miércoles, 26 de abril de 2017

Notas periodísticas de Gabriel García Márquez.

Entre Cachacos. Gabriel García Márquez.
Recopilación y prólogo de Jacques Gilard.
Editorial Oveja Negra. Colombia. 1982
La carrera periodística de Gabriel García Márquez inició en los periódicos El Nacional y El Heraldo, ambos de Barranquilla, así como en El Universal, de Cartagena. Pero fue a partir de su establecimiento en Bogotá, en que sus críticas de cine y sus reportajes sobre las tradiciones de la costa, publicadas en El Espectador, hicieron que su nombre y su estilo llegaran a ser ampliamente reconocidos.
García Márquez tenía apenas veintiséis años de edad cuando, en enero de 1954, invitado por Álvaro Mutis, se trasladó a la capital colombiana. Tras una breve temporada escribiendo colaboraciones, recibió la atractiva oferta de convertirse en redactor de planta de El Espectador, con un sueldo de novecientos pesos al mes. Antes, por cada colaboración, le pagaban tres pesos.
Los admiradores más fanáticos de su prosa (Jacques Gilard entre ellos), han pretendido recopilar hasta las notas sin firma que pudo haber redactado y se han abocado a revisar ejemplares de la época para reconocer el estilo de García Márquez en las secciones de sucesos, eventos sociales o noticias nacionales.  La tarea, de más está decirlo, además de agotadora, no promete lograr ninguna certeza. En un periódico, todos los redactores, y muy especialmente los jóvenes y novatos, deben estar dispuestos a escribir sobre lo que haga falta. Las notas de último momento las acaba escribiendo el primero que esté libre.
La primera tarea de García Márquez en el periódico, por cierto, fue escribir la columna Día a Día, que existía desde mucho antes de su entrada a la redacción y que aparecía sin firma. Solamente estuvo un mes a cargo de esa sección, ya que en febrero inauguró el espacio Estrenos de la semana, en que comentaba las películas que se proyectaban en la ciudad.
Más adelante, publicó reportajes sobre particulares facetas de la vida en los pueblos remotos de la costa, en los que ya se manifiesta su habilidad de mezclar lo insólito con lo cotidiano que acabaría siendo, posteriormente, la característica distintiva de sus novelas y relatos.
El libro Entre cachacos, tercer tomo de la obra periodística de García Márquez, editada por Oveja Negra, reúne la recopilación que hizo Jacques Girard de las notas publicadas en El Espectador durante los siete meses que el escritor trabajó en el periódico. Aunque el joven periodista logró hacerse de buen nombre y buen público con sus críticas de cine y sus asombrosos reportajes, en julio de 1954 abandonó la redacción y, unos meses después, partió rumbo a Europa.
Las críticas de cine de García Márquez reunidas en esta obra son una maravillosa muestra de que el análisis profundo es perfectamente compatible con el estilo ameno tanto como con la brevedad. Independientemente de que comente una película con pretensiones artísticas o un producto puramente comercial cuyo fin no es más que el mero entretenimiento, García Márquez logra brindar una idea general, llama la atención sobre detalles de producción sin enredarse con tecnicismos y, lo más importante, le deja claro al espectador lo que puede esperar (y lo que no) si se decide a ir a ver la película que fue tema de su reseña.
Una buena crítica de cine no depende de la calidad de la película, sino de la capacidad de apreciación de quien la comenta. En el libro vienen notas sobre musicales, melodramas, comedias y, con cierta frecuencia, películas de la II Guerra Mundial que, por entonces, se hacían por docenas. Aunque el grueso de la oferta en cartelera venía de Hollywood, también aparecen en Estrenos de la semana, producciones francesas, alemanas, italianas y mexicanas. Según parece, el comediante Fernandel, el cantante Bing Crosby y el galán Glenn Ford, a quien García Márquez define como "el actor que mayor bofetadas ha dado a sus compañeras de actuación", eran las estrellas del momento.
En aquellos tiempos, a diferencia de los actuales, el público iba al cine a disfrutar de una historia bien contada, bien fotografiada y bien actuada sin prestarle mayor atención a las imágenes sorprendentes creadas por "efectos especiales". Las modestas e incipientes mejoras tecnológicas acababan siendo, más bien, una distracción molesta. El cinemascope, por ejemplo, le resultó desagradable a García Márquez, quien consideró oportuno advertir a sus lectores que: "En una pantalla longitudinal hasta donde la fisiología óptica lo permite, se están proyectando tonterías embadurnadas de technicolor."
Como el cine es una obra realizada por un equipo con muchos involucrados, García Márquez, al señalar tanto los aciertos como los desaciertos, logra identificar a los responsables. En unas películas, descubre que actores con gran potencial fueron desperdiciados por el director, mientras que en otras destaca que a pesar de fallas evidentes y constantes, la propuesta, como conjunto es muy acertada. Menciona incluso una película, excelente en todos los aspectos, pero estropeada por el guión.
Los reportajes incluidos en el libro, más que trabajos periodísticos, se leen como relatos de literatura fantástica. La costa caribeña, donde García Márquez había nacido y crecido, era un mundo verde, cálido y húmedo, totalmente desconocido para la gran mayoría de los habitantes citadinos de las altas y frías tierras bogotanas. En la capital, los costeños eran considerados personas extrañas y medio salvajes. La desconfianza era correspondida y en la costa se decía que los cachacos (como llamaban a los de la ciudad) eran peligrosos y traicioneros, por lo que había que extremar precauciones al tratar con ellos.
García Márquez, al escribir para cachacos, ni siquiera intentó liberarlos de sus prejuicios sobre los remotos pueblos de la costa, total y permanentemente envueltos en bananales, selva, ríos y aguaceros. Más bien, por el contrario, acabó reafirmando la idea generalizada de que en aquella zona ocurrían acontecimientos insólitos y los pobladores mantenían creencias y tradiciones descabelladas.
Uno de los primeros reportajes que publicó trata sobre Jesusito, una imagen milagrosa que llegó a generar una devoción tan intensa que muchos, al morir, le heredaban sus tierras y ganado. Con semejantes aportes, en poco tiempo Jesusito llegó a ser inmensamente rico. Su fortuna crecía sin cesar pese a que los administradores de sus bienes no eran, precisamente, intachables. A la larga, a Jesusito le sucedió algo a lo que todo gran terrateniente está expuesto: fue secuestrado. La búsqueda y rescate de la milagrosa imagen, así como el juicio para aclarar lo ocurrido y castigar a los culpables, estuvo llena de complicaciones. La mayor de ellas fue que aparecieron falsos Jesusitos y resultó difícil identificar al auténtico.
Verdaderamente fascinante es la serie de reportajes sobre los ritos funerarios en los pueblos de la costa. Aunque había mujeres que eran plañideras profesionales, quienes a cambio de dinero, estaban dispuestas a gritar, llorar y hasta desmayarse para lamentar la muerte de alguien a quien nunca conocieron, los velorios y entierros, en la costa, eran una verdadera fiesta. El trabajo de las plañideras no era tanto llorar al muerto, sino rendirle homenaje a visitantes distinguidos. Cuando la concurrencia descubría que un visitante notable, por su influencia o su dinero, se presentaba en la capilla ardiente, de inmediato se le ordenaba a la plañidera que empezara a gritar. Verdaderamente famosa llegó a ser en esas funciones una mujer autoritaria y escuálida llamada Pacha Pérez, quien tenía la facultad alucinante de concentrar toda la vida de un hombre muerto en un prolongado y estridente alarido.
Otro personaje célebre, que no se separaba del féretro hasta darle sepultura, era Pánfilo, el rezador. Era un hombre gigantesco (García Márquez dice "arbóreo") y un poco afeminado, capaz de recitar oraciones durante horas con las manos juntas y la mirada fija en el techo. Su rezo era todo un espectáculo improvisado, puesto que las plegarias, las letanías, los misterios y hasta los santos invocados eran inventados por él mismo sobre la marcha. Pánfilo no tenía domicilio conocido. Se quedaba a vivir en la casa del último muerto hasta recibir noticias de uno nuevo.
Aislados en aldeas minúsculas y distantes, los habitantes de la zona encontraban en los velorios una ocasión para congregarse y divertirse. Se bebía aguardiente, se tocaba música, se bailaba y hasta se establecían noviazgos. Las mujeres que buscaban marido se ponían a enrollar tabaco y los hombres dispuestos a casarse se dedicaban a moler café. Los hombres y mujeres que realizaran la tarea más rápidamente, eran considerados los mejores partidos. En ese ambiente de fiesta, el único elemento que le daba a la muerte un aspecto macabro y pavoroso no era el cadáver, sino la horrible caja de tablas viejas sin cepillar que el carpintero armó a la carrera.
Son muchísimos los escritores que, siendo jóvenes, han ejercido el periodismo. Don Joaquín Gutiérrez sostenía que a un escritor, al trabajar como periodista "se le afloja la mano".  Don Alberto Cañas, por su parte, diferenciaba los oficios aclarando que: "el escritor piensa con la cabeza, mientras que el periodista redacta con los dedos." 
En el caso de García Márquez, en muchas de las críticas de cine y los reportajes con que deleitó a los cachacos desde las páginas de El Espectador de Bogotá en 1954, se pueden descubrir los orígenes del estilo y el contenido de las novelas que, después, lograron capturar la atención de lectores en todo el mundo.
INSC: 2735
Gabriel García Márquez (1927-2014), en la sala de redacción de El Espectador
de Bogotá, 1954.




lunes, 10 de abril de 2017

Luis Dobles Segreda recopiló documentos de Juan Santamaría.

El libro del héroe. Luis Dobles Segreda.
Asociación para el estudio de la historia
patria. Costa Rica, 1991.
Juan Santamaría, el humilde tambor del ejército costarricense que el 11 de abril de 1856 prendió fuego al Mesón de Guerra durante la batalla de Rivas, es el héroe nacional de Costa Rica. Sin embargo, su figura está envuelta en una nebulosa de leyenda. Su nombre, su nacimiento, su muerte, la importancia de su acción y hasta su existencia misma ha sido constante tema de debate entre historiadores.
La Campaña Nacional contra los filibusteros ocurrió en 1856 y 1857, pero no fue sino hasta más de diez años después que se le empezó a brindar importancia al nombre y sacrificio de Juan Santamaría. El primero en elevarlo a la categoría de héroe fue don José de Obaldía quien, en un discurso pronunciado el 15 de setiembre de 1864, llamó la atención sobre lo que consideraba "un hecho que no debe ser olvidado"
Según dijo, las tropas costarricenses estaban siendo amenazadas por los tiros de los filibusteros, que se habían encerrado en el Mesón de Guerra y "uno de los jefes de la República" se dirigió a los soldados para pedir un voluntario que cruzara la plaza y le prendiera fuego a la edificación donde se concentraba el enemigo. La misión, de más está decirlo, era suicida. 
Luego vino lo que todos los ticos hemos escuchado en la escuela: Juan Santamaría se ofreció de voluntario y, antes de caer muerto por los disparos de los que era blanco fácil, logró incendiar la esquina de la techumbre y obligó a los filibusteros a evacuar el sitio.
El discurso de Obaldía tuvo gran éxito y quienes quedaron impresionados por este admirable gesto de sacrificar la vida por la patria, se encargaron de que el hecho no cayera en el olvido. En 1865 se recogieron testimonios de combatientes y todos recordaron haber presenciado la hazaña. Veinte años después, se llamó Juan Santamaría a uno de los primeros buques guardacostas del país. En 1887 se dispuso levantarle un monumento en Alajuela, ciudad natal del héroe, pero hubo alguna demora y el monumento fue inaugurado en 1891. En 1918, el Presidente Alfredo González declaró feriado el 11 de abril para conmemorar la gesta heroica de Juan Santamaría cuya historia, ya para entonces, era conocida por todos los costarricenses.
Pese a la admiración general, no faltaron quienes elevaran cuestionamientos. Para empezar, no hay en Alajuela registros de nadie llamado Juan Santamaría. Además, ni William Walker ni don Juan Rafael Mora Porras le dieron gran importancia a la quema del Mesón durante la batalla de Rivas. En sus memorias, tituladas La Guerra de Nicaragua, William Walker simplemente dice: "...quemaron algunas casas..." y lo único que lamenta es que el humo haya impedido que sus hombres, situados en los techos, pudieran comunicarse entre sí. Por otra parte, Walker, sus oficiales y el mayor número de sus hombres no se encontraban en el Mesón de Guerra sino justo al otro lado de la plaza, en el Templo Parroquial.
En el Parte de Batalla que escribió don Juanito Mora, declara que los filibusteros controlaban la iglesia, el cabildo y todas las calles aledañas a la plaza, así como el Mesón de Guerra y la casa de la señora Abarca. Menciona que: "...los nuestros habían incendiado un ángulo del Mesón de Guerra..." sin brindar mayores detalles.  Más que los incendios, lo que don Juanito celebra es el arribo de tropas de refuerzo lideradas por Juan Alfaro Ruiz.
Ya entrado el siglo XX, Monseñor Víctor Manuel Sanabria publicó que, en el libro de fallecidos durante la Campaña Nacional, realizado por el Padre Francisco Calvo, capellán del ejército, hay una anotación sobre "Juan Santamaría, soltero, de Alajuela"  en la que se consigna que murió de cólera y fue sepultado en el camino de regreso entre Nicaragua y Costa Rica.
Luis Dobles Segreda.(1889-1956).
En 1926, don Luis Dobles Segreda, para aclarar la discusión, reunió una serie de documentos sobre Juan Santamaría que publicó con el título El libro del héroe. Se trata de una antología en que aparecen testimonios de combatientes y declaraciones oficiales, así como ensayos, poemas, discursos y artículos de diversos autores. El libro del héroe tuvo una segunda edición en 1991, que es la que tengo y, lamentablemente, no ha sido reeditado desde entonces.
Aunque la intención del libro era despejar dudas sobre temas controversiales, su lectura más bien acaba acentuándolas. 
En las primeras páginas aparece la certificación de que en el Libro de Bautizos de la parroquia de Alajuela (número 5, folio 63) consta que el 29 de agosto de 1831, el padre José Antonio Oreamuno bautizó a Juan María, nacido en esa misma fecha, hijo de Manuela Gayego. 
Según Dobles Segreda, esta es el acta de bautismo de Juan Santamaría. Sin embargo, el documento es en sí mismo bastante extraño. Dice: "Yo, el presbítero José Antonio Oreamuno..." pero, apenas un par de líneas después, firma el padre Gabriel Padilla.
Por otra parte, ¿Cómo fue que Juan María Gayego acabó llamándose Juan Santamaría? En su libro Tradiciones Costarricenses, Gonzalo Chacón Trejos intenta una explicación. Según él, por respeto a la Santísima Virgen, las personas de entonces no podían pronunciar el nombre de María sin anteponerle el Santa, por lo que el nombre de nuestro héroe habría sido Juan María Gayego. El argumento es bastante débil. Precisamente por la gran devoción mariana de entonces, eran muchos los varones que tenían María como segundo nombre. Allí están, como muestra entre las figuras de la época, Manuel María Gutiérrez, Francisco María Iglesias Llorente y el propio General José María Cañas, sin que a ninguno de ellos lo llamaran Santa María.
Aparece también la carta que la madre de Juan Santamaría le dirige a don Juanito Mora en 1857 solicitándole una pensión. No está firmada, porque la señora era analfabeta y alguien escribió por ella, pero la solicitud no está a nombre de Manuela Gayego, sino de Manuela Santamaría. La pensión fue concedida (tres pesos al mes), pero salió a nombre de Manuela Carvajal. En 1865, tras el famoso discurso de Obaldía, le subieron la pensión a doce pesos. En 1926, dos señoras que atravesaban una situación económica difícil, Ramona y Francisca Santamaría, solicitaron una pensión por ser primas de Juan Santamaría y también se les concedió. A propósito del hecho, Alejandro Alvarado Quirós pronunció un florido discurso de homenaje patriótico que tuvo una amarga réplica del General Jorge Volio, en cuya opinión el Estado no debía seguir dando confirmación a un hecho que no está del todo comprobado.
Este fue el modelo utilizado por
el escultor francés Aristide Croisy
para el monumento a Juan
Santamaría.
En cuanto al documento en que consta la muerte de Juan Santamaría a causa del cólera, don Eladio Prado llama la atención sobre el hecho de que, aunque el padre Francisco Calvo acompañó a las tropas durante toda la campaña, el libro de defunciones que escribió no tiene secuencia cronológica y está escrito con pulcritud y buena letra, lo cual lo hace suponer que fue realizado después de finalizada la guerra. Sostiene que quizá el Padre Calvo anotaba los nombres en un borrador y luego, al pasarlos en limpio, descuidara los detalles. De hecho, la gran mayoría de las defunciones no tiene fecha y, en cuanto a lugar, solamente dice: en Nicaragua, de Nicaragua a Costa Rica, de la frontera a Liberia y de Liberia al interior. Por otra parte, el propósito del registro era puramente notarial. No se pretendía dejar constancia del día, lugar y causa de la muerte de cada fallecido, sino simplemente anotar su defunción para efectos testamentarios, reclamos de pensiones o nuevo matrimonio de las viudas.
El libro recopila testimonios del Dr Andrés Sáenz, del General Víctor Guardia Gutiérrez y de otra decena de personas que estuvieron en la batalla de Rivas y presenciaron los hechos, pero, aunque coinciden en lo esencial, sus versiones son bastante contradictorias en los detalles. No se trata solamente de si la tea era una caña o un palo, con trapos empapados en alcohol o en aguarrás, o que si el héroe fue baleado de ida o de vuelta. Todo eso se puede pasar por alto. Pero hay hechos de importancia que son recordados de manera bastante distinta. Unos dicen que fue el propio General Cañas quien solicitó el voluntario, otros afirman que fue Pedro Rivera y hay quienes sostienen que la orden fue transmitida por un ayudante que no conocían. La gran mayoría de los testimonios declara que Juan Santamaría fue el primero en ofrecerse, algunos cuentan que ya había habido intentos anteriores y solamente uno menciona a Luis Pacheco, quien logró prender un pequeño fuego en el Mesón que no llegó a extenderse y terminó apagándose. 
Hay quienes sostienen que los filibusteros estaban dentro del Mesón y que pretendían obligarlos a salir con el fuego. Otros coinciden con la versión de Walker y declaran que los filibusteros estaban sobre el tejado. Dispararle desde el techo a quien está en la calle es cosa fácil. Lo contrario es prácticamente imposible. De ahí la necesidad de incendiar el alero de la casa. 
Es importante recordar que los filibusteros tenían ciertas ventajas y la experiencia era la mayor de ellas. Sabían atacar sin exponerse. Las tropas costarricenses en Rivas eran de dos mil quinientos hombres. Walker llegó a la ciudad al amanecer del día 11 de abril al mando de quinientos americanos y doscientos nicaragüenses. La batalla empezó cerca de las ocho de la mañana. Poco después del medio día fue el incendio del Mesón. Como a las cuatro de la tarde ambos bandos, totalmente exhaustos, espontáneamente y sin acordarlo, hicieron un alto al fuego. Walker abandonó la ciudad al amanecer del día doce. En sus filas se contaban cincuenta y ocho muertos, treinta y dos heridos y trece desaparecidos. Entre los costarricenses, los muertos fueron ciento diez y los heridos más de setecientos. Por inexperiencia, más que por arrojo, los ticos corrieron en espacios abiertos exponiéndose a las balas. Acabó siendo famosa la muerte del General José Manuel Quirós quien fue blanco fácil por creer que agacharse era indigno de un general.
En su camino de regreso a Granada, William Walker lamentaba con su hermano James, el que Norval, su hermano menor, hubiera desaparecido durante el combate. Sin embargo, Norval estaba a salvo. Se había quedado dormido en el campanario de la iglesia y al despertarse se percató que sus compañeros se habían ido. Antes de regresar a pie a Granada, dio una vuelta por la plaza y pudo ver a los ticos enterrando los muertos y curando los heridos. A nadie le pasó por la mente que aquel muchachito adolescente, casi un niño, que deambulaba por las calles, era el hermano del comandante enemigo.
