martes, 28 de noviembre de 2017

Los juegos furtivos. Novela de Alfonso Chase.

Los juegos furtivos. Alfonso Chase.
Editorial Costa Rica. Costa Rica, 1983.
Un joven poeta de apenas veintidós años de edad, llamado Alfonso Chase, escribió en 1967 Los juegos furtivos, su primera novela. El libro, publicado al año siguiente por la Editorial Costa Rica, llegó a ser polémico ya que tocaba temas como la homosexualidad, la prostitución y el consumo de drogas. 
Lo peor que le puede suceder a una obra literaria es que se le etiquete por solamente parte de su contenido y tal parece que eso sucedió en este caso. Todavía en la edición de 1983, quince años después de su lanzamiento, se destacaba "el mundo oscuro" que mostraba la novela, pasando por alto que Los juegos furtivos ofrece mucho, pero muchísimo más que aventuras juveniles transgresoras.
Carmen Naranjo lo señaló desde la aparición del libro al aclarar que Alfonso, "entre juegos de palabras y de imágenes, presenta a uno de los tantos jóvenes que se preguntan ¿Qué soy yo?¿Cómo puedo ser?¿Cómo encontrarme? Lo furtivo es lo engañoso en las frases, sensaciones, anécdotas; el juego está en el desafío, en el arraigo que está a punto de sacrificarse ante la dura realidad de las relaciones del hombre con los otros y con su circunstancia interna."
Es verdad que en el libro hay escenas de sexo pagado, o sin compromiso, o sin sentimientos. Encuentros fugaces de personas que acaban en la cama a pocas horas de haberse conocido. La extraña sensación de un joven que, cualquier mañana, empieza el día duchándose en una casa en la que nunca ha estado antes. Cigarrillos de marihuana que pasan de mano en mano para relajar tensiones y favorecer la cercanía. Es comprensible que estas imágenes hayan escandalizado a los escandalizables en su momento, pero resulta verdaderamente injusto que tantos años después todavía se concentre la atención en episodios que son solamente una parte tangencial del profundo conflicto que plantea la novela.
Los juegos furtivos muestran las reflexiones, sueños y recuerdos de un joven taciturno, a veces abúlico y a veces inquieto, irremediablemente solitario que lucha constantemente con imágenes imborrables grabadas en su memoria, al tiempo que intenta encontrar el camino que lo lleve a ocupar un lugar en el mundo.
Ambiguo, indefinido en múltiples aspectos, en algunas ocasiones recuerda con deleite la brisa que le golpeaba el rostro mientras corría por el campo y, en otras, más bien desea rodearse de sombras. Acostumbra contemplarse en el espejo pero, al interactuar con otros, se oculta bajo distintas máscaras. La máscara del hombre culto, o la del ignorante, la del compromiso social, o la de la indiferencia, la de la superioridad, o la de la humildad.
Se deleita en fantasear que es otro, un héroe o un villano de los que ha conocido en los libros. Un personaje que protagoniza hazañas dignas de pasar a la historia y que dejen con la boca abierta a quienes las escuchen aunque, en el fondo, se sabe condenado a una existencia opaca y sin importancia que, a la larga, nadie acabará recordando.
El sueño de una vida burguesa, serena, cómoda y sin heroísmo, a veces lo tienta. Casarse con una hija de familia rica, echar barriga y pasarse el resto de sus días haciendo grandes negocios en el bufete del suegro tampoco suena mal.
Los juegos furtivos de Alfonso Chase.
Portada de la primera edición, 1968.
Como todo joven, tiene prisa por vivir. Los viejos saben que la vida es larga y para todo habrá tiempo, pero los jóvenes quieren tragarse la vida como si se acabara mañana y se apresuran a leer, a conocer, a viajar, a experimentar.
Las primeras ilusiones amorosas, único remedio contra la inevitable soledad, tras el encanto inicial, pronto caen en la rutina y la misma boca que daba besos apasionados acaba profiriendo insultos que hieren.
Cuando era niño, se escondía debajo de la mesa para volverse invisible, para desaparecer. Y poco a poco, lo que empezó a desaparecer fue más bien el mundo que lo rodeaba. Su primo, deliveradamente y con un sonrisa malvada en el rostro, le quebró la botella que tenía un barco dentro, hermoso obsequio que su padre le había traído de tierras lejanas y que era uno de sus tesoros más preciados.
En la avalancha de despojos y ausencias, desde pequeño pierde la fe y empieza a comulgar sin confesarse. Sin confesar sus fantasías nocturnas, los robos a los padres o las tías, los actos que ocurrían en la presa donde iba a nadar con sus compañeritos o los juegos secretos con la empleada morena que, en silencio, servía la cena a la familia.
