domingo, 17 de mayo de 2015

Historia oculta de los reyes.

Historia oculta de los reyes. De Jaime I de
Aragón a Carlos II el Hechizado. Óscar
Herradón Ameal. Akásico Libros.
España, 2010.
Al ser derrocado, en 1953, Faruk el rey de Egipto afirmó: "En el futuro solamente habrá cinco reyes: los cuatro de la baraja y el rey de Inglaterra."  Poco antes, el mismo Faruk, procurando recuperar algo del respeto perdido, se había declarado descendiente del profeta Mahoma pero nadie, que se sepa, lo tomó en serio. Proclamar semejante parentesco, en la segunda mitad del Siglo XX, era algo que hasta los más fieles monárquicos considerarían absurdo y ridículo. Sin embargo, en gran medida el poder de los reyes se sostuvo gracias a la idea de que su autoridad tenía origen divino.
Actualmente, las monarquías que han llegado al siglo XXI son apreciadas como una tradición histórica inofensiva de ceremonias llamativas,  o criticadas como una carga anacrónica que no tiene sentido y se mantiene por pura inercia. En el debate actual, tanto los críticos como los admiradores de la monarquía se concentran en el papel ceremonial de la corona, su limitada área de acción y la conducta, constantemente vigilada y no siempre intachable, de los miembros de la realeza.
Para una mente del Siglo XXI no hay razón que justifique un puesto vitalicio y hereditario en ningún cargo, y muy especialmente en el de Jefe de Estado. Al echar la vista atrás y repasar la historia, uno acaba sorprendido de que numerosas monarquías hubieran llegado al Siglo XX sostenidas en una concepción medieval. La familia imperial rusa o austriaca, por ejemplo, en medio de la I Guerra Mundial todavía creían que su autoridad era de Derecho Divino. 
Cuando uno se pone a leer libros sobre reyes se encuentra con complicados árboles genealógicos, alambicadas intrigas, alianzas y traiciones, juegos de poder e intereses por ganar territorios y riquezas por medio de las armas. Sin embargo, todas estas apreciaciones pasan por un alto un elemento fundamental, que es el trasfondo mágico que sostenía todo aquello.
Tras la Ilustración, la independencia de Estados Unidos y la Revolución Francesa, tenemos claro que todos los seres humanos somos iguales en dignidad y derechos y que el poder viene del pueblo. Cada vez leo en un libro de historia que Fulanito de Tal tenía derecho al trono, tengo problemas para comprenderlo porque nadie tiene derecho a trono alguno.   De hecho, una de los retos más complejos a la hora de leer historia es tratar de comprender la mentalidad de la época. No solo el pretendiente creía tener "derecho" a reinar, sino que el mismo pueblo, dividido en bandos, también creía alguien tenía "derecho" a reinar sobre ellos.
En este sentido, ha sido muy ilustrativo para mí leer el libro Historia oculta de los reyes de Óscar Herradón Ameal, que consta de un ensayo introductorio verdaderamente interesante y cinco sorprendentes biografías de monarcas españoles.
El ensayo con que empieza el libro deja claro que el poder de los reyes, más allá de sus armas y riquezas, estuvo basado en la creencia generalizada de que la autoridad del monarca venía directamente de Dios y su persona era sagrada. Incluso en el caso de que un rey fuera derrotado por las armas, acabara en la bancarrota o diera muestras de ser incapaz para ejercer el cargo, la superstición que existía alrededor de su persona y figura habría sido suficiente para sostener la lealtad de sus súbditos.
En ciertas culturas antiguas, Egipto, Japón o China por ejemplo, el monarca, más que una autoridad puesta por Dios, era considerado una deidad en sí mismo. Recuerdo que en la biografía que escribió Emil Ludwig sobre Cleopatra, se menciona lo difícil que era para ella comprender el gobierno de Roma, que era una república y se contrariaba al ver que su amado Julio César no tenía una autoridad incuestionable, sino que tenía que vivir atento e inmerso en las movidas del Senado. No fue sino hasta muchos años después que los césares fueron considerados, en vida, criaturas divinas. Los césares que pretendieron recibir culto como dioses se cuentan literalmente con los dedos de una mano: Calígula, Domiciano, Aurelio, Heliogábalo y Diocleciano.
El libro menciona que en el pueblo Shilluk de Sudán, cuando notaban algún síntoma de debilidad en su rey como, por ejemplo, que no pudiera satisfacer sexualmente a las mujeres, optaban por matarlo. Esta referencia me hizo recordar la novela El reino de este mundo de Alejo Carpentier. En África, la tierra de Ti Noel, el rey era sacerdote, padre, guerrero y cazador, mientras que en Francia, el rey cazaba con la ayuda de monteros, podía ser regañado por un confesor, veía la guerra de lejos y con gran dificultad lograba ser padre de un principito tan enclenque y debilucho como él.
Como en la Biblia se cuenta que Saúl fue ungido rey por Samuel, los reyes cristianos, a partir de Carlomagno, empezaron también a ser ungidos. De hecho, durante toda la edad media y hasta los tiempos de la contrarreforma, los monarcas no eran considerados clérigos ni laicos, sino que se ubicaban en lo que podríamos llamar un estado intermedio, porque su vida era secular pero su misión era sacerdotal. La corona, el cetro, el globo, la espada, así como otras joyas y objetos propios de su oficio, tenían carácter de talismán y representaban poderes sobrenaturales.
Se consideraba que los reyes tenían el don de la profecía y, por ello, se le prestaba mucha atención a sus sueños. Las biografías de reyes antiguos están llenas de eventos extraordinarios. Al rey de Inglaterra Eduardo el Confesor, por ejemplo, se le apareció San Juan Evangelista. Se creía que los sétimos hijos varones de un monarca podían ser curanderos con poderes asombrosos, aunque existía también la posibilidad de que se convirtieran en hombres lobo.
A los reyes se les atribuía también el don de sanar imponiendo sus manos. San Luis, rey de Francia, tocaba las llagas de los heridos para curarlos. Luego se lavaba las manos en una tina y esa agua se la bebían los mismos enfermos para terminar de curarse. Luis XVI, el decapitado por la revolución, fue el último monarca en imponer las manos para curar. Años después, en 1825, a la muerte de Luis XVIII, Carlos X subió al trono de Francia y en una visita a un hospital se le solicitó que impusiera sus manos para sanar enfermos. La superstición había sobrevivido tras la Revolución Francesa y había llegado al Siglo XIX.
Tras la exposición detallada de los poderes mágicos que se atribuían a los reyes, el libro incluye cinco notas biográficas sobre Jaime de Aragón, Alfonso X el Sabio, Felipe II, Felipe IV y Carlos II el Hechizado.
