lunes, 30 de diciembre de 2019

Una visita a Federico Tinoco.

Tinoco Días de Tiranía. Ileana Zambrana.
Euroamericana de Ediciones.
San José, Costa Rica. 1994
Cuando Federico Tinoco Granados partió de Costa Rica para nunca más volver estaba exhausto, pero no derrotado. Gobernó con mano dura durante dos años y, también con mano dura, fue capaz de reprimir todas las protestas en su contra que incluyeron hasta rebeliones armadas. Irónicamente, tras vencer en todos los enfrentamientos a sus adversarios, Tinoco renunció por voluntad propia. Cuando ya había anunciado su intención de renunciar a la presidencia y abandonar el país, fue asesinado su hermano Joaquín. 
Numerosos autores han contado esta historia al revés. Se ha dicho que Tinoco renunció por la revolución del Sapoá, por las protestas callejeras o por la muerte de su hermano, cuando en realidad, pese su decisión de marcharse fue tomada después de haber triunfado y no por haber fracasado.
Hijo mayor de don Federico Tinoco Yglesias y de doña María Granados Bonilla, era miembro de una de las familias más ricas, cultas y respetadas de Costa Rica. Su padre era dueño de grandes fincas ganaderas, azucareras y ganaderas y, junto don Francisco María Yglesias Llorente, era socio de una gran empresa de importaciones. 
Federico Tinoco Granados cursó estudios militares en los Estados Unidos y Bélgica, era gran aficionado a la lectura y la música clásica y hablaba perfectamente inglés y francés. Sus ideas políticas, sin embargo, al menos antes de 1914, no favorecían los beneficios de la oligarquía, sino los derechos del pueblo. Desde joven fue miembro activo del Partido Republicano de don Máximo Fernández Alvarado.  
Tras las elecciones de 1914, primeras con voto directo, en que ningún candidato logró obtener el número de votos requerido para ser electo presidente, Federico Tinoco fue quien propició el arreglo para que Alfredo González Flores asumiera la presidencia. Don Alfredo nombró a Federico Tinoco como su ministro de Guerra y se cuenta que, en 1917, cuando le anunciaron a don Alfredo que estaba en marcha un golpe de Estado en su contra, su primera reacción fue pedir que llamaran a "Pelico", ya que jamás habría imaginado que el propio "Pelico" era quien le estaba dando el golpe. A Alfredo González Flores lo quitó el mismo que lo puso.
En un primer momento, Federico Tinoco gozó del apoyo general, pero su gran popularidad no duró mucho. En apenas pocos meses, muchos de los que se manifestaron a favor del golpe, incluyendo a amigos y parientes suyos, así como ministros y colaboradores de su propio gabinete incial, acabaron presos en la Penitenciaría. En apenas dos años, el régimen de Federico Tinoco, que fue altamente represivo, pasó de la aceptación general al rechazo general. El hombre culto, refinado, idealista y de distinguida familia, acabó siendo considerado un monstruo y esa fue la imagen que quedó.
En Costa Rica, durante décadas, ser llamado "tinoquista" era una ofensa y una acusación muy seria. Quienes habían tenido trato con el dictador y, tal vez, hasta le guardaban aún aprecio y respeto, debían disimularlo.
Instalado en París con su esposa la escritora María Fernández Le Capellain, Tinoco escribió su libro Páginas de Ayer, en que brindaba su versión de los hechos y a la larga, acabó desempeñando trabajos mal remunerados, por lo que vivía muy modestamente. Aunque frecuentaba al Marqués Manuel María de Peralta, embajador de Costa Rica en Europa, su vida social era mínima. En París, Tinoco fue entrevistado por un joven periodista norteamericano llamado Ernest Hemingway y conversó con frecuencia con un también joven escritor cubano llamado Alejo Carpentier. A ambos escritores les llamó la atención ver a un exdictador convertido en un simple peatón anónimo y acabaron sorprendidos al notar que aquel militar que tomó el poder por la fuerza, no fuera un hombre de toscos modales, sino un caballero refinado y elegante. Se dice que el personaje del dictador, en la novela El recurso del método, de Alejo Carpentier, tiene algunas características inspiradas Federico Tinoco.
