Mostrando las entradas con la etiqueta Julián Volio. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Julián Volio. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de noviembre de 2019

Mauro Fernández Acuña.

Mauro Fernández. León Pacheco.
Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes.
San José, Costa Rica. 1972.
A finales del año 2018, asistí a una graduación escolar. Iba solamente con la intención de acompañar a mi queridísima ahijada Génesis Giuliana, que había terminado la primaria con excelentes calificaciones pero, al igual que todos los demás familiares de los otros estudiantes, antes de poder felicitarla, me tocó presenciar en silencio una ceremonia que se prolongó por  mucho más tiempo de lo que esperaba.
Además de la entrega de diplomas, hubo numerosos reconocimientos a estudiantes destacados y homenajes a maestros de distintas disciplinas. Los discursos fueron breves, pero uno tras otro. Llegó el momento en que uno aplaudía solamente por cumplir la parte que le correspondía en el montaje. Ya estaba cabeceando, cuando una maestra, al hacer uso de la palabra, citó a Mauro Fernández
No recuerdo exactamente lo que dijo, pero era una de esas máximas de ocasión, algo así como que la escuela es un segundo hogar, o la cuna del saber, el faro de cultura o el nido del civismo. La maestra no se extendió en el asunto, sino que se limitó a repetir las palabras de don Mauro. 
Sentado en mi butaca, me preguntaba de dónde habría sacado la maestra aquella cita. Es más, de dónde sacarían todos los maestros las citas de Mauro Fernández, porque en Costa Rica, en todos los actos escolares, nunca falta alguno, que acabe citando una breve sentencia suya. Me puse a sacar cuentas y noté que la tradición lleva más de un siglo. Mauro Fernández murió en 1905 y todavía a finales del 2018 sus palabras se repiten una y otra vez en todas las escuelas del país. De boca en boca, o más bien de acto cívico en acto cívico, se ha transmitido la idea de que Mauro Fernández es el maestro por excelencia y ha  llegado a ser considerado un prócer de la educación pública costarricenese. Curiosamente, Mauro Fernández nunca fue maestro y la famosa reforma educativa que impulsó no alcanzó grandes logros y, vista a la distancia, tiene aspectos bastante cuestionables.
Segundo hijo, y único varón, de don Aureliano Fernández Ramírez y doña Mercedes Acuña Díez Dobles, Mauro Fernández nació en San José el 19 de diciembre de 1843. En aquella época aún no existían en Costa Rica escuelas propiamente establecidas. Desde los primeros años de la época colonial lo que se acostumbraba era que alguien que supiera, generalmente un cura o un pariente, le enseñara las primeras letras a los niños. Las familias acomodadas tenían un tutor para sus hijos y algunos municipios contrataban a una persona instruida para que recibiera niños pobres y le pagaba una modesta cantidad por cada alumno que lograra aprender a leer y escribir.
Una pariente suya que era maestra, doña Chepita Fernández, empezó a darle clases al pequeño Mauro cuando tenía apenas cuatro años de edad. Como dio muestras de aprender rápido y estar muy interesado en los estudios, al cumplir los siete años empezó a recibir también lecciones en inglés a cargo de Miss Sophie Joy, la institutriz particular de los hijos del Dr. José María Montealegre Fernández. Posteriormente el niño también aprendió a hablar francés.
Tras la muerte de su padre, Mauro Fernández, que era apenas un adolescente, debió hacerse cargo de su madre y de sus dos hermanas, Isolina y María Práxedes. Como lo conocía desde pequeño y sabía que era un muchacho serio y estudioso, el Dr. José María Montelegre, entonces Presidente de la República, nombró al joven Mauro, de apenas dieciséis años de edad, como escribiente en el Ministerio de Gobernación. Muy pronto fue ascendido y le correspondió trabajar directamente a las órdenes de don Julián Volio Llorente, quien fue el gran impulsor de la escuela primaria gratuita, obligatoria y costeada por el Estado.
