sábado, 27 de febrero de 2016

Ensayistas costarricenses.

Ensayistas costarricenses. Luis Ferrero.
Imprenta Lehmann, Costa Rica, 1972.
En 1971, como parte de la celebración del aniversario número setenta y cinco de la imprenta Lehmann, Luis Ferrero publicó con el auspicio de esa empresa una antología de ensayistas costarricenses. El libro, que incluye textos de dieciséis autores, tuvo buena acogida y, a pesar de que el tiraje inicial fue bastante grande, fue reeditado al año siguiente de su aparición. 
La larga presentación de las páginas iniciales, escrita por Ferrero, es más interesante en lo histórico que en lo teórico. Al definir y describir el género de ensayo, el compilador cae con frecuencia en ambigüedades y contradicciones. Con cierta frecuencia, además, se permite soltar afirmaciones verdaderamente difíciles de sostener o sustentar. La parte histórica, aunque tiene también sus pifias (dice que la Universidad de Santo Tomás tuvo "tres lustros" de existencia, cuando en realidad fueron poco más de cuatro décadas), ofrece un recuento panorámico de publicaciones desde El Noticioso Universal, que aparecía cada dos semanas en 1833, hasta los tiempos en que la antología fue publicada.
Los autores incluidos son Roberto Brenes Mesén, Joaquín García Monge, Omar Dengo, Rómulo Tovar, Rafael Cardona, Mario Sancho, Moisés Vincenzi, León Pacheco, Carlos Monge Alfaro, Rodrigo Facio, Abelardo Bonilla, Mario Alberto Jiménez, Luis Barahona, Isaac Felipe Azofeifa, Guillermo Malavassi y José Luis Vega Carballo.    
Cada vez que aparece una antología, las críticas se centran en el criterio de selección. Nunca falta un escritor menor que se cuela y otro de grandes méritos que se queda por fuera. A veces llega a cansar la discusión de por qué tales autores fueron incluidos y tales otros excluidos pero, inevitablemente, el tema sale a flote. El trabajo del compilador suele tener como recompensa el agradecimiento de pocos y el resentimiento de muchos. 
En este caso en particular, la primera objeción que se hizo escuchar, y con fuerza, fue que no incluyó a ninguna mujer pese a que había de dónde escoger. En la bibliografía sobre el ensayo en Costa Rica, que aparece en las páginas finales, se mencionan obras de Lilia Ramos y Emma Gamboa, pero Carmen Lyra y Yolanda Oreamuno, entre otras muchas, fueron totalmente ignoradas. 
La selección tiene otros desbalances también en cuanto a época y estilo. Todos los autores incluidos publicaron en el Siglo XX. Don Luis sostiene que Brenes Mesén y García Monge fueron los primeros ensayistas costarricenses, ignorando, por citar algunos, a Carlos Gagini, Ricardo Fernández Guardia, el Doctor Zambrana, don Ricardo Jiménez Oreamuno y su hermano Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno, que son bastante anteriores.  
Las modas y los gustos cambian en todo, incluyendo la prosa. A un lector de la segunda mitad del Siglo XX es posible que le resulten melosos (y hasta empalagosos), los sobreadjetivados, rebuscados y alambicados escritos del Dr. José María Castro Madriz, Alejandro Aguilar Machado o Alejandro Alvarado Quirós, pero estos autores, en medio de su prosa florida y ornamentada, desarrollaron propuestas dignas de atención, así sea como mera curiosidad. 
El ensayo es un género tan amplio que caben en él los más diversos temas. Tomás Soley Güell escribió valiosos ensayos sobre economía y Rogelio Sotela sobre literatura y derecho. 
La ausencia de mujeres y la falta de diversidad temática y estilística hacen que Ensayistas costarricenses no sea un muestrario representativo sobre el ensayo en Costa Rica.
Ni siquiera representa bien a los autores. Los escritos incluidos de Carlos Monge Alfaro, quien dejó valiosos ensayos históricos, y Rodrigo Facio, quien escribió in extenso sobre la Social Democracia, son sendas propuestas sobre la función de la universidad que resultan verdaderamente soporíferas para quien no tenga vocación de burócrata educativo. De la inmensa producción de estos dos intelectuales, Ferrero escogió lo de menor interés general.
Verdaderamente inexplicable es que Ferrero, tras haber hecho a un lado ensayos que, en su momento, despertaron discusiones memorables, decidiera publicar uno inédito. El de Guillermo Malavassi es el único que no había sido publicado previamente a su inclusión en esta antología.
El último, de José Luis Vega Carballo, es una buena muestra de la tendencia, que acabó imponiéndose posteriormente, de llamar ensayo a las investigaciones académicas. 
El texto de Brenes Mesén, de tema filosófico, y el de Moisés Vincenzi, sobre ética, son los más interesantes del libro.
Los demás se refieren a patriotismo tico o, como anuncia Ferrero, "la costarriqueñidad". Allí están Ante el Monumento Nacional, de García Monge, Hagamos política de Omar Dengo, Exhortación Patriótica de Rómulo Tovar, Abel y Caín en el ser histórico de la nacionalidad costarricense de Abelardo Bonilla, Los ticos y la máscara de Mario Alberto Jiménez, Tres notas sobre el carácter costarricense de Luis Barahona, y La isla que somos de Isaac Felipe Azofeifa. Estas obras, muy populares y aplaudidas en su momento, son más emotivas que profundas y sirvieron de base al mito de la excepcionalidad del costarricense. La sociedad costarricense, sostienen, es muy especial porque los individuos que la forman comparten una "personalidad nacional" que, tanto en sus virtudes como defectos, está hondamente marcada en el fondo de su ser. Dicen que la historia (de la cual suelen omitir los episodios más escabrosos) demuestra que los ticos tenemos una manera única de hacer las cosas que nos distingue de los demás pueblos de la Tierra y todos los logros y desgracias que sufrimos están asociados con nuestra singular personalidad colectiva que, inevitablemente, acabará por definir nuestro futuro.
Estos postulados fueron, por años, el discurso tradicional de los actos cívicos en escuelas y colegios. Alexander Jiménez Matarrita, en su libro El imposible país de los filósofos, publicado en 2002, llama a estos autores "los nacionalistas metafísicos" y señala que conceptos como "el ser nacional", "la identidad nacional" y "la singularidad de la Patria" son propios de discursos fascistas. Si existe un "ser nacional" definido, quien no calce con el modelo será un intruso, en el mejor de los casos, o un enemigo, en el peor. Recordemos a Francisco Franco quien creía que su país estaba dividido en dos bandos: España y la Anti España. Cada país, como cada individuo, tiene su historia singular y única, ha tenido ventajas y desventajas particulares y ha atravesado problemas, también muy particulares, que ha debido resolver a su modo. Cada país, con su historia y sus tradiciones es único. Tal vez al observar sus hábitos y forma de actuar como sociedad en conjunto sea posible descubrir patrones de conducta mayoritarios, pero de ahí a sostener que existe una "identidad nacional" hay mucho trecho.
Ensayistas costarricenses, de Luis Ferrero, es, en su mayor parte, una antología de nacionalismo metafísico. Un ensayo tan crítico como El ambiente tico y los mitos tropicales, de Yolanda Oreamuno, habría desentonado. En el caso de Mario Sancho, que es uno de los autores incluidos, no se seleccionó su amargo ensayo Costa Rica Suiza Centroamericana, sino uno más potable y acorde con el conjunto.
Siempre le tuve gran aprecio a don Luis Ferrero y respeto mucho su obra y labor divulgadora pero me parece que este libro no es muy afortunado. En todo caso, no ha vuelto a editarse y es ya una verdadera rareza bibliográfica. Si cayera en manos de algún joven estudiante, es muy probable que le daría la impresión de que el ensayo es un género literario pesado, lleno de argumentos complejos escritos en tono de prédica.
Nunca me he atrevido a escribir una reseña sobre un libro sin haberlo leído completo pero debo confesar que, en este caso, no leí el cien por ciento de la obra. La omisión, aclaro, no fue voluntaria. Mi ejemplar, supongo que por errores de imprenta, tiene numerosas páginas en blanco.  Todas esas interrupciones y saltos abruptos en la lectura, lejos de incomodarme, las tomé como un recreo.
INSC: 1397

