamericano es un panfleto, y no lo digo para descalificar el libro sino, simplemente, para clasificarlo. El panfleto es un escrito propagandístico que se caracteriza por ser desmedido, escandaloso, emocional y lapidario. El panfleto no pretende analizar ni convencer con argumentos, sino pregonar con contundencia y estruendo.
El género panfletario es pobre en lo literario e ineficaz en lo propagandístico. Aunque hacen ruido en su momento, los panfletos son ignorados y olvidados casi de inmediato. Los del bando no contrario nunca van a leerlos. A los convencidos del bando propio tampoco les parece atractiva la idea de que les repitan al oído con altavoz lo que de por sí ya creen. Y a los moderados o indecisos la lectura de un panfleto acaba resultándoles insoportable. El discurso exaltado no es capaz de convencer a nadie.
Un panfleto solamente resulta atractivo si está escrito con gran ingenio y humor, pero con el Manuel del perfecto idiota latinoamericano, este no es el caso. El libro ni siquiera tiene unidad de estilo, tal vez porque sus tres autores nunca pudieron decidir si pretendían ser cómicos, violentos o convincentes. Intentaron las tres cosas y, en las tres, fracasaron.
Conocí a Carlos Alberto Montaner el día que presentó este libro. Es un hombre cortés y educado que escucha atentamente y habla sin levantar la voz. Accesible, simpático y, cubano al fin, gran conversador, me atendió muy cordialmente.
Montaner se declara liberal, por lo que me atreví a a preguntarle si no le parecía que llamar idiota a quien no piensa como él es, además de descortés, una actitud poco tolerante y liberal.
"Más idiota será usted", me contó que le gritaron en una librería. "En España, donde vivo, el lenguaje es muy duro". Continuó. "Decirle idiota a alguien es común hasta con desconocidos en la fila del supermercado. En Costa Rica, donde la gente es tan amable, tal parece que la palabra idiota es particularmente fuerte."
Hablamos un poco de historia de América Latina. ¿No le parece a usted -le pregunté- que en América Latina el miedo al comunismo hizo más daño que el comunismo?
"Si le preguntas a un cubano, te va a decir que ningún miedo al comunismo es poco". Respondió de inmediato. "En Cuba, en los primeros años de la revolución, apareció en el cine una propaganda en que se veía a un niño jugando con un barquito de papel en un charco. La voz del locutor decía: "¿Qué va a hacer la revolución por este niño?" y alguien, aprovechando la oscuridad, gritó desde atrás: "¡Quitarle el barquito!"
Aunque el chiste me hizo gracia, le mencioné que por miedo al comunismo hubo represión, dictaduras, asesinatos y desaparecidos. Incluso le recordé que por pura paranoia, en su momento fueron perseguidas como comunistas personas que en realidad eran liberales.
"Sí", admitió, "se cometieron muchas imbecilidades."
Su respuesta me dejó perplejo. Si, como él cree, en América Latina la izquierda está compuesta por idiotas y la derecha por imbéciles, no hay esperanza posible. Los extremistas de ambos bandos, en su momento, recurrieron a la violencia pero, pasada esa etapa dolorosa, el debate abierto no es entre idiotas e imbéciles, sino entre personas que, con buena intención, creen en una sociedad solidaria en que el Estado sea protagonista y, por otro lado, personas que, también con buena intención, aspiran a una sociedad liberal sin obstáculos burocráticos para las iniciativas individuales. En ese debate, el libro de Montaner, por su posición extrema, tiene muy poco que aportar.
INSC: 2132

Sobre la labor del reportero.

Los mejores reporteros. Edgar Fonseca
Editorial Costa Rica, 2001.
Al terminar de leer Los mejores reporteros, de Edgar Fonseca, no queda claro a qué público pretendía dirigirse. En algunos momentos, por el tono anecdótico, da la impresión de que el libro pretende llegar al público en general; en otros, el empleo del argot profesional hace suponer que se escribió para los colegas y, finalmente, en los apartados en que se pone a dar consejos y fijar reglas, pareciera que estás páginas van dirigidas a quienes nunca han ejercido el periodismo pero aspiran a hacerlo pronto.
Ya se trate de un libro de texto o de una propuesta para todo público, Los mejores reporteros plantea interesantes temas de discusión en cada uno de sus siete apartados.
En la introducción, el autor declara que desea "fomentar en reporteros, en aspirantes y en lector en general, la reflexión que solo un riguroso ejercicio de principios éticos, morales y legales, entiéndase de excelencia, ratifica el liderazgo del periodista y de la prensa como activos agentes de formación y desarrollo de nuestras sociedades".
No es lo mismo un reportero que un periodista y, por ello, una de las primeras cosas que llama la atención, desde el título de la obra, es que haya optado por el término más restringido, en lugar de por el más amplio. 
Quizá por referirse al oficio de reportero, el texto es insistente sobre puntos como la comprobación de datos y el equilibrio. Se extiende, además, a la hora de definir y comentar distintas técnicas de investigación. Con particular fluidez, Fonseca salta de la teoría a la carpintería y logra explicarse con claridad. Para explicar el punto que va desarrollando, echa mano de distintos recursos: cuenta anécdotas personales, cita libros de otros autores y recuerda casos de escritores célebres.
Aunque en un inicio el libro parece concentrarse en el trabajo reporteril más inmediato, más adelante se ocupa también de investigaciones profundas y prolongadas. Sin embargo, no llega a adentrarse en el terrono de las interpretaciones. Algo verdaderamente extraño ya que, ante lo inmediato de la cobertura de acontecimientos, todo pareciera indicar que la tendencia es que cada vez en todos los medios de prensa, especialmente los escritos, la prioridad no será tanto informar como analizar. 
El propio Fonseca habla del oficio de reportero como algo que pasa "de ser un simple registro de hechos a explicarle a la gente por qué suceden los acontecimientos, cuál es su significado e impacto". Pero no amplía mayor cosa sobre el ejercicio de interpretación que cada vez más los periodistas son llamados a ejercer.
Otro aspecto que se percibe con extrañeza es que a todo lo largo del libro no se marcan diferencias entre los distintos tipos de medios de comunicación (radio, televisión, periódicos, revistas o medios digitales) ni entre los distintos estilos periodístico, ni entre la variedad de temas que se cubren.  Se enumeran con rango de autoridad ciertas normas que no podrían considerarse de validez universal. Imaginemos tres reporteros ingleses, uno que trabaja para Times, otro para Telegraph y otro para The Sun. Su trabajo, aunque básicamente sea el mismo, inevitablemente acabaría rigiéndose por distintas reglas. Las normas que vienen marcadas con flechitas en el libro podrían resultar apropiadas para cierto tipo de periodismo, pero inapropiadas para otros.
Precisamente, una de las características más peculiares del libro es su tono normativo. En el texto, además de establecer reglas, se dan consejos y normas. Un ejercicio interesante sería contar cuántas veces aparece en esta obra el verbo "deber". Abierto el libro al azar, en la página 68 apareció cinco veces: "deben ratificarse", "deben saber", "debe tener" y dos veces "debe ser".
Lo curioso es que Edgar Fonseca ha pasado por todos los puestos de la profesión: reportero, editor, enviado especial y director de un medio. Precisamente por su vasta experiencia sorprende que al escribir un libro sobre la actividad a la que se ha dedicado toda la vida, lo haya hecho con la perspectiva de los que debe ser y no de lo que realmente es.
Esa prioridad de lo ideal por encima de lo real, queda de manifiesto en el hecho de que en ninguna parte del libro se le presta atención a la circunstancia, importantísima y determinante, de que los reporteros trabajan contra reloj. Muy por el contrario, el autor sugiere: "Pregúntese al final de cada artículo: ¿Es este el mejor lead? ¿Es esta la mejor historia que pude escribir? ¿Es la más completa? Probablemente si las respuestas a tales inquietudes son de duda, mejor revise, pula, enriquezca el trabajo o descártelo. Mírelo como un sano y necesario ejercicio.
De más está decir que ese sano y necesario ejercicio no podría realizarlo un redactor que escriba al filo de la hora de cierre, con la conciencia de que la página que le asignaron no puede salir en blanco.
Si este libro fuera un manual, podría criticársele el que no se detenga a definir la terminología que utiliza. Dice que los datos deben ser "exactos" (por verdaderos), pero más tarde, también por verdaderos, utiliza los términos "precisos"  o "correctos". En momento menciona la necesidad de que los periodistas redacten de manera "clara, sencilla, directa, concreta y concisa". Más adelante cita juntos "incisivo" y "acucioso".
Escribir normas sobre un ejercicio profesional, resulta arriesgado no solo el utilizar una terminología variable sino también dejar la definición de esa terminología al diccionario.
Otra cosa que se le puede reclamar al libro es su falta de concisión, algo verdaderamente extraño en un periodista que, se supone, debe ser capaz de informar con brevedad. Como botón de muestra están las quince páginas que ocupó para decir que los datos deben ser corroborados antes de que se publiquen.
En el libro se habla mucho de esquemas y de establecer prioridades pero, al terminar la lectura, resulta evidente que esta obra no está bien esquematizada y sus prioridades, como su público meta, no son claras. A fin de cuentas, ¿Qué es exactamente este libro? ¿Un repaso de la teoría? ¿El texto de un curso? ¿Un manual de normas? ¿Un análisis de casos? ¿Un anecdotario? ¿Unas memorias personales?
La verdad es que este libro es un poco de todo lo dicho y esa ambigüedad de propósito hace que muchas de las ideas que plantea, acaben interrumpidas e inconclusas.
Al final de libros se rememoran casos de juicios contra periodistas en Costa Rica, seguidos de una semblanza de la legislación que rige la actividad periodística en el país. Pero no se aventura a plantear cuestionamientos ni a analizar el asunto. Es decir, solo reportea.
Esperaba una propuesta más estructurada y focalizada pero me encontré con un manual de periodismo que pregona concisión y claridad, pero que no cumple con lo que predica. Aunque la irregularidad y la dispersión hacen que el libro fracase como conjunto, en sus páginas se encuentran, esporádicamente, algunas reflexiones valiosas sobre el ejercicio del periodismo.
INSC:  1284
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