A pesar de tener un trabajo a tiempo completo, don Mauro continúo estudiando. Entre sus principales mentores cabe destacar al guatemalteco Lorenzo Montúfar y al nicaragüense Máximo Jerez. En 1869 se graduó de abogado en la Universidad de Santo Tomás y, casi de inmediato, viajó a Inglaterra, donde permaneció durante más de un año.
Cuando regresó a Costa Rica, abrió su bufete y se dedicó a diversas actividades profesionales, financieras y comerciales. Fue abogado de Minor Cooper Keith, funcionario de la Corte Suprema de Justicia, diplomático en misión especial a El Salvador, trabajó en la banca y fue miembro de varias juntas directivas de sociedades privadas en instituciones caritativas. Su carrera en el sector público consistió fundamentalmente en la redacción de códigos. Contra lo que comúnmente se cree, Mauro Fernández nunca fue maestro. Su esposa, la británica Ada Le Capellain, con quien contrajo matrimonio en 1874, sí se dedicaba a la enseñanza.
Aunque era lector asiduo de Stuart Mill y Herbert Spencer, don Mauro no escribió ensayos filosóficos ni era colaborador frecuente en la prensa. Don Cleto Gonzalez Víquez decía que "Mauro Fernández no fue un escritor, sino un orador, y más que un orador un propagandista". Se sabe que llegó a publicar tres libros: Los sentidos y el intelectoLa Refutación y Tres semanas en Sevilla. Sin embargo, tal parece que esas obras se perdieron, ya que no se consiguen en ninguna parte.
En 1885, el Presidente Bernardo Soto Alfaro, nombró a don Mauro ministro de Hacienda, Comercio e Instrucción Pública. Por su experiencia previa, don Mauro estaba ampliamente calificado para las carteras de Hacienda y Comercio, pero fueron sus disposiciones como Ministro de Instrucción Pública por las que acabaría siendo recordado. Simultáneamente a su cargo en el poder Ejecutivo, don Mauro era diputado y Presidente del Congreso, lo que le permitía participar en el debate de las leyes que proponía reformar.
Mauro Fernández Acuña.
(1843-1905)
Aunque don Mauro fue el promotor de la famosa reforma educativa realizada durante el gobierno de Bernardo Soto, quien estuvo a cargo de todo el planteamiento y estructuración fue el educador Buenaventura Corrales, a quien pocos recuerdan, porque el mérito siempre se lo lleva el superior jerárquico que es, a fin de cuentas, el responsable del asunto.
Lo que pretendía la reforma era eliminar la formación puramente teórica y clásica que se impartía en la Universidad de Santo Tomás y sustituirla con un impulso a la educación secundaria y la fundación de un instituto de educación técnica y práctica.
La universidad, de hecho, se cerró, pero la educación secundaria no fue reforzada como se había prometido, ni tampoco se estableció ningún centro de formación técnica.  Es decir, la reforma de don Mauro logró destruir lo que quería destruir, pero no logró construir nada nuevo. Se atribuye a don Mauro Fernández ser el fundador del Liceo de Costa Rica y del Colegio Superior de Señoritas. Valdría recordar, sin embargo, que fundar es partir de cero, o casi de cero, y ese no fue el caso en ninguna de esas dos instituciones porque ya funcionaban el Instituto Nacional, donde estudiaban los varones y la Escuela de Niñas, donde estudiaban las mujeres. Cambiarle el nombre a una institución ya existente no significa fundar una nueva. Lejos de promover la educación secundaria, don Mauro intentó, sin éxito, intervenir el Colegio San Luis Gonzaga de Cartago, así como impedir el establecimiento del Instituto de Alajuela y del Colegio San Agustín, que sería el futuro Liceo de Heredia.
Si tanto quería fortalecer la enseñanza media, de primera entrada resulta difícil comprender su oposición, que llegó a extremos de verdadero boicot, a que los alajuelenses y heredianos contaran con escuela secundaria. La razón por la que actuó como lo hizo, fue que la intención de crear ambos centros de enseñanza surgió de los propios vecinos, quienes estaban dispuestos a instalar, sostener y administrar sus colegios, tal y como Cartago hacía con el suyo. Don Mauro pretendía que todas las instituciones educativas fueran creadas y dirigidas por el gobierno. Su posición era contraria al espíritu y a la letra de la ley impulsada por don Julián Volio Llorente quien, al proponer la educación gratuita, obligatoria y costeada por el Estado, le reservaba la inspección al gobierno, pero dejaba abierta la posibilidad de que la Iglesia, las órdenes religiosas, las municipalidades, los vecinos y hasta personas particulares fundaran escuelas. Si alguien quiere y está en capacidad de enseñar, que enseñe. Si alguien quiere y está en capacidad de aprender, que aprenda. El Estado, según don Julián Volio, no debía monopolizar la enseñanza, sino solamente supervisarla y, lo más importante, financiarla. Don Mauro proponía un proyecto centralista en el que nadie, salvo el Estado, podría establecer ni administrar escuelas.
La batalla que libró don Miguel Obregón Lizano, contra don Mauro Fernández, para fundar el Instituto de Alajuela, puede calificarse de heroica. Fue el propio don Miguel Obregón, además, quien logró que la vasta biblioteca de la Universidad de Santo Tomás, sirviera de base para fundar la Biblioteca Nacional.
Don Mauro se equivocó al pretender fortalecer la educación estatal, limitando la educación privada, autónoma o municipal. Los números no mienten. Cuando don Mauro murió, en 1905, además de las instituciones religiosas y privadas, como el Colegio Seminario, el Salesiano y el de Sión, funcionaban en Costa Rica solamente cinco colegios públicos: el Colegio San Luis Gonzaga, el Liceo de Costa Rica, el Colegio Superior de Señoritas, el Instituto de Alajuela y el Liceo de Heredia. En 1948, cuando don Pepe llega a la Presidencia de la Junta Fundadora de la Segunda República, funcionaban los mismos cinco colegios públicos. No se fundó un solo centro de enseñanza secundaria en casi medio siglo. Si las municipalidades, los vecinos o los particulares de Liberia, Puntarenas, Limón, Turrialba, San Ramón o cualquier otra comunidad alejada del valle central hubieran querido establecer un colegio, la ley se los habría impedido. Lo irónico es que el Estado, que no estaba en capacidad de hacerse cargo de la fundación de nuevos colegios, consideraba las iniciativas particulares o comunitarias como competencia, cuando en realidad eran complemento.
No hay que olvidar que, en todo caso, los colegios graduaban bachilleres pero en Costa Rica la universidad se había cerrado. Algunos autores han especulado que el cierre de la Universidad de Santo Tomás se debió a una motivación anticlerical ya que, por solicitud del Presidente Juan Rafael Mora, el Papa Pío IX le había otorgado el título de Universidad Ponticia, lo cual le daba gran autoridad de supervisión al obispo diocesano. Sin embargo, ni Mons. Anselmo Llorente ni Mons. Bernardo Augusto Thiel se molestaron en supervisar la universidad que, pese a su título pontificio, era más bien un centro en que imperaban las ideas ilustradas y liberales. El asunto iba más bien por otro lado. La Universidad de Santo Tomás era autónoma, en el sentido de que tenía recursos propios para su mantenimiento y no dependía del Estado. Al cerrarla, el Estado logró adueñarse de todos los activos de la Universidad. Por otra parte, los programas de estudios en la Universidad de Santo Tomás eran teóricos y clásicos. Se enseñaba Filosofía, Derecho Romano, matemáticas puras y lenguas muertas y, en opinión de don Mauro "una universidad en que se cultiva la ciencia pura y abstracta no tiene razón de ser en Costa Rica."
Al cerrarse la universidad, solamente quedaron funcionando las escuelas de Derecho y de Farmacia. El gobierno disponía de presupuesto para enviar a costarricenses a estudiar al exterior pero mientras don Mauro fue ministro, hasta las becas estuvieron restringidas. Si había recursos suficientes para enviar a estudiar afuera a once personas, don Mauro aprobaba solamente siete becas. En su libro de memorias Al través de mi vida, don Carlos Gagini cuenta que en repetidas ocasiones le rogó a don Mauro que le concediera una beca para ir a estudiar lingüística y filología a Europa, pero que la beca nunca le fue concedida y Gagini no tuvo más remedio que formarse solo de manera autodidacta. Pese a no haber contado con estudios formales, las abundantes y cuidadosas investigaciones de Gagini son verdaderamente apreciables. Tal vez, de haber tenido la oportunidad de estudiar en una universidad especializada, sus trabajos habrían sido más científicos y menos empíricos, pero definitivamente don Mauro, quien no le encontraba razón de ser al conocimiento puro, jamás habría aprobado una beca en carreras tan poco prácticas como la lingüística y la filología.
Su promesa de educación técnica y de ciencia práctica tampoco se cumplió. Como ya se dijo, en Costa Rica solamente se podía estudiar Derecho o Farmacia. Los médicos, ingenieros y arquitectos estudiaban en el exterior, ya sea becados por el Estado o patrocinados por su familia. Irónicamente, en un país eminente agrícola, como era Costa Rica, la Escuela de Agronomía se estableció en 1926, más de dos décadas después de la muerte de don Mauro.
En 1889, cuando cayó el gobierno de Bernardo Soto, don Mauro realizó un largo viaje a Europa y, cuando regresó al país, se dedicó a su bufete de abogado y a la actividad bancaria. Aunque nunca más volvió a involucrarse en temas relacionados a la enseñanza y su reforma educativa no cumplió con lo prometido, fue precisamente en la época de su retiro que se le empezó a venerar como el gran impulsor de la educación costarricense, al punto que en 1902, mientras era diputado por última vez, se dispuso que su retrato fuera colocado en todas las escuelas y en todas las Juntas de Educación del país.
Don Mauro Fernández Acuña murió el 16 de julio de 1905. Su esposa, Ada Le Capellain, murió cinco años después. Como se sabe, su hija, María Fernández Le Capellain, era la esposa de Federico Tinoco Granados y, cuando Tinoco era presidente, se inauguró un monumento a don Mauro Fernández en el Parque Morazán. El busto de bronce, obra del escultor Juan Ramón Bonilla, acabó en el suelo derribado por los mismos manifestantes que le prendieron fuego al diario La Información en 1919. Naturalmente, este acto de vandalismo no iba dirigido contra la memoria de don Mauro en lo personal, sino solamente en su calidad de suegro de Federico Tinoco. El monumento fue puesto de nuevo en su sitio, donde aún se encuentra, en el sector sureste del parque, entre la estatua de Simón Bolívar y el Templo de la Música.
León Pacheco.
(1898-1980)
Considerando el hecho de que Mauro Fernández es un personaje interesante y una figura destacada y muy recordada de la historia de Costa Rica, resulta extraño que no se haya escrito aún una amplia biografía suya. En 1972, el Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes publicó un pequeño ensayo sobre su vida y obra, escrito por León Pacheco, quien era gran admirador de don Mauro. Aunque el texto está compuesto en tono reverencial y, más que un estudio biográfico, es un homenaje, Pacheco, consciente de que cerrar la universidad fue un error y que la famosa reforma educativa no dio los frutos esperados, en vez de cantar un elogio a la obra de don Mauro, plantea argumentos en su defensa. En su exposición, intenta justificar, de manera no muy convincente por cierto, el hecho de que don Mauro haya dejado a Costa Rica sin universidad durante cincuenta años..
Aunque la adquisición de una cultura general es una tarea profundamente personal y la educación de los niños es, ante todo, derecho, deber y responsabilidad de los padres, don León Pacheco hace malabarismos retóricos para defender la posición de don Mauro de que la educación es función exclusiva del Estado. Las figuras históricas son recordadas por lo que destruyeron y por lo que construyeron, por lo que hicieron o por lo que dejaron de hacer, pero León Pacheco propone que la obra de don Mauro Fernández debe ser valorada por sus intenciones más que por sus logros.
El libro incluye al final una pequeña antología de textos de don Mauro en la que solamente hay reportes burocráticos y administrativos ya que, como los tres libros que publicó no se encuentran en ninguna parte, sus documentos oficiales como ministro es lo único que se conserva de su obra escrita.
Resulta entonces un verdadero misterio el hecho de que todos los maestros de Costa Rica, desde hace más de un siglo, tengan siempre a mano una frase bonita de Mauro Fernández para citarla al hacer uso de la palabra en los actos cívicos.
INSC: 1745
Ultíma foto de don Mauro Fernández Acuña, tomada en 1904.

jueves, 4 de agosto de 2016

Pedro Pérez Zeledón: historiador, abogado y diplomático costarricense.

Pedro Pérez Zeledón. Raquel Guevara.
Ministerio de Cultura, Juventud y
Deportes. Costa Rica, 1971.
En la zona sur de Costa Rica, situada en un hermoso valle, se encuentra la ciudad de San Isidro del General, cabecera del cantón  número diecinueve de la provincia de San José. No se sabe con certeza en qué año los criollos empezaron a habitar la zona, pero durante la segunda mitad del Siglo XIX la población del lugar era apenas de un puñado de familias. 
Durante las primeras décadas del Siglo XX, numerosos inmigrantes, provenientes en su mayoría de Santa María de Dota y la zona de los Santos, trasladaron su residencia al valle del General que, muy pronto, fue creciendo hasta convertirse en una comunidad altamente próspera y productiva. En 1931, para contar con sus propias autoridades municipales, los vecinos solicitaron al Congreso que el poblado fuera declarado cantón. El Poder Legislativo accedió a la petición y, por iniciativa del diputado Carlos María Jiménez Ortiz, el nuevo cantón recibió el nombre de Pérez Zeledón, para honrar la memoria del abogado, diplomático e historiador Pedro Pérez Zeledón
Como las inicales de Pérez Zeledón son P.Z., que suena como "peseta", los habitantes de la zona acabaron siendo llamados "peseteros". Sin embargo, pese a que una región de 1.905 kilómetros cuadrados del territorio de Costa Rica lleva su nombre, don Pedro Pérez Zeledón es un personaje bastante poco conocido. 
Su caso, de más está decirlo, no es único. El nombre de otros cantones, como Montes de Oca, Coronado, Goicoechea, Mora y Acosta, también corresponde al apellido de personajes históricos que han venido siendo olvidados. Pocos residentes de San Pedro de Montes de Oca han escuchado el nombre de don Faustino Montes de Oca (1860-1902). No creo que en las escuelas y colegios de Guadalupe de Goicoechea se lea ni una página de las muchas que dejó escritas Fray Antonio de Liendo y Goicoechea (1735-1814). Supongo que los habitantes de Coronado no suelen asociar el nombre del lugar donde viven con un conquistador español, como tampoco los de Aserrí o Curridabat, con el de un cacique indígena. El asunto es de nunca acabar. Sería interesante preguntarle a un vecino de Sarchí quién fue Valverde Vega o a uno de Zarcero quién fue Alfaro Ruiz. Pero, por ahora, concentrémonos en don Pedro.
Pedro Pérez Zeledón nació en San José, el 4 de enero de 1854, hijo de don Miguel Pérez Zamora, vecino de Tibás, y de doña Francisca Zeledón Aguilar. Los abuelos paternos eran don Fermín Pérez, de Alajuela y doña Micaela Zamora, de Esparza, mientras que los maternos eran don Pedro Zeledón y doña Ignacia Aguilar, ambos de San José.
La familia era de escasos recursos pero de buenas conexiones, de manera que desde niño, Pedro, que era un muchachito pobre, tuvo relación cercana con personajes de la alta sociedad. Su maestro de la escuela primaria fue el general nicaragüense don Máximo Jérez. Nunca he logrado averiguar por qué, luego de haber luchado con éxito contra los filibusteros de William Walker, el general Máximo Jerez (padrino de bautizo de Rubén Darío), se vino a Costa Rica a dar clases de primer grado.  Lo interesante del caso es que el tratado de límites entre Nicaragua y Costa Rica, fue firmado por el General José María Cañas, por parte de Costa Rica y el General Máximo Jerez, por Nicaragua y, años después, cuando el Tratado Cañas-Jerez fue sometido al Laudo Cleveland, don Pedro Pérez Zeledón fue el responsable de la negociación por parte de Costa Rica. Es decir, el general Jerez, que firmó el tratado por Nicaragua, fue quien le enseñó a leer y escribir al que  defendió los derechos de Costa Rica plasmados en ese mismo tratado.
El discípulo estuvo a la altura del maestro. Pedro, además de dar muestras de una aguda inteligencia, fue un joven estudioso, metódico y organizado. A los quince años de edad, sin haber obtenido aún el bachillerato, su pariente don José Joaquín Rodríguez Zeledón (que luego sería Presidente de la República) le consiguió un puesto de registrador de hipotecas con una paga de veinte pesos al mes.
En diciembre de 1873, a los diecinueve años de edad, obtuvo con honores su título de abogado en la Universidad de Santo Tomás. Poco más de un año después, en febrero de 1875, contrajo matrimonio con Vicenta Calvo Mora, hija de don Joaquín Bernardo Calvo Rosales y doña Salvadora Mora Pérez.
Continuó trabajando de burócrata un tiempo más y fue ascendido hasta ocupar el puesto de Secretario de la Corte Suprema de Justicia, pero en 1877 decidió separarse de la función pública para ejercer el Derecho e intentar establecer fincas agrícolas y negocios personales.
Descontento con la dictadura del General Tomás Guardia, don Pedro fundó el periódico El Ciudadano, en el que, amparado a la libertad de prensa que todavía era respetada, criticaba con dureza al gobierno y al gobernante. Un buen día el General no aguantó más y don Pedro acabó "desterrado" por varios meses en Santa María de Dota. Vale la pena recordar que don Tomás Guardia envió a don Rafael Yglesias Castro a Talamanca y a don Julián Volio a San Ramón. En aquella época el destierro no significaba necesariamente salir del país. Para no escuchar al que hablaba mucho, bastaba con enviarlo unos cuantos kilómetros más allá de las montañas que rodean el Valle Central. Además, un enemigo político exiliado en un país vecino puede hacer mucho daño, mientras que uno confinado en una aldea remota es totalmente inofensivo.
La vida profesional de don Pedro Pérez Zeledón fue un constante entrar y salir de la función pública. Por su gran capacidad de trabajo y de estudio y por la forma en que cuidaba los detalles, con frecuencia era llamado a integrar comisiones encargadas de redactar reglamentos o de plantear nuevos proyectos. El presidente Próspero Fernández le encargó la redacción de un reglamento, el presidente Bernardo Soto lo integró a una comisión encargada de elaborar un proyecto de ley sobre delitos fiscales. Don Pedro fue enviado a Europa para investigar técnicas agrícolas en Francia, Suiza y Bélgica. También fue el principal colaborador de don Mauro Fernández en la reforma educativa que llevó a cabo. 
La lista de puestos desempeñados y tareas encomendadas es enorme, sus aportes a las instituciones gubernamentales son valiosos pero no deja de sorprender la inestabilidad de su carrera. Por ejemplo,  el 8 de de noviembre de 1886 se le encargó el Subsecretariado de Guerra y Marina, pero renunció el 4 de diciembre del mismo año. El 26 de febrero de 1887 fue nombrado Profesor de Derecho en la Universidad de Santo Tomás, pero renunció el 12 de abril siguiente. En el primer cargo estuvo menos de un mes y en el segundo apenas mes y medio.
