sábado, 27 de febrero de 2016

Ensayistas costarricenses.

Ensayistas costarricenses. Luis Ferrero.
Imprenta Lehmann, Costa Rica, 1972.
En 1971, como parte de la celebración del aniversario número setenta y cinco de la imprenta Lehmann, Luis Ferrero publicó con el auspicio de esa empresa una antología de ensayistas costarricenses. El libro, que incluye textos de dieciséis autores, tuvo buena acogida y, a pesar de que el tiraje inicial fue bastante grande, fue reeditado al año siguiente de su aparición. 
La larga presentación de las páginas iniciales, escrita por Ferrero, es más interesante en lo histórico que en lo teórico. Al definir y describir el género de ensayo, el compilador cae con frecuencia en ambigüedades y contradicciones. Con cierta frecuencia, además, se permite soltar afirmaciones verdaderamente difíciles de sostener o sustentar. La parte histórica, aunque tiene también sus pifias (dice que la Universidad de Santo Tomás tuvo "tres lustros" de existencia, cuando en realidad fueron poco más de cuatro décadas), ofrece un recuento panorámico de publicaciones desde El Noticioso Universal, que aparecía cada dos semanas en 1833, hasta los tiempos en que la antología fue publicada.
Los autores incluidos son Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge, Omar Dengo, Rómulo Tovar, Rafael Cardona, Mario Sancho, Moisés Vincenzi, León Pacheco, Carlos Monge Alfaro, Rodrigo Facio, Abelardo Bonilla, Mario Alberto Jiménez, Luis Barahona, Isaac Felipe Azofeifa, Guillermo Malavassi y José Luis Vega Carballo.    
Cada vez que aparece una antología, las críticas se centran en el criterio de selección. Nunca falta un escritor menor que se cuela y otro de grandes méritos que se queda por fuera. A veces llega a cansar la discusión de por qué tales autores fueron incluidos y tales otros excluidos pero, inevitablemente, el tema sale a flote. El trabajo del compilador suele tener como recompensa el agradecimiento de pocos y el resentimiento de muchos. 
En este caso en particular, la primera objeción que se hizo escuchar, y con fuerza, fue que no incluyó a ninguna mujer pese a que había de dónde escoger. En la bibliografía sobre el ensayo en Costa Rica, que aparece en las páginas finales, se mencionan obras de Lilia Ramos y Emma Gamboa, pero Carmen Lyra y Yolanda Oreamuno, entre otras muchas, fueron totalmente ignoradas. 
La selección tiene otros desbalances también en cuanto a época y estilo. Todos los autores incluidos publicaron en el Siglo XX. Don Luis sostiene que Brenes Mesén y García Monge fueron los primeros ensayistas costarricenses, ignorando, por citar algunos, a Carlos Gagini, Ricardo Fernández Guardia, el Doctor Zambrana, don Ricardo Jiménez Oreamuno y su hermano Manuel de Jesús, que son bastante anteriores.  
Las modas y los gustos cambian en todo, incluyendo la prosa. A un lector de la segunda mitad del Siglo XX es posible que le resulten melosos (y hasta empalagosos), los sobreadjetivados, rebuscados y alambicados escritos del Dr. Castro Madriz, Alejandro Aguilar Machado o Alejandro Alvarado Quirós, pero estos autores, en medio de su prosa florida y ornamentada, desarrollaron propuestas dignas de atención, así sea como mera curiosidad. 
El ensayo es un género tan amplio que caben en él los más diversos temas. Tomás Soley Güell escribió valiosos ensayos sobre economía y Rogelio Sotela sobre literatura y derecho. 
La ausencia de mujeres y la falta de diversidad temática y estilística hacen que Ensayistas costarricenses no sea un muestrario representativo sobre el ensayo en Costa Rica.
Ni siquiera representa bien a los autores. Los escritos incluidos de Carlos Monge Alfaro, quien dejó valiosos ensayos históricos, y Rodrigo Facio, quien escribió in extenso sobre la Social Democracia, son sendas propuestas sobre la función de la universidad que resultan verdaderamente soporíferas para quien no tenga vocación de burócrata educativo. De la inmensa producción de estos dos intelectuales, Ferrero escogió lo de menor interés general.
Verdaderamente inexplicable es que Ferrero, tras haber hecho a un lado ensayos que, en su momento, despertaron discusiones memorables, decidiera publicar uno inédito. El de Guillermo Malavassi es el único que no había sido publicado previamente a su inclusión en esta antología.
El último, de José Luis Vega Carballo, es una buena muestra de la tendencia, que acabó imponiéndose posteriormente, de llamar ensayo a las investigaciones académicas. 
El texto de Brenes Mesén, de tema filosófico, y el de Moisés Vincenzi, sobre ética, son los más interesantes del libro.
Los demás se refieren a patriotismo tico o, como anuncia Ferrero, "la costarriqueñidad". Allí están Ante el Monumento Nacional, de García Monge, Hagamos política de Omar Dengo, Exhortación Patriótica de Rómulo Tovar, Abel y Caín en el ser histórico de la nacionalidad costarricense de Abelardo Bonilla, Los ticos y la máscara de Mario Alberto Jiménez, Tres notas sobre el carácter costarricense de Luis Barahona, y La isla que somos de Isaac Felipe Azofeifa. Estas obras, muy populares y aplaudidas en su momento, son más emotivas que profundas y sirvieron de base al mito de la excepcionalidad del costarricense. La sociedad costarricense, sostienen, es muy especial porque los individuos que la forman comparten una "personalidad nacional" que, tanto en sus virtudes como defectos, está hondamente marcada en el fondo de su ser. Dicen que la historia (de la cual suelen omitir los episodios más escabrosos) demuestra que los ticos tenemos una manera única de hacer las cosas que nos distingue de los demás pueblos de la Tierra y todos los logros y desgracias que sufrimos están asociados con nuestra singular personalidad colectiva que, inevitablemente, acabará por definir nuestro futuro.
Estos postulados fueron, por años, el discurso tradicional de los actos cívicos en escuelas y colegios. Alexander Jiménez Matarrita, en su libro El imposible país de los filósofos, publicado en 2002, llama a estos autores "los nacionalistas metafísicos" y señala que conceptos como "el ser nacional", "la identidad nacional" y "la singularidad de la Patria" son propios de discursos fascistas. Si existe un "ser nacional" definido, quien no calce con el modelo será un intruso, en el mejor de los casos, o un enemigo, en el peor. Recordemos a Francisco Franco quien creía que su país estaba dividido en dos bandos: España y la Anti España. Cada país, como cada individuo, tiene su historia singular y única, ha tenido ventajas y desventajas particulares y ha atravesado problemas, también muy particulares, que ha debido resolver a su modo. Cada país, con su historia y sus tradiciones es único. Tal vez al observar sus hábitos y forma de actuar como sociedad en conjunto sea posible descubrir patrones de conducta mayoritarios, pero de ahí a sostener que existe una "identidad nacional" hay mucho trecho.
Ensayistas costarricenses, de Luis Ferrero, es, en su mayor parte, una antología de nacionalismo metafísico. Un ensayo tan crítico como El ambiente tico y los mitos tropicales, de Yolanda Oreamuno, habría desentonado. En el caso de Mario Sancho, que es uno de los autores incluidos, no se seleccionó su amargo ensayo Costa Rica Suiza Centroamericana, sino uno más potable y acorde con el conjunto.
Siempre le tuve gran aprecio a don Luis Ferrero y respeto mucho su obra y labor divulgadora pero me parece que este libro no es muy afortunado. En todo caso, no ha vuelto a editarse y es ya una verdadera rareza bibliográfica. Si cayera en manos de algún joven estudiante, es muy probable que le daría la impresión de que el ensayo es un género literario pesado, lleno de argumentos complejos escritos en tono de prédica.
Nunca me he atrevido a escribir una reseña sobre un libro sin haberlo leído completo pero debo confesar que, en este caso, no leí el cien por ciento de la obra. La omisión, aclaro, no fue voluntaria. Mi ejemplar, supongo que por errores de imprenta, tiene numerosas páginas en blanco.  Todas esas interrupciones y saltos abruptos en la lectura, lejos de incomodarme, las tomé como un recreo.
INSC: 1397

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