domingo, 21 de febrero de 2016

Máximo Fernández.

Máximo Fernández. Orlando Salazar
Mora. Ministerio de Cultura, Juventud
y Deportes. Costa Rica, 1975.
Prólogo de Oscar Aguilar Bulgarelli.
Construyó el Castillo Azul, publicó la primera antología de poesía costarricense, fue desterrado tres veces, se postuló para la presidencia de la República en tres oportunidades, la tercera de las cuales ganó las elecciones, pero nunca fue presidente. 
Máximo Fernández Alvarado (1858-1933), fue el político más influyente y poderoso en Costa Rica en las última década del Siglo XIX y la primera del XX, pero su figura ha sido completamente olvidada. Salvo la biografía realizada por Orlando Salazar Mora, publicada por el Ministerio de Cultura en 1976, pocos libros se ocupan de él a fondo.
Nació en Desamparados, octavo y último hijo de una familia de escasos recursos. Su padre era maestro y su madre poseía un pequeña parcela. Cursó la enseñanza primaria en la escuela del General Máximo Jerez. Se destacó en sus estudios de Derecho y, tras recibir su título de abogado con honores, de manos de José María Castro Madriz, logró hacer una considerable fortuna en el ejercicio de su profesión. Hombre extraordinariamente culto, reunió la biblioteca privada más amplia y completa de su época. Pese a ser un intelectual, le gustaba también trabajar con las manos. No solo se arrollaba las mangas para realizar faenas del campo, al lado de sus peones, en sus fincas de café, caña de azúcar y ganado, sino que también era un hábil ebanista que elaboró con sus propias manos los elegantes muebles de su casa.
Indignado porque un libro sobre poesía hispanoamericana, editado en España, no incluía ni un solo poeta costarricense, publicó, en 1890, La Lira Costarricense, primer libro de poesía impreso en Costa Rica. En aquellos años se decía que en Costa Rica no se cultivaba la poesía, sino que solo se cultivaba el café. En realidad, en Costa Rica se escribían versos desde los tiempos de Domingo Jiménez, el coplero, en época de la Colonia, pero ningún poeta tico había publicado nunca un libro. Los poemas aparecían en los periódicos o circulaban impresos en hojas sueltas. En los dos tomos de La Lira Costarricense, aparecen poemas de Jenaro Cardona, Justo A. Facio, José María Alfaro, Rafael Carranza, Félix Mata Valle, Carlos Gagini y Aquileo Echeverría entre otros. Con la publicación de este libro, don Máximo se ganó un lugar insoslayable en la historia de la literatura costarricense, pero lo suyo no era la literatura, sino la política.
Con apenas veintiún años de edad, junto con otros jóvenes rebeldes, publicó el periódico El Preludio, en que criticaba el gobierno del General Tomás Guardia. Don Tomás, que no se distinguía precisamente por su tolerancia a la crítica, mandó apresarlo y dispuso que el joven Máximo fuera desterrado a la Isla del Coco. En el camino a Puntarenas, con la complicidad de unos amigos, logró zafársele a los guardias y tomó rumbo a Chiriquí. Este primer destierro, como los que vendrían luego, fue breve. Don Máximo fue arrestado el 5 de julio de 1879, se escapó al día siguiente, el 15 de setiembre el General decreta una amnistía y el 2 de octubre don Máximo desembarca de regreso en Puntarenas.
Tras graduarse de abogado, en 1891, empieza a desarrollar tanto su carrera pública como privada. Su bufete atrajo grandes clientes que le depararon cuantiosos ingresos. Fue secretario particular del Presidente Bernardo Soto y, tras este modesto cargo, ocuparía los de munícipe, magistrado, diputado y ministro de diversas carteras. Cuando logró hacerse de extensas y productivas fincas, don Máximo siempre reservó algún espacio para cultivar flores exóticas, entre las que destacaban los tulipanes, introducidos por él en el país. Entre sus características personales más destacadas, estaba su extraordinaria memoria. No solamente podía recitar poemas, fragmentos de libros y códigos enteros sin fallar en una sola palabra, sino que también era capaz de saludar por el nombre y preguntar por los miembros de la familia (también por el nombre) a personas con las que se había encontrado solamente en una ocasión y varios años atrás. Su puntualidad era asombrosa. Si enviaba una carta desde Cartago diciendo "Llego a Liberia tal día a tal hora", aparecía justo en el minuto anunciado.
Por su cultura, capacidad demostrada y prestigio, su nombre empezó a sonar para la presidencia de la República. Fue precandidato en 1893, pero perdió la convención del partido por tres votos ante don Carlos Durán.  Las elecciones de 1894 las ganó don Gregorio Trejos, pero el Presidente José Joaquín Rodríguez, mandó arrestar al candidato ganador e impuso como presidente a su yerno Rafael Yglesias Castro. En la localidad de Grecia, hubo un intento de revolución, liderado por el párroco, que dejó catorce muertos.
Se cree que don Máximo fue el fundador del Partido Republicano, pero no es cierto.  El fundador del Partido Republicano fue el herediano Dr. Juan J. Flores, pero don Máximo acabó siendo el líder de la agrupación. Como la bandera republicana era azul, don Máximo pintó de ese color la mansión que construyó en el alto de Cuesta de Moras. El Castillo Azul es actualmente la sede de la Presidencia de la Asamblea Legislativa y sirvió también de Casa Presidencial durante los gobiernos de Alfredo González Flores, Federico Tinoco y Julio Acosta.
Para las elecciones de 1902, don Máximo se postula como candidato, pero el Presidente Rafael Yglesias, siguiendo el ejemplo de su suegro, lo destierra a New Orleans para poder reelegirse. Algo similar ocurre en las elecciones de 1906, cuando el presidente Ascensión Esquivel lo despacha a New York.  En ese año, hasta el expresidente Bernardo Soto acaba en un calabozo, convirtiéndose en el primer expresidente de la República en ser encarcelado.
Máximo Fernández (1858-1933)
