jueves, 23 de octubre de 2014

El viaje que cambió su vida.

Casada con una leyenda Don Pepe.
Henrietta Boggs. Gala, Costa Rica 1992.
Es natural que una muchacha joven, al viajar a un país muy distinto al propio, acabe llevándose sorpresas y viviendo experiencias dignas de ser contadas. La expresión "Ese viaje cambió mi vida" es repetida constantemente hasta por quienes no hicieron más que ir de vacaciones con itinerario planeado hasta en el más mínimo detalle. En el caso de Henrietta Boggs, el viaje que hizo a Costa Rica, para pasar una temporada con sus tíos, de verdad le dio un vuelco total a su vida y, no una, sino cuatro veces.
Nacida en el seno de una familia puritana del sur de los Estados Unidos, creció acatando, en ocasiones no muy convencida, las rígidas normas de la tradición sureña. Cuando cursaba el segundo año de la universidad, en Alabama, recibió como regalo de cumpleaños un par de maletas grises con líneas rojas. Nunca había viajado, pero agradeció el regalo que, supuso, la acompañaría a dar la vuelta al mundo. La ocasión de estrenar las valijas fue en un viaje a Costa Rica, donde pasaría una temporada en casa de unos tíos. 
El paisaje, el clima y las costumbres locales eran muy diferentes a los que estaba acostumbrada, pero la vida en la casa del tío Vinell y la tía Ernestine no era muy distinta a la que había llevado siempre. Aunque el tío Vinell era un banquero muy importante, tanto él como su esposa vivían de manera sencilla y modesta. Eran metódicos y ahorrativos (la tía Ernestine era sumamente cuidadosa al desenvolver obsequios para poder usar el papel de regalo). Henrietta no hablaba español y, en todo caso, en aquellos años no se acostumbraba, como hoy, que una muchachita se marchara a hacer sus propias exploraciones con la mochila al hombro. Aunque disfrutaba estar de viaje en otro país, Henrietta se aburría. La tía Vinell, además, era una de esas viejitas a las que con nada se le queda bien y siempre tienen algo que corregir en la conducta de quienes la rodean. Su vida social era acompañar a los tíos a visitar sus amistades, familias de hombres de negocios de los Estados Unidos residentes en Costa Rica. Su primer viaje a otro país no parecía prometer grandes aventuras hasta que se hizo de un amigo local, un joven empresario llamado José Figueres, que había vivido en Boston, hablaba inglés perfectamente, la visitaba y la llevaba a pasear en su motocicleta Harley Davidson.
Don Pepe, ya anciano, ante el "horno" que construyó para
doña Henrietta.

Aunque no habían tenido conversaciones románticas, ni se daban besos ni se tomaban de la mano, en aquellos años solamente el hecho de que un joven visitara una muchacha y saliera con ella ya indicaba que algo estaba ocurriendo. La tía Ernestine le aconsejó: "Deberías casarte con él. Va a llegar a ser presidente. Lo sé por la forma de su cabeza." Así era la tía. Luego de observar algún detalle insignificante, soltaba una profecía contundente. En todo caso, la que le dijo a su sobrina fue la única de sus profecías que se cumplió.
La relación, como se dijo, no fue muy romántica, ni siquiera en la propuesta de matrimonio. Un día decidieron subir en moto al volcán. Hicieron una parada a medio camino para comer algo y don Pepe simplemente le dijo: "Creo que deberíamos casarnos". Le pidió que lo pensara y que le diera una respuesta cuando llegaran arriba. Mientras el viento le daba en la cara, Henrietta pensaba que su vida iba a tener un gran cambio ya que había decidido aceptar la propuesta y quedarse en Costa Rica.
Henrietta Boggs nació en 1918.
Vive actualmente en Alabama.
La Lucha, la finca donde vivía don Pepe, estaba situada lejos, no solo de la ciudad, sino también de la carretera. Henrietta apenas estaba aprendiendo a hablar español y en aquella remotidad solamente don Pepe hablaba inglés. Ni siquiera había vecinos. Solamente estaban ella y don Pepe junto a los peones y sus familias. El lugar era frío y quiso tener una chimenea. Al otro día don Pepe trajo las piedras e inició la construcción. Luego supo que entre las esposas de los peones, al chismear, decían: "La gringa está loca, mandó a hacer un horno en la sala de la casa."
Aquel viaje de vacaciones ya le había dado los vuelcos a su vida. Primero, decidió casarse y, segundo, acabó viviendo en un valle aislado en medio de la nada. A los otros dos vuelcos que vendrían luego, sería más difícil adaptarse.
La situación del país no andaba bien. Había mucho descontento con el gobierno. Don Pepe no era político, era más bien un perfecto desconocido que vivía dedicado en sacar adelante su plantación de cabuya y su fábrica de sacos y cuerdas. Pero don Pepe, como muchos otros, estaba indignado y un buen día decidió manifestar su indignación con un discurso en la radio. Un pequeño aviso en el periódico invitaba a los costarricenses a escucharlo. Doña Henrietta se quedó en La Lucha cuando don Pepe fue a San José. Ni siquiera escuchó el discurso. Al otro día recibió una llamada del tío Vinell. La comunicación por teléfono en aquellos tiempos no era buena, había mucha estática y la voz se cortaba.  Doña Henrietta, que apenