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domingo, 3 de mayo de 2015

La fugitiva. Novela de Sergio Ramírez Mercado.

La fugitiva. Sergio Ramírez Mercado.
Alfaguara, México, 2011.
Yolanda Oreamuno fue una escritora costarricense que, como otros jóvenes de su generación, era asidua colaboradora de El Repertorio Americano publicaba don Joaquín García Monge. Su vida fue breve y bastante complicada. De su obra literaria quedan una novela La ruta de su evasión y varios cuentos y ensayos. Yolanda era un mujer inteligente, atractiva y culta. Fue víctima de un secuestro, su primer marido, el diplomático chileno Jorge Molina Wood, se suicidó. Su segundo matrimonio, con el licenciado Oscar Barahona Streber acabó en un divorcio poco amistoso y Yolanda, que decidió rehacer su vida fuera de Costa Rica, en Guatemala, primero y en México después, perdió contacto con su único hijo. La obra literaria de Yolanda, escrita con una prosa esmerada, llena de imágenes sugerentes, se inclina profundamente hacia la introspección. Tanto en su novela como en sus cuentos, lo que ocurre en el interior de los personajes es mucho más rico y significativo que lo que ocurre a su alrededor. En sus ensayos y artículos, queda en evidencia su gran sentido crítico así como la fina ironía a la que recurre para expresarlo. Es suya la frase, que acabó siendo famosa, de que en Costa Rica, cuando alguien sobresale, en vez de cortarle la cabeza le bajan el piso.
En vida de Yolanda, eran más quienes prestaban atención a sus asuntos personales que a su obra literaria. Esta situación que se ha mantenido después de su muerte. Aunque hay quienes se han ocupado de analizar y difundir su obra, la mayoría de artículos que se han escrito sobre ella se enfocan casi morbosamente en asuntos biográficos.
A finales de los años noventa, Sergio Ramírez Mercado anunció, en una conferencia en el Teatro Nacional, que estaba preparando un libro sobre Yolanda Oreamuno. Vino luego una espera de más de una década y, finalmente, en el 2011, apareció la novela La fugitiva, publicada en México por Alfaguara.
Aunque el libro fue muy vendido, en Costa Rica, digámoslo de una vez, la novela desilusionó.
Pequeños detalles, que los lectores de otras nacionalidades ni se siquiera reconocerían, resultaron verdaderamente molestos para los lectores ticos. Tal parece que ningún costarricense leyó el borrador del libro y, si alguno lo hizo, no realizó un buen trabajo. Prácticamente todas las expresiones del habla costarricense, así como las referencias espaciales y los acontecimientos y personajes históricos, están llenos de errores e inexactitudes.
Dice "por dichas", en vez de por dicha. "Chivirri", en vez de chiverre. "Genízaro", en vez de cenízaro. "Río Tabaco", en vez de Tabacón. "Cuartel Buenavista", en vez de Bellavista. "Pellico Tinoco" en vez de Pelico Tinoco. Confunde el barrio Amón con el barrio Tournón, que además escribe "Turnón". Confunde el mercado Central con el mercado Borbón. La península de Osa, que está en el Pacífico, la ubica en el Atlántico. Dice que en los años sesenta empezaron a poblarse los barrios al oeste de la capital, Los Yoses, Escalante y Francisco Peralta, cuando esos barrios no están al oeste sino al este y no datan de los años sesenta sino de los cuarenta. Menciona las tres esculturas del Teatro Nacional como "la gloria, la fama y la danza", cuando son la fama, la música y la danza.
Los personajes históricos a los que se refiere a lo largo del libro, tales como el general Jorge Volio, don Ricardo Jiménez Oreamuno, Santos Matute Gómez, Monseñor Sanabria, Clorito Picado y el Dr. Ricardo Moreno Cañas, están desfigurados al punto de ser irreconocibles. La mayor parte de lo que se dice de ellos no corresponde a los hechos históricos. También están llenas de errores históricos las referencias a la guerra civil. Según el libro, don Pepe Figueres convocó la huelga de brazos caídos y el voto femenino se estableció en 1950.
Si hubo algún tipo de investigación para escribir esta obra, definitivamente fue muy descuidada. Según el libro, Luz Marina Goicoechea fue retratada por don Guido Sáenz, cuando el retrato famoso al que se refiere es de María Cristina Goicoechea y fue pintado por doña Luisa González de Sáenz, madre de don Guido. Pero allí no acaban los anacronismos. Llama Nelson Rockefeller a John D. Rockefeller y pone al General Tomás Guardia a interactuar con personas que llegaron a Costa Rica cincuenta años después de su muerte.
Algo verdaderamente extraño en este libro es el cambio de nombres. A Tomás Soley Güell, el ministro de hacienda de don Ricardo, lo llama Benito Solera Güell, sin que haya motivo que lo justifique, ya que lo menciona solamente de pasada. En cambio, el asesinato de Alberto González Lahmann y la enfermedad de doña Flora Luján si se cuentan con nombres y apellidos, lo cual es, por decir lo menos, una falta de delicadeza y de consideración a sus parientes.
A Yolanda Oreamuno la llama Amanda Solano. El cambio de nombre jugó en contra, porque la protagonista de la novela firma sus cartas como AS, lo cual no tiene el encanto de la firma real de Yolanda, que firmaba sus cartas como YO.
Yolanda murió en México en 1956. Poco después, por iniciativa de doña Olga de Benedictis, esposa del presidente Mario Echandi, sus restos fueron repatriados y sepultados en el cementerio general de San José. 
La novela arranca en ese cementerio, ante la tumba sin nombre de la brillante escritora fallecida lejos de su patria. En las primeras págnias, el narrador ofrece contar la vida de esa persona, pero la oferta no se cumple. En lugar de una novela con la escritora como protagonista, los capítulos posteriores del libro se limitan a tres largos monólogos. El primero, de doña Vera Tinoco Rodríguez, el segundo de Lilia Ramos y el tercero de Chavela Vargas. Naturalmente, ninguna de ellas aparece identificada con su verdadero nombre, pero cualquier lector tico las reconocería. No logro comprender por qué, si pretendía escribir sobre la vida de Yolanda, no le dio voz ni protagonismo, sino que la convirtió en un espectro reconstruido a retazos a partir de tres voces. Tampoco comprendo a qué clase de público pretendía dirigirse. Un lector español o latinoamericano difícilmente logrará enterarse de que este libro se refiere a una persona que realmente existió. Para un lector costarricense, como ya se dijo, la lectura está llena de tropiezos por la abundancia de errores e inexactitudes. Alguien que nunca haya oído hablar de Yolanda Oreamuno, no encontrará en estas páginas ninguna referencia que la acerque a ella. Quien conozca la vida y obra de Yolanda, este libro no tiene nada nuevo que decirle.
El libro de Sergio Ramírez Mercado, a fin de cuentas, no hace más que repetir los tres lugares comunes que han llegado a ser recurrentes cada vez que se habla de Yolanda. Se dice que era una mujer de talento extraordinario en un medio cultural aldeano y aburrido. Curiosamente, si alguna vez el medio cultural costarricense fue realmente activo y brillante, fue en la década de los cuarenta, cuando grandes escritores como la propia Yolanda, Max Jiménez, don Joaquín, don Fabián, Calufa, Carmen Lyra entre otros generaban un debate amplio y de altura en el Repertorio Americano de don Joaquín García Monge. Esa década de los cuarenta, muy lejos del aburrimiento adocenado con que la pintan, fue escenario de grandes reformas y conflictos políticos que acabaron en una guerra civil. En la artes plásticas, por su parte, ya surgían grandes talentos como don Paco Amighetti, Francisco Zúñiga, de nuevo Max Jiménez y toda la generación nacionalista.
Es verdad que la obra de Yolanda, a pesar de sus enormes méritos, no trascendió más allá del medio local. Sin embargo, su caso no es excepcional ni único. Todos los autores latinoamericanos fallecidos en la década de los cincuenta son poco recordados en su propio país y totalmente desconocidos fuera de sus fronteras.
En todo caso, la vida y obra de Yolanda brindan material abundante para escribir una novela. La fugitiva, de don Sergio Ramírez Mercado, quedó en un intento fallido.
Al final del libro aparece la leyenda: "Esta novela es una obra de ficción. Todos los personajes y situaciones han sido inventados y se deben a la imaginación del autor."  Dicha afirmación es falsa. La imaginación de don Sergio no inventó a Clorito Picado, ni a Moreno Cañas, ni a Monseñor Sanabria, ni a don Pepe Figueres. Los personajes de este libro no fueron inventados, sino alterados por el autor. Siendo así, tal vez mi apreciación de este libro esté totalmente equivocada. Le pedí peras al olmo. Quizá Sergio Ramírez no quiso escribir sobre Yolanda sino, usando su vida como base, escribir una novela con todas las licencias que la ficción otorga al autor.