Todo parecía indicar que 1910 iba a ser el año en que don Máximo llegaría al poder, pero el caudillo republicano cede la candidatura a don Ricardo Jiménez Oreamuno, quien gana las elecciones. Nadie, ni en ese entonces ni ahora, ha logrado explicar por qué don Máximo no se postuló cuando la tenía segura. Durante el gobierno de don Ricardo, don Máximo se encargó de renegociar la deuda externa de Costa Rica y contó, en esa labor, con la colaboración de su gran amigo Minor Cooper Keith.  La afinidad de don Máximo con el magnate norteamericano empezó a generar sospechas. Especialmente por el hecho de que don Máximo recibió del Estado costarricense una jugosa comisión por sus servicios. Las ideas sociales de don Máximo era progresistas y, para el criterio de la época, hasta revolucionarias. Don Cleto y don Ricardo decían que las reformas sociales que proponía don Máximo para favorecer a los campesinos y trabajadores eran "impracticables". Los críticos de don Máximo, entonces, lo atacaban desde los dos extremos. Para unos, era un revolucionario de ideas socialistas peligrosas y, para otros, un amigo cercano de Keith y los millonarios norteamericanos. Lo irónico es que ambas afirmaciones eran ciertas. El partido Republicano, de tendencia progresista, era financiado por la firma Lindo Brothers.
Las elecciones de 1914 fueron las primeras que se realizaron por la modalidad de voto directo. Anteriormente, el pueblo elegía delegados que no estaban obligados a respetar la voluntad popular. Esta vez, los votantes decidirían quién sería el gobernante y, solamente en el caso de que ninguno de los candidatos obtuviera el cincuenta por ciento de los votos, el congreso elegiría entre los dos candidatos con mayor apoyo. Los resultados de las elecciones populares fueron: Don Máximo 42 %, el Dr. Carlos Durán 30% y don Rafael Yglesias 28%.
Empezaron entonces las componendas. Todos con todos y todos contra todos. Se decía que el Dr. Durán renunciaría a su candidatura y los duranistas votarían por Yglesias. También que don Máximo se aliaría con Yglesias (su enemigo) contra Durán (su adversario). Fueron tantos los pactos negociados bajo la mesa que en la sesión del Congreso del 1 de mayo, que el diputado don Arturo Volio Jiménez calificó como "una farsa", se conocieron las renuncias de los tres candidatos y se eligió como Presidente de la República a don Alfredo González Flores que ni siquiera había sido candidato. Días antes, para garantizar la elección de González Flores, el presidente Ricardo Jiménez le había hecho entrega de los cuarteles a Federico Tinoco Granados.
Tanto González Flores como Federico Tinoco eran simpatizantes de don Máximo, quien acabó como Presidente del Congreso. Es realmente difícil de comprender por qué don Máximo, en vez de ocupar la presidencia, decidió ocupar el poder detrás del trono. Tal vez supuso que manejaría González Flores y a Tinoco, pero si fue así, las cosas no salieron como esperaba.
Como no contaba con el apoyo ni de su propio partido, cuando quebró el Banco Comercial, don Alfredo González se apoderó de los pagarés en que constaban las deudas de los miembros del Congreso, incluido don Máximo. Si los diputados se portaban bien, don Alfredo conservaría los pagarés hasta que prescribieran. Si se le ponían insolentes, los hacía ejecutar (los pagarés, por supuesto, no a los diputados).
La mayor polémica en esa administración, además del debate por la creación de un banco estatal y la creación de impuestos directos, fue el contrato Pinto-Greulich para la explotación petrolera en Costa Rica. El contrato fue aprobado gracias a que el agente de la compañía petrolera en Costa Rica, Lincoln Valentine, sobornó casi al plenario completo. El Sr. Valentine dejó un reporte detallado de las mordidas y los historiadores que han investigado el caso sostienen que es más fácil decir a quién no sobornó que a quién sobornó. Naturalmente, muchos diputados, ministros y funcionarios pidieron que el cheque o el contrato se girara a nombre de otra persona, por aquello de cuidar las apariencias. El de don Máximo consta con nombre, apellidos y firma. Sin embargo, don Máximo no recibió ni un solo centavo del soborno, ya que el contrato estipulaba que el primer giro se haría tres meses después de que la compañía iniciara operaciones en Costa Rica y eso nunca ocurrió.
Las relaciones entre González Flores, Presidente de la República, Máximo Fernández, Presidente del Congreso y Federico Tinoco, Ministro de Guerra, que antes habían sido muy estrechas y cordiales, se rompieron. Don Máximo defendía el contrato con la petrolera, González Flores se oponía y Tinoco prefería buscar opciones con otras compañías. Cuando, en Enero de 1917, Federico Tinoco derrocó a González Flores, don Máximo corrió a refugiarse en la Legación de los Estados Unidos y allí se encontró con González Flores que buscó cobijo bajo el mismo alero. Don Alfredo no quiso reunirse con Tinoco y partió rumbo a Washington a presionar al Presidente Woodrow Wilson para que no reconociera el nuevo régimen de facto. Don Máximo no solo se reunió con Federico Tinoco, quien, en un gesto de buena voluntad, le hizo entrega de los pagarés del Banco Comercial que don Alfredo guardaba en su caja fuerte. Tinoco, vale anotarlo, le devolvió los pagarés a todos los deudores. La última declaración política de don Máximo fue el 30 de marzo de 1917, en que insta a todos sus amigos y antiguos partidarios a que voten por Tinoco.
Tras esta declaración, el viejo líder se retiró a la vida privada y, aunque su nombre fue mencionado en muchas polémicas de la prensa durante los dieciséis años más que vivió, nunca respondió a los cuestionamientos que se le hicieron.
La biografía de don Máximo Fernández fue el trabajo de graduación del historiador Orlando Salazar Mora. La lectura de este libro, además de permitirnos conocer un personaje polémico y fascinante, nos demuestra que la historia de Costa Rica, que consideramos ha sido un modelo de democracia estable durante más de un siglo, ha estado llena de arrestos, decisiones arbitrarias, destierros y componendas bajo la mesa. Máximo Fernández y Gregorio Trejos ganaron las elecciones y nunca fueron presidentes. Rafael Yglesias no ganó las elecciones y fue presidente dos veces.
INSC: 1907                                                                                                                          


