sábado, 2 de abril de 2016

Cuando un milagro es noticia.

El milagro costarricense de Juan
Pablo II. Valentina Alazraki.
Planeta. México. 2014.
La Iglesia tiene sus creencias y el periodismo tiene sus reglas. Para los creyentes, la posibilidad de que Dios intervenga y responda a los ruegos de los fieles con un milagro está siempre abierta. Los periodistas, aunque muchos de ellos lo olviden, por norma ética y profesional deben dar a conocer solamente hechos confirmados. ¿Cómo se supone, entonces, que un periodista (creyente o no) deba cubrir la noticia de un milagro?
Me he planteado esa pregunta tras leer El milagro costarricense de Juan Pablo II, libro escrito por la periodista mexicana Valentina Alazraki, quien desde 1974, es corresponsal de Televisa en el Vaticano.
Antes de entrar a comentarlo, vale la pena mencionar unos cuantos datos. Los cristianos de los primeros siglos se llamaban entre sí "Santos" y cuando alguno moría, especialmente si era martirizado, consideraban que iba directamente al Cielo, le rendían culto a su memoria y le solicitaban su intercesión ante Dios. Es decir, los primeros santos fueron declarados como tales por el propio pueblo. Luego se estableció que fueran los obispos los encargados de hacer la declaratoria de santidad, sistema que aún se mantiene en las iglesias orientales. 
En 1558, la Iglesia Católica Romana creó la Sagrada Congregación para la causa de los Santos, que sería a partir de entonces la institución encargada de estudiar, aprobar y rechazar los procesos de canonización. La declaratoria de santidad, originalmente rápida, local y decidida por el pueblo, pasó a estar reservada exclusivamente al Papa y el sistema se volvió lento y exigente.
Tras el fallecimiento de la persona que en vida tuvo fama de santidad, si sus devotos proponían que se le abriera una causa, se recopilaban testimonios y se estudiaban a fondo hasta sus más mínimas acciones y dichos. Si el asunto prosperaba, se le declaraba "Venerable", lo que significa que la Iglesia acepta que, en vida, esa persona practicó virtudes cristianas en grado heroico. Cuando, por intercesión del "Venerable", alguien era favorecido por un milagro, entonces se le declaraba "Beato". Si ocurría un segundo milagro, entonces se le declaraba "Santo", se le asignaba una fiesta en el calendario y se autorizaba a los fieles a rezarle.
Los escrutinios eran tan minuciosos que hasta la más mínima acción cuestionable podía retardar el proceso por siglos o cancelarlo por completo. Juan Pablo II suavizó bastante las normas, al punto que él canonizó más santos que todos sus antecesores juntos. Algunos de los personajes que elevó a los altares generaron, por diversos motivos, acalorados debates y cuestionamientos.
Cuando el papa polaco murió, en 2005, en el propio día de su funeral hubo personas que mostraban pancartas con la leyenda "Santo Súbito". Su proceso de canonización fue abierto ese mismo año y, en 2011, tras la aceptación de un primer milagro por su intercesión, fue declarado Beato. El segundo milagro aceptado por la causa y que remató el proceso de canonización tuvo como protagonista a una costarricense llamada Floribeth Mora.
La señora Mora padecía de un aneurisma que desapareció sin dejar secuelas. Ella atribuyó su curación a las oraciones que había elevado al Papa Juan Pablo II, de quien es gran devota y sostiene que fue curada el propio día de la beatificación del papa polaco. La señora Floribeth escribió su testimonio en una página en Internet que no requería de información de contacto para escribir en ella y, por eso, cuando los postulantes de la causa se interesaron en saber más sobre su caso, tuvieron ciertas dificultades en localizarla. Una vez en contacto con ella, le solicitaron dictámenes médicos en que constara tanto que había padecido el aneurisma como que ya no lo tenía. Médicos neurólogos, tanto en Costa Rica como en Roma, donde viajó para someterse a exámenes, consideraron inexplicable la situación. 
Cuando se dio a conocer el caso, fue tema de numerosos reportajes. Aunque hubo, inevitablemente, una que otra declaración salida de tono y algunas notas que explotaron lo insólito y melodrámatico de la situación, los periodistas costarricenses serios le dieron cobertura a la noticia con profesionalismo y distancia. Supieron informar sin involucrarse y consignar declaraciones sin suscribirlas. En el fondo, como ocurre con frecuencia en comunicación, todo es cuestión de forma. El asunto es saber separar lo que firma el periodista y lo que declaran las personas que consultó. Existe una gran diferencia entre decir "Ocurrió un milagro" y "La Iglesia considera milagroso tal acontecimiento". Y así como es importante dejar clara la diferencia entre los hechos que el periodista reporta y las interpretaciones que otros les den, es fundamental separar la opinión personal del reportero de la información que cubre. No se supone que el periodista discuta las creencias personales de una creyente, ni que cuestione la normas de la Iglesia, ni que ponga en duda los dictámenes médicos. Pero tampoco se supone que los consigne por escrito bajo su firma. Un profesional de la comunicación  tiene claro que su mayor arma (y su mayor escudo) es la distancia. Deberá escribir sobre Bancos, sin tener mayor conocimiento de Economía y Finanzas, sobre la Iglesia, sin saber de Teología o Derecho Canónico o sobre temas de salud, sin ser médico. Su trabajo, como comunicador, consiste en confirmar los datos que reporta, escribir con concisión y claridad, utilizar los términos adecuados incluso al referirse a disciplinas que no domine y consultar las fuentes idóneas para analizar e interpretar los hechos.