Don Pedro Pérez Zeledón. (1854-1931).
Abogado, diplomático, historiador e
impulsor del desarrollo de la zon sur
de Costa Rica.
En 1888, don Pedro representó a Costa Rica ante el presidente de Estados Unidos Stephen Cleveland, que era el árbitro en un conflicto de interpretación del tratado Cañas-Jerez y logró un resultado favorable para Costa Rica. Poco después, en 1891 viajó a Inglaterra para tratar de rescatar un capital, propiedad del Estado, que estaba en peligro de perderse y, aunque había pocas esperanzas, su gestión fue exitosa.  En reconocimiento a sus dotes diplomáticas, el 4 de marzo de 1892 fue nombrado Ministro de Relaciones Exteriores. Aceptó el cargo, pero renunció el 8 de junio. Al menos en este puesto cumplió los tres meses.
Uno tendería a imaginarse que don Pedro renunciaba a los cargos públicos porque tenía muchos negocios privados que atender pero, lamentablemente, no era así. El bufete de don Pedro no tenía muchos ni grandes clientes, por lo que no generaba mayor cosa y las actividades agrícolas o comerciales a las que dedicó su tiempo y su esfuerzo solamente dieron ingresos modestos, apenas para sobrevivir. 
En el gobierno de Rafael Yglesias Castro, don Pedro aceptó el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores y, para sorpresa de todos, se quedó un buen rato. Sucedió una anécdota simpática. Mientras el presidente estaba fuera del país, hubo un intento de derrocarlo. Don Rafael regresó inmediatamente a Costa Rica. Cuando el barco se acercaba a Limón, don Rafael, apoyado en la baranda de cubierta, miraba hacia tierra silencioso, triste y preocupado pero,de repente, sonrió y soltó un gran suspiro de alivio. Cuando otros pasajeros le preguntaron a qué se debía el cambio de ánimo, don Rafael explicó que, al ver en el muelle a don Pedro Pérez Zeledón esperándolo, supo que todavía era presidente de Costa Rica.
Pese a que no permanecía mucho tiempo en un mismo puesto, en 1912 destacadas figuras, tanto del partido Civilista como del Republicano, propusieron la candidatura de don Pedro a la Presidencia de la República, pero no lograron convencerlo para que se lanzara. Don Pedro también rechazó la iniciativa, presentada en el Congreso, de nombrarlo en la Corte Suprema de Justicia.
Sí participó como representante de Costa Rica, al año siguiente, en el conflicto de interpretación del Laudo Louvet que definía los límites de Costa Rica con Panamá. Gracias a sus gestiones, la mitad de Punta Burica es costarricense, ya que las pretensiones panameñas eran poner la frontera en Golfito.
El año de 1913 fue particularmente triste para don Pedro. El 20 de junio murió su esposa y el 26 de octubre su hija Flora. Don Pedro, que no había hecho carrera en el sector público ni había reunido un capital en actividades privadas, se había quedado solo.
Trató de soportar su viudez y pobreza discretamente pero su situación económica era casi desesperada. Al enterarse cómo estaban las cosas, los diputados acordaron otorgarle cincuenta mil colones por los servicios brindados al país, que le serían entregados en cinco anualidades de diez mil cada una. Aunque las arcas del Estado no andaban muy bien debido a la guerra europea que acababa de estallar, el presidente Alfredo González Flores firmó el "Ejecútese".
En 1921, don Pedro volvió a ser noticia al criticar severamente al Presidente Julio Acosta García, por la manera impulsiva e imprudente en que manejó un incidente fronterizo con Panamá que pudo haber generado un conflicto armado para el que Costa Rica ni estaba preparada ni tenía posibilidades de ganar.