INCS 2571

lunes, 17 de noviembre de 2014

Don Guido habla de los otros.

Piedra Azul atisbos en mi vida. Guido
Sáenz. Editorial Costa Rica. 2002.
A lo largo de su vida, don Guido Sáenz se ha impuesto grandes y duras tareas, ha combatido amargas batallas y ha obtenido importantes logros. Hijo de don Adolfo González Feo, quien tenía una gran habilidad para la escultura, y de la pintora Luisa González de Sáenz, don Guido pasó toda su infancia y juventud rodeado de artistas como Teodorico Quirós, Fausto Pacheco, Francisco Amighetti, Margarita Bertheau o Manuel de la Cruz González. Todos ellos, junto con los padres de don Guido, formaban parte del Círculo de Amigos del Arte cuyas exposiciones, conferencias y talleres fueron fundamentales para el desarrollo de las artes plásticas en nuestro país.
Siendo un niño, don Guido montó un teatro con sus compañeros de escuela en su casa en barrio La California. Como los pequeños de su edad no tenían dinero, cobraban de entrada botellas vacías para luego venderlas.
Aunque en aquel tiempo no era una carrera con muchas oportunidades, apenas terminó el bachillerato en el Colegio Seminario, don Guido quiso ser pianista. Su padre lo envió a Boston, donde estuvo poco más de un año estudiando el instrumento con disciplina y en busca de la excelencia. Problemas de salud de su padre lo obligaron a regresar a Costa Rica para hacerse cargo del negocio familiar. Sin embargo, a pesar de sus responsabilidades como empresario, don Guido se mantuvo siempre activo en el plano artístico. En los años cincuenta formó parte del Teatro Arlequín, primera compañía estable de nuestro país que durante todo el largo tiempo que estuvo activa, ofreció al público un repertorio bien escogido con montajes esmerados. Se decía que antes del Teatro Arlequín, la actividad teatral en Costa Rica consistía en que un grupo de amigos ensayara tres meses para luego presentar la obra dos noches. El Arlequín hizo teatro para el público y público para el teatro.
Guido Sáenz en sus tiempos de escolar
en el Edificio Metálico.
Sin embargo, la labor más conocida de Guido Sáenz  fue en el campo de la música. Con el total apoyo de don Pepe Figueres, reestructuró la Orquesta Sinfónica Nacional para elevar su calidad hasta el más alto nivel e inauguró el programa juvenil para formar nuevos músicos desde la más tierna infancia. 
En los seis años que fue viceministro y en los dos años que fue Ministro de Cultura, don Guido ideó y desarrolló grandes proyectos. Fundó el Museo de Arte Costarricense, el Parque Metropolitano de La Sabana y la Plaza de la Cultura. Al terminar su paso por la función pública, publicó el libro Para qué tractores sin violines y la obra teatral La llamada del tiempo. Escribió en la prensa y dio clases en la universidad. Produjo el programa de televisión Atisbos, en que entrevistaba a destacadas figuras de la música, el arte y la literatura. Ya retirado, se dedicó a pintar paisajes al óleo. Por su capacidad de concretar proyectos de gran calidad en poco tiempo, fue llamado a hacerse cargo de la creación del Parque de la Paz y de la reestructuración del Sistema Nacional de Radio y Televisión Cultural, que estaba a punto de cerrar. Cuando fue Ministro de Cultura por segunda vez, recuperó la Antigua Aduana para convertirla en un amplio centro cultural. 
Pianista, actor, escritor, columnista, pintor, divulgador cultural en la televisión, don Guido es, sin lugar a dudas, una de los grandes personajes del sector cultural costarricense. Sus dos mayores méritos, en mi opinión, son su disposición a ayudar y su preocupación por divulgar cualquier esfuerzo valioso. A lo largo de cincuenta años don Guido ha colaborado con todas las iniciativas de teatro, danza, cine, música y literatura que se lo han solicitado. Los gestores saben que si su proyecto es serio y de calidad, Guido Sáenz los respaldará en todo lo que esté a su alcance. Y en cada proyecto, la preocupación principal de don Guido es, junto a la excelencia, la divulgación. Siempre procura que la mayor cantidad de personas tenga acceso  y se llegue a sentir parte de los proyectos artísticos que promueve.