En este sentido, los estudiantes de periodismo deberían estudiar a fondo el libro de Valentina Alazraki para tomar nota de todo lo que no deben hacer. Resulta en verdad increíble que esta obra, pésimamente estructurada y terriblemente mal escrita, sea fruto de una periodista con más de treinta años de experiencia.
Alazraki falla hasta en lo más elemental, como es la confirmación de datos. Dice que, durante su visita a Costa Rica, en 1983, Juan Pablo II pernoctó en el Seminario Central (participó en una reunión allí, pero no pasó la noche), que oficio una misa con los jóvenes (tuvo un encuentro con ellos en el estadio, pero sin misa), que estuvo tres días en Costa Rica (fueron cuatro) entre otras docenas de datos erróneos que, en verdad, no eran tan difíciles de confirmar.
Por otra parte, pese a haber sido corresponsal en el Vaticano por más de treinta años, salta a la vista que no domina ciertos términos elementales. Un ejemplo: Todos los sacerdotes religiosos son clérigos, pero no todos los clérigos son religiosos. Se llaman religiosos a los sacerdotes que pertenecen a una orden. Alazraki, que por lo visto en treinta años no ha notado esta sutileza, en su libro llama "religiosos" a curas del clero secular. Ni siquiera tiene claro el significado de la palabra "laico", que define como: "gente no relacionada directamente con el clero".
La estructura gramatical de cada párrafo de este libro requiere con urgencia los auxilios de un corrector de estilo. Algunas torpezas son simples descuidos, como cuando aparece "entonces decidió entonces", pero hay otras en que la redacción atropellada se mezcla con el dato mal consignado hasta el punto de hacer casi imposible la comprensión. Vale la pena citar un botón de muestra: "Ese hombre, nacido en el mismo país que Juan Pablo II, fue posteriormente nombrado secretario del cardenal Stanislaw Dziwisz, arzobispo de Cracovia, y luego secretario de Karol Wojtyla." Stanislaw Dziwisz fue secretario de Wojtyla desde 1966 hasta 2005. Tras la muerte del papa polaco, Dziwisz fue nombrado Arzobispo de Cracovia en 2005 y creado cardenal en 2006. Entonces, si "ese hombre" fue secretario del Cardenal Dziwisz, no pudo haber sido nombrado "luego" secretario de Karol Wojtyla. Ahora, si el final de la oración se refiere al propio Dziwisz, Alazraki enumera sus cargos en orden inverso al cronológico.
Pese a sus limitaciones estilísticas, Alazraki hace frecuentes intentos por darle un toque literario a la historia que cuenta y, en vez de escribir como periodista, lo hace como narradora omnisciente.
"Edwin estaba desesperado, no entendía por qué los médicos..." "Mientras, en su casa, Floribeth dormía después de recordar..."
En una novela es normal que el narrador lo sepa todo, incluyendo lo que piensan, sueñen o hagan sus personajes cuando están solos, pero un periodista que escribe sobre un hecho real no se supone que se permita esas licencias.
Cuando se refiere propiamente al milagro, queda claro que, además de por un corrector de estilo, habría sido conveniente que el libro hubiera sido revisado por un teólogo. La Iglesia misma es muy prudente y cuidadosa al hablar de asuntos milagrosos e inexplicables, pero Alazraki, a quien tal parece la tienen sin cuidado tanto el fondo como la forma de lo que escribe, se permite hacer afirmaciones que contradicen hasta la doctrina católica sobre el tema.
La cercanía que desarrolla la periodista con Floribeth (de quien sabe hasta lo que piensa o siente), es muy poco profesional. Alazraki declara que, después de conocerla, con frecuencia hablaba con ella para informarle cómo iba el proceso de canonización en Roma. ¿Y la sana distancia? ¿Y la reserva discrecional debida a las fuentes? Alazraki trabaja para Televisa, como corresponsal en el Vaticano. Como periodista acreditada debe cubrir un proceso y, a título personal, comparte información con alguien que es parte del proceso de cubre. La situación, para ciertos ingenuos, como yo, es grave. Pero bueno, de quien no domina ni las reglas elementales de gramática no se puede esperar que conozca normas de ética periodística.
El milagro costarricense de Juan Pablo II no es más que un libro de temporada. Todos sus errores y defectos, desde la primera página hasta la última, quizá se deban a que fue escrito a toda prisa. Si este libro no hubiera estado a la venta en Costa Rica en el año 2014, cuando Floribeth Mora y la canonización del Papa polaco eran la noticia del día, no se habría vendido. Disponible en librerías en el momento y lugar correcto, el público corrió a adquirirlo por ser el tema del momento. 
Valentina Alazraki es autora de otros libros: Juan Pablo II, viajero de Dios, Juan Pablo II y la Virgen de Guadalupe, La luz eterna de Juan Pablo II, México siempre fiel, Juan Pablo II, el santo que conquistó el corazón del mundo y En nombre del amor, memoria íntima de un hombre santo. Este último título, según consta en la información de la solapa, fue publicado por Planeta y ha sido un éxito de ventas.
No he leído ninguno de esos otros libros ni creo que llegue a hacerlo. Sospecho que si ha escrito repetidas veces sobre el mismo personaje, es porque sabe que hay un público numeroso dispuesto a comprar cuanto libro se publique sobre él. El hecho de que el sétimo libro suyo sobre Juan Pablo II sea tan descuidado, me lleva a pensar que Alazraki no considera que el público al que se dirige sea muy exigente.
INSC: 2728

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