Su contacto epistolar con sus amigos costarricense era también escaso. Uno de los pocos que se carteaba con él era don Alejandor Aguilar Mora, cuyo hijo, Alejandro Aguilar Machado, durante un viaje a París, pasó a visitarlo.
En este punto termina la historia y empieza la ficción. Ileana Zambrana,  escritora nicaragüense de origen cubano, se inspiró en esta visita para escribir una obra teatral titulada Tinoco días de tiranía, publicada por Euroamericana de Ediciones en 1994. El libro, que tiene un prólogo de don Carlos Meléndez Chaverri, está dedicado a la memoria de los hermanos Federico y Joaquín Tinoco Granados. No se trata, sin embargo, de una apología. Más que pretender ocultar o justificar los aspectos oscuros del régimen, los explora ampliamente. El dictador en el exilio, al conversar con el joven visitante, está dispuesto a responder sus preguntas y saciar su curiosidad. El tiempo y la distancia le permiten referirse a los hechos con cierta perspectiva y gran honestidad.
Según dice, él esperaba ser candidato presidencial en 1918 y decidió derrocar a Alfredo González Flores cuando se percató que pretendía reelegirse. Elude responsabilidad en el asesinato de Rogelio Fernández Güell, pero sí acepta su participación en el intento de asesinato que sufrió Alfredo Volio Jiménez en Llano Grande. Recuerda con dolor la explosión que dejó más de sesenta muertos en la Penitenciaría Central y se refiere a las actividades de Minor Cooper Keith, a las inescrupulosas negociaciones petroleras de Lincoln Valentine y a las dificultades que tuvo para que el Presidente de los Estados Unidos Woodrow Wilson reconociera su gobierno. Resignado, admite que le toca cargar con las consecuencias de sus errores.
Estas declaraciones, sobra decirlo, son fruto de la imaginación de la escritora. Todas las afirmaciones que hace el personaje de ficción de este libro, podrían ser discutidas por quienes han estudiado el gobierno del personaje histórico. No se trata de descubrir cuál era la perspectiva de Tinoco sino, más bien, simplemente suponerla.
Hay que señalar que, aparte de los actos de gobierno, el libro es también muy cuidadoso al retratar expresiones de la época y características personales. Hay detalles que podrían parecer a primera vista extraños, pero que son realidad adaptaciones exactas. Tinoco llama "pollo" a su visitante, expresión muy común a principios del Siglo XX para referirse a un hombre joven. Cuando menciona a Alfredo González Flores, lo llama "Chinilla". Don Alfredo no solo tuvo la mala idea de mandarse a hacer un traje claro de una tela estampada con cuadros pequeños, sino que hizo retratar con él. En Costa Rica a ese tipo de tela se le llama "Chinilla" y don Alfredo, siendo presidente, acabó con ese apodo. Hay un momento en que Tinoco tiene que acomodarse la peluca y las cejas postizas. Tinoco padecía de una extraña condición de alopecía total, es decir, no tenía un pelo en todo el cuerpo. Sus contemporáneos, para manifestar lo terco que era, decían que no había manera de hacerlo cambiar de opinión cuando algo se le metía "entre tizne y tizne", porque no tenía cejas.
Cuidadoso hasta en el más mínimo detalle, el libro Tinoco días de tiranía, de Ileana Zambrana, no pretende hacer un retrato del dictador que gobernó Costa Rica durante dos años, sino intentar asomarse a la realidad de un hombre viejo, pobre, enfermo y cansado, al que las visitas le hacían hablar sobre una época que él intentaba dejar atrás.

El exdictador Federico Tinoco Granados (1868-1931)  y su esposa
la escritora María Fernández Le Capellain (1877-1961) en París.
INSC: 1814

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