sábado, 27 de junio de 2015

Viajes y lecturas de Mario Sancho.

Viajes y lecturas. Mario Sancho. Editorial
Costa Rica, 1972.
A Mario Sancho le encantaba escribir. Cuando un artículo del periódico llamaba su atención, cosa que ocurría muy frecuentemente, le mandaba al autor un comentario que bien podía ser dos o tres veces más extenso que el artículo mismo. Si alguien le enviaba una tarjeta con un breve saludo, podía recibir de su parte una carta de respuesta de diez páginas. Tal parece que cada vez que tenía la pluma en sus manos las ideas le bullían sin pausa. También, por supuesto, Mario Sancho publicaba artículos en la prensa, especialmente en el Repertorio Americano de Joaquín García Monge. En sus colaboraciones periodísticas y artículos de opinión se refería todo lo humano y lo divino. Entusiasta lector de Renán y gran francófilo, con frecuencia escribía sobre episodios o personajes poco conocidos de la literatura o la historia de Francia. Pero Mario Sancho, quien era un erudito que leía atentamente hasta los decretos oficiales de La Gaceta, tenía una opinión sobre todos los temas y no se aguantaba las ganas de expresarla. Por ello, abundan artículos suyos sobre arquitectura, escultura, pintura y episodios históricos tanto de su Cartago natal como de los distintos países y ciudades que visitó, así como sobre agricultura, comercio, educación, impuestos, política local o internacional, tradiciones y creencias religiosas y hasta comentarios sobre los aspectos más triviales de la vida cotidiana de su época. Si leía o escuchaba unas declaraciones con las que no estaba de acuerdo, soltaba su réplica que, de más está decir, era siempre extensa. Una vez, el poeta Rogelio Sotela hizo un viaje a México y, a su regreso, compartió sus impresiones con los oyentes de su emisora de radio. Sotela quedó muy impresionado con los monumentos y la arquitectura de la capital azteca y habló con verdadero entusiasmo sobre su viaje. Mario Sancho, como de costumbre, no pudo evitar soltar su réplica y escribió un largo artículo en que criticó hasta el monumento al ángel de la Independencia y dejó claro que en su opinión el Palacio de Bellas Artes era una mole de mal gusto que lastimaba los ojos y no pasaba de ser una muestra del gusto afrancesado de Porfirio Díaz. Y eso que Mario Sancho era francófilo.
A Sancho le encantaba nadar contra corriente. Si la opinión general criticaba algo, él lo elogiaba. O, al contrario, si sobre cierto personaje, hecho, proyecto o acontecimiento había un consenso favorable, él lo criticaba. Su afán de discutirlo todo lo llevó, tal vez sin darse cuenta, a posiciones contradictorias. Cuando escuchaba a un orador celebrando la bucólica y serena vida de Costa Rica, Mario Sancho decía que Costa Rica era una aldea primitiva y estancada en el pasado. Pero si alguien proponía alguna novedad estética, política o tecnológica, Sancho advertía sobre el intento de querer borrar las costumbres austeras y sencillas de los tiempos de los abuelos. Escribía con entusiasmo y admiración sobre los países desarrollados, especialmente Francia y los Estados Unidos, pero también de cuando en cuando se le desataba un nacionalismo visceral. Naturalmente, ese nacionalismo desaparecía a la hora en que todo el país celebraba fiestas patrias porque, entonces, Mario Sancho adoptaba una posición hipercrítica. 
Criticaba lo nacional y lo foráneo, lo tradicional y lo novedoso, lo clásico y lo moderno. Todo lo que leía o escuchaba estaba equivocado y era su deber, como caballero andante, separar al pueblo del error y abrir sus ojos a la verdad. 
Mario Sancho fue, para la pequeña pero activa comunidad de su época, una verdadera piedra en el zapato y, aunque cada vez que hablaba o escribía lo hacía para aguar la fiesta, era un hombre muy respetado y admirado. Lo invitaban a dar conferencias y a hablar por radio. Para escribir artículos en los periódicos, él se invitaba solo. 
Era, sin lugar a dudas, un hombre muy culto. Conocía al dedillo los clásicos y estaba también muy al tanto de la actualidad. Además, cosa rara entonces, Mario había viajado mucho. De joven pasó una larga temporada en París, conoció todo México y Centroamérica y se estableció por bastantes años en Boston, Massachusets, desde donde se desplazaba, como profesor invitado, a distintas universidades de los Estados Unidos. En los periodos en que vivía en Costa Rica, era profesor de literatura en Colegio San Luis Gonzaga. 
Lo curioso es que, pese a ser un intelectual reconocido, solamente publicó un libro en toda su vida. Varias de sus conferencias fueron mimeografiadas o impresas en folletos, pero su único libro es Viajes y lecturas, publicado en 1933. Se trata de una antología de sus artículos dedicados, como indica el título, a apuntes de viajes y notas sobre libros. El primer apartado se refiere a su admirado Renán. Viene también un análisis, un tanto aburrido aunque con ciertos chispazos interesantes sobre un texto de Cesare de Lollis sobre el Quijote. Leer comentarios de obras literarias permite descubrir nuevas perspectivas, pero leer un comentario sobre el comentario no es tan atractivo. También notas sobre otros autores, Gómez Carrillo entre ellos. En cuanto a los viajes está, además de la nota sobre México en respuesta a las declaraciones de Rogelio Sotela, un largo recuento del recorrido que hizo Mario Sancho por todas las grandes ciudades de España poco antes de que se declarara la República. Los artículos sobre Estados Unidos son prácticamente periodísticos, se refieren al industrial Henry Ford, a las elecciones en que se destacaba como candidato el gobernador de Nueva York, Franklin Delano Roosevelt y a una conferencia de Krishnamurti a la que Mario Sancho tuvo oportunidad de asistir. 
De las tres facetas: crítico literario, viajero y periodista, me quedo con la de viajero. La narración de sus experiencias por tierras lejanas verdaderamente encantadora. Sus críticas literarias, en cambio, están tan cargadas de referencias que resultan una lectura abrumadora. Pareciera a veces que su propósito no era desarrollar una argumentación clara y estructurada, sino hacer un despliegue de su asombrosa erudición. Como periodista, finalmente, sus notas suelen concentrarse en lo puramente anecdótico. Para él, la campaña presidencial de 1932 en los Estados Unidos, por el tema de eliminar o mantener la ley seca, tenía como eje principal "beber o no beber". El triunfo de Roosevelt lo atribuye a detalles sin importancia y, en cuanto a la conferencia de Krishnamurti, describió su aspecto, sus manos y su ropa, pero no se molestó en brindar un resumen de lo que dijo.
Sin ser un gran conocedor de la obra de Mario Sancho, me parece que este libro no le hace justicia. En momentos verdaderamente drámaticos de nuestra historia, como la dictadura de los Tinoco, el gobierno de León Cortés, la gran huelga bananera y la reforma social de los años cuarenta, Mario Sancho escribió artículos verdaderamente valiosos. Al final de su vida, también escribió esclarecedores artículos de opinión sobre la Guerra Civil española y la segunda guerra mundial. Como buen liberal, Mario Sancho mantuvo distancia tanto de los comunistas como de los fascistas y señaló los peligros que implicaría un triunfo de cualquiera de esos dos modelos totalitarios. 
Los libros de Mario Sancho, Viajes y Lecturas y sus Memorias, publicadas tras su muerte, ya no se consiguen. El único ensayo suyo que aún me parece que se lee en los colegios de secundaria es Costa Rica Suiza centroamericana de 1935. Es un texto verdaderamente amargo y desencantado que se puede resumir en cinco palabras: En Costa Rica todo está mal. 
El título es irónico. Los ticos acostumbrábamos llamar a nuestro país "la Suiza centroamericana", por ser un oasis de paz y democracia en una región en conflicto. Tengo entendido que la frase es de don Ricardo Jiménez Oreamuno. Una vez se discutía en el Congreso una ley de juegos y apuestas y don Ricardo se opuso diciendo que prefería que Costa Rica, al ser un país pequeño, fuera conocido como la "Suiza centroamericana" por su democracia y no como el "Mónaco centroamericano", por sus apuestas. La frase se convirtió en lema y hasta no hace mucho era de uso común. El compositor nicaragüense Tino López Guerra, el mismo que escribió el corrido a León ("Viva León jodido") compuso una canción que dice: "Por ser tan linda a Costa Rica la llaman, la Suiza centroamericana".
Pues bien, Mario Sancho no la veía tan linda y en su ensayo pinta un panorama desolador en que no deja títere con cabeza. Es un texto pesimista y hasta deprimente que se ocupa en mostrar todo lo negativo de una sociedad que estaba muy lejos de alcanzar la democracia ejemplar en que creía vivir.
Mario Sancho nació en Cartago en 1889  y, tras haber rodado mundo, murió en su ciudad natal en 1948. 
INSC: 2203

viernes, 19 de junio de 2015

Feliz año Chaves Chaves, novela de Alberto Cañas.