sábado, 13 de febrero de 2016

Falso Verdadero. Ensayos de Enrique Góngora Trejos.

Falso Verdadero. Enrique Góngora Trejos.
EUNED, Costa Rica, 1983.
Más que un intelectual, don Enrique Góngora Trejos era un humanista. Primero se graduó en Química y luego en Matemática. Estudió también Física y Filosofía. Tenía una basta cultura general en Historia, Literatura y, muy especialmente, Música. Tocaba la flauta y era el líder de un grupo que se dedicaba a ejecutar música medieval. Como si todo esto fuera poco, era además gourmet y sabía más que nadie de vinos y curiosidades gastronómicas. Publicó varios libros de temas tan diversos como reactores nucleares, pensamiento lógico matemático y afinación de instrumentos de tecla. Sus libros, de más está decirlo, no iban dirigidos al público en general, pero fueron muy apreciados por los entendidos. 
Con semejante nivel de erudición, cualquiera se lo imaginaría volando como un águila en las alturas, alejado por completo de los no iniciados, pero don Enrique, además de un razonamiento muy estructurado, tenía el don de exponer los temas de manera clara, amena y comprensible. Su agudo sentido del humor, siempre oportuno y sorprendente, era un atractivo que mantenía viva la atención tanto de sus lectores como de sus contertulios.
Entre sus múltiples facetas, don Enrique era también fumador y, gracias a ello, se convirtió en columnista. En 1981, el Ministerio de Salud dispuso incluir en todas las cajetillas de cigarrillos la leyenda: "Fumar es dañino para la salud".  Indignado por la hipocresía de la campaña antitabaco, en son de broma envió un artículo al periódico en el que, luego de hacer una reseña histórica del fumado, denunciaba que las autoridades se habían quedado cortas en su esfuerzo. No negaba que el tabaco fuera perjudicial, pero sostenía que había otros peligros sobre los que no se hacían advertencias. Proponía, por ejemplo, que el gobierno pusiera en cada esquina carteles con la leyenda "Salir a la calle es nocivo para la salud", adornados con fotos de pulmones negros de transeúntes callejeros y otras de pulmones rosaditos y sanos de quienes se quedaron encerrados en su casa.
Su debut en la prensa escrita fue un verdadero éxito. Independientemente de que estuvieran de acuerdo o en desacuerdo con lo que decía, los lectores disfrutaron de una nota bien escrita y argumentada, llena de datos curiosos y revelaciones inesperadas, que tenía el doble mérito de poner a pensar y hacer reír. A la semana de haber publicado su artículo, don Eduardo Ulibarri, el director de La Nación, le pidió que colaborara habitualmente. 
Escribía principalmente sobre música, educación y temas medievales. El mito del Dr. Fausto, las brujas y la hechicería formaban también parte de sus temas recurrentes y, quizá por ello, a sus títulos de profesor, músico, químico, físico y matemático se le agregó el de "demonólogo".  En poco tiempo el Dr. Góngora fue conocido como "El Diablo", apodo que no le molestaba en absoluto y más bien lo divertía.
En 1983, cuando ya llevaba más de un año de columnista, recopiló sus artículos en el libro Falso Verdadero, publicado por la EUNED. A pesar de su origen periodístico, los escritos de este este libro son verdaderos ensayos cuya frescura de estilo y riqueza de contenido los hace una fuente inagotable de sorpresas.
Uno de mis favoritos se refiere a la manía de querer saber qué va a ocurrir en el futuro. En tiempos antiguos se creía que haciendo cálculos sobre la posición de los astros se podían vaticinar los acontecimientos venideros y, para que no los tomaran por sorpresa, los reyes tenían astrónomos de planta en su corte. Eran tiempos de mentalidad mágica. Actualmente, con una mentalidad científica, los gobernantes, en vez de astrónomos con planos astrales, tienen como asesores a economistas y expertos en estadísticas que hacen estudios llenos de curvas y gráficos. Los estudios sociales y económicos de la actualidad se toman con tanta seriedad como los horóscopos de la antigüedad, pero ambos tienen en común que sus predicciones nunca pegan una. La diferencia, anota, es que los estudios estadísticos se equivocan con mayor precisión. Por algún misterioso motivo, no queremos resignarnos a aceptar que en el futuro, como decía Benjamín Disraelí, siempre ocurre lo inesperado.
Algo similar sucede con la piedra filosofal, que es tema de otro de sus ensayos. Los alquimistas medievales pretendían encontrar la forma de convertir metales en oro. A las personas del siglo XX, esa pretensión les parece ridícula pero no dejan de buscar la manera de perder peso sin dejar de comer, obtener grandes ingresos sin esforzarse y graduarse sin estudiar.
Como buen profesor de lógica, don Enrique Góngora disfruta desenmascarar lo absurdo y lo hace de una manera jocosa. Ante los sinsentidos de la sociedad, es preferible reír que llorar. Define la labor de la burocracia como el afán de inventar problemas sociales nuevos, proponer soluciones quiméricas a los existentes y enmarcarlo todo en una irracionalidad exquisita.
Los artículos sobre música están llenos de revelaciones inesperadas. Explica que, en la edad media, era común que una música tuviera varias letras o que varias letras fueran cantadas con distinta música. Las estrictas reglas de métrica facilitaban la adaptación. Cuenta que Enrique VIII y Federico II de Prusia eran flautistas y se lamenta que, entre los gobernantes del siglo XX, salvo la honrosa excepción del canciller alemán Helmut Schmidt, que era pianista, los músicos no gobiernen. También lamenta, citando a Napoleón, el hecho que la música esté, inevitablemente, asociada al ruido y que esa vinculación haya venido en aumento. Góngora llama a los equipos de sonido "máquinas de aturdimiento", pero aclara que para su fino oído, hasta el piano es un instrumento escandaloso y prefiere mil veces el cémbalo.
Hombre sumamente refinado, llama a la televisión "el chicle del ojo" y menciona con frecuencia, en varios de sus escritos, a un personaje que denomina como "el pachuco ilustrado", un patán de hábitos ordinarios y modales groseros que, por haber obtenido un título universitario, se cree intelectual. El día que Carlos Alberto Montaner presentó el Manual del perfecto idiota latinoamericano, le propuse al Doctor Góngora que escribiera el manual del pachuco ilustrado. Pensó que era una broma, pero se lo dije en serio.
Convencido liberal, don Enrique se sorprendió al leer, en uno de esos documentos que nadie lee, que parte de la misión de la universidad en que trabajaba consistía en educar para vivir en un ambiente de libertad. En un primer momento pensó que a un esquimal no hay que educarlo para vivir en el círculo polar ni a un indígena de la Amazonia para vivir en el trópico. Tal vez sería necesario educarlos para vivir en ese ambiente a la inversa, al esquimal en el trópico y al indígena de la Amazonia cerca del polo. Sin embargo, meditando más a fondo, llegó a la conclusión de que la educación para vivir en libertad no solo era necesaria, sino urgente. En la misma universidad que pretendía educar para vivir en libertad se encontró el automóvil de uno de los funcionarios ocupando tres espacios del estacionamiento. "Este no sabe vivir en libertad", pensó, "este hombre necesita reglamento, policía, multas y castigo". Una persona que sabe vivir en libertad, curiosamente, no es la que defiende a capa y espada sus derechos individuales, sino la que sabe guardar consideración a los otros sin que lo fuercen a ello.
A pesar de haber sido escritos hace ya bastantes años, estos artículos siguen siendo frescos.  Hay alguna que otra mención a temas y situaciones añejos, pero los acontecimientos de la época en que escribió no fueron nunca el eje central de sus escritos, sino solamente el detonante que acabó llevándolo a reflexiones profundas sobre un tema más amplio. En la actualidad, los columnistas están demasiado concentrados en los asuntos del día a día, que suelen comentar sin ir más allá ni más a fondo.
Quienes escriben en los periódicos, además, en vez de proponer temas al público, procuran referirse a lo que consideran los asuntos de interés del momento. No creo que en los años ochenta hubiera en Costa Rica muchas personas interesadas en la música medieval, en los mitos antiguos o en las sutilezas de la lógica o la etimología, pero la columna de don Enrique Góngora Trejos era muy leída, quizá porque cuando alguien escribe acerca de lo que conoce y lo apasiona a fondo, nunca le faltarán lectores.
INSC: 1863

lunes, 8 de febrero de 2016

Dos antologías poéticas.