Este era el edificio que se iba a construir para albergar los
Museos del Banco Central, al lado del Teatro Nacional.
Los planos y el presupuesto ya estaban aprobados, pero
cuando don Guido vio la fachada norte del Teatro, decidió
que no debía ocultarse y los Museos del Banco Central
se hicieron subterráneos.
En 2002, poco antes de asumir por segunda vez el Ministerio de Cultura, don Guido publicó Piedra Azul: Atisbos en mi vida. Un libro autobiográfico lleno de imágenes y situaciones tal vez lejanas en el tiempo pero todavía frescas en la memoria, sobre las que, en más de una ocasión, se brinda información sorprendente.
Cualquiera pensaría que al publicar sus memorias don Guido entregaría un texto completamente concentrado en su figura y sus andanzas pero, por increíble que pueda parecerles a quienes lo acusan de vanidoso y egocéntrico, Piedra Azul: Atisbos en mi vida es más bien un recuento del desarrollo cultural costarricense de las últimas décadas que el autor, protagonista y testigo de primera línea, narra con gran discreción sobre su persona para llamar la atención
Como eran varios pisos para abajo y la construcción se
demoró, los habitantes de San José, algo impacientes,
decían que, en vez de Plaza de la Cultura, lo que se hizo era
el hueco de la cultura.
sobre otras figuras.
En este libro don Guido habla de los otros. De su madre, la pintora Luisa González de Sáenz, del escritor José Marín Cañas, de Teodorico Quirós, de don Paco Amighetti, de don Pepe Figueres, de Guido Fernández o del presidente Daniel Oduber. Incluye también entre sus personajes a figuras actuales y activas, como Jiménez Deredia, Jacques Sagot, Carlos Lachner, Oscar Arias o Frankling Chang. En su vistazo internacional aparecen Horowitz, García Márquez, Andrew Wyeth y, naturalmente, dedica un capítulo aparte a Chopin, que es uno de los grandes amores de su vida.
Pero más que destacar el hecho de que don Guido, al incursionar en el género autobiográfico, haya optado por asumir el papel de hilo conductor


La Plaza de la Cultura en 1980.
entre muchos personajes y muchas situaciones, debe llamarse la atención sobre los dos sentimientos que profesa y manifiesta por las personas que menciona. A saber: admiración y agradecimiento.
La admiración de don Guido por los íconos nacionales o extranjeros a quienes tuvo la oportunidad de conocer es desbordada y el agradecimiento ante quienes lo apoyaron en sus proyectos es inmenso.
A sus adversarios apenas los menciona. A lo largo de su vida y sus luchas, hubo quienes no comprendieron la importancia de las propuestas que planteaba y, al referirse a ellos, don Guido tiene la altura de solamente señalar su incomprensión. Hubo también quienes lo atacaron con bajeza  y a estos ni siquiera los menciona por sus nombres, aunque sí recuerda, a veces en detalle y ciertamente dolido, la forma en que fue tratado. Lo que más lamenta don Guido al repasar sus tragos amargos es que, aunque en el desarrollo de su trabajo se ha topado con aliados y oponentes, algunos hayan tratado de perjudicarlo a él destruyendo sus obras, sin percatarse que a quien perjudicaban actuando así era al país.
Don Guido supervisa las obras en La Sabana.
Pero el libro tiene un tono alegre y, mientras las situaciones enojosas se consignan lo más escuetamente posible, los instantes felices se recrean, en cambio, extensa y minuciosamente.
En las páginas de Piedra Azul: Atisbos en mi vida, encontramos un Guido Sáenz contento y agradecido con la vida por las oportunidades que tuvo de aproximarse a las personas y los sitios de sus afectos y por haber logrado coronar con éxito las ambiciosas propuestas que emprendió, desarrolló y coronó con éxito. 
Aunque los grandes proyectos no los hace un solo individuo, sino que son la suma de esfuerzos de muchas personas e instituciones involucradas, lo cierto es que, en los que realizó don Guido, él puso los dos ingredientes clave: la iniciativa y la terquedad. Una iniciativa apremiante que hacía que todos pusieran manos a la obra, y una terquedad inflexible ante obstáculos y críticas que habrían hecho desistir a cualquier otro. 