Hay que aclarar que el título del libro es algo ambiguo. Historia oculta de los reyes, no se refiere, como uno pensaría de primera entrada, en datos poco conocidos, sino en la presencia del ocultismo en la vida de estos monarcas.
Jaime de Aragón dejó escritas, o mandó escribir, unas memorias donde deja clara su convicción de que tanto él como sus antepasados estaban emparentados con la divinidad. Su padre, Pedro II, era bastante mujeriego, pero a su esposa María de Montpellier la aborrecía de tal forma que no soportaba mirarla a la cara. Para que el matrimonio fuera consumado, debieron recurrir a una trampa. Le dijeron que una de sus amantes lo esperaba en una habitación oscura. María, que tampoco sentía afecto por Pedro, consintió en recibirlo solamente por cumplir con su deber de darle un heredero. Cuando el acto estuvo consumado aparecieron notarios alumbrados con candelas. El rey Pedro se indignó al ver que la mujer que tanto lo había complacido era su esposa y, del disgusto, se marchó y no volvió a verla nunca más. El encuentro, en todo caso, dio fruto, ya que nació don Jaime quien, a los diez años se puso la armadura para no volvérsela a quitar hasta su muerte, acaecida cuando había alcanzado la avanzada edad de sesenta y un años.
Alfonso X el Sabio era hijo de Fernando III, proclamado santo por matar infieles, y bisnieto materno de Federico I Barbarroja. En una batalla se le apareció el apóstol Santiago, para echarle una mano a las tropas cristianas en su matanza. De ahí viene aquello de "Matamoros". Alfonso X impulsó la lengua castellana, frente al latín, y concedió también importancia al catalán y al gallego, que utilizó en sus composiciones poéticas. Fundó en Toledo, su ciudad natal, la Escuela de Traductores, donde acogió grandes sabios cristianos, judíos y musulmanes con el fin de que tradujeran del latín al castellano textos de la más variada índole. También fue el impulsor de dos grandes obras de historia, una universal y otra de España. Sus Siete partidas regularon el derecho civil, penal y eclesiástico durante siglos. Alfonso creía en la intervencion divina en cualquier acto de la vida cotidiana, le daba gran importancia a los nombres y a los números y, como parte de su curiosidad científica, histórica y literaria, estudió también la magia, las piedras y los minerales, así como la astrología y la alquimia.   Recibió una embajada del sultán de Egipto que le llevó como obsequio, una jirafa, con la que acabó inaugurando un zoológico con animales nunca antes vistos en España. 
Felipe II, el rey burócrata, religioso y coleccionista de relojes, presidía un corte excéntrica en la que la demencia era cosa común. Su madre, Isabel de Portugal, comía sola y en silencio mientras tres damas arrodilladas junto a su mesa le alcanzaban los alimentos. Su hijo don Carlos, con el lado derecho de su cuerpo paralizado, era sádico, torturador de animales y perennemente enfermo pese a los cuidados de su médico Andrés Vesalio. Los tiempos de Felipe II fueron los de la Inquisición y los libros prohibidos. Prohibió que los españoles estudiaran en universidades de otros países para evitar que se contagiaran de nuevas ideas. Era un hombre incapaz de delegar y creía que su deber era tomar todas las decisiones. Construyó El escorial porque en la zona había una mina de hierro que en sus excavaciones, había alcanzado tal profundidad que llegó hasta las puertas del infierno y, con el edificio, pretendía evitar la salida de los demonios. Para hacer más eficiente el sello, reunió una impresionante colección de reliquias, entre las que había, desde cabellos de Cristo y de la Santísima Virgen María, hasta el cuerpo entero de uno de los santos inocentes. Entre huesos, cráneos, brazos y piernas, supuestamente de santos, los armarios de El Escorial acabaron llenos de restos humanos. En sus últimos tiempos, tuvo al lado de su cama el ataúd en que debía ser enterrado. 
Felipe IV tuvo cuarenta y tres hijos con distintas mujeres, incluyendo una religiosa recluida en el convento de San Plácido. Hay quienes dicen que esa intromisión de un mujeriego en un convento fue la acabó generando el mito de Don Juan. De hecho, El burlador de Sevilla, de Tirso de Molina, fue publicado poco después de la incursión de Felipe IV en el claustro. Sin embargo, la consecuencias más inmediatas del hecho no fueron literarias, sino satánicas. El convento de San Plácido fue escenario de una posesión demoníaca colectiva: las monjas gritaban blasfemias mientras corrían desnudas por las instalaciones, comían basura y una fuerza oculta las inducía al suicidio. El escándalo, que tardó en calmarse, fue uno de los procesos judiciales, gubernamentales y religiosos más sonados de su momento. 
Para rematar, el libro se refiere a Carlos II el hechizado, cuya madre almacenaba en su dormitorio una pluma del arcángel Gabriel, el báculo de Santo Domingo de Silos, el cuerpo de San Isidro Labrador y el manto de María Magdalena. De poco le valieron los amuletos, porque su hijo a los tres años no era capaz de caminar y los huesos de su cráneo no se habían cerrado. A los cuatro años no había dejado de mamar y más de una docena de mujeres prestaron sus pechos para alimentarlo durante tan largo periodo. Para que se mantuviera en pie, lo sostenían con cuerdas, como una marioneta. A los nueve no había logrado aprender a leer ni a escribir y no está del todo claro si en algún momento lo logró. Carlos II no solía asearse y llevaba el cabello largo. Lo casaron con María Luisa de Orleans, quien nunca lo había visto, pero fue advertida por el embajador francés de que el rey era "feo como para causar espanto". La pobre muchacha hizo lo posible por atrasar la comitiva que, finalmente debió llegar a su destino. María Luisa no logró quedar encinta, sufrió mucho en la corte y murió al poco tiempo de haber llegado. Eligieron como nueva consorte a Mariana de Neoburgo, porque las mujeres de su familia eran famosas por prolíficas. Su madre había tenido catorce hijos. Tampoco logró darle un heredero. En el botiquín de medicinas del rey había, entre otras cosas, cuernos de unicornio y pezuñas de alce. Ante la inutilidad de tales medicinas, se creyó que el rey Carlos II estaba hechizado y con ese apodo pasó a la historia. La muerte de Carlos II en 1700, puso fin a la dinastía de los Austrias en España.
Definitivamente, aunque ha habido monarcas de respetable memoria que lograron brindar aportes a la cultura y el bienestar de sus pueblos, hay otros que se sostuvieron solamente porque la superstición imperante los hacía intocables. Eran otros tiempos y otra mentalidad. La autoridad no era solamente un asunto práctico, sino mágico. 
INSC: 2624