Martes de Poesía en el Cuartel de la
Boca del Monte. Osvaldo Sauma.
Tomo I. Costa Rica, 1998.
Tanto el origen como el destino de la poesía es ser pronunciada en voz alta. Los primeros poetas no buscaban ser leídos sino escuchados. La poesía, como la literatura en general, es anterior a la escritura. Imaginando aquel origen remoto, Alejo Carpentier sostenía que las manifestaciones artísticas primitivas, tanto la poesía como la narrativa, junto con el teatro, la música y la danza, nacieron juntas como una sola cosa. La expresión de la creatividad no era algo que se plasmaba en un documento para que llegara posteriormente a un lector lejano, sino un acontecimiento que ocurría en medio de la comunidad.
Poco a poco las artes se fueron segregando y, ya en tiempos medievales, los poetas se clasificaban en dos grupos: los que recorrían el mundo con sus versos y los que componían sus versos alejados del mundo. 
No sé por qué razón en los siglos posteriores el oficio de poeta se fue asociando cada vez más con el ermitaño de reflexiones profundas alejado del mundanal ruido, y cada vez menos con el juglar provocador, alegre y andariego. La poesía, que formaba parte de la fiesta comunitaria, se fue convirtiendo en una excentricidad de cofradía de iniciados. 
En el siglo XIX y principios del XX hubo grandes poetas, pero sus creaciones, pese a ser sublimes (o quizá precisamente por ello) no despertaron el interés del público de la calle. En todo caso, a los poetas no les interesaba lucirse en la plaza pública, sino en los salones. No buscaban fama ni popularidad, sino el elogio de los entendidos. Bertrand Russell llegó a definir a un poeta como alguien que insiste en proclamar lo que a nadie le interesa escuchar.

Martes de Poesía en el Cuartel de la
Boca del Monte. Osvaldo Sauma.
Tomo II. Costa Rica, 1998.
Aunque se solían organizar veladas poéticas en que se recitaban versos y hubo hasta declamadores profesionales que llegaron a grabar discos para ser transmitidos en la radio, durante la primera mitad del Siglo XX había más oportunidades de leer poesía que de escucharla.
La poesía llegó a convertirse en una rara flor de invernadero que nunca se encontraba a la orilla del camino. 
La generación Beat, en los años cincuenta, decidió romper el encierro y realizó lecturas de poemas en bares, cafés y estaciones de tren. Otros poetas, en distintas latitudes, siguieron su ejemplo. Si el público no iba al encuentro de los poetas, los poetas debían aproximarse al público. No bastaba con publicar un libro para ponerlo en los estantes en espera del comprador. Había que buscar al vecino para entregarle el poema de viva voz.
Quien va a la librería, en busca de poemas, inevitablemente termina leyendo a los mismos autores de siempre. Pero a quien tiene la oportunidad de asistir a una lectura de poesía, se le abre la posibilidad de conocer voces nuevas que no están (y tal vez nunca estén) incluidas en catálogo alguno.
En Costa Rica, las lecturas de poesía eran más bien esporádicas y, de todas a las que asistí, recuerdo con especial nostalgia los martes de poesía en el Cuartel de la Boca del Monte.
El Cuartel es un bar restaurante que, en los años noventa, no sé por qué razón, solía estar lleno a reventar los lunes. Ese día, resultaba difícil dar un paso en medio de la multitud que se aglomeraba para beber y conversar de pie, prácticamente codo con codo. Quien no llegaba temprano se quedaba afuera. El resto de la semana, era un lugar tranquilo en que siempre había mesas disponibles. Quizá para atraer un público distinto en un día con pocos clientes, los dueños de lugar, Luis Quirós y Mario Herrera, acogieron la iniciativa del poeta Osvaldo Sauma para realizar lecturas de poesía los martes. 
Lamentablemente me perdí el primer encuentro, el 15 de abril de 1997, en que leyeron el propio Osvaldo, Julio Heredia y Ana Istarú. El martes siguiente, sí tuve la oportunidad de asistir a la lectura de María Montero, María Amanda Rivas y Jorge Arturo. Ese día conocí a Osvaldo Sauma, lo felicité por la iniciativa y, por seguirnos viendo y conversando cada martes, cuando nos dimos cuenta nos habíamos hecho buenos amigos. El propio día que nos conocimos, Osvaldo me obsequió Madre fértil tierra nuestra, que acababa de publicar junto con Freddy Jones. Luego conseguí Retrato en familia y Asabis. Las huellas del desencanto es un libro que aún no he podido encontrar, pero no pierdo la esperanza de hallarlo. Era 1997 y faltaban aún tres años para que Osvaldo publicara esa obra maestra llamada Bitácora del Iluso.