La Sabana, más o menos por la época que fue terminada.
El espacio incluye Museo de Arte Costarricense, gimnasios,
pista de atletismo, piscinas, lago, canchas de fútbol,
béisbol y baloncesto. 
De hecho, al repasar sus grandes obras, don Guido no pone énfasis en el logro sino en la lucha. Más que autofelicitarse por la labor cumplida, lo que hace es recordar el desgaste que significó todo ese trabajo autoimpuesto.
En el repaso aparecen detalles simpáticos y desconocidos, como que los vecinos de La Sabana pidieron que se detuviera la excavación del lago porque los tractores que hacían el hueco levantaban demasiado polvo o que la decisión de crear la Plaza de la Cultura (y detener la construcción del edificio que iba a levantarse en ese sitio) surgió cuando don Guido, Bernal Jiménez y el presidente Oduber miraron por primera vez, desde la esquina de La Llacuna, el costado norte del Teatro Nacional el mismo día que derrumbaron las casas que lo cubrían.
Por esos detalles, que quizá algunos consideren puramente anecdóticos o de historia menuda, pero que ciertamente solo un protagonista de los hechos conoce, hacen de este libro todo un documento testimonial sobre el desarrollo de las artes en Costa Rica.
Una página del libro, en que don Guido cuenta la charla que tuvo con Oscar Arias la vez que la Sala IV dijo que no avalaba la reelección, acabó generando una sonada polémica. 
En el terreno puramente personal, don Guido optó por una discreción que roza con el silencio absoluto. Naturalmente se refiere a su parentela y a sus ancestros, habla de su padres largamente así como de su matrimonio de cincuenta años con Daisy Shelby, pero lo cierto del caso es que sus memorias se ocupan principalmente de su vida pública como artista (pianista, actor, pintor) o como gestor cultural (ministro, profesor universitario, conductor de televisión etc.). Las únicas anécdotas personales y familiares se ubican, como era de esperarse, en su infancia, período desde el que ya se vislumbraba lo que se venía: Un melómano que tenía como juguete favorito un tocadiscos, un actor que estableció su propio teatrito con los compañeros de la pandilla y un empresario que empezó a levantar una pequeña fortuna infantil a base de botellas vacías.
Esa actitud de repasar su vida pública y guardar silencio sobre su vida privada no es nueva en Guido Sáenz quien, a diferencia de otras celebridades locales, acaba siendo a partes iguales conocido y desconocido para quienes no forman parte de su círculo íntimo.
La publicación del libro Piedra Azul: Atisbos en mi vida fue aprobada por la Editorial Costa Rica cuando se suponía que don Guido se aproximaba al retiro. El llamado que le hizo el Presidente Pacheco para que ocupara de nuevo el Ministerio de Cultura lo hizo escribir una Addenda sobre este nuevo capítulo en su vida.
La energía y la voluntad emprendedora de don Guido está lejos de agotarse. No es casualidad que este hombre que empezó a pintar a los sesenta años y que aún es novato en el uso de la computadora, haya titulado el primer capítulo de sus memorias con un sugerente: Comenzar a cualquier edad.
En lo personal, le tengo un gran aprecio a don Guido. Cuando conversamos
siempre me hace sonreír con su fino, oportuno e ingenioso sentido del humor.
INSC: 1804

martes, 7 de octubre de 2014

Para qué tractores sin violines.

Para qué tractores sin violines.
Guido Sáenz. Costa Rica, 2012
En 1941, por iniciativa de la entonces Primera Dama Yvonne Clays Spoelders, se fundó la Orquesta Sinfónica Nacional de Costa Rica. Sin embargo, ser músico, en la Costa Rica de los años cuarenta, no era precisamente una carrera profesional. Los músicos de entonces habían medio aprendido a tocar un instrumento en clases informales y el nivel de ejecución era todo menos exigente. Sus condiciones de vida eran modestas. Daban clases en escuelas, tocaban en misas, funerales y rezos y amenizaban una que otra fiesta.