Dos años después, en 1923, don Pedro apenas tenía sesenta y tres años pero, debido a la enfermedad, estaba muy envejecido. El Congreso, entonces, dispuso otorgarle una pensión de cuatrocientos colones al mes. Firmaron el acuerdo don Arturo Volio Jiménez, Presidente del Congreso y su hermano Jorge Volio Jiménez, Primer Secretario. El presidente Julio Acosta, severamente criticado por don Pedro, firmó el ejecútese.
Otra faceta interesante de don Pedro Pérez Zeledón fueron sus investigaciones históricas. De hecho, don Pedro fue uno de nuestros primeros historiadores. El primer libro de historia de Costa Rica fue Bosquejo de la República de Costa Rica, de Felipe Molina, publicado en Nueva York en 1851. Los documentos se conservaban en los archivos, pero había que bucear en ellos para escribir la historia. Entre los que asumieron la tarea se pueden mencionar a don León Fernández y su hijo Ricardo Fernández Guardia, el obispo Bernardo Augusto Thiel, el marqués Manuel María de Peralta y don Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno, entre otros. Como historiador, don Pedro se interesó por muchos temas, quiso escribir sendas biografías del Dr. José María Castro Madriz y de don Juan Rafael Mora Poras, pero no las terminó. Tampoco pudo concluir su Historia de la esclavitud. Nunca llegó a publicar un libro, pero sí aparecieron, en revistas y periódicos, importantes artículos suyos sobre Gregorio José Ramírez o el Bachiller Osejo. Particularmente valiosas son sus investigaciones sobre la anexión del Partido de Nicoya o la administración del río San Juan durante la Colonia.
Supongo que quienes hayan tenido la paciencia de leer hasta este punto estarán preguntándose: ¿Qué tiene que ver este señor con San Isidro del General?
Cuando estuvo desterrado en Santa María de Dota, don Pedro se involucró a fondo con la comunidad que lo hospedaba, llegó a ser gran amigo de la familia Ureña Zúñiga, de cuyos miembros muchos emigraron al sur del Cerro de la Muerte. Cuando regresó a San José, lejos de olvidarse de sus amigos, se convirtió en un verdadero promotor de la población y el desarrollo del sur del país. Consiguió, entre otras cosas, que el gobierno mejorara el camino de Desamparados a la zona de los Santos y que abriera una vía de comunicación entre Santa María y Copey.
En 1887, junto con cinco personas más, entre los que se contaban un médico, un maestro, un ingeniero y un topógrafo, realizó una exploración a fondo de la zona sur. A bordo de una pequeña embarcación de vela, navegó desde Puntarenas hasta el Golfo Dulce y luego recorrió el río Grande de Térraba, el Pozo, Palmar, Boruca, Térraba, La división, el Cerro de la Muerte, Ojo de Agua, Las Vueltas, Dota, Tarrazú y, finalmente, retornó a San José por Desamparados. Para su sorpresa, en todo su camino se encontró con campesinos, algunos aislados con sus familias en un pequeño espacio que lograron abrir en la montaña para su casa, sus animales y sus cultivos y otros ya concentrados en pequeños pueblos. En el valle que, a partir de 1910 sería conocido como San Isidro del General, don Pedro contó, en 1887, poco más de doscientos vecinos.
A partir de esa expedición, además del ejercicio del derecho o la diplomacia, de sus investigaciones históricas o de sus fallidos negocios personales, don Pedro asumió como un reto personal el desarrollo de la zona sur del país. Promovía proyectos de ley que favorecieran la zona, instaba al gobierno a abrir caminos y construir escuelas, procuraba que los habitantes del sur tuvieran buenas semillas así como ejemplares del mejor ganado.
Don Pedro murió el 31 de mayo de 1930. Cuando, el 7 de octubre del año siguiente, el Congreso, a solicitud de los vecinos, decretó la creación del cantón número 19 de la provincia de San José, el diputado Carlos María Jiménez propuso que la región recibiera el nombre de Pérez Zeledón, en honor de su más grande admirador y benefector.
INSC: 1732
San Isidro del General, cabecera del cantón de Pérez Zeledón, Costa Rica.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...