Las alegrías son pasajeras, pero los momentos dolorosos vuelven una y otra vez. Recuerda que, cuando murió su padre y bajaron su cuerpo vestido con un traje azul, al saberse huérfano trancó el picaporte y se quedó encerrado en su cuarto. tapándose los oídos con las manos para no escuchar cuando lo llamaran. No le importaba que sus compañeros de colegio hubieran ido a acompañarlo porque no quería compartir nada con nadie. No sabía bien ni qué era lo que experimentaba. Una calma confusa, tal vez, que solamente le permitía yacer tirado sobre la colcha verde con la mirada fija en el cielo raso.
Esa muerte vino seguida por la pobreza, porque después del padre empezaron a irse muchas cosas, como el anillo de oro y los cubiertos de plata, hasta que la casa quedó vacía de objetos preciosos y preciados.
Había que salir a trabajar en lo que fuera, a ganarse el pan sin arrugar la cara. A envolverse en la espiral del consumismo, comprando a pagos los regalos de Navidad, porque hay que vivir en grande aunque sea con un sueldo diminuto, hasta acabar envuelto en una mentira que se transforma en verdad por la fuerza de la costumbre.
¿Y los ideales? ¿El amor al arte? ¿Las preocupaciones sociales? ¿La búsqueda del amor y la felicidad?  Todo eso acabó convertido en una nueva colección de máscaras que solamente muy de vez en cuando llegaba a ponerse. A veces se mostraba apasionado y a veces no le importaba nada.
¿Qué le iba a importar la revolución, si no conseguía trabajo? Lo despidieron, iba a entrevistas de trabajo y le decían, vuelva mañana o, mejor, el otro mes.
Alfonso Chase.
La política lo tenía sin cuidado. "Qué me importa a mí", dice, "que cada cuatro años se levante el mismo carnaval y que todos vayamos a votar por el menos malo mientras esto se cae, lo botan y luego todos nos damos la mano y giramos en ronda porque tenemos más maestros que soldados."
En cuanto a sí mismo, poco a poco va poniendo el panorama en claro y puede mirarse en el espejo sin tanto drama. "No me oculto. Tengo conciencia de mi diferencia. Me he aceptado. Miento. Me detesto."
Entre la culpa y la liberación, llega un punto en que le dan risa sus confusiones, sus enredos y limitaciones.
La ciudad que es escenario de Los juegos furtivos, es un lugar indefinido, ya sea San José o New York, París o New Orleans, es un espacio oscuro, lleno de territorios ocultos, amplias zonas tenebrosas, en que las tragedias humanas se arrastran por los caños o se desprenden de los muros de las casas elegantes. 
El relato a veces puede resultar sórdido, como en la experiencia en que cuatro amigos entraron al cuarto con la misma prostituta para que saliera más barato y, en vez de placer, terminaron sufriendo asco. Sin embargo, incluso en el paseo por el lado oscuro, hay espacio para la sensibilidad y la conmiseración, al comprender la tragedia de aquella otra prostituta que, pese a haber salido temprano, regresó a casa de madrugada sin haber conseguido un solo cliente, con la angustia de que, en el nuevo día que comoenza, no tendrá nada que darles de comer a sus hijos.
Si los lectores de hace cincuenta años, al leer Los juegos furtivos exclamaron "¡Ay qué horror!", no hay motivo para que esa actitud se mantenga tanto tiempo después. La primera novela de Alfonso Chase hace tiempo que merece ser leída como lo que es, un profundo y sincero ejercicio de introspección que permite explorar conflictos tanto psicológicos como sociales.
Escrita con prosa pulida, clara, transparente y serena, definitivamente alejada del patetismo y lo grotesco, esta novela breve es capaz de brindar, en cada página, temas para profundas reflexiones.
Una de sus muchas líneas memorables reza: "Parece que fue ayer. Todo me parece que fue ayer. Es increíble el olvido, son terribles los recuerdos."
Los libros, como las personas, envejecen. A veces, las obras literarias envejecen más rápidamente que sus autores aunque, naturalmente, hay excepciones. Medio siglo después, Alfonso sigue siendo joven y Los juegos furtivos no ha dejado de ser una novela fresca y sorprendente. 
INSC: 1440

1 comentario:

  1. Gracias Carlos Porras por traernos lo que debería estar siempre presente.
    Alfonso Chase, desde cualquiera de sus obras, es un referente indispensable de la literatura latinoamericana. Ojalá y siga asustando a los asustables con su producción!

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