A pesar de lo poco prometedor de la carrera, el joven Guido Sáenz, apenas terminó sus estudios de bachillerato en el Colegio Seminario, decidió dedicarse a la música. Su padre, don Adolfo, haciendo un gran esfuerzo, lo envió a Boston a estudiar piano.  Allá, en Massachusetts, don Guido conoció la excelencia. Sus compañeros ensayaban horas y horas los mismos acordes hasta dominarlos plenamente, los profesores eran implacables y la competencia feroz.  La mediocridad, el conformismo y el camino fácil no tenían cabida en aquel ambiente. En la música profesional no hay lugar para el término medio.
Cuando regresó a Costa Rica, el nivel de la orquesta sinfónica le lastimaba tanto los oídos como el orgullo y se puso la meta de hacer algo en cuanto tuviera oportunidad. La oportunidad llegó en 1970, cuando el presidente José Figueres lo nombró en la Junta Directiva de la Sinfónica, primero, y viceministro de cultura, después.
Los músicos de la sinfónica se alarmaron al punto de publicar manifiestos en la prensa advirtiendo que “el mayor enemigo” de la sinfónica había tomado las riendas. Sabían, y estaban en lo cierto, que don Guido iba a hacer algo y algo grande además.
Don Guido fue honesto desde el inicio. En su opinión, la sinfónica era insalvable. Proponía despedir a todos los músicos. Los que quisieran continuar, deberían someterse a pruebas para ser recontratados y, luego, llenar los puestos que quedaran vacantes con músicos extranjeros que servirían además como profesores para las futuras generaciones.
Los músicos rechazaron el plan y recalcaron el hecho de que ensayaban pocas horas porque tenían sueldos muy bajos. ¿Habría solucionado la situación pagarles más y que ensayaran más horas? Cada reunión era más tensa que la anterior. Don Guido sostenía que el despido general era la salida más digna para evitar una humillante destitución individual pero, como no logró que aceptaran su propuesta, treinta y un músicos, incluyendo el director, recibieron su carta de despido y solamente dieciséis conservaron su puesto.
La decisión generó un escándalo en la prensa en que tomaron parte diversas organizaciones sindicales y hasta el propio Ministerio de Trabajo. Se exigía revocar la decisión. En una amarga reunión con los despedidos, don Guido estuvo a punto de flaquear. Se dio cuenta de que, para ellos, formar parte de la Sinfónica tenía un valor en sus vidas más grande de lo que él se hubiera podido imaginar. “Estoy creando víctimas de una situación de la cual ellos no tienen la culpa”, se dijo. Pero, a pesar del drama humano que lo angustiaba, don Guido comprendió que aquellos músicos, inevitablemente, debían ser el precio de la transformación y él, también inevitablemente, debía hacer el papel del malo de la película. En los artículos de la prensa, nadie entendía cómo don Guido podía “hacerles eso” a los viejos artistas costarricenses.

Al ser consultado sobre el asunto, el Presidente de la República, don Pepe Figueres, escuetamente dijo: “Don Guido es la máxima autoridad en materia de música en el país. Lo que él haga está bien hecho”. El propio don Pepe le diría más tarde a don Guido: “No le voy a echar una mano, sino las dos.”
Gerald Brown, don Pepe Figueres y don Guido Sáenz.

Con el incondicional apoyo del presidente, se contrató un nuevo director, Gerald Brown, se trajeron músicos muy bien seleccionados de distintos países y se compraron los instrumentos para iniciar el programa juvenil.
La noche del primer concierto de la nueva sinfónica, desde el gallinero del teatro, los músicos marginados lanzaron papeles que decían, entre otras cosas: “…esta nueva orquesta se ha formado sobre el dolor y la angustia de muchos hogares… se han hecho –dicen sus autores- para dignificar la profesión, humillando a treinta y un músicos.”
Cuando llegaron los nuevos instrumentos, entre los que había unos que parecían de juguete, por ser del tamaño adecuado para que los manipularan niños de corta edad, se puso un pequeño aviso en el periódico invitando a los padres de familia a que matricularan a sus hijos en el programa juvenil. La fila para las audiciones llegó a ser de tres cuadras. Se evaluaban su oído y sus aptitudes y los maestros descubrieron, en las maratónicas horas de audiciones, que talento sobraba. Había que asignarles, de acuerdo con su habilidad, un instrumento. Situación difícil porque, según cuenta don Guido, en una orquesta sinfónica más de la mitad de los instrumentos son de cuerda y todos los chiquillos pedían una corneta.  El director Brown y los maestros internacionales, cobraban su sueldo por tocar en la Sinfónica Nacional y daban clases ad honorem en el programa juvenil. Pocos años después, en 1978, la Orquesta Sinfónica Juvenil de Costa Rica se presentó en Washington D.C., tocó ante el presidente Carter en la Casa Blanca, en la sede de la ONU en New York y en Baltimore, Maryland y cosechó aplausos ante un público que solo aplaude la excelencia.
Fue en un discurso improvisado, pronunciado el 26 de julio de 1972 ante los niños que recibían su instrumento musical, que el presidente Figueres soltó la frase, que acabaría siendo célebre, de “¿Para qué tractores sin violines?” En Costa Rica había muchas tareas pendientes. Industrializar la agricultura era una de ellas. Había que cambiar las palas por el tractor. Sin embargo, decía don Pepe, además de procurar la riqueza y la abundancia, tenemos que preguntarnos qué clase de sociedad seremos cuando hayamos dejado la pobreza atrás.  Tan importante es, para el desarrollo de Costa Rica, la importación de tractores, como la importación de violines.
El 1 de mayo  de 1973, en su discurso de informe de labores ante la Asamblea Legislativa, don Pepe amplió el concepto. Manifestó que antes solo le preocupaba la pobreza y luego empezaron a preocuparle tanto la pobreza como la riqueza. Manifestó su confianza en que la injusta distribución del ingreso sería superada, pero al mismo tiempo externó su preocupación de que a la larga pudiéramos llegar a ser un pueblo rico, pero inculto. El esfuerzo por elevar el nivel cultural es tan prioritario como el de elevar el nivel material.
Hoy, tantos años después de aquellas palabras, Costa Rica sigue con tareas pendientes en muchos aspectos. Sin embargo, gracias al impresionante y ya legendario esfuerzo de don Pepe y don Guido, la música no es uno de ellos. En Costa Rica, no solo la Orquesta Sinfónica Nacional y la Juvenil son de un altísimo nivel, sino que los cientos de jóvenes que han recibido formación profesional en sus programas y han optado por el jazz, la música bailable, las baladas populares o cualquier otro género, tienen claro que la mediocridad no tiene cabida en la carrera de un músico, que el público es exigente y que en la competencia feroz solamente se impone la calidad. Los ticos nos quejamos de todo y lo criticamos todo, excepto nuestro nivel musical, que sabemos que es alto. Los favores se devuelven y hoy muchos de los niños que recibieron clases de maestros de distintas nacionalidades, se encuentran repartidos alrededor del mundo como solistas, directores o profesores.
Don Guido Sáenz ha realizado grandes obras por la cultura en Costa Rica. El parque de la Sabana, el parque de la Paz, el Teatro Melico Salazar, el Museo de Arte Costarricense, la Plaza de la Cultura, el rescate de la Aduana, pero todas esas son obras de infraestructura, en que su lucha se centró contra una burocracia que no estaba habituada a trabajar a su ritmo.
En el caso de la reorganización de la Sinfónica, la lucha fue un drama humano y doloroso. Incluso satisfecho por los logros, a don Guido no deja de dolerle el sufrimiento de aquellas víctimas no culpables de un proceso inevitable. En homenaje a los músicos que se quedaron en el camino, don Guido escribió una conmovedora pieza teatral titulada La llamada del tiempo, que fue estrenada en 1989, galardonada con el Premio Nacional a la mejor obra dramática de ese año y publicada en 1992.
Para qué tractores sin violines, el libro en que don Guido cuenta toda la aventura que fue replantear la sinfónica en aras de lograr la excelencia, fue publicado por la Editorial Costa Rica en 1982. Una segunda edición de este libro, en 2012, fue publicada y financiada personalmente por don Guido, quien entregó el tiraje íntegro a la Orquesta Sinfónica para que, con su venta, obtuviera algunos recursos para cubrir esas necesidades que nunca faltan.

Vale la pena que este libro se repase para que tengamos claro que las cosas no se hacen solas, que si se quiere alcanzar un alto nivel se requiere trabajo, voluntad, criterio y, además de los recursos materiales, que siempre son necesarios, en el proceso habrá que pagar un alto precio de dolor humano, el dolor de sufrir uno mismo y, en ocasiones inevitablemente,  de hacer sufrir a otros.
Guido Sáenz retratado por Faustino Desinach.
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