lunes, 11 de mayo de 2015

William Walker antes de Nicaragua.

William Walker. Enrique Guier.
Costa Rica, 1971.
Desde la escuela primaria, a los centroamericanos nos resulta familiar el nombre de William Walker, el filibustero norteamericano que llegó a ser presidente de Nicaragua y que fue expulsado del istmo en una guerra que cada año se conmemora con actos cívicos, discursos patrióticos y desfiles de escolares. El triunfo de los centroamericanos unidos contra el invasor del norte ha llegado a ser considerado el momento más intenso, complejo y trágico de nuestra historia en el Siglo XIX. Sin embargo, a pesar de las conmemoraciones anuales de la gesta, la mayoría de centroamericanos no conocen de William Walker mucho más que el nombre. 
Walker pasó a la historia como líder de fuerzas ocupadoras, pero pocos saben que además era médico, abogado, periodista, autor de tres libros y gran lector de los clásicos griegos y latinos. 
¿Quién era este aventurero y qué lo trajo por acá?
Quien más a fondo ha estudiado a Walker ha sido el Dr. Alejandro Bolaños Gueyer, para quien la vida del filibustero acabó convirtiéndose en una pasión que lo llevó a publicar la biografía completa de Walker en cinco tomos. La síntesis de ese gran trabajo apareció en un solo volumen, en 1992, con el título William Walker el predestinado de los ojos grises. Veinte años antes, don Enrique Guier publicó una biografía también muy meritoria, tanto en la histórico como en lo literario, titulada sencillamente William Walker.  Otros autores, como Noel Gerson, Frederic Rosengarten y Stephen Dando Collins, también han investigado la vida del filibustero.
Nadie habría sido capaz de profetizar que William Walker acabaría siendo comandante en jefe de un ejército invasor. Billy, como lo llamaban en casa, era un joven taciturno y melancólico, delgado, de corta estatura, voz aguda y chillona y maneras afeminadas que nunca destacó en actividades deportivas ni dio muestra alguna de valentía ni arrojo. Era, eso sí, muy inteligente y estudioso.  A los catorce años ya se había graduado en Humanidades en la universidad de su natal Nashville, Tennessee. Su padre, James, un severo y puritano escocés, pretendía que Billy, su hijo mayor, fuera clérigo, pero el muchacho se opuso rotundamente porque él tenía sus propios planes. Quería estudiar medicina para curar a su madre, Mary, también de ascendencia escocesa pero nacida en América, quien además de padecer tuberculosis daba muestras de una progresiva demencia. Con el apoyo paterno, William Walker se trasladó a estudiar medicina en Filadelfia. Ya graduado, pasó dos años en Europa, siguiendo cursos avanzados en la Universidad de Heidelberg, Alemania, desde donde, en las vacaciones, solía viajar a París. 
Con apenas veintiún años de edad, en 1845, Walker regresa a Nashville, abre su consultorio y rápidamente gana fama de ser un cirujano hábil y un médico capaz de brindar diagnósticos acertados y resultados favorables a sus pacientes. Sin embargo, el Dr. Walker pronto tiene claro que su no le será posible hacer realidad su deseo de curar a su madre. La señora está cada vez peor. En un arranque inexplicable, abandona la medicina y se traslada a New Orleans que, con ciento veinte mil habitantes, era en aquel entonces la tercera ciudad más grande de los Estados Unidos. En New Orleans estudia exitosamente Derecho y encuentra tanto la amistad como el amor. En esa ciudad conoció a Edmund Randolph, su compañero del bufete Randolph & Walker y el único amigo verdadero que tuvo en su vida, así como a Ellen Galt Martin, su adorada novia con quien no pudo llegar a casarse. Ellen era sorda y Walker, que para entonces además de inglés ya hablaba alemán y francés y leía en italiano, aprendió el lenguaje de señas para comunicarse con ella.   
Sus ingresos como abogado no eran suficientes como para poder casarse y establecer un hogar, así que, tras dos años de ejercer el Derecho, Walker lo abandona y se convierte en periodista del Crescent, un periódico recién fundado que tenía dos únicos redactores, cuyas iniciales por extraña coincidencia eran W.W.
Mientras Walker se ocupaba de las notas de política, economía e internacionales, Walt, el otro redactor, escribía un espacio llamado Esbozos sobre la vida cotidiana de la ciudad. Ambos periodistas tenían en común el ser grandes lectores, siempre se les encontraba con un libro en la mano, y compartían además un temperamento taciturno y misterioso. Ninguno de los dos acabaría echando raíces en New Orleans. William se iría para California y Walt regresaría a su New York natal. Tras los años que compartieron en la redacción del Crescent, nunca volvieron volvieron a verse. Pero en 1855, el mismo año en que William Walker arribó a Nicaragua, Walt Whitman publicó Hojas de hierba.
Walker llegó a ser un periodista prestigioso. Sus artículos eran muy leídos ya que, además de ser un despliegue de amplia erudición, se caracterizaban por sorprender con análisis profundos desde perspectivas hasta entonces poco exploradas. En 1848 Walker remontó el Mississippi y retornó a su tierra natal para brindar, como orador invitado, una conferencia en la universidad de Nashville. El texto de la disertación, titulada La unidad del arte, fue publicado luego como libro y es una maravillosa muestra de un romanticismo idealista con el que, supongo, debió haber entrado en contacto durante su estadía en Alemania. No se sabe si Walker le habrá comentado, antes o después de pronunciarla, su conferencia a Walt Whitman, pero me deleito imaginando esa conversación que tal vez nunca ocurrió. La tesis de Walker es que la belleza, la bondad y la verdad, cuando aparecen unidas, forman la esencia del arte más sublime y, para confirmarlo, echa mano de los clásicos griegos y latinos de los que era tan devoto conocedor.
William Walker, chaparrito, flaco, pelirrojo, de ojos
grises, con voz chillona y maneras afeminadas, era
médico, abogado, periodista, militar y llegó a ser
presidente de Nicaragua. Solamente vivió treinta y
seis años 1824-1860.
Cuando ya la boda de Walker parecía posible y cercana, su novia Ellen murió víctima de una epidemia de cólera. El amigo Randolph había partido a California atraído, como tantos otros, por la fiebre del oro. El Crescent cerró poco después y al verse sin amigo, sin novia y sin trabajo, Walker también tomó camino hacia el lejano y salvaje oeste.
Tras el largo viaje, en que debió cruzar Texas, Nuevo México, Arizona y más de la mitad del enorme territorio de California, logró encontrarse con Randolph y entró a trabajar como redactor del Herald de San Francisco. El salvaje oeste era en verdad salvaje. No había ley ni autoridad. Si alguien era golpeado, herido, asaltado o robado, tenía que hacer justicia por su propia mano. De nada valía recurrir a la policía, que era casi inexistente, ni a los jueces que procuraban no despertar la ira de los hombres rudos que saturaban San Francisco y hacían en la ciudad prácticamente lo que les daba la gana. Walker, que era un hombre de temperamento metódico, llama al orden desde las páginas del periódico, reclama la negligencia de las autoridades, es protagonista de sonados juicios y, por primera vez en su vida, se ve obligado a disparar al ser retado en un duelo. El chaparrito, flaquito y afeminado intelectual de Nashville, para sobrevivir en California, se pone el revólver al cinto y da muestras de tener sangre fría cuando hay que resolver un asunto a balazos. Para mantener el orden, Walker forma un grupo llamado "los vigilantes", una organización paramilitar que, como todas, en vez de contener los abusos, acaba cometiendo otros peores.
Un dato importante y poco conocido: Walker era contrario a la esclavitud. Aunque nació y creció en Nashville, donde la enorme mayoría de la población estaba formada por esclavos, por sus convicciones religiosas Walker siempre consideró que la esclavitud era inmoral. Su formación académica tuvo lugar en verdaderos baluartes del liberalismo ilustrado, Filadelfia, Francia y Heidelberg. El Crescent era un periódico antiesclavista y, en buena medida, esa posición fue uno de los motivos de su corta vida en New Orleans, metrópoli de los estados sureños. Walker, desde el Herald, se opuso a la introducción de la esclavitud en California. 
Sin embargo, aunque no era esclavista, Walker sí era imperialista. Los Estados Unidos, con los nuevos territorios que le habían ganado a México, acababan de extenderse de costa a costa. Dio la casualidad que en 1848, el mismo año que California se integró a la Unión, habían aparecido los yacimientos de oro. Walker creía que la misión de las sociedades civilizadas era extenderse dominando otros pueblos para llevar el orden, la prosperidad y el progreso. Y en la extensión de los Estados Unidos, los hijos de Tennessee, la tierra de Walker, habían jugado un papel protagónico. El general Andrew Jackson, que vivía en Nashville, había ganado la batalla de New Orleans y ganado para la Unión al estado de Florida. John Fremont, comandante de Tennessee, había conquistado California. Sam Houston, exgobernador de Tennessee, había fundado la República de Texas y luego la anexó a los Estados Unidos durante la presidencia de James Polk, que también había sido gobernador de Tennessee. Durante el tiempo que vivió en New Orleans, por cierto, uno de los temas de discusión era la conveniencia de arrebatarle Cuba a España para anexar la isla a los Estados Unidos.