Cada semana, de tres en tres, los poetas fueron ubicándose frente al micrófono. Diana Ávila, Macarena Barahona, Luis Chaves, Alejandra Castro, Roxana Pinto, Mauricio Molina, Alfonso Chase, Jorge Charpentier, Ricardo Ulloa Garay, Juan Antillón, Popo Dada, Norberto Salinas, Esteban Ureña y muchos otros asistieron a la cita semanal con la poesía que llegó a ser un verdadero éxito. La voz se fue corriendo y el público no tardó en hacerse presente. Sin llegar a las dimensiones de verdadero tumulto, típicas de los lunes, quien no llegara temprano a los martes de poesía corría el riesgo de escuchar de pie.  
En las charlas que los asistentes prolongaban hasta altas horas de la noche, me convencí de que mi admirado Bertrand Russell, se equivocó en su definición de poeta. Un poeta es alguien que, si solicita que le presten atención porque quiere decir algo, es escuchado por quienes lo rodean.
Mocambo Nights. Brittis Columbia Arts
Council, Canadá, 2003.
Los martes de poesía se celebraron durante tres meses. La última lectura se realizó el 17 de junio de 1997. Más o menos un año después, fueron publicadas, en dos tomos, las poesías leídas en aquellas noches inolvidables. En el prólogo que presenta la colección, Osvaldo escribió: "Esta antología es el resultado de diecisiete noches. No hay en ella ningún rigor academicista, tampoco pretende cartografiar un mapa de la actual poesía costarricense, ni dar noticia de un género determinado. Devino bajo el azar de los martes, en busca de un auditorio que se mereció escuchar, a viva voz, la tesitura de más de cincuenta lectores. Es decir, hubo un público consciente, participativo y atento, lo que propició su continuación y una alegre complicidad entre el hablante y el receptor."
Con optimismo, en el mismo texto Osvaldo anuncia que este renovado interés por la palabra va a cobrar mayor vitalidad, que se multiplicarán los festivales de poesía y abundarán las lecturas públicas. Dichosamente, sus palabras se cumplieron. Tuve la oportunidad de estar cerca de Osvaldo en los encuentros La Frontera, convocados por Adriano Corrales, en las Lunadas poéticas de Armando Rodríguez Ballesteros, así como de viajar con él a Managua, en el 2002, al encuentro poético centroamericano, organizado por Blanca Castellón, como a Granada, en 2005, al I Festival Internacional de Poesía, convocado por nuestro querido amigo el poeta Francisco de Asís Fernández, Chichí. 
Las lecturas de poesía en espacios públicos han dejado de ser esporádicas. Los festivales poéticos de Costa Rica, Nicaragua, Guatemala, El Salvador, Bogotá y Medellín en Colombia, organizan lecturas en parques, plazas, asilos de ancianos y cárceles. Recuerdo con particular simpatía la vez que, junto con Joan Bernal, asistí a una increíble presentación, organizada por Luis Chaves, en la que, en un cuadrilátero, se alternaba la lectura de poesía con lucha libre. Inolvidable también, la lectura de poesía que presidió Blanca Castellón en la calle frente al mercado de Granada, en que las vendedores de frutas, en vez de pregonar su mercancía, respondían tanto con aprobación como con rechazo a los versos que escuchaban.
Cuando se saca la poesía a la calle, el eco puede llegar lejos. En el año 2000, cuando Osvaldo publicó la Bitácora del Iluso, Claire Yoo, una coreana residente en Brittish Columbia, Canadá, se hallaba de paso en Costa Rica. Se interesó por conocer al poeta y en la reunión, a la que asistí, se mencionó la experiencia de los martes de poesía en el Cuartel. Claire era propietaria del Café Mocambo, en la isla de Victoria y, de regreso a su país, se puso a buscar a los poetas locales y organizó lecturas en su establecimiento. En el año 2003 Osvaldo y yo recibimos por correo sendos ejemplares de Mocambo Nights, la antología que recoge las creaciones de los setenta poetas canadienses que respondieron a su convocatoria. En su carta, Claire se mostraba sorprendida no solo de que en la pequeña isla de Victoria hubiera tantos poetas, sino también tantas personas interesadas en escuchar poesía.
Los libros de poesía son difíciles de vender y tardan en agotarse. Las antologías de Martes de Poesía en el Cuartel de la Boca del Monte y Mocambo Nights, tuvieron una tiraje grande y la edición se agotó en poco tiempo, quizá porque existe mayor interés en leer con detenimiento lo que antes se ha escuchado con atención.
INSC: 1050, 1051, 1382.