Feliz año Chaves Chaves. Alberto Cañas.
Editorial Costa Rica, 1981
El 31 de diciembre es un día que suele estar cargado de nostalgia. La víspera de año nuevo uno no tiene la sensación de que algo empieza sino, más bien, de que algo termina, así sean solamente las vacaciones navideñas. Además, como la cuenta regresiva hacia la medianoche empieza desde el momento mismo en que uno se levanta, el día se hace larguísimo. Si se goza de buena compañía, el lento paso de las horas resulta menos tedioso, pero si los amigos, familiares o seres queridos están muertos o muy lejos y, para colmo de males, uno no hizo planes y no tiene ni la más mínima idea de dónde lo van a sorprender las campanadas de las doce, se corre el riesgo de amanecer a solas con los pensamientos que, por cierto, esa noche no suelen ser muy alegres.  De nada vale buscar a alguien: el 31 de diciembre es un día en que nadie aparece. Unos salieron de vacaciones a sitios lejanos y, los que se quedaron en la ciudad no hay forma de saber en dónde están. Uno llama por teléfono y nadie contesta o toca la puerta y la casa está sola.
Al joven diputado de provincias Bruno Chaves Chaves lo sorprendió el 31 de diciembre sin saber a dónde dirigir sus pasos. La única actividad que tenía programada para ese día era un almuerzo con unos señores importantes ("importantes para otros", pensaba, "porque ahora son como yo") del cual esperaba salir temprano y decidir luego si se iba a San Luis, su pueblo natal, o se quedaba en San José. Desafortunadamente el asunto se fue alargando. A las once de la mañana se sentaron en una mesa del club a tomar un aperitivo y ya eran más de las dos de la tarde, el litro de whisky iba para abajo de la mitad y nada que comían. Para acabar de hacerla, la conversación era un verdadero fastidio y Bruno, en vez de relajarse, se iba poniendo cada vez más tenso.  Estaba en compañía de tres hombres que le sonreían y lo adulaban (el único que no le palmoteaba la espalda era el del frente porque no tenía cómo). A veces daba la impresión de que querían decirle algo, que lo habían invitado con un propósito, pero las agujas del reloj seguían pasando sin que se decidieran ni a entrar en materia ni a pedirle al salonero otra cosa que más hielo.
Llegó el momento en que ni siquiera los escuchaba. Su mente se puso a repasar momentos de su juventud, no muy lejana, en que jugaba fútbol y era bueno para repartir puñetazos en los pleitos colegiales. Recordó el funeral de su padre y la vez que llevó a su primera novia a nadar en la poza de un cafetal donde, con el agua helada hasta la cintura y una nube de mosquitos zumbando alrededor, le dio un beso inolvidable. Tanto su padre muerto como la novia a la que nunca volvió a ver estaban definitivamente fuera de su vida, pero no de su mente. Su pensamiento también volvía de vez en cuando al presente. Sabía que los líderes del partido por el que había sido electo diputado y dentro del cual, hasta hace poco, parecía tener futuro, estaban pensando no solo en expulsarlo, sino en acabar con su carrera. Bruno, joven inteligente e idealista, ganó la diputación de San Luis con amplio margen de votos. Todo el pueblo, salvo su cuñado, que hizo hasta lo imposible por perjudicarlo, confió en el nuevo líder comunal que, parecía, estaba destinado a ser figura nacional. Bruno tenía la cabeza llena de sueños, ilusiones y buenos propósitos. Quería iniciar, junto con sus compañeros de generación, una nueva forma de hacer política pero, cuando empezó a recibir golpes bajos, no tuvo más remedio que devolverlos. Aprendió que, más que pronunciar discursos, era necesario poner a circular chismes, más que convencer con argumentos, había que saber planear una intriga. Cuando los propios líderes de su partido elogiaban su progresos en el dominio de las reglas del juego, sucedió lo imprevisto. Allá en San Luis, su pueblo, justo en el Cerro de la Concepción que parece una postal con sus árboles y vaquitas, se descubrió un yacimiento mineral. Una compañía transnacional, con el apoyo de los diputados del partido contrario, propuso un contrato para explotarlo. El partido de Bruno se oponía rotundamente. Los argumentos que se escucharon en el debate abarcaban toda la gama de tonos desde el nacionalismo más sentimental hasta el más frío sentido práctico. La compañía gastó un dineral en propaganda y, segú las malas lenguas, hasta en sobornos para lograr el contrato. En San Luis, hasta el tonto del pueblo se veía en un futuro no muy lejano nadando en dólares. El día de la votación, 28 de diciembre, el contrato fue aprobado gracias al voto decisivo de Bruno Chaves Chaves, que "traicionó" (la palabra resonaba en su cabeza) la línea de su partido. Bruno ni siquiera estaba de acuerdo con el contrato. Sabía que el cerro, y probablemente también su pueblo, desaparecería apenas iniciaran las excavaciones, pero no pudo votar de acuerdo con su conciencia y sus ideas por no enfrentarse a los vecinos de la comarca, conocidos de toda la vida, cuyos votos, a fin de cuentas, lo habían llevado hasta donde estaba.  
Los tres hombres que lo acompañaban ese medio día, no hacían más que elogiar su voto. Uno de ellos era el representante de la compañía minera y, los otros dos un par de acólitos locales. Ya sea por el hambre, el whisky, los recuerdos lejanos, las enemistades recientes, el sentimiento de culpa, los nubarrones en el horizonte o, muy probablemente, por la suma de todos esos factores, a Bruno Chaves se le colmó la paciencia, hizo una escena bastante grosera, soltó un discurso con palabrotas más dirigido a sí mismo que a sus compañeros de mesa, salió a la calle y se puso a caminar sin saber hacia dónde iba. Necesitaba compañía, es decir, alguien que lo escuchara, pero un 31 de diciembre uno no encuentra a nadie.
Días antes había conocido a una muchacha. Ni siquiera recordaba su nombre, pero se habían contado algo de sus vidas y la soledad de ambos los hizo creer que se comprendían.  Bruno, que en el tumulto de la capital se sentía como un árbol con las raíces al aire, creyó que la única persona que podría entenderlo sería precisamente alguien que no lo conociera. 
A María Eugenia, que así se llamaba la joven, también le habría gustado encontrarse con Bruno. Su 31 de diciembre no iba nada bien. Era una muchacha que se quedaba sin trabajo periódicamente y vivía con su madre, que no hacía más que ofenderla. El pulpero de la esquina, además, cuando la veía venir, salía a la puerta para gritarle las obscenidades más grotescas. Al final de la noche, que era también el final del año, Bruno y María Eugenia se encuentran, están un rato en los chinamos y el amanecer los sorprende en la carretera en un viaje que no se sabe en qué podrá parar.
Feliz año Chaves Chaves, publicada en 1981, es, en mi opinión, la novela más audaz de don Beto Cañas. Mientras en Una casa en el barrio del Carmen o Los Molinos de Dios,  también obras fascinantes, amenas y meritorias, la narración es bastante convencional y concentra en consignar los hechos, en Feliz año Chaves Chaves se nos invita a recorrer un laberinto de emociones y recuerdos, de ilusiones estrelladas contra la realidad, de paisajes bucólicos llenos de historias y situaciones absurdas así como de acontecimientos insignificantes que llegan a ser gran importancia. En esta novela se reflexiona con profundidad, ironía y gran sentido del humor, tanto sobre lo social en el sentido más amplio como sobre lo personal hasta el alcance más íntimo. Al relatar unas doce horas en las vidas de dos solitarios que acabaron pasando el año nuevo juntos, don Beto nos pasea por distintas épocas y paisajes y nos presenta un singular desfile de seres humanos de todo tipo. Gerardo el macuco, el pulpero vulgar, tacaño y cochino, la vieja que sonríe sin dientes, el chofer de bus enamorado en silencio, Negrodilo el de los mandados del líder, Jorgito Meneses el de las tretas, Alvin Finch y su sonrisa de cómo ganar amigos, el tuerto de Sinoel Cascante y tantos otros, son mucho más que sombras alrededor de Bruno y María Eugenia. Hasta los personajes que aparecen fugazmente llegan a ser memorables.  
El final de la novela queda abierto. No sabemos en qué paró ninguna de las historias que se cuentan. Podemos imaginarnos lo peor o inclinarnos por el final feliz. También queda abierta la posibilidad de que, al final, no ocurra nada que sea particularmente bueno ni malo y las cosas sigan más o menos como estaban. La novela termina al amanecer del 1 de enero y, como todos sabemos, el 1 de enero es un día muy distinto al 31 de diciembre. El 1 de enero no se piensa en el pasado, sino en el futuro. No se experimenta la sensación de que algo termina, sino de que algo empieza. Todo parece nuevo y fresco y da la impresión de que el reloj corre a toda prisa.
INSC: 0671

martes, 16 de junio de 2015

El espejo inicial de Milton Zárate.

El espejo inicial. Milton Zárate. Editorial
Costa Rica, 2001.
La poesía mística o de tema religioso no es muy común en Costa Rica. Salvo uno que otro trabajo aislado, tal parece que el tema de Dios no ha llamado particularmente la atención de nuestros poetas. Si bien es cierto que en la literatura costarricense se pueden encontrar poemas y hasta libros enteros de corte esperitual, lo cierto es que esas creaciones no podrían considerarse, ya vistas en conjunto, como integrantes de una corriente que se pudiera analizar en forma colectiva. Cada cierto tiempo, sin embargo, aparece un título que retoma el tema.
El espejo inicial, de Milton Zárate, es un poemario cuyo tema es la creación del mundo tal y como la cuenta el Génesis.
El libro está partido en dos. La primera parte, titulada Los numerales del ansia, se refiere al relato bíblico desde que no existía nada hasta el sacrificio que ofrecieron Caín y Abel, los primeros humanos que nacieron fuera del paraíso.
En la segunda parte, bajo el título de Salmos olvidados, aparecen diversos poemas de alabanza al Creador. Ciertamente, si bien ambas secciones son de corte místico, es notorio que la primera parte responde a una propuesta de conjunto mientras que la segunda es una compilación de poemas individuales que no necesariamente están relacionados el uno con el otro.
La lectura de El espejo inicial es una experiencia interesante que despierta reacciones diversas. El libro tiene una composición muy cuidada. La delicadeza y musicalidad de los poemas, así como su tono sereno y contenido es algo que el lector valora y agradece. Sin embargo, me dio la impresión de que el libro se quedó corto al explorar un tema tan rico como la creación del mundo.
Las páginas se van leyendo sin sorpresas ni sobresaltos. Zárate, ya experto en las lides poéticas, no recurre al efectismo ni se distrae en florituras sino que, conteniendo su lirismo, logra redondear poemas de una bellísima sencillez. Más que metáforas, hay alegorías. Las imágenes con contrastes no pretenden deslumbrar sino brillar con delicadeza y, además, están inteligentemente dosificadas. La musicalidad de los poemas es envolvente y hace que la lectura fluya sin tropiezos.
Es decir, en cuanto a la forma queda claro que Zárate es un poeta con oficio que no solo ha superado la etapa de los ejercicios exploratorios sino que da muestras de haber llegado a definir el tono y el lenguaje en que desea expresarse. Pero, aunque estos poemas son bellos y agradables, en el fondo hay algo que no termina de cuajar.
El principal reclamo que le hago al libro es que no se atrevió a intentar un replanteamiento novedoso. En sus páginas no hay ni la más mínima ruptura con la historia narrada en el Génesis. Pareciera que Zárate quiso hacer una glosa del texto sagrado sin apartarse en lo más mínimo de él. Zárate con sus propias palabras y estilo reescribe el Génesis sin atreverse a cuestionarlo, contradecirlo o, ni siquiera, introducirle alguna variación.
Podría argumentarse que este tipo de crítica se invalida por el hecho de que se refiere a un libro que no existe. Es decir, que en vez de apreciar y valorar lo que el autor hizo, le reclamo lo que no hizo.
Me defiendo argumentando que el destino del mito es ser eternamente reinterpretado y reescrito. Si un autor asume el riesgo de escribir sobre un relato antiguo y conocido, se puede esperar que lo asuma desde una perspectiva novedosa o que destaque alguna arista que otros han pasado por alto. Si lo único que pretende es repetir lo mismo con distintas palabras, el intento corre el riesgo de ser calificado como pobre.
Esa sensación de pobreza la experimenté en la primera parte del libro. Leí que no existía nada, que Dios creó el mundo en seis días, que estaba complacido con la creación, que modeló al hombre del barro y sacó la mujer de su costilla y que, por la tentación de la serpiente, Adán y Eva fueron expulsados del paraíso.
Los poemas están bien escritos, son muy bellos y todo lo que se quiera pero, a fin de cuentas, no pasan de ser una glosa de un texto conocido. Para esa gracia, más valdría leer directamente el Génesis que, además de antiguo, es más breve.
Pero poco a poco el libro empezó a volverse interesante.  Los poemas Las ofrendas del viento que cierran el primer apartado me parecieron los más ricos y bellos del libro. En ellos se consignan las palabras que pronunciaron, por separado, Caín y Abel al ofrecer su ofrenda a Dios. Aquí Zárate se atrevió a ir más allá de la glosa. En el Génesis, el sacrificio de los dos primeros hermanos apenas se menciona y Zárate se atreve a poner todo un discurso en boca de cada uno de los protagonistas.
La segunda parte, Salmos olvidados, ya liberada de las referencias, se disfruta más por no estar apegada más que a la voz y la emoción del poeta. Salmos olvidados es un canto de alabanza a Dios cuya presencia se refleja en todo lo que ha salido de sus manos. "Toco la tierra, Señor, y te recuerdo" son las primeras palabras con las que una criatura inicia un diálogo con Quien la ha creado.
Hay que reconocerle a Zárate el que, pese a manejar un tema aplastante como el divino y asumirlo desde una actitud de alabanza, haya logrado resistir el lirismo desbocado y mantuviera en los poemas un tono pausado y sereno, aunque contundente. En este aspecto, los poemas de Zárate se asemejan a su modelo, el libro de los Salmos, pero en este caso, en vez de glosar los conocidos, escribió los propios.
Los amantes de la poesía escrita con parámetros clásicos, encontrarán en este libro un deleite. Las personas religiosas no hallarán en esta obra nada que perturbe sus creencias. Tanto en forma como en contenido, El espejo inicial es un libro correcto, con todo lo favorable o desfavorable que esa palabra pueda implicar.
INSC: 1434

Las primeras damas de Costa Rica.