Todas esas historias eran, en aquel entonces, noticia reciente y al frágil Billy se le iluminaron sus ojos grises y asumió que su destino, como hijo de Tennessee, era fundar una república militar en algún territorio ocupado para luego agregarle una o varias estrellas más a la bandera de su patria. Ni lerdo ni perezoso puso manos a la obra, reunió una tropa de mercenarios y se fue a conquistar los estados mexicanos de Baja California y Sonora. En la bandera de la República de Sonora, proclamada por Walker apenas pisó suelo mexicano, aparecían las dos estrellas que, algún día, esperaba incluir en el pendón americano.
Aunque resulta un tanto ridículo imaginar a Walker, pequeñito, flaquito y afeminado, arengando con su voz chillona a una horda de hombres toscos y fuertes entre los cuales el menos malo hacía mucho que había perdido la cuenta de los hombres que había matado, tal parece que la determinación y la sangre fría de Walker logró siempre mantener la disciplina de su tropa. Walker daba una orden y al que no la obedecía lo mataba. Así de fácil.
La bandera de la República de Sonora.
Las dos estrellas eran los nuevos estados,
 Sonora y Baja California, que Walker
pretendía anexar a los Estados Unidos.
La República de Sonora, a fin de cuentas, solamente existió en la imaginación de Walker. Ni el gobierno de los Estados Unidos ni el de México tomaron en serio esa incursión de aventureros. La conquista heroica que soñaba Walker fracasó por falta de enemigos. La única batalla, si se le puede llamar así, fue un tiroteo de once minutos con una patrulla mexicana. A Walker, que era un hombre culto, esta vez le fallaron sus conocimientos de geografía. Gran parte del territorio de Sonora es desértico y los gloriosos invasores no hacían más que avanzar bajo el ardiente sol en espera de encontrarse alguna hacienda para beber agua, matar una vaca y comérsela y abastecerse de provisiones. Como dice mi buen amigo Jimmy Alpízar, en Sonora Walker solamente podía encontrarse con el coyote, o con el correcaminos. 
Tras siete meses de recorrer el desierto, el glorioso comandante del ejército invasor, fundador de una nueva república llamada a integrar la unión americana, llegó a perder una bota y, con un pie descalzo, encabezó la marcha de sus hombres hacia San Diego. Pasaron varios días sin comer ni beber agua antes de encontrarse con un regimiento de la caballería de los Estados Unidos, ante el cual Walker se entregó, presentándose como Presidente de la República de Sonora.
El brillante médico, abogado, periodista, autor y conferencista, acababa de hacer una estupidez o, más bien, una locura. Pero Walker, que fue enjuiciado por su incursión mercenaria en un país con el que los Estados Unidos trataba de restablecer la amistad, acabó haciéndose famoso por su aventura. Fueron muchos, en California, los que consideraron que los planes de Walker no eran del todo descabellados. 
Muchos americanos de la costa este querían emigrar a California. El nuevo y creciente Estado requería además mercancías y maquinaria que se producían en la industrializada y superpoblada costa este. Pero el viaje de Nueva York a California era toda una odisea. Tanto por tierra, cruzando interminables praderas pobladas por hostiles pieles rojas y con los tres grandes tropiezos de los Apalaches, el Mississippi y las Montañas Rocosas, como por barco, dándole la vuelta por el sur a todo el continente americano por el Cabo de Hornos, el viaje tardaba meses. 
Dos millonarios de New York intentaron establecer, cada uno por su lado, una ruta más corta. George Law empezó a construir un ferrocarril que cruzaría el istmo de Panamá, de manera que los barcos de Nueva York llevaran los pasajeros y la mercadería hasta Colón y de allí se transportan sobre rieles hasta la ciudad de Panamá, de donde se embarcarían de nuevo rumbo a San Francisco.
El magnate de los trenes de New York, Cornelius Vanderbilt, por su parte, tuvo una mejor idea. Como el ferrocarril de Panamá de su competidor tardaría al menos seis años en construirse, estableció una ruta de barco desde New York hasta San Juan del Norte, desde donde una nave de vapor de menor tamaño remontaría el río San Juan y cruzaría al lago de Nicaragua. Se seguiría luego en mula o en carreta por Rivas hasta llegar a San Juan del Sur y, de allí, en barco rumbo a San Francisco. En agosto de 1849 se firmó el contrato entre la Compañía del Tránsito de Vanderbilt y el gobierno nicaragüense. El día de año nuevo de 1850, Vanderbilt llegó a Granada piloteando personalmente el vapor que haría la ruta del San Juan y el lago. 
El viaje de New York a San Francisco, por Nicaragua, duraba solamente veintisiete días y se realizaba con toda comodidad. Nicaragua se había convertido, gracias a la compañía del tránsito de Vanderbilt, en el puente que unía los territorios más alejados de los Estados Unidos. Miles de pasajeros y toneladas de mercadería, incluyendo enormes cargamentos de lingotes de oro procedentes de los yacimientos californianos, atravesaron Nicaragua. 
Ajeno a lo que sucedía en el istmo, Walker había incursionado en política dentro del partido Demócrata y había llegado a ser director del Democratic State Journal en Sacramento, cuando lo visitó Byron Cole, quien había llegado de Nueva Inglaterra a California por la ruta de Cornelius Vanderbilt. En su paso por Nicaragua, Cole había tenido conversaciones con el gobernante local, el licenciado Francisco Castellón, quien requería una tropa de mercenarios americanos para que reforzaran su ejército y Cole le ofreció el contrato a Walker. Mientras avanzaban las negociaciones, Walker, además de empezar a aprender español, leyó Incidentes de viajes en América Central (1841) de John Stephens y Nicaragua, sus habitantes, vistas y monumentos (1852) de Epharin George Squier. No tardó mucho en recibir la carta, fechada 11 de octubre de 1955, en que Castellón le otorgaba el permiso para ir a Nicaragua con doscientos hombres armados. Se ha dicho que el dinero para la expedición lo aportó el alcalde de San Francisco Cornelius Garrison. Walker, con una tropa inicial de cincuenta y ocho hombres, arribó al puerto nicaragüense de El Realejo a bordo del Vesta y fue recibido por el coronel Félix Ramírez. Al llegar a León, además de Castellón, conoció al general Máximo Jerez. ¡Las vueltas que da la vida! Walker había sido compañero de redacción de Walt Whitman, y el coronel Ramírez y el general Jerez serían, respectivamente, el padre adoptivo y el padrino de bautizo de Rubén Darío, quien escribiría un hermoso poema en honor de Whitman. Ramírez y Jerez, que lo recibieron apenas había llegado, al año siguiente fueron grandes líderes en la guerra que se desató para expulsarlo.
Walker quedó impresionado con Nicaragua. Granada y León eran ciudades hermosas, bien trazadas, con bellos templos de altos campanarios y casas amplias y frescas sólidamente construidas. Había universidad, bibliotecas, teatro, caminos, puertos. El paisaje era hermoso: lagos, volcanes y un campo de tierra fértil lleno de cultivos y de ganado. En los mercados, los canastos de frutas, vegetales y granos se desbordaban. Además, el paso constante de pasajeros y mercadería por la ruta del tránsito hacía florecer el comercio y le daba buenas rentas al gobierno. Definitivamente, el panorama que tenía al frente era muy distinto al de Sonora. No tendría que fundar una república imaginaria, porque allí la república ya existía. Nicaragua sí merecía convertirse, algún día, en la estrella que quería agregar a la bandera de su país. Walker escribió a sus contactos en los Estados Unidos y, más que una falange de soldados, quiso establecer en Nicaragua una colonia. Ofrecía sueldo y tierras a quienes quisieran sumarse a su aventura. Más de cinco mil hombres respondieron al llamado de Walker aunque nunca hubo en Nicaragua más de dos mil quinientos al mismo tiempo.
Todos sabemos lo que vino luego. A los pocos meses de haber llegado, Walker se convirtió en Presidente de Nicaragua. Todos los centroamericanos, nicaragüenses, costarricenses, hondureños, salvadoreños y guatemaltecos, se unieron para expulsarlo. Pero ese es otro episodio de una vida que, como puede verse, ya era bastante compleja mucho antes de su arribo a Nicaragua.
INSC: 2122
Una placa señala, en Nashville, Tennessee, el lugaren que nació William Walker.
William Walker. El hombre de ojos grises del Destino. Nacido el 8 de mayo de
1824, Walker se mudó a este sitio desde la sexta avenida norte en 1840. En su vida
temprana fue médico, abogado y periodista. Invadió México en 1853 con cuarenta y seis
hombres y se proclamó Presidente de la República de Baja California. Lideró fuerzas en
Nicaragua en 1855, fue electo su presidente en 1856. En su intento de hacer la guerra
en Honduras fue capturado y ejecutado el 12 de setiembre de 1860.

domingo, 3 de mayo de 2015

La fugitiva. Novela de Sergio Ramírez Mercado.

La fugitiva. Sergio Ramírez Mercado.
Alfaguara, México, 2011.
Yolanda Oreamuno fue una escritora costarricense que, como otros jóvenes de su generación, era asidua colaboradora de El Repertorio Americano publicaba don Joaquín García Monge. Su vida fue breve y bastante complicada. De su obra literaria quedan una novela La ruta de su evasión y varios cuentos y ensayos. Yolanda era un mujer inteligente, atractiva y culta. Fue víctima de un secuestro, su primer marido, el diplomático chileno Jorge Molina Wood, se suicidó. Su segundo matrimonio, con el licenciado Oscar Barahona Streber acabó en un divorcio poco amistoso y Yolanda, que decidió rehacer su vida fuera de Costa Rica, en Guatemala, primero y en México después, perdió contacto con su único hijo. La obra literaria de Yolanda, escrita con una prosa esmerada, llena de imágenes sugerentes, se inclina profundamente hacia la introspección. Tanto en su novela como en sus cuentos, lo que ocurre en el interior de los personajes es mucho más rico y significativo que lo que ocurre a su alrededor. En sus ensayos y artículos, queda en evidencia su gran sentido crítico así como la fina ironía a la que recurre para expresarlo. Es suya la frase, que acabó siendo famosa, de que en Costa Rica, cuando alguien sobresale, en vez de cortarle la cabeza le bajan el piso.
En vida de Yolanda, eran más quienes prestaban atención a sus asuntos personales que a su obra literaria. Esta situación que se ha mantenido después de su muerte. Aunque hay quienes se han ocupado de analizar y difundir su obra, la mayoría de artículos que se han escrito sobre ella se enfocan casi morbosamente en asuntos biográficos.
A finales de los años noventa, Sergio Ramírez Mercado anunció, en una conferencia en el Teatro Nacional, que estaba preparando un libro sobre Yolanda Oreamuno. Vino luego una espera de más de una década y, finalmente, en el 2011, apareció la novela La fugitiva, publicada en México por Alfaguara.
Aunque el libro fue muy vendido, en Costa Rica, digámoslo de una vez, la novela desilusionó.
Pequeños detalles, que los lectores de otras nacionalidades ni se siquiera reconocerían, resultaron verdaderamente molestos para los lectores ticos. Tal parece que ningún costarricense leyó el borrador del libro y, si alguno lo hizo, no realizó un buen trabajo. Prácticamente todas las expresiones del habla costarricense, así como las referencias espaciales y los acontecimientos y personajes históricos, están llenos de errores e inexactitudes.
Dice "por dichas", en vez de por dicha. "Chivirri", en vez de chiverre. "Genízaro", en vez de cenízaro. "Río Tabaco", en vez de Tabacón. "Cuartel Buenavista", en vez de Bellavista. "Pellico Tinoco" en vez de Pelico Tinoco. Confunde el barrio Amón con el barrio Tournón, que además escribe "Turnón". Confunde el mercado Central con el mercado Borbón. La península de Osa, que está en el Pacífico, la ubica en el Atlántico. Dice que en los años sesenta empezaron a poblarse los barrios al oeste de la capital, Los Yoses, Escalante y Francisco Peralta, cuando esos barrios no están al oeste sino al este y no datan de los años sesenta sino de los cuarenta. Menciona las tres esculturas del Teatro Nacional como "la gloria, la fama y la danza", cuando son la fama, la música y la danza.
Los personajes históricos a los que se refiere a lo largo del libro, tales como el general Jorge Volio, don Ricardo Jiménez Oreamuno, Santos Matute Gómez, Monseñor Sanabria, Clorito Picado y el Dr. Ricardo Moreno Cañas, están desfigurados al punto de ser irreconocibles. La mayor parte de lo que se dice de ellos no corresponde a los hechos históricos. También están llenas de errores históricos las referencias a la guerra civil. Según el libro, don Pepe Figueres convocó la huelga de brazos caídos y el voto femenino se estableció en 1950.
Si hubo algún tipo de investigación para escribir esta obra, definitivamente fue muy descuidada. Según el libro, Luz Marina Goicoechea fue retratada por don Guido Sáenz, cuando el retrato famoso al que se refiere es de María Cristina Goicoechea y fue pintado por doña Luisa González de Sáenz, madre de don Guido. Pero allí no acaban los anacronismos. Llama Nelson Rockefeller a John D. Rockefeller y pone al General Tomás Guardia a interactuar con personas que llegaron a Costa Rica cincuenta años después de su muerte.
Algo verdaderamente extraño en este libro es el cambio de nombres. A Tomás Soley Güell, el ministro de hacienda de don Ricardo, lo llama Benito Solera Güell, sin que haya motivo que lo justifique, ya que lo menciona solamente de pasada. En cambio, el asesinato de Alberto González Lahmann y la enfermedad de doña Flora Luján si se cuentan con nombres y apellidos, lo cual es, por decir lo menos, una falta de delicadeza y de consideración a sus parientes.
A Yolanda Oreamuno la llama Amanda Solano. El cambio de nombre jugó en contra, porque la protagonista de la novela firma sus cartas como AS, lo cual no tiene el encanto de la firma real de Yolanda, que firmaba sus cartas como YO.
Yolanda murió en México en 1956. Poco después, por iniciativa de doña Olga de Benedictis, esposa del presidente Mario Echandi, sus restos fueron repatriados y sepultados en el cementerio general de San José. 
La novela arranca en ese cementerio, ante la tumba sin nombre de la brillante escritora fallecida lejos de su patria. En las primeras págnias, el narrador ofrece contar la vida de esa persona, pero la oferta no se cumple. En lugar de una novela con la escritora como protagonista, los capítulos posteriores del libro se limitan a tres largos monólogos. El primero, de doña Vera Tinoco Rodríguez, el segundo de Lilia Ramos y el tercero de Chavela Vargas. Naturalmente, ninguna de ellas aparece identificada con su verdadero nombre, pero cualquier lector tico las reconocería. No logro comprender por qué, si pretendía escribir sobre la vida de Yolanda, no le dio voz ni protagonismo, sino que la convirtió en un espectro reconstruido a retazos a partir de tres voces. Tampoco comprendo a qué clase de público pretendía dirigirse. Un lector español o latinoamericano difícilmente logrará enterarse de que este libro se refiere a una persona que realmente existió. Para un lector costarricense, como ya se dijo, la lectura está llena de tropiezos por la abundancia de errores e inexactitudes. Alguien que nunca haya oído hablar de Yolanda Oreamuno, no encontrará en estas páginas ninguna referencia que la acerque a ella. Quien conozca la vida y obra de Yolanda, este libro no tiene nada nuevo que decirle.
El libro de Sergio Ramírez Mercado, a fin de cuentas, no hace más que repetir los tres lugares comunes que han llegado a ser recurrentes cada vez que se habla de Yolanda. Se dice que era una mujer de talento extraordinario en un medio cultural aldeano y aburrido. Curiosamente, si alguna vez el medio cultural costarricense fue realmente activo y brillante, fue en la década de los cuarenta, cuando grandes escritores como la propia Yolanda, Max Jiménez, don Joaquín, don Fabián, Calufa, Carmen Lyra entre otros generaban un debate amplio y de altura en el Repertorio Americano de don Joaquín García Monge. Esa década de los cuarenta, muy lejos del aburrimiento adocenado con que la pintan, fue escenario de grandes reformas y conflictos políticos que acabaron en una guerra civil. En la artes plásticas, por su parte, ya surgían grandes talentos como don Paco Amighetti, Francisco Zúñiga, de nuevo Max Jiménez y toda la generación nacionalista.
Es verdad que la obra de Yolanda, a pesar de sus enormes méritos, no trascendió más allá del medio local. Sin embargo, su caso no es excepcional ni único. Todos los autores latinoamericanos fallecidos en la década de los cincuenta son poco recordados en su propio país y totalmente desconocidos fuera de sus fronteras.
En todo caso, la vida y obra de Yolanda brindan material abundante para escribir una novela. La fugitiva, de don Sergio Ramírez Mercado, quedó en un intento fallido.
Al final del libro aparece la leyenda: "Esta novela es una obra de ficción. Todos los personajes y situaciones han sido inventados y se deben a la imaginación del autor."  Dicha afirmación es falsa. La imaginación de don Sergio no inventó a Clorito Picado, ni a Moreno Cañas, ni a Monseñor Sanabria, ni a don Pepe Figueres. Los personajes de este libro no fueron inventados, sino alterados por el autor. Siendo así, tal vez mi apreciación de este libro esté totalmente equivocada. Le pedí peras al olmo. Quizá Sergio Ramírez no quiso escribir sobre Yolanda sino, usando su vida como base, escribir una novela con todas las licencias que la ficción otorga al autor.
INCS 2571

miércoles, 29 de abril de 2015

Autobiografía de Eleanor Roosevelt.

Autobiografía de Eleanor Roosevelt.
Eleanor Roosevelt. Editorial Novaro,
México, 1964.
La vida de Eleanor Roosevelt es mucho más interesante de cómo ella la cuenta. Esta niña huérfana que fue educada para no aspirar a más que ser una abnegada madre y esposa, con los años deslumbró por su gran inteligencia, llegó a ser una de las columnistas más leídas de los Estados, se convirtió en figura mundial por sus luchas en favor de la erradicación de los prejuicios clasistas, sexistas y racistas y, como diplomática en la recién creada Organización de las Naciones Unidas, le correspondió redactar la Declaración Universal de los Derechos Humanos. 
Nació en el seno de una de las familias más antiguas, ricas y poderosas de la costa este de los Estados Unidos, llena de personajes pintorescos, historias extrañas y tradiciones absurdas. Su padre, Elliott, era el hermano menor del Presidente Theodor Roosevelt. Su madre, Ana Hall, era una delicada princesa de la alta sociedad de Nueva York, cuya fortuna y árbol genealógico no se podían abarcar ni con la más desbocada imaginación. El abuelo materno, Valentín Hall, era tan obscenamente rico que en toda su vida no hizo más que cultivar el ocio. Se construyó una enorme mansión de aspecto tenebroso sobre el río Hudson, en la que todos debían cumplir su santa voluntad. Y digo santa, porque Valentín Hall era un puritano religoso que tuvo siempre en su casa un clérigo, como en otras cosas se tiene un animal doméstico. A su esposa Mary la trataba como a una más de sus hijas. Le escogía los vestidos y las joyas y nunca le permitió contacto alguno con el mundo exterior, al punto que a la muerte de Valentín, la señora Mary, que heredó sus millones, no sabía ni cómo escribir un cheque. Las hijas de ese matrimonio, como es fácil de suponer, tocaban piano, se desenvolvían con modales impecables, paseaban con sombrero y sombrilla y no tenían más tema de conversación que la decoración de la casa y la vida social. 
La madre de Eleanor murió cuando ella era muy pequeña y su padre, Elliott, la dejó al cuidado de Mary, la abuela materna quien, fiel a la tradición familiar se dispuso a convertir a la niña en una decorativa muñeca de porcelana. Eleanor pasó su infancia en la mansión de la abuela, vestida de blanco con encajes, sin derecho a correr, jugar o ensuciarse. A la abuela solamente le importaba que la niña estuviera bien vestida, bien peinada y bien quieta y acabó descuidando otros aspectos de su educación. Por ejemplo, a los nueve años todavía la pequeña no sabía leer ni escribir porque la abuela había olvidado ese pequeño detalle.
El gran amor de su infancia fue su padre, al que idealizó de manera romántica. Le escribía cartas pero pocas veces iba a visitarla. Los ratos que pasaba con él eran para ella los más dichoso. "Durante mi infancia" decía Eleanor, "mi padre era el único que no me miraba como si yo fuera una criminal". Elliott Roosevelt y Ana Hall tuvieron tres hijos, pero la favorita de Elliot era Eleanor, la mayor. Nunca la corregía, nunca la regañaba, era cariñoso con ella, la sacaba a jugar y la llamaba "mi regalo del cielo". Aparte del hecho de que era la única persona que le mostraba amor, a la imaginación de la niña no debía de resultarle nada difícil idealizar al padre que adoraba y extrañaba. Elliott Roosevelt era un magnífico jinete y jugador de polo, nadie le ganaba remando ni nadando, su puntería era infalible tanto con rifle como con pistola y, cuando estuvo en la India, cazando tigres y elefantes, escaló los Himalayas.  La razón por la que Elliott no vivía con sus hijos era que, pese a ser un atleta, sufría desde pequeño de un tumor cerebral, inoperable en aquel entonces, que regularmente le provocaba mareos y dolores de cabezas que lo hacían pegar aullidos. Para superar sus crisis, no tenía más que remedio que abrir la botella de whisky y beber hasta caer inconsciente.
Eleanor y su padre Elliott Roosevelt en
1889. Su padre murió a los 34 años de edad
en 1894 poco antes de que la niña
cumpliera diez años.
En una visita, Eleanor encontró a su padre muy triste. Tras abrazar y besar a la niña, la sentó en su regazo y le informó que Elliot, su hermano, había muerto. Era el que le seguía a Eleanor y tenía solamente ocho años. Su padre le dijo que los únicos amores que le quedaban en el mundo, eran ella y su otra hija Gracie. Le prometió que cuando ella y su hermana fueran grandes las llevaría a viajar por todo el mundo y le pintó un futuro color de rosa.  Al despedirse, le pidió que se convirtiera en una persona de la que él podría estar orgulloso y le prometió visitarla con más frecuencia.  Nunca volvió a verlo. Poco antes de que Eleanor cumpliera los diez años, le avisaron que su padre había muerto. Durante varios días, Eleanor lloró desde que se despertaba hasta que se dormía. Más que su padre, sentía que había perdido su futuro.
Con los años, Eleanor, encerrada en su jaula de oro, llegó a convertirse en una princesita de alta sociedad. Sabía música y llegó a dominar el francés e italiano tras su permanencia en exclusivos internados europeos para señoritas. Pero Eleanor no fue nunca una muchacha bonita. Tenía los ojos y los dientes demasiado saltones, lo que le daba a su rostro un aspecto poco delicado. En una reunión familiar, habría pasado toda la velada sentada en una silla de no haber sido porque su primo Franklin Delano Roosevelt tuvo la gentileza de ser el único que la sacó a bailar.
No se sabe nada de cómo acabaron enamorándose pero lo cierto es que poco después de ese baile, Franlin y Eleanor decidieron casarse. Sara, la sobreprotectora madre de Franklin, se opuso al enlace y, para disuadir a su hijo, se lo llevó de paseo en un largo viaje que duró meses. Sin embargo, los jóvenes primos acabaron casándose. Ambos tenían en común el haber nacido y crecido en una burbuja. Franklin era de los Roosevelt de Hyde Park, también de la aristocracia neoyorkina y había pasado su infancia en la enorme mansión familiar y en el exclusivo internado para varones de Groton, de donde pasó a estudiar leyes en Harvard. Además del Derecho, a Franklin, quien hablaba francés, italiano y alemán, le interesaban la Filosofía, la Historia y la Economía. La joven pareja recibía muchos visitantes, casi todos de la élite intelectual y cultural de Nueva York y Eleanor se sentía incómoda porque no comprendía las conversaciones. Su formación académica era bastante deficiente. Tampoco sabía cocinar ni realizar tareas prácticas y tenía fama de darle a sus sirvientes, en un día, más órdenes de la que ella recibiría en toda su vida. Para no quedar como tonta en las conversaciones inventó un truco. Prestaba atención a lo que se decía y, si alguien le preguntaba su opinión, repetía algunos de los comentarios que había escuchado. Sin embargo, no debió echar mano de ese recurso por mucho tiempo. Se puso a leer, a escuchar y a pensar y se percató de que poco a poco no solo iba comprendiendo todo, sino que se iba formando su propia opinión al respecto. La princesita de alta sociedad, preparada exclusivamente para hacerle la vida agradable al marido, educar a los hijos y atender a los invitados, resultó ser una mujer de gran inteligencia. 
Franklin y Eleanor tuvieron seis hijos, Ana, James, Franklin, Elliott, el segundo Franklin y Johnnie. Una anécdota triste es que una vez, a un visitante un tanto indiscreto, le llamó la atención que llamaran a un niño "Segundo Franklin" y preguntó por qué no lo llamaban Franklin II o Franklin Junior. Debieron explicarle que el tercero de sus hijo, Frankin, había muerto antes de cumplir los ocho meses de edad y, cuando decidieron ponerle el mismo nombre al quinto de sus hijos, para tener presente al fallecido, en casa empezaron a llamarlo "Segundo Franklin".
La relación matrimonial de Franklin y Eleanor parece un drama de telenovela. Durante la Primera Guera Mundial, Frankin, que era Secretario de Marina del Presidente Woodrow Wilson, fue a Europa a visitar las tropas. A su regreso, Eleanor, mientras le desempacaba la maleta, encontró las cartas que le había enviado su amante Lucy Mercer, quien era ni más ni menos que la secretaria de Eleanor. Hubo reunión familiar con gabinete ampliado. Estuvieron presentes, además de Franklin, Eleanor y Lucy, la madre de Franklin, los niños y Louie Howe, mano derecha de Franklin. El divorcio era la única solución posible y todos estuvieron de acuerdo en ello. Todos menos Louie, quien dijo: "Si Franklin se divorcia, no podrá llegar a ser presidente". El propio Roosevelt, sorprendido, replicó: "Yo no pienso ser presidente". Pero Louie, proféticamente sentenció: "Un día vas a ser presidente" y tras la exposición de algunos breves argumentos concluyó: "A todos ustedes les conviene fingir".
Todos aceptaron fingir, salvo Lucy, quien esperaba convertirse en esposa de Franklin tras el inevitable divorcio. Lucy salió de la vida de Franklin y no volvió a encontrarse con él en muchos años. Cuando Franklin Roosevelt murió, Lucy estaba a su lado.
El acuerdo de fingimiento consistía en que Franklin y Eleanor llevarían vidas separadas. Eleanor dispondría de libertad total para hacer lo que quisiera y Franklin cubriría todos sus gastos. Nadie notaría la separación, puesto que tenían dos mansiones en Hyde Park, otra mansión en Monticello, así como apartamentos en las ciudades de Nueva York, Albany y Washington D.C.
Franklin y Eleanor Roosevelt eran primos. Él llegó a ser un
gran estadista que sacó a su país de la Gran Depresión,
lideró a Occidente en la II Guerra Mundial y diseñó el mundo
de la posguerra. Ella, escritora, periodista diplomática y
activista por los derechos de las minorías.
Las relaciones entre ellos, que ya no eran pareja, nunca dejaron de ser corteses. Siempre mantuvieron mutuo respeto y hasta sentían cierto grado de admiración el uno por el otro. Cuando Franklin quedó inválido, Eleanor se mantuvo más cerca de él. En silla de ruedas, Franklin llegó a ser senador, gobernador del Estado de Nueva York y, finalmente, Presidente de los Estados Unidos.
Mientras tanto, Eleanor empezó a brillar con luz propia como escritora gracias a su columna My Day que llegó a ser publicada por numerosos diarios en los Estados Unidos. Eleanor mantuvo My Day durante toda su vida y fue, mientras existió, la nota periodística más leída del país. Debido a que sus problemas de movilidad no le permitían atender muchas de las invitaciones que le hacían y por el hecho de que Eleanor era una mujer inteligente, culta y magnífica oradora, Franklin le encargaba que asistiera en su nombre a numerosos encuentros con todo tipo de organizaciones. Antes de ella, las esposas de los presidentes no solían hacer uso de la palabra en actividades públicas.
En su autobiografía, Eleanor menciona, discretamente, que muchas personas le dirigían cartas porque pensaban que ella podía influir en las decisiones del presidente cuando, en realidad, su marido y ella mantenían agendas separadas y casi nunca se consultaban uno al otro sobre sus asuntos. Franklin ni siquiera se molestó en avisarle que se lanzaría a la presidencia y ella acabó enterándose de las aspiraciones de su marido pocos días antes de la convención del partido demócrata. Por eso se sorprendió mucho cuando Franklin le pidió que preparara unas vacaciones a bordo de un yate con toda la familia. Eleanor se ilusionó con una reconciliación y, muy alegre por poder disfrutar de unos días de descanso con su esposo, sus hijos y sus nietos. Los fotógrafos de los periódicos retrataron a la familia presidencial al subir al yate, pero la ilusión de Eleanor se apagó apenas la embarcación abandonó la costa. Dentro de la nave había varios oficiales con quienes Franklin se encerró todo el día. A la mañana siguiente, ya en alta mar, al lado del yate había un enorme buque de guerra. Franklin ni siquiera se despidió al trasladarse con su hijo Elliott a la otra embarcación. El viaje familiar en yate era una farsa para la prensa. El presidente Roosevelt iba a entrevistarse en secreto, en algún lugar del Atlántico norte, con el Primer Ministro británico Winston Churchill. La reunión era tan secreta que ningún miembro de la familia (ni siquiera Elliott que acabó acompañando a su padre) estaba al tanto de ella.  Por supuesto, si se pone en un lado de la balanza a Hitler, la Alemania Nazi, el fascismo, la situación desesperada y frágil de Inglaterra ante los bombardeos, la ocupación de Francia y de los Países Bajos y la seguridad del mundo en general y, en el otro lado de la balanza, una reunión familiar largamente añorada, definitivamente está claro cuál es la prioridad, pero a Elanor le dolió profundamente la falta de confianza de su marido, quien no le informó cuál era la situación real. 
Cuando los Estados Unidos entraron en la Segunda Guerra Mundial, Eleanor sufrió un cruce de sentimientos encontrados similar al del paseo. Como madre, se angustió muchísimo al saber que sus cuatro hijos varones irían a la guerra sin ningún tipo de privilegio por ser hijos del presidente. Pese a sus justificados temores, tuvo claro que, al igual que las madres de los otros jóvenes soldados, no podría hacer nada para impedirlo y, en su caso, además, ni siquiera tenía derecho a manifestarle a nadie su preocupación.
Con el título de "Primera Dama del Mundo Libre", Eleanor visitó las tropas americanas en Europa, Asia y América Latina. Un dato curioso: Estados Unidos mantuvo numerosas tropas en algunos países latinoamericanos (Guatemala, Colombia, Venezuela, Ecuador y Panamá entre otros) no porque temiera que los alemanes o japoneses atacaran, sino solamente por si acaso surgía en algún país de América Latina un gobierno simpatizante de la causa nazi. A la Argentina fascista del General Perón, Roosevelt la mantenía bajo estrecha vigilancia. Eleanor cuenta que los soldados americanos más aburridos que visitó eran los que estaban acantonados en las Islas Galápagos, que no dispararon un tiro en toda la guerra. 
Aunque lo veía poco, Eleanor continuaba admirando la sabiduría de su marido. Lo que más la impresionaba era su capacidad de ser siempre oportuno. Franklin Delano Roosevelt sabía escoger siempre el mejor momento para hablar tanto como para actuar. Tras haber sacado a los Estados Unidos de la gran depresión se le había venido encima la Guerra Mundial. La inteligencia y el sentido del humor del Presidente se mantenían invariables, pero su estado físico se deterioraba aceleradamente. Roosevelt ha sido el único presidente de los Estados Unidos en ser electo más de dos veces. Fue electo en 1932, 1936, 1940 y 1944. En la última campaña electoral, se barajó la posibilidad de que cediera el puesto a otra persona, pero Roosevelt, pese a su enfermedad, no quería dejar la presidencia antes de que la guerra terminara. Eleanor lo acompañó en las giras y, confiesa, más que el triunfo electoral, que estaba seguro, lo que le preocupaba era que su marido se mojara con la lluvia, se expusiera a brisas frías o se cayera. El Roosevelt robusto y un poco pasado de peso de toda la vida, al final de sus días era un esqueleto pálido de solo huesos y pellejo.
Tras su cuarta juramentación como Presidente de los Estados Unidos, seguramente porque sabía que no le quedaba mucho tiempo, Franklin y Eleanor finalmente hicieron espacio en sus apretadas agendas para pasar unos días junto a sus cinco hijos y sus trece nietos.
Cuando partió para la conferencia de Yalta, en la que junto con Churchill y Stalin definirían el futuro de Europa y del mundo, ya Roosevelt estaba agonizando. Aunque no podía caminar, Roosevelt se ponía armazones de hierro en las piernas y pronunciaba sus discursos de pie. Cuando Eleanor vio que Roosevelt dio su último discurso ante el Congreso sentado, supo que el final estaba cerca.  
Franklin Roosevelt murió dos semanas antes que Adolfo Hitler. Cuando la guerra terminó, el nuevo presidente Harry Truman, en un arranque de euforia, llamó a Eleanor Roosevelt "la Primera Dama del Mundo". Y, consciente de que el sueño más grande de Franklin Roosevelt para cuando la guerra terminara era la creación de las Naciones Unidas, nombró a Eleanor en el equipo encargado de fundar el organismo.
Eleanor sostiene un afiche con la versión en Español de los
Derechos Humanos a la que ella le dio la redacción final.
Irónicamente, Eleanor fue una abanderada de las reivindicaciones
feministas y la versión en español dice "Derechos del Hombre"
en vez de Derechos Humanos. Eleanor hablaba, además de
inglés, francés e italiano, pero no español.
Aquella muchacha que debía memorizar frases ajenas para poder decir algo en ciertas conversaciones, acabó luciéndose como diplomática de alto nivel frente a líderes mundiales de los cinco continentes. Tras largos debates, no solo impuso su criterio sobre la necesidad de una Declaración Universal de Derechos Humanos, sino que se encargó de la redacción final. Los Derechos Humanos fueron la causa de Eleanor desde mucho antes de ser proclamados. Se manifestó en contra de la discriminación de la mujer y abogó por crear oportunidades para los sectores menos favorecidos de la sociedad. Su posición firme contra cualquier manifestación de racismo, hizo que el presidente Kennedy la pusiera al frente de organismos federales para los derechos civiles en un momento en que los conflictos raciales resurgieron con gran crudeza. 
Al quedar viuda, Eleanor no quiso seguir viviendo en la enorme mansión de Hyde Park, que donó al gobierno federal para que se hiciera un museo en memoria de su marido, cuya tumba está en los propios jardines de la propiedad. Ella se trasladó a una de las casitas pequeñas de la villa. La casita, además de los apartamentos para la servidumbre, contaba con dos vestíbulos, numerosos despachos, dos salones, un comedor y ocho habitaciones. 
Eleanor Roosevelt fue una intelectual, activista, escritora y periodista que, con los años, acabó convirtiéndose en un verdadero ícono de fortaleza y determinación. Es irónico que la primera Primera Dama, la primera esposa de presidente con agenda y voz propia, haya logrado un papel tan destacado, precisamente porque su matrimonio no anduvo bien.
Eleanor Roosevelt escribió sus memorias en cuatro entregas. Esta es mi historia, sobre su infancia y recuerdos familiares. Esto es lo que recuerdo, sobre su papel como figura pública. Por mi propia cuenta, sobre sus actividades diplomáticas y políticas tras la muerte de su marido. Y, finalmente, En busca de entendimiento, sobre sus impresiones de sus viajes a la Unión Soviética, sus ideas sobre el futuro de los Estados Unidos y las tareas pendientes que tiene la humanidad para crear un mejor futuro para todos. Las traducciones al español suelen reunir los cuatro libros en uno solo bajo el título Autobiografía de Eleanor Roosevelt.
Como inevitablemente, por la educación puritana que recibió, Eleanor fue una mujer discreta y reservada respecto a sí misma, sus memorias están escritas en un tono frío y analítico en el que se eluden muchos detalles de su vida personal y familiar. Para esta nota, además del libro de la señora Roosevelt, debí recurrir a los escritos de su hijo Elliot quien, bastantes años después de muertos sus padres, reveló sin tapujos en Los Roosevelt de Hyde Park, la compleja vida de su familia. 
Al igual que su marido, Eleanor Roosevelt fue una gran optimista. En sus luchas contras las situaciones injustas, más que por la denuncia, la queja y el recuento de problemas, optó por proponer soluciones e insistir en que el cambio, además de urgente y necesario, es posible. Las palabras de Franklin Delano Roosevelt, en su primer día como presidente, "No debemos tener miedo a nada más que al miedo mismo", acabaron siendo tan famosas, como las de Eleanor quien, dirigiéndose a los marginados dijo: "Debes hacer las cosas que crees que no puedes hacer y recuerda que nadie puede hacerte sentir inferior sin tu permiso".
Eleanor Roosevelt. (1884-1962)



lunes, 27 de abril de 2015

Espejo del artista. Poemario de Francisco de Asís Fernández.

Espejo del artista. Francisco de Asís
Fernández. PAVSA, Nicaragua, 2005.
En el poema Primeros amores, con que abre este libro, Francisco de Asís evoca la Chabela Mora, quien tuvo las mejores pantorrillas de Granada y una sensualidad hecha de carne morena, pechos breves y nalgas altaneras. La Chabela tendría unos cuarenta o cincuenta años de edad cuando Chichí, que era un niño de diez o doce, le ponía su rostro y su cuerpo a la Venus de Boticelli o a las desnudas de Cezanne. La Alma Bernard, en cambio, que era de su edad, lo deslumbraba como un ángel de Fra Angélico o como una niña dorada en los parques de Renoir.
La belleza, que unas veces es terrenal y otras celestial, fascina de manera intensa pero distinta según el caso. Francisco de Asís Fernández es un poeta no solo de cuerpo entero, sino de cuerpo y alma. Es capaz de celebrar la pasión de los sentidos y la sensualidad de los placeres y apetitos carnales, así como de explorar la melancolía almacenada en lo más profundo de su ser y elevarse hasta las más altas cumbres de los misterios del alma. La poesía de Chichí, como su vida, aunque se inclina a veces a lo mundano, no renuncia ni por un instante a lo espiritual y, aunque en ocasiones se torna filosófica y divagatoria, jamás despega los pies de la tierra.
Chichí ya tenía la estatura de poeta reconocido y admirado muchos años antes de publicar su antología Celebración de la Inocencia, pero en el año 2005 sorprendió con Espejo del Artista, una obra de madurez colmada de sabiduría y belleza. Aunque algunos de los poemas son nostálgicos, hay en todos ellos cierta actitud risueña. Chichí es la antítesis del poeta atormentado que no tiene más musa que el sufrimiento. Él ha sabido convertir su vida en una fiesta del alma y del cuerpo, en la que hasta las lágrimas se convierten, a la larga, en motivo de gozo. En este libro, escribe sobre su amada Granada, Nicaragua, la pequeña ciudad colonial, situada entre un volcán y un lago, en la que numerosos campanarios sobresalen entre los techos de tejas de las casonas de adobe con frescos corredores y amplios jardines. "En Granada, los ángeles y los demonios luchan por la virtud, tocándose en la oscuridad, haciéndose la guerra y el amor como llenando un pozo vacío".
Evoca a su familiares ya idos, a su padre el poeta don Enrique Fernández Morales, a su madre Rosa Victoria Arellano Arana, a su hermana Blanca Fernanda fallecida en la infancia, así como a sus abuelos Faustino y María Luisa y Fernando y Blanca Berta.  Como no podían faltar en el recuento, en este libro se incluyen los maravillosos poemas Elogio a la locura de mi tío David y Mi comadre Mercedes interpretaba mis sueños, que ya habían sido publicados en libros anteriores.
Chichí escribe sobre sus sueños, sus angustias, sus anhelos y sus dudas. Reflexiona sobre su existencia saltando del hecho trivial al recuerdo borroso, de la sus mayores alegrías a sus más intensos temores. En su obra, él es su propio tema. Pero al repasar su vida, este simpático Narciso acaba brindando luces que permiten conocer más a fondo la vida propia, la vida de todos.
INSC: 1942

Son muchos los poemas de este libro que me gustaría compartir, pero he escogido la evocación a la muerte de su hermana Blanca Fernanda, que Chichí leyó con su voz fuerte y clara en la inauguración del I Festival de Poesía de Granada en 2005.

Cuando murió mi hermanita Blanca Fernanda


Yo tenía dos años en 1947
cuando en sus ocho meses de edad, siendo un ángel prematuro,
murió mi hermanita Blanca Fernanda
y empezamos a ver las correntadas de lágrimas de mis padres,
inundándolo todo. Arrasándolo todo.
Sus lágrimas nos caían del tejado y nos empujaban
y en pocos años su avalancha destruyó su unión matrimonial
las casas de adobe y taquezal de mis abuelos,
las haciendas y el paisaje, las calles y sus puentes,
y quedamos mi hermana Marimelda y yo,
viajando en los arroyos de El Llanto en una balsa sin remos,
entre Granada y Managua, entre Escila y Caribdis,
entre mi padre y mi madre.
Mis piernas se quedaron amarradas a mi padre
y mis brazos, desgarrados, a mi madre.

Delicada y efímera la vida no vivida de la Blanca Fernanda,
pero su muerte desató el vendaval.
¿Hubiera tenido el cabello negro y los ojos paganos?
Las almas bajan y suben al cielo con la luz de la luna.

Cada vez que se hablaban mis padres
un brazo del río de lágrimas se abalanzaba sobre los corredores
y todos los pobladores de la casa,
mucha familia y muchas empleadas, quienes eran como de la familia,
nos teníamos que anudar a los pilares, a las balaustradas de los quioscos
o al altar de la capilla de la casa dedicada a la Virgen de la Flor,
para no ser arrastrados por la corriente de El Llanto.
A mi hermana Marimelda la sujetaba mi abuela Blanca Berta,
mi Mamita Bebeta, quien murió con muchos padecimientos y dolor,
a mí, las ternuras de mi Comadre Mercedes
quien dedicó, abnegada y dulce, setenta años de su vida a mi familia.

Cada vez que se miraban mis padres
se desentejaban los tejados,
porque el río se nos venía encima como lluvia incontenible
y se acabaron las mañanas llenas de esplendor,
y las lunas hermosas de Granada;
y cuando la Marimelda y yo comenzamos a llorar,
las lágrimas salían de las paredes de adobe y de los chorros,
y las lágrimas rebalsaron las pilas que almacenaban el agua para el verano.

Esa casa se deshizo, como mi niñez,
pero mi corazón no acaba de morir.
Allí en mi corazón, en un estanque quieto de lágrimas,
están los pedazos de las paredes y el lujo desperdiciado de los muebles,
las pinturas, los libros, mis jugueteras y los reclinatorios de la capilla.

Allí estamos mi hermanita Memena y yo, 
llorando, apretados el uno contra el otro,
tratando, desesperadamente, que el amor nos salve. 

Francisco de Asís Fernández Arellano. Chichí. 

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