domingo, 31 de enero de 2016

El nicaragüense. Ensayo de Pablo Antonio Cuadra.

El nicaragüense. Pablo Antonio Cuadra.
Nicaragua, 1974.
Pablo Antonio Cuadra solía calificar su basta obra en dos categorías: lo que había escrito a mano y lo que había escrito a máquina. Para él, el flujo de la poesía surgía de un enlace entre cerebro y corazón que desembocaba en la mano escribiendo con tinta sobre el papel. El periodismo, al que dedicó gran parte de su vida, era otra cosa. En la sala de redacción, siempre llena de interrupciones, como se escribía a prisa, las ideas iban directo desde la mente hasta la tecla. Algo similar sostenía don Alberto Cañas, quien también ejerció los oficios de literato y periodista,  al afirmar que el escritor compone con la cabeza y el reportero redacta con los dedos.
Conocido principalmente como poeta y ensayista, Pablo Antonio Cuadra fue, durante más de cuarenta años (1954-1988), codirector del Diario La Prensa, de Nicaragua. Tras acogerse a su retiro, continuó al frente del suplemento cultural La Prensa Literaria, que él mismo había creado. Desde 1964 hasta poco antes de su muerte en 2002, publicó una columna muy leída, titulada precisamente Escrito a Máquina, en la que solía reflexionar sobre prácticamente todo lo humano y lo divino.
El nicaragüense, publicado en 1974, es un libro que recopila varias de sus columnas, que habían aparecido previamente en el periódico, en las que el poeta abordó diversos temas relativos a su país, su gente, su historia y sus costumbres.
Se refiere, natural e inevitablemente a Rubén Darío, a quien considera modelo de la dualidad nicaragüense porque "siempre quiso ser otro". A la larga, su intento de ser otro fue su modo de saltar hacia sí mismo. Darío no fue solamente el gran poeta de Nicaragua, sino el gran poeta de la lengua española y su influencia se extendió por todo un siglo. Sin embargo, los poetas jóvenes suelen ser parricidas y la Vanguardia Granadina, de la que Pablo Antonio fue figura principal, mantuvo en sus inicios una postura severamente crítica hacia Darío. Le reclamaban el haber sido afrancesado, el concentrar su atención en la mitología clásica y el haberse desviado de su tradición por tomar la ruta europea. Cantó más a Argentina y a Chile que a su propia tierra y, al plasmar el recuerdo de un buey viejo que miró en su infancia, tituló el poema Allá lejos.
Cuando el libro se publicó, ya eran lejanos los tiempos en que los vanguardistas llamaban a Darío "nuestro amado enemigo" y, superado el rechazo juvenil, Pablo Antonio cita a Octavio Paz, quien afirmó que el modernismo de Darío no era una evasión de la realidad americana, sino una fuga de lo local en busca de la actualidad universal.
Pablo Antonio comprende que la fidelidad de Darío a su patria consistió en abandonarla y encuentra, en la vida y obra del gran poeta, un reflejo de la historia de Nicaragua. La dualidad que sufrió Darío entre su carne y su alma, entre su poesía, tan sublime y elevada, y su agobiada vida llena de tropiezos y dificultades, hace inteligible la dramática historia de su país, llena tanto de episodios admirables como dolorosos.
Nicaragua, un pueblo de enorme riqueza cultural, sufre de pobreza material. Es un país en el que surgieron grandes escritores en tiempos en que buena parte de su población era analfabeta.
La geografía, la historia, la literatura y hasta las costumbres y la vida cotidiana de Nicaragua son fascinantes como temas de reflexión y Pablo Antonio, en este libro lo que hace es compartir sus reflexiones acerca de su país. Observa, piensa, recuerda, propone explicaciones y lo escribe todo a máquina, es decir, directamente del pensamiento a la tecla. No se trata de un libro informativo ni de un análisis metódico. En ningún momento intenta describir ni estructurar. De hecho, en el libro hay verdaderamente pocos datos y, ese detalle, lejos de ser un defecto, es más bien uno de los mayores atractivos de estas páginas. No se trata de un estudio formal y estructurado, sino casi de un coloquio, de una conversación de tarde soleada meciéndose en un butaco.
Pablo Antonio salta de lo erudito a lo cotidiano. A partir de El Güegüense, el primer personaje de la literatura nicaragüense, pasa a comentar la actitud burlona, picaresca, igualada y desconfiada de su pueblo. La pieza teatral, que data del Siglo XVI y que Pablo Antonio fue el primero en publicar en 1942, ha sido el deleite del público durante siglos porque el protagonista, desde su primera aparición en escena, suelta frases con doble sentido. Esa ironía a veces puede costar cara, pero no se abandona. Cuenta que una vez le preguntó a un campesino por sus notorias cicatrices y aquel hombre, sin darle importancia al asunto, le respondió: "Son un par de burlas".
Pablo Antonio va al mercado y entabla una conversación con la señora indígena que le vende frutas. Su historia es como de las de muchas otras mujeres solas (es decir, sin marido) que trabajan de sol a sol para sacar adelante a sus hijos. Ella tiene a los suyos estudiando, pero dice que la escuela cuesta "un chiquinil". Al poeta, gran conocedor de culturas precolombinas, le pareció viajar en el tiempo. Un chiquinil equivalía, en la época de la Colonia, a ocho mil granos de cacao, una verdadera fortuna. Recuerda entonces que los cronistas coloniales, tanto Oviedo como Bobadilla, consignaron que entre los indígenas nicaraguas, solamente a las mujeres se les permitía comerciar en el tiangue o mercado. A los hombres no los dejaban ni mirar desde afuera. Si alguno entraba, lo apaleaban. Preguntándose por qué el comercio era, en los pueblos ancestrales, una actividad exclusivamente femenina, Pablo Antonio regresó a su casa y le mostró a su señora lo que había comprado. Al enterarse, por medio de su esposa, que el precio que había pagado era abusivo, comprendió por qué los hombres no debían ir al mercado.
Particularmente interesantes son las observaciones que hace sobre la vivienda nicaragüense, cuya principal característica es la sencillez. Tradicionalmente, a la hora de construir ha imperado más el sentido práctico que el lujo. Si se trata de un campesino pobre, levanta un rancho fuerte y espacioso con pocas ventanas. Si es rico, una casona con patio central en que la luz y la ventilación vienen de dentro y no de fuera. En ninguno de los dos casos se presta especial atención a los elementos decorativos.
Como para marcar contraste, pone de ejemplo a Costa Rica, en que hasta las casas de piso de tierra se mantienen primorosamente encaladas y las carretas se pintan de colores vistosos. En Nicaragua, una buena casa basta con que sea espaciosa y de una buena carreta solamente se espera que sea fuerte. Ese gusto por la sencillez, lo encuentra también en la poesía. Hasta Darío, con todo su esplendor versallesco, desnuda su poesía de ornamentación cuando se refiere a Nicaragua.
El libro incluye también artículos sobre los ídolos de piedra precolombinos, el traslado de poblaciones y ciudades enteras, el eterno sueño del canal interoceánico y la antigua rivalidad entre León y Granada que, pese a estar ubicadas, respectivamente, al norte y al sur, son conocidas a nivel histórico como el oriente y el occidente.  Pablo Antonio sostiene que, por las dos antiguas ciudades, en Managua llaman "arriba" al este y "abajo" al oeste. Sin entrar a discutirle, creo que el Sol también podría ser un motivo de esa forma particular de referirse a los puntos cardinales. Verdaderamente reveladora es la observación de que León, ciudad conservadora, fue la cuna del Partido Liberal, mientras que en Granada, ciudad liberal, surgió el Partido Conservador. La historia y política, en todo caso, son temas en los que, lamentablemente, no profundiza. Los nombres de Rafaela Herrera, William Walker, Anastasio Somoza y Augusto César Sandino aparecen solamente una vez cada uno y como de pasada. A Máximo Jerez no lo menciona.  En cambio, ofrece abundantes semblanzas de personajes humildes como, por ejemplo, un viejo pescador del lago.
Nicaragua, como cualquier otro país, va cambiando. El mismo Pablo Antonio observa cómo los viejos hábitos son sustituidos por otros nuevos y, aunque las transformaciones son inevitables, se muestra algo preocupado por el futuro. Dice que si en la época precolombina hubiera hecho tanto calor como el de los tiempos en que escribe, el calor habría sido un dios, pero los indígenas vivían a la sombra de unos árboles que sus descendientes se empeñaron en talar.
Debido precisamente a las variaciones que trae consigo el paso del tiempo, los libros que, en su momento, describen un pueblo, a la larga acaban describiendo una época. 
El libro no tiene prólogo, pero en las páginas finales hay un epílogo, titulado Sobre la Universalidad del nicaragüense, escrito por José Coronel Urtecho, en que, con gran fluidez, el poeta hace un repaso de la historia de Nicaragua en que plantea el paralelismo de acontecimientos locales y globales. 
Siempre he creído que el interés por lo universal no está reñido con el interés por lo local. Conociéndose a uno mismo, es más fácil comprender al otro. Conociendo al otro, uno logra una mayor comprensión sobre sí mismo. Conocer el mundo te ayuda a comprender la aldea. Y conocer la aldea, te ayuda  a comprender el mundo.
INSC: 1409


Pablo Antonio Cuadra (1912-2002). Poeta, ensayista y periodista nicaragüense.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...