Por la proporción de las bajas en ambos bandos, la duración del combate y el retiro de Walker al amanecer del día siguiente, tal parece que el incendio del Mesón no fue determinante.
Todos sabemos lo que vino luego. La peste del cólera obligó a los ticos a regresar y la guerra se reanudó al año siguiente.
Volviendo al libro de don Luis Dobles Segreda, no deja de ser irónico que el primer poema que aparece sobre la gesta heroica de Juan Santamaría, sea precisamente la letra al Himno Patriótico a Juan Santamaría, escrita por Emilio Pacheco Cooper, quien era pariente de Luis Pacheco, el primero que logró iniciar un fuego en el Mesón y a quien hoy nadie recuerda.
En el libro hay textos de Anastasio Alfaro, Máximo Soto Hall, Ricardo Fernández Guardia, Rafael Calderón Muñoz, Pío Víquez, Ricardo Jiménez Oreamuno, Antonio Zambrana, Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno entre otros muchos autores.
También incluye el artículo Bronce al soldado Juan, escrito por Rubén Darío durante su residencia en Costa Rica a propósito de la inauguración del monumento en Alajuela. En ese acto, por cierto, además de Darío, estuvieron presentes Rafael Yglesias, Ricardo Jiménez Oreamuno, Carlos Gagini, el escritor salvadoreño Francisco Gavidia y hasta el prócer de la independencia cubana Antonio Maceo.
Desde entonces, 1891, la figura de Juan Santamaría generaba polémica. Darío, en su artículo, se refiere de pasada a la discusión de si el héroe había nacido en Alajuela o Barva de Heredia y agrega, con gran sabiduría, que los héroes son hijos sencillos del pueblo que acaban mereciendo el canto de los bardos y los monumentos inmortales. Surgen de los campos o de las montañas y, como en el caso de Wilhelm Tell, el héroe de Suiza, "su enorme perfil se pierde entre las vagas nieblas de la leyenda."
INSC: 2734
Monumento a Juan Santamaría 1891. La escultura fue realizada en Francia por
Aristide Croisy. El pedestal es obra de Giuseppe Bulgarelli Paiani.

sábado, 1 de abril de 2017

Memorias del capitán Otto Escalante.

Memorias del Capitán Otto Escalante.
Un capítulo sobre la historia de la
aviación en Costa Rica. Ana C. Fonseca.
Guayacán, Costa Rica, 2007.
Por lo general, cuando los abuelos entretienen a sus nietos con relatos de su vida, lo hacen cómodamente sentados en un sofá, pero cuando el capitán Otto Escalante Wiepking compartía sus andanzas y aventuras con su nieta, Ana Fonseca, lo hacía dentro de la cabina de una avión en pleno vuelo.  Desde niña lo acompañó en sus viajes y escuchó sus historias, hasta que, ya siendo adulta, puso manos a la obra y las recopiló por escrito.
Memorias del Capitán Otto Escalante, un capítulo sobre la historia de la aviación en Costa Rica, es un libro tan agradable como revelador, que recoge, además de episodios personales y familiares, un valioso testimonio histórico sobre la guerra civil de 1948 así como un recuento del nacimiento, crecimiento y posterior desaparición de LACSA, Líneas Aéreas Costarricenses S.A.
Aunque la labor de Otto fue fundamental en el desarrollo de la aviación costarricense, no se le puede considerar dentro de los pioneros de la actividad, ya que pertenece a la tercera generación de pilotos del país. El primer aviador costarricense fue Tobías Bolaños Palma, quien se formó y ejerció en Francia entre 1916 y 1920. Tras sufrir un aparatoso accidente en que perdió una pierna, regresó a Costa Rica donde voló una única vez con tan mala fortuna que aterrizó en la copa de un árbol. Sobrevivió, pero no volvió a pilotear nunca.
Ya en la década de los años treinta hubo nuevos aviadores como Guillermo Núñez Umaña, Tobías Carrillo, Oscar Arana y Román Macaya.
Otto nació el 26 de octubre de 1921, minutos después de su hermana Olga. Los gemelos eran los primogénitos de Francisco Escalante y Eduviges Wiepking. La madre de Otto era alemana y trabajó como secretaria de don Carlos Kitzing y don Eberhard Steinvorth.
En 1928, con tan solo seis años de edad, vio a Charles Lindberg aterrizar en La Sabana. La primera vez que voló fue a los catorce años, también desde La Sabana, donde un aviador, a cambio de cinco colones, llevaba a los niños a dar una vuelta sobre San José.
Durante sus estudios en el Colegio Seminario, Otto hizo gran amistad con Gil Chaverri, Jorge Rossi, Danilo Jiménez Veiga y Daniel Oduber Quirós, pero no tenía claro que hacer con su futuro. Leía ávidamente novelas de aventuras y libros de filosofía y astronomía sin acabar de decidirse por una profesión. Eran los años de la II Guerra Mundial y un aviso en el periódico anunció que el gobierno de Estados Unidos ofrecía becas para formar pilotos de aviones. De los postulantes, solamente fueron aceptados Otto Escalante y Juan Victory Blanco, quienes partieron a Albuquerque, Nuevo México, de donde regresaron ya graduados.
Empezó haciendo viajes locales pero ya en 1943 realizó sus primeros vuelos internacionales a Tegucigalpa y New Orleans.
El 20 de mayo de 1944, contrajo matrimonio con María Cecilia Herrera Romero en la Iglesia del Carmen. Ofició la boda el padre Mariano Zúñiga, hermano del padre Ricardo Cayito Zúñiga. Ese día, cuenta Otto, por lo nervioso que estaba, se tomó el primer trago de su vida. El matrimonio tendría cuatro hijos, un varón y tres mujeres.
Aunque votó por el Dr. Calderón Guardia, pronto se desencantó de su gobierno. En las elecciones de 1944 fue cortesista y, dos años después, a la muerte de don León Cortés, desde una pequeña avioneta arrojó flores sobre el cortejo fúnebre.
En 1948, Frank Marshall lo contactó para una importante misión. El Dr. Arévalo, presidente de Guatemala, estaba dispuesto a facilitar armas a don José Figueres, pero se ocupaba un piloto que fuera a traerlas. Otto aceptó el encargo y el 12 de marzo, en cuanto las fuerzas rebeldes tomaron San Isidro del General, secuestraron un avión en el que partió de inmediato. Cuando llegó a Guatemala tuvo algunos inconvenientes debido a que el asunto no estaba del todo bien coordinado. El plan era tan secreto que nadie sabía de qué se trataba y Otto estuvo preso por unas horas. Una vez aclaradas las cosas, regresó con el primer cargamento de armas y oficiales. Trajo a dos dominicanos, seis hondureños y un nicaragüense, todos ellos militares de experiencia, que venían a brindar apoyo logístico a don Pepe. Uno de los hondureños, por cierto, se llamaba Francisco Morazán.
Durante las pocas semanas de conflicto, Otto realizó en total treinta viajes a Guatemala para traer armas y municiones. Tanto de ida como de vuelta tenía el cuidado de no pasar sobre Nicaragua, ya que Anastasio Somoza apoyaba a Calderón y a Picado.
También le correspondió a Otto bombardear Dominical y Puerto Cortés, donde las tropas del gobierno estaban reuniéndose con la esperanza de recuperar San Isidro. El gobierno también bombardeaba las tropas figueristas desde el aire con un DC 3 piloteado por un canadiense, que fue derribado el 1 de abril y cayó en las cercanías de San Ramón.
Fue Otto quien transportó las tropas que tomaron Limón y quien trajo a Gonzalo Facio y Daniel Oduber, que se encontraban fuera del país, al lado de don Pepe.
En 1955, le correspondió llevar tropas a Liberia para repeler la invasión procedente de Nicaragua y en 1959 transportó armas a Cuba para la guerrilla de Fidel Castro.
Otto Escalante Wiepking. (1921-2013).
El relato de estas aventuras militares es en verdad cautivador, pero el verdadero aporte de Otto Escalante a la aviación costarricense estuvo en el campo comercial. TACA (Transportes Aéreos de Centro América), fue fundada en Honduras, en 1931, por el neozelandés Lowell Yerex. Una vez terminada la II Guerra Mundial, Pan American Airways, para debilitar a TACA, se puso a fundar compañías aéreas nacionales: AVIATECA en Guatemala, SAHSA en Honduras, LANICA en Nicaragua, LACSA en Costa Rica y COPA en Panamá. LACSA fue fundada el 5 de octubre de 1945. Las acciones estaban repartidas en un cuarenta por ciento de PanAm, un veinte por ciento del Estado costarricense y el otro cuarenta por ciento para ser vendido entre inversionistas particulares. Con el paso de los años, el Estado llegó a tener hasta un treinta y tres por ciento de participación.
Otto empezó a trabajar en LACSA desde que se fundó. En 1958 llegó a ser subgerente y, desde 1960 hasta su retiro en 1989, ocupó la gerencia general. 
Durante el gobierno de su compañero de secundaria, Daniel Oduber Quirós, se planteó la intención de estatizar LACSA. Otto se opuso. De hecho, junto con Bruce Masís, Francisco Urbina, Carmen Naranjo y otros liberacionistas, formó el colectivo Acción Patria, que alertaba sobre el gigantismo estatal y la corrupción que, además de creciente, se estaba volviendo descarada. LACSA necesitaba capitalizarse, pero era difícil lograrlo. El mismo Otto cuenta que una vez fue a visitar a un rico cafetalero para invitarlo a invertir en LACSA, pero la respuesta que obtuvo fue: "Prefiero tener un billete de mil amarrado a una mata de café, que uno de cincuenta pegado al ala de un avión." 
PanAm estaba también en apuros y acabó regalando su participación en LACSA. Para 1990, la compañía estaba en manos de consorcios japoneses y no mucho después desapareció, como desaparecieron todas las líneas aéreas nacionales centroamericanas, que pasaron a ser del grupo TACA, con la excepción de COPA, que acabó siendo parte de Continental.
De 1993 a 1996, Otto fue asesor de AEROCOSTARICA pero, por diversos motivos la empresa no pudo crecer ni sostenerse.
En 1986, Otto fue nombrado embajador en Alemania, pero no asumió el puesto. Desempeñó cargos directivos en Coopesa y el Consejo Técnico de Aviación Civil.
El libro está lleno de datos sorprendentes. El primer aeropuerto que tuvo Costa Rica estuvo localizado en Chomes, Puntarenas, y funcionó de 1927 a 1931. Fue relevado por el de Lindora, que operó de 1931 a 1936. Durante la administración de León Cortés entró en funcionamiento el aeropuerto de La Sabana y en la de Otilio Ulate, el aeropuerto internacional Juan Santamaría. Estos datos son de dominio general. Lo que es poco conocido es que en la primera mitad del siglo XX, ante la falta de carreteras, el transporte aéreo era mucho más utilizado que en nuestros días. En Guanacaste había veintisiete pistas, en Limón cinco, en San Carlos doce, en el Valle del General siete y en el Pacífico sur nueve.
También, por supuesto, el libro está lleno de revelaciones personales. La que más me llamó la atención fue que a Otto, nunca lo trataron de don. Sus amigos, familiares y compañeros de trabajo lo llamaban por su nombre y hasta sus hijos y sus nietos lo llamaban simplemente Otto.
Poco después de haber leído el libro, me encontré por casualidad con Anita Fonseca. La felicité por haber escrito las memorias de su abuelo y me atreví a preguntarle por un incidente que esperaba encontrarme pero fue omitido. "No logro precisar el año, pero recuerdo que un avión comercial, uno de los grandes, se le salió de la pista y hasta apareció en el periódico, días después, una foto de tu abuelo en el hospital." Anita se encogió de hombros. "Otto no lo mencionó", me dijo. Y luego, con una gran sonrisa, agregó: "Tal vez no era algo que quisiera recordar."
El libro de memorias de Otto Escalante fue publicado en 2007. Otto murió el 28 de diciembre de 2013. Francamente espero que otros abuelos tengan, como él, la fortuna de que un nieto recopile las historias que le cuenta.
INSC: 2349
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