Las primeras damas de Costa Rica. Jorge
Francisco Sáenz Carbonell, Joaquín Alberto
Fernández Alfaro, María Gabriela Muñoz. ICE
Costa Rica, 2001.
Aunque el tratamiento de "Primera Dama", para referirse a la esposa de un presidente, se empezó a utilizar en los Estados Unidos a finales del siglo XIX, no fue sino hasta los años de la Segunda Guerra Mundial en que, gracias a los viajes, los dicursos, los artículos y la actividad diplómatica de Eleanor Roosevelt, que la denominación empezó a popularizarse. Durante la guerra, Eleanor era llamada "La primera dama del mundo" y el título, más que a la esposa del presidente, se refería propiamente a ella. Tanto Elizabeth, la esposa de Harry Truman, como Mamie, la de Eisenhower, mantuvieron un bajo perfil. Eleanor Roosevelt no solo tiene el récord de haber sido la Primera Dama oficial de los Estados Unidos por más tiempo, ya que su esposo estuvo en el cargo doce años, sino que para los americanos lo siguiendo incluso después de haber dejado la Casa Blanca. Eleanor era inteligente, excelente oradora y escritora, hábil diplomática, redactora de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y abanderada de numerosas causas sociales. En 1960, Jackeline Kennedy llegó a ser otra Primera Dama que se convirtió en figura destacada en los medios de prensa, aunque por razones bastante distintas a las que hicieron de Eleanor una celebridad.
En el mundo hispanoamericano, a las esposas de quienes ostentan un cargo se les acostumbra llamar con el mismo título de su marido. La esposa del Gobernador era la Gobernadora y, durante los primeros años de vida republicana, a la esposa del Presidente se le llamaba la Presidenta. Todavía es común que se llame Embajadora a la esposa de un Embajador pero, desde Eleanor Roosevelt, el tratamiento de Primera Dama es el más utilizado para referirse a la esposa de un Presidente. 
Protocolariamente el asunto es complicado. Recuerdo una vez, hace ya bastantes años, que una Primera Dama manifestó su molestia porque los oradores de los actos públicos, al iniciar su discurso, no la mencionaban aunque estuviera presente. Fue necesario explicarle que en una república los cargos son designados o electos y la esposa del presidente, que no ocupa un cargo de ninguno de los dos tipos, aunque esté presente en un acto oficial, forma parte del público en general. Pese a la aclaración, años más tarde, hubo tres primeras damas que participaban cada semana en las reuniones del Consejo de Gobierno y una de ellas exigió (y logró) sentarse en la mesa principal de la Asamblea Legislativa en el último discurso de su marido. El hecho, en todo caso, afortunadamente no volvió a repetirse.
Si bien no ocupan ningún cargo dentro del gobierno ni tienen responsabilidades asignadas, las primeras damas son las personas más cercanas al presidente y, por ello, son muchos los ciudadanos que tratan de atraer su interés sobre proyectos sociales o comunales muy específicos. Entre las primeras damas de Costa Rica ha habido, como en cualquier otro país, de todo un poco. Algunas han sido verdaderamente discretas y reservadas y se han mantenido alejadas de todo tipo de protagonismo. Otras establecieron su agenda y proyectos propios. Muchas de ellas, además, lograron una popularidad mayor que la de sus esposos. Don Tomás Guardia, lo más parecido a un monarca absoluto que ha habido en la historia de Costa Rica, a lo largo de la intensa década de su dictadura, tuvo grandes adversarios, pero todo el país sentía verdadero respeto y hasta veneración por su esposa, doña Emilia Solórzano Alfaro. Se dice, aunque es más una leyenda que un hecho comprobado o comprobable, que doña Emilia fue quien logró que se aboliera la pena de muerte en Costa Rica. Doña Emilia, en todo caso, es la única Primera Dama de Costa Rica que ha sido declarada Benemérita de la Patria. Otra esposa de dictador, doña María Fernández de Tinoco, mujer verdaderamente culta, escritora de dos novelas meritorias (Zulai y Yontá), investigadora de historia precolombina y aficionada a las ciencias ocultas, acompañó a su esposo cuando abandonó el país pero, al quedar viuda, regresó a Costa Rica donde disfrutó del cariño y aprecio de todos los ticos. Hasta las más resentidas víctimas de la tiranía de Federico Tinoco, así como los líderes del movimiento revolucionario que se levantó contra él, solían invitar y visitar a doña María, a quien llamaban cariñosamente Mimita. Un dato poco conocido y que es importante destacar es que Mimita, cuando fue Primera Dama, desarrolló programas en favor de la nutrición infantil y en contra de la prostitución juvenil. 
Doña Yvonne Clays Spoelders, sin ayuda del gobierno, fundó la Orquesta Sinfónica Nacional, doña Clarita Fonseca apoyó muchísimo la obra salesiana de Sor María Romero, doña Marjorie Elliot creó bibliotecas rurales, doña Doris Yankelewitz estableció centros de recuperación de drogadictos, doña Margarita Penón fue la impulsora de legislación para garantizar la igualdad de derechos entre hombres y mujeres y doña Gloria Bejarano convirtió la antigua penitenciaría en el Museo de los Niños. Tres primeras damas, doña Karen Olsen Beck, doña Margarita Penón Góngora y doña Gloria Bejarano, fueron electas diputadas bastantes años después de que sus respectivos maridos dejaran la presidencia. Doña Yvonne Clays y doña Karen Olsen ocuparon cargos diplomáticos.
La historia de Costa Rica está llena de ironías bastante divertidas. Los presidentes Tomás Guardia, Próspero Fernández y Bernardo Soto que, entre los tres, gobernaron desde 1870 hasta 1889, pertenecían a la misma logia masónica y eran declarados liberales y anticlericales, pero matricularon a sus hijas en el Colegio de Sión, para que las educaran las monjitas francesas que había traído al país doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa del General. Muy liberales y anticlericales, pero tal parece que en la educación de las niñas quien decidía era la señora.
Se han escrito innumerables libros sobre los presidentes de Costa Rica, tanto sobre alguno en particular como sobre varios en conjunto, pero la figura de las primeras damas no ha sido objeto de mucha atención por parte de los investigadores. En el año 2001, la aparición del libro Las Primeras Damas de Costa Rica, vino a llenar ese vacío de información. La obra, realizada por Joaquín Alberto Fernández Alfaro, Jorge Francisco Sáenz Carbonell y María Gabriela Muñoz de Fernández Silva, aunque solamente incluye una breve biografía de cada una de las esposas de los gobernantes del país, es de casi ochocientas páginas. La investigación, supongo, debió haber tomado años puesto que, exceptuando las dos primeras, incluye hasta retratos de todas ellas. 
Costa Rica se independiza de España en 1821, pero el primer Presidente de la Junta de Legados era viudo y el segundo y tercero eran sacerdotes, de manera que la primera biografía del libro es la de doña Bárbara Díaz Cabeza de Baca y Palacios, esposa de don Rafael Barroeta y Castilla, quien gobernó el país de enero a abril de 1822. Don Rafael, salvadoreño, y doña Bárbara, nicaragüense, eran los padres de don Rafael Barroeta y Baca, el que dejó buena parte de su fortuna para la educación de los jóvenes. 
Doña Bárbara no fue la única consorte de un gobernante costarricense nacida en otro país. En total fueron seis nicaragüenses, dos de los Estados Unidos (las dos esposas de don Pepe, doña Henrietta Boggs y doña Karen Olsen), una inglesa (Sophie Joy de Montealegre), una belga (doña Yvonne Clays Spoelders), una salvadoreña (doña Elena Gallegos Rosales), una canadiense (doña Marjorie Elliot) y una mexicana (doña Gloria Bejarano).
Las notas biográficas, desde el inicio hasta más o menos las dedicadas a las primeras damas de la primera mitad del siglo XX, son verdaderas delicias de historia chica, llenas de anécdotas pintorescas y divertidas que ilustran la vida cotidiana de la época. Es algo irónico, pero las últimas biografías, las más cercanas en el tiempo sobre personas vivas a quienes los autores tuvieron oportunidad de entrevistar, son las menos interesantes. Algunas de ellas, sobre las primeras damas más recientes, pasan por alto labores de gran impacto realizadas por las primeras damas y se concentran en revelaciones de intrascendentes episodios personales. Ocurre con frecuencia, y estas biografías son un buen ejemplo, que de los personajes de tiempos remotos se consiguen pocos datos, pero todos relevantes, mientras que de los contemporáneos hay tanta información que, a la hora de consignarla, se acaba eligiendo la más pintoresca.
La labor de las primeras damas, como de la mujer en general, a lo largo de los años ha pasado del silencio y la oscuridad al desarrollo de iniciativas propias. Pero, paradójicamente, en este libro las biografías más llenas de frivolidades no son las primeras, sino las últimas. Pregunto: ¿Hay alguna razón para consignar en un libro que una mujer inteligente, preparada y que realizó grandes obras en beneficio del país, en una cena de gala se puso los zapatos al revés?
El gran mérito del libro, que lo convierte en un verdadero documento de consulta, son los estudios genealógicos que, al final de cada capítulo, consignan la descendencia de la pareja presidencial. Quizá en los países de gran territorio y numerosa población los estudios genealógicos no aporten gran cosa a la comprensión de la historia, pero en Costa Rica, que es un país pequeño y, hasta no hace mucho, prácticamente despoblado, las relaciones familiares son una clave que ningún historiador puede pasar por alto. Es conocido el hecho de que tres presidentes han sido hijos de presidente. Ricardo Jiménez, hijo de Jesús Jiménez, Rafael Ángel Calderón Fournier, hijo del Dr. Calderón Guardia y José María Figueres hijo de don Pepe. Menos conocido es el hecho de que don Tomás Guardia era cuñado de Próspero Fernández, quien a su vez era suegro de Bernardo Soto, o que Rafael Yglesias Castro, nieto de José María Castro Madriz, era yerno de José Joaquín Rodríguez. Se le atribuye a Rubén Darío la afirmación de que Costa Rica, más que una democracia, era una yernocracia. Las complejas relaciones de parentesco, en la historia de nuestro pequeño país, son siempre reveladoras. El aumento de la población y de la inmigración del último medio siglo, así como el surgimiento de una amplia clase media ha hecho caer en desuso el refrán de que, en Costa Rica, el que no es vecino es familia. 
Las primeras damas de Costa Rica, a pesar de sus páginas finales y de su voluminoso grosor, es un libro que se disfruté enormemente y he acabado repasando con frecuencia.
INSC: 1261

sábado, 13 de junio de 2015

Documentos de Otilio Ulate.

A la luz de la moral política. Documentos
de Otilio Ulate. Prólogo de Julio Suñol.
Primera Edición, Costa Rica, 1976.
En 1931, como consecuencia de la Gran Depresión, las Hacienda Pública de Costa Rica estaba, no solo en serios apuros, sino prácticamente en bancarrota. Con la disminución del comercio internacional el Estado no lograba recaudar en impuestos ni siquiera lo suficiente para hacer frente a sus gastos ordinarios. El siete de octubre de ese año, el joven diputado alajuelense Otilio Ulate le dirigió una carta al Oficial Mayor del Congreso indicándole que mientras la crisis fiscal se mantuviera, no se le girara su sueldo de diputado. Deja claro que su intención no es posponer el cobro de sus dietas, sino renunciar por completo a ellas. Le ruega, además, que no haga del conocimiento público esas instrucciones para no incomodar a los compañeros de congreso que no estarían en capacidad de hacer un sacrificio similar.
El Oficial Mayor acató las instrucciones dadas. El sueldo de Ulate dejó de girarse y su carta no se hizo de conocimiento público sino hasta tres años después de su muerte, cuando su hija, Olga Marta, la incluyó en una recopilación de documentos que publicó con el título A la luz de la moral política.
El libro incluye un prólogo de Julio Suñol y un epílogo de Jorge Vega Rodríguez, pero el grueso de sus cuatrocientas setenta y cinco páginas está compuesto por discursos, artículos y cartas del Expresidente. La selección es algo irregular puesto que, salvo la carta de 1931 en que renunció a su sueldo, no incluye nada anterior a la guerra civil de 1948 pero reproduce alguna correspondencia privada de escaso interés público.
Antes de ser presidente, Ulate era un empresario periodístico, propietario del Diario de Costa Rica, cuyao estilo combativo le ganó tantos enemigos como adeptos. A su labor periodística se le pueden criticar la aspereza de sus afirmaciones, las ofensas verdaderamente subidas de tono con que atacaba a sus adversarios y el presentar como hechos lo que solamente eran suposiciones. Su estilo divagatorio y redundante llega a ser molesto. Pese a haber dedicado toda su vida al periodismo, Ulate no logra ser sintético ni estructurado a la hora de escribir, sino que da rienda suelta a su pluma con la libertad de quien sabe que, por ser el dueño del periódico, nadie le va a poner límites a lo que escriba.  El tono de guerra sin cuartel también caracterizó su participación en la política. En la campaña electoral de 1948, Ulate lanzó la consigna "No le compre, no le venda",  con el que instaba a sus partidarios a romper todo tipo de relación con comunistas y calderonistas. Discutir con Ulate no era una confrontación de ideas, sino un intercambio de ofensas.
Sin embargo, su gobierno no fue conflictivo sino verdaderamente sereno. Cuando asumió la presidencia acababa de pasar una guerra civil y los cuatro años que fue presidente, de 1949 a 1953, los dedicó a administrar el Estado con eficiencia y sin sobresaltos. Supo escoger ministros muy calificados dispuestos a hacer mucho con poco. Su administración fue la última en que las finanzas públicas cerraron con superhábit en vez de déficit. Sin recurrir a un solo préstamo, se realizaron numerosas obras públicas, incluyendo el aeropuerto del Coco, que fue financiado enteramente con ingresos ordinarios. Se fundó la Contraloría General de la República, para velar por el uso eficiente de los recursos públicos y se estableció el Servicio Civil para que brindar estabilidad a los funcionarios del Estado. 
Pese a haber hecho una buena gestión, al salir de la presidencia la estrella política de Ulate se apagó. Los electores de la segunda mitad del Siglo XX esperaban del gobierno algo más que mantener un presupuesto balanceado. Esperaban que el gobierno tuviera un plan a largo plazo y que se atreviera a realizar transformaciones y emprender proyectos audaces para lograrlo. Poco a poco, Ulate fue quedando fuera de la discusión en que liberales, comunistas, socialcristianos y socialdemócratas, hacían propuestas para la Costa Rica del futuro.
Intentó ser candidato de nuevo en 1962, pero sus largos alegatos, cargados de ofensas personales, ya no tenían impacto. Los aludidos, salvo raras excepciones, ni siquiera se tomaban la molestia de responderlos. El libro reproduce artículos, cartas y declaraciones de esta época en que Ulate, cada vez más solo, suelta sus peroratas contra las fuerzas políticas que adversaba, las cuales integraban, ya para entonces, el grueso del país. Ante cada proyecto, Ulate tenía objeciones y críticas, pero no una propuesta propia. Su partido, Unión Nacional, era una grupo minúsculo y su periódico, verdaderamente importante en algún momento, estaba por desaparecer. El último cargo público ocupado por Ulate fue el de Embajador de Costa Rica en España de 1970 a 1971. Don Pepe Figueres lo nombró en el cargo para ayudarlo en su vejez, pero el asunto salió bastante mal. Para empezar, Ulate aceptó el puesto haciendo la salvedad de que mantendría una posición independiente del gobierno, algo imposible en un embajador. 
En el libro se incluye un intercambio de correspondencia que sostuvo Ulate, como embajador en España, con don Gonzalo Facio, ministro de Relaciones Exteriores. Pese a ser correspondencia diplomática, su tono es lo menos diplomático que uno pueda imaginarse. Tras un año de estar en Madrid, Ulate le dice a Facio que no se hará cargo de los asuntos de la embajada, que se dedicará a promover proyectos privados y que envíe a otra persona para que se ocupe de las labores ordinarias. Don Chalo contesta que mientras ostente el cargo de Embajador no puede abandonar sus funciones y que le resulta imposible nombrar un funcionario para que se encargue de los asuntos que él no quiere atender. 
Ulate le responde a don Chalo un larguísimo alegato en el que, muy en su estilo, declara: "Al odio que usted me profesa lo recibo jubilosamente y le doy la bienvenida" y, seguidamente, manifiesta su preocupación por el hecho de que "Costa Rica se esté alejando del camino de occidente" para luego, a renglón seguido, soltar una diatriba anticomunista. En las comunicaciones siguientes, Ulate se refiere a tácticas de infiltración enemigas, hace acusaciones relativas al manejo del petróleo en Costa Rica, a la compra de acciones de Líneas Aéreas Costarricenses y a "ultrajes" perpetrados por el gobierno costarricense contra la diplomacia norteamericana. Don Chalo, tras aclararle a Ulate que lo siente por él no es odio, sino lástima, tiene la paciencia de contestar punto por punto las afirmaciones de Ulate y le aclara, entre otras muchas cosas, que una persona a la que acusa de haber realizado recientemente un acto indebido no pudo haberlo hecho, entre otras razones, porque hace varios años que está muerto. Las comunicaciones llegan al punto de señalarse, el uno al otro, hasta las faltas de ortografía. Tras este intercambio epistolar, Ulate fue destituido de su cargo pero un accidente lo hizo retrasar su regreso a Costa Rica.
Se incluyen en el libro unas cartas personales redactadas durante su convalecencia en España, así como artículos que publicó, ya de vuelta en Costa Rica, llenos de teorías conspirativas, ataques personales y amargo pesimismo. Muchos de los documentos incluidos formarían parte de un libro que Ulate nunca llegó a concretar.
Quienes conocieron a Otilio Ulate, suelen coincidir en que era un hombre simpático, sencillo y de buen humor. Aunque no era un intelectual con ideas filosóficas, políticas o sociales muy definidas, logró hacer un buen gobierno.  No logro comprender por qué su hija, al publicar una recopilación de sus escritos, escogió precisamente aquellos que muestran el lado más intransigente y combativo de su personalidad. De las casi quinientas páginas del libro, la más agradable, en mi opinión, es aquella de solo dos párrafos en que, en un gesto tan noble como hermoso, el joven diputado de 1931 solicita que no se le pague su sueldo para contribuir, con ello, a aliviar las finanzas del Estado. Esa página, tan distinta del resto, vale por todo el libro.
INSC: 0041

lunes, 8 de junio de 2015

El legado de Rafael Barroeta y Baca.

La Insititución Barroeta. Jorge Murillo
Chaves. Imprenta Vargas. Costa Rica,
1969.
Don Rafael Barroeta y Baca (algunos lo escriben Vaca), quien nació en Cartago en 1798 y murió en Esparza en 1880, logró amasar una gran fortuna pero no tuvo a quien dejársela. Se casó dos veces, la primera con Rosario Guardia Robles (tía de don Tomás Guardia) y la segunda con Trinidad Gutiérrez, pero con ninguna de sus esposas tuvo hijos. Tampoco se sabe que los haya tenido fuera del matrimonio. 
En su testamento fue muy generoso (tenía con qué) y repartió entre sus parientes y los de sus dos esposas, las enormes y e inmensamente productivas propiedades que tenía a lo largo y ancho del país. En las tierras de Barroeta, quien era dueño de fincas de café, cacao, caña de azúcar y ganado, podría decirse que no se ponía el sol. Era suyo El Cacao de Alajuela y la Finca Catalina en Guanacaste.
En dinero en efectivo también dejó grandes partidas. A un primo lejano, al que casi no frecuentaba, le legó quinientos pesos que, seguramente, debieron haberle hecho su vida más fácil.
Barroeta, quien tal parece sufrió mucho por no haber tenido descendencia, en la cláusula quinta de su testamento dispuso que los cien mil pesos que tenía depositados en el banco se convirtieran en un fondo de becas para la juventud. Para poner el monto en perspectiva, hay que anotar que, en aquella época, una maestra de escuela no llegaba a ganar ni treinta pesos al mes y el sueldo de un funcionario de alto rango era de cincuenta pesos mensuales. Utilizando esa referencia, los cien mil pesos de Barroeta en 1880, serían más o menos como mil millones de colones del año 2000, es decir, unos dos millones de dólares.
Rafael Barroeta y Baca.
En los libros de historia de Costa Rica, Barroeta es recordado por haber roto su espada en El Jocote. En 1842, Braulio Carrillo envió a Vicente Villaseñor al mando de setecientos hombres a repeler la invasión de Francisco Morazán. Villaseñor, en vez de detener el avance del general hondureño, pactó con él. Se oyó la voz de un oficial que dijo: "Hemos venido aquí a pelear, no a pactar." Era Barroeta, quien quebró su espada, se marchó del sitio y acabó luchando en la clandestinidad contra Morazán.  También los historiadores suelen recordar el papel de Barroeta como designado (vicepresidente diríamos hoy) de su sobrino Tomás Guardia Gutiérrez. En algún momento, durante la larga dictadura del General, don Rafael Barroeta ejerció interinamente la Presidencia de la República. 
Curiosamente, los historiadores no le han prestado mucha atención al legado de Barroeta y el fondo de becas que creó. El único libro que se refiere al tema es uno muy modesto, titulado La Institución Barroeta, publicado en 1969 por Jorge Murillo Chaves. Se trata más bien de un folleto en que hace un breve resumen histórico, defiende las pretensiones de un par de ancianos de los que se hablará más adelante y brinda una lista de los beneficiarios del fondo de becas.
El libro tiene cierto tono de denuncia, ya que los becados, a quienes se llama "pupilos", no eran precisamente jóvenes necesitados, sino hijos de familias de renombre que llegaron a ser presidentes, ministros, magistrados, empresarios o intelectuales, mientras que los únicos parientes de Barroeta que aún vivían cuando se hizo la publicación, eran unos ancianos sumidos en la pobreza extrema. 
La lista de pupilos que, entre 1880 y 1969, recibieron en su juventud los beneficios del legado, es un desfile de celebridades en el que figuran dos expresidentes de la República (Rafael Ángel Calderón Guardia y Abel Pacheco), un presidente de la Corte Suprema de Justicia (Víctor Guardia Quirós), ministros de diversas carteras (Gonzalo Facio, don Claudio Volio Guardia, Carlos José Gutiérrez, Benjamín Piza Carranza, Fernando Volio Jiménez), distinguidos intelectuales (Rodrigo Facio, Luis Demetrio Tinoco, Jaime Solera Bennet, Claudio Gutiérrez Carranza), destacados médicos (Manuel Aguilar Bonilla, Carlos Gutiérrez Cañas, Jaime Gutiérrez Góngora, Rogelio Pardo Evans), poetas (Juan Antillón Montealegre, Willy Sáenz Patterson, Ricardo Ulloa Garay), el escritor don Joaquín Gutiérrez, el escultor Hernán González, el abogado y expresidente del periódico La Nación don Fernán Vargas Rohrmoser y hasta el recordado presentador de televisión Carlos Alberto Patiño. Era común que quienes habían sido pupilos buscaran también el beneficio para otros miembros de la familia, por lo que la repetición de apellidos, entre hermanos, hijos, sobrinos y primos es frecuente. Todos los hermanos Gutiérrez Ross, entre ellos Francisco de Paula, don Paco, el padre de don Joaquín, fueron pupilos. Los hermanos de don Joaquín Gutiérrez también. El padre del Dr. Gutiérrez Cañas, don Carlos Gutiérrez Urtecho, el famoso Canducho, también fue pupilo, así como Paco, el hermano del Dr. Calderón Guardia. El presidente José Joaquín Trejos Fernández no fue pupilo, pero sus hijos Diego, Juan José y Carlos sí.
Tumba de Rafael Barroeta y Vaca. Bienhechor
de la juventud. Cementerio General. San José.
Mi queridísimo amigo don Claudio Volio Guardia me comentó en una oportunidad que ser pupilo de la Institución Barroeta era más un honor que un beneficio. Las becas se otorgaban a jóvenes inteligentes y buenos estudiantes a los que se les veía un futuro prometedor. Las normas de selección, establecidas en el propio testamento de don Rafael Barroeta, disponían que para ser candidato era requisito demostrar ser pariente del propio don Rafael o de alguna de sus dos esposas. De ahí que los pupilos fueran niños bien y no jóvenes necesitados. A los elegidos, según el testamento, se les abría una cuenta en un banco en la que se le depositaban cinco pesos (a partir del Siglo XX cinco colones) al mes y, cuando cumplían veinticinco años de edad se les entregaba el capital y los intereses acumulados para que iniciaran su vida profesional.
Hubo intentos bien intencionados de cambiar las reglas del juego. Incluso se pensó en algún momento en utilizar el capital de la Institución para fundar un colegio de artes y oficios, pero la Junta que administraba los fondos consideró que eso sería alterar la voluntad que, de manera muy detallada, había manifestado don Rafael en su testamento.
La historia de los viejitos es triste. En los años sesenta, los hermanos Rafael y Carmelina, quienes vivían en una casa de piso de tierra en el cantón de Belén, no tenían un centavo, estaban muy ancianos para poder trabajar y malvivían gracias a la ayuda de los vecinos, eran las dos únicas personas de apellido Barroeta en Costa Rica. Les indignaba vivir en la miseria cuando existía un capital enorme, legado por Rafael Barroeta, cuyas utilidades se destinaban a brindar una ayuda casi simbólica a jóvenes que no la necesitaban. En ocho oportunidades, la primera en 1898 y la última en 1966, los pretendidos parientes pobres solicitaron ayuda económica a la Junta que administraba el fondo. Dichas peticiones fueron rechazadas. El fondo no había sido creado para ayudar a familiares lejanos de don Rafael, sino para becar a estudiantes. Incluso en el caso de que tuvieran algún parentesco con el fundador de la obra, ya él mismo, en su propio testamento, había legado otras partidas a sus familiares. La última vez que el par de hermanos, ya en una verdadera situación desesperada, pidieron una pensión para su vejez, la Junta, ablandándose un poco, les solicitó que demostraran ser parientes de don Rafael Barroeta y Baca. El par de ancianos contó con la ayuda desinteresada de varios abogados pero no lograron aportar los documentos necesarios. En los registros de bautizos y matrimonios del Archivo Eclesiástico, no encontraron nada que los relacionara con don Rafael. El Registro Civil se había fundado en 1888, por lo que ninguno de los involucrados estaba inscrito. En un arrebato puramente emocional, los abogados que ayudaban a los ancianos pidieron a la Junta que pasara por alto la falta de prueba y no la exigiera. Ellos aseguraban ser parientes de Rafael Barroeta pero no podían demostrarlo porque no había cómo. Uno experimenta una sensación de gran tristeza y compasión al leer en el libro los alegatos de un abogado, que por su profesión sabe que lo que vale en un proceso son las pruebas, argumentando razones sacadas de la manga (o del corazón) para pedir a la Junta que en vez de pedir pruebas acepte como un hecho lo que solo es un supuesto. 
La Junta no cedió. Los ancianos, que perdieron su última esperanza de vivir una vejez con sus necesidades cubiertas, aunque resignados ante los hechos, atribuyeron sus penurias a la rigidez de la Junta. En su mente, el capital de su supuesto tío bisabuelo les pertenecía y se lo quitaron. 
La Junta era tan apegada a la letra del testamento que nunca actualizó el monto de la beca. A finales del siglo XIX, que le depositaran a un muchacho cinco pesos al mes, le permitía ir formando un patrimonio modesto pero considerable. Conforme fue avanzando el Siglo XX, los cinco colones de la beca, se iban convirtiendo cada vez más en un aporte simbólico. En los años sesenta, equivalía como a un dólar al mes. El tipo de cambio se mantuvo en seis colones por dólar durante muchos años. Luego pasó a ocho colones con sesenta céntimos. En los años ochenta llegó a cuarenta colones y en los años noventa a cien. Supongo que, por la devaluación, las becas de Barroeta dejaron de darse o, más bien, de solicitarse. En la actualidad nadie se tomaría la molestia de elaborar su árbol genealógico para demostrar que es pariente de Rafael Barroeta o una de sus esposas con el objetivo de que a su hijo le depositen cinco colones al mes, que hoy es menos de un centavo de dólar.
Mientras las becas se hacían cada vez más modestas, el capital, que ya era enorme desde el inicio, iba creciendo gracias a los intereses. Ya en los años veinte, los dividendos del fondo llegaban a ser varios miles de colones al mes y a los pupilos se les mantuvo la asignación de cinco colones a cada uno. Con un interés compuesto, por bajo que sea, es posible que el principal se duplique cada diez años. 
Como la gran frustración de don Rafael Barroeta y Baca fue no haber tenido hijos, dejó escrito en su testamento que si, por agradecimiento al apoyo recibido, alguno de sus pupilos deseaba agregar el apellido Barroeta a los suyos, contaba con su permiso. De más está decir que ninguno de los pupilos tomó en serio la propuesta. Al cumplir los veinticinco años de edad, lo que recibían apenas les alcanzaba para invitar a unos tragos a los amigos.
La tumba en el Cementerio General, con una lápida que reza: "Rafael Barroeta Baca, Bienhechor de la Juventud",  ni el monumento en el Parque España, con un busto realizado por Juan Ramón Bonilla,  han sido nunca objeto de homenajes. El pobre (es un decir) de don Rafael Barroeta y Baca, pese a su deseo de perpetuar su nombre, ha caído en el olvido.
¿Qué pasó con la institución que se fundó con su legado? y, más importante, ¿a dónde fue a parar el capital? He aquí una buena tarea para un historiador.
INSC: 0551
Monumento a Rafael Barroeta y Baca. Busto realizado por Juan Ramón Bonilla.
Parque España, San José, Costa Rica.





domingo, 7 de junio de 2015

Yvonne Clays Spoelders.

El otro Calderón Guardia. Guillermo
Villegas Hoffmeister. Casa Gráfica,
Costa Rica, 1985.
Yvonne Clays nació en Bélgica en 1906 y allí conoció al joven médico costarricense con quien se casó. Su padre, según confiesa ella misma, no estaba de acuerdo con el enlace. No le simpatizaba el novio y tampoco le agradaba la idea de que su hija se fuera a vivir al otro lado del mundo. "Vuelva divorciada" fue su consejo al despedirla. El matrimonio duró diecisiete años y acabó en divorcio, pero nunca volvió a ver a su padre, que había muerto durante su ausencia y, aunque regresó a Bélgica y vivió una temporada en los Estados Unidos, doña Yvonne decidió establecerse en Costa Rica, donde murió, a los ochenta y ocho años, en 1994. 
El Dr. Calderón Guardia, su marido, apenas regresó de Europa, además de trabajar como médico y cirujano, se involucró en política. Fue munícipe, diputado, presidente del Congreso y, sin haber cumplido aún los cuarenta años, fue electo Presidente de la República. Su gobierno, ciertamente rico en logros, fue bastante controversial, al punto que más de medio siglo después el debate sobre su gestión continúa abierto. Quien estudie serena y desapasionadamente la historia de los años cuarenta en Costa Rica, acabará, casi inevitablemente, con una impresión bastante ambigua del Dr. Calderón Guardia. Por un lado, reabrió la Universidad, estableció el Seguro Social, promulgó el Código de Trabajo y desarrolló iniciativas para mejorar la condición de vida de los trabajadores. Por otro lado, su gobierno se caracterizó también por ser corrupto y represivo. Cuando terminó su periodo presidencial, la mitad de Costa Rica lo amaba como a un héroe, mientras que la otra mitad lo odiaba como a un tirano. Los libros y artículos que se han escrito sobre el Dr. Calderón Guardia no tienen término medio: lo elogian o lo denigran. Es un personaje al que se pinta en blanco inmaculado o negro intenso. Su figura, su personalidad y su gestión son, sin lugar a dudas y como ya se dijo, bastante ambiguas. Fue sumiso y obediente a los Estados Unidos, realizó una alianza con el Partido Comunista, se declaraba abanderado de la Doctrina Social de la Iglesia, obtuvo el apoyo del arzobispo Monseñor Sanabria y mantuvo una cercana amistad con el dictador Anastasio Somoza.
Pero volvamos con doña Yvonne. En aquellos años la esposa del presidente no tenía ningún tipo de protagonismo. De hecho, ni los periódicos de la época ni los estudios históricos posteriores la mencionan. Sin embargo, gracias a su dominio del idioma inglés, doña Yvonne hizo de traductora en la entrevista que sostuvo su marido en Washington, con el presidente Franklin Delano Roosevelt.   La desenvoltura, la simpatía y el buen inglés de doña Yvonne la llevó a establecer una relación cercana, podría decirse que amistosa, con la primera dama Eleanor Roosevelt y con el Secretario de Estado Summer Wells. Entre 1940 y 1944, los años de gobierno de su marido, doña Yvonne debió viajar a los Estados Unidos en repetidas ocasiones para gestionar asuntos de diversa índole con el gobierno americano y, por ello, el Ministerio de Relaciones Exteriores considera a doña Yvonne la primera mujer en haber laborado para la diplomacia costarricense. Se dice que fue ella quien logró el establecimiento, en 1943, del Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas con sede en Turrialba. Además, la fundación de la Orquesta Sinfónica Nacional, en 1940, fue una iniciativa personal de doña Yvonne que, al principio, no fue gozó de apoyo oficial.
A los pocos días de que su marido se juramentara como Presidente, los nazis invadieron Bélgica. En diciembre de 1941, tras el ataque japonés a Pearl Harbor, Costa Rica le declaró la guerra al eje. La guerra, naturalmente, afectó el comercio exterior de los productos nacionales, así como el abastecimiento de bienes importados. Hasta para ella, Primera Dama de la República, era difícil conseguir llantas o gasolina para su vehículo en aquellos días. Como los Estados Unidos se habían aliado con la Unión Soviética contra el fascismo, en Costa Rica funcionó un comité antifascista en el que figuraban Manuel Mora Valverde, fundador del Partido Comunista, y Arthur Bliss Lane, Embajador de los Estados Unidos. 
La política interna no iba muy bien. En medio de la escasez ocasionada por la guerra, en vez de austeridad y manejo racional de recursos, en las personas cercanas al gobierno se desató una corrupción desmedida y descarada. Alfredo Volio Mata, el Ministro de Fomento, encargado de las obras públicas, renunció a su cargo al verse incapaz de detener el saqueo. Las reformas sociales impulsadas por el gobierno, que en el largo plazo dieron excelentes resultados, no fueron bien recibidas en su momento. Por la paranoia de la guerra, se intervinieron las propiedades de ciudadanos costarricenses de origen alemán, muchas de las cuales fueron a dar, por esas vueltas de la vida, a manos de personas cercanas al gobierno. También por la guerra se restringieron las garantías individuales, entre ellas la libertad de reunión y de expresión. José Figueres fue arrestado mientras hablaba en la radio y fue expulsado del país. Las simpatías pronazis del presidente anterior, León Cortés Castro, quien pretendía retomar el poder, hicieron de la campaña electoral de 1944 una confrontación violenta en la que hasta hubo muertos. León Cortés, en todo caso, perdió las elecciones. Se dice que hubo fraude pero, definitivamente, durante la II Guerra Mundial no podía haber un presidente pronazi en ninguna república del continente americano, por más pequeña y remota que fuera.
Yvonne Clays Spoelders. (Bélgica 1906-
Costa Rica 1994). Primera Dama de Costa
Rica de 1940 a 1944. Fundadora de la Orquesta
Sinfónica Nacional. Primera mujer en el
servicio diplomático costarricense.
Tanto el gobierno como el matrimonio del Dr. Calderón Guardia terminaron en 1944. Doña Yvonne no podía regresar a Bélgica debido a la guerra. El divorcio no fue muy amistoso y de la herencia paterna quedó poco menos que nada. Tras la guerra civil de 1948, las propiedades de doña Yvonne (dos casas y un automóvil) fueron intervenidas. Aunque eventualmente logró recuperar sus bienes, casi de inmediato debió venderlos, irónicamente para pagar los impuestos acumulados.  Vinieron entonces años muy difíciles, hasta que en el gobierno de Daniel Oduber, cuando ya doña Yvonne era una señora mayor, el Estado costarricense le otorgó una modesta pensión. 
No tuvo hijos, no volvió a casarse, perdió contacto con sus parientes en Bélgica y no hacía vida social. La jovencita de treinta y cuatro años que fue recibida en la Casa Blanca por el presidente Roosevelt, envejecía sola y su nombre fue pasando al olvido. Muy pocos la recordaban y solo un puñado de amigos cercanos sabía que continuaba viviendo en Costa Rica. 
En 1985, con el título de El otro Calderón Guardia apareció un libro que recoge una larga conversación que sostuvo la otrora primera dama con el investigador Guillermo Villegas Hoffmeister. La entrevista prometía ser atractiva, especialmente por el hecho de que Villegas no era calderonista sino un excombatiente del bando contrario. Sin embargo, el libro no es más que una charla casual en que se salta de un tema al otro sin profundizar en ninguno. 
Una buena entrevista debe ser más que una conversación transcrita. Hay entrevistas de una página que son ricas en revelaciones y perspectivas. También hay, como en este caso, entrevistas de cien páginas que no hacen más que andarse por las ramas sin ton ni son. Tal vez peco de metódico pero, en mi opinión, por más sabroso, fluido y atractivo que sea el estilo coloquial, en una entrevista los temas deben plantearse con cierta estructura para llegar a un objetivo. Doña Yvonne le menciona a Villegas el encuentro con Roosevelt, sus viajes de misión a Washington ante el Departamento de Estado, así como la visión que tenía su marido de la corrupción en su gobierno, la oposición, Figueres, los "glostoras" del Centro de Estudio Para los Problemas Nacionales y su alianza con los comunistas. Cada uno de estos temas, de haberse ahondado un poco, habrían hecho de la entrevista un verdadero documento testimonial. Pero Villegas los dejó pasar por alto. 
Tímidamente, Villegas, cuyo segundo apellido es Hoffmeister, le toca el tema de la intervención de las propiedades de ciudadanos de origen alemán, pero ni en este punto hizo que la señora fuera más allá de una simple mención.   En una entrevista, tan importante es la pregunta como la repregunta. Un buen entrevistador se acerca al entrevistado con un propósito definido que, definitivamente, debe ser algo más que disfrutar de un rato de charla amena. Recuerdo una vez que, en una entrevista por televisión, el poeta Alfredo Cardona Peña, en unos instantes en que hubo un silencio incómodo, le dijo al entrevistador: "¡Seguí! ¡Poneme banderillas!" Siguiendo con la alegoría taurina, Villegas no hizo una buena faena, no puso banderillas, ni la picó, ni logró sacarle verónicas y la entrevista, finalmente, terminó sin estocada ni puntillazo.
Me explico. No se trata de ser irrespetuoso ni agresivo. Tampoco de exigirle explicaciones a quien no corresponde darlas. Pero Yvonne Clays Spoelders vivió de cerca, como testigo de primera línea, momentos históricos de gran importancia y su testimonio personal, en este libro, no fue recopilado adecuadamente.  
Un último botón de muestra. En el libro aparece una fotografía del Dr. Calderón Guardia y doña Yvonne junto a Anastasio Somoza y su esposa, Salvadorita Debayle. En 1943, el Dr. Calderón Guardia y su esposa fueron los padrinos de bodas de Lilliam Somoza Debayle, la hija de Tacho, pero en el libro no se menciona ni una palabra de cómo surgió la amistad entre los dos gobernantes. Cuando Villegas le pregunta a doña Yvonne sobre la visita del Vicepresidente de los Estados Unidos Henry Wallace, ella solo menciona un par de palabras sobre la cena que se le ofreció.
La señora, educada y chapada a la antigua, es muy discreta. A veces da la impresión de que lo reduce todo a una dinámica de simpatías y antipatías. Cuando Villegas le pide que hable de León Cortés, ella solamente recuerda que se llevaba bien con doña Julia, su esposa.
Si uno se pone a leer entre líneas, un par de cosas quedan bastante claras. En primer lugar salta a la vista que, pese al fracaso de su matrimonio, ella guarda un gran respeto por la figura y la obra del Dr. Calderón Guardia. En segundo lugar, es evidente que ella  estaba al margen de muchas cosas durante la administración de su marido. Las anécdotas que cuenta revelan que su relación con el Doctor, mientras fue presidente, eran distantes y frías. Menciona que tanto el líder comunista Manuel Mora, como el Arzobispo Sanabria, que eran personas muy cercanas a su marido, a ella apenas la saludaban por compromiso y nunca mantuvo con ninguno de ellos una conversación de más de un par de minutos. 
El otro Calderón Guardia, aunque tiene sus flaquezas como documento, tiene un gran mérito como esfuerzo. La historia tiene muchas versiones y es de sabios mirar el otro lado de la moneda. Que un combatiente figuerista haya buscado a la esposa del líder contra el cual él empuñó las armas treinta años atrás, es una muestra de madurez, altura moral y buena voluntad. Que la señora lo haya recibido, también.
El prólogo y el diseño de la portada es de Óscar Bákit, un calderonista que militó en las filas contrarias a las de Villegas. No deja de ser simbólico que en la portada aparezcan dos balanzas en blanco y negro. Poco a poco, los resentimientos de la guerra civil de 1948 van quedando atrás. Quienes vivieron los hechos, en todo caso, ya son pocos. Doña Yvonne, Villegas y Bákit ya murieron. Serán las nuevas generaciones quienes, con ánimo sereno y sin emociones intensas, lograrán encontrar matices donde solamente ha habido blanco y negro. Los libros que en los últimos años se han venido publicando sobre la convulsa década de los cuarenta, ya no pretenden ni elogiar ni denigrar a los protagonistas, sino que tratan de comprender y explicar los hechos. 
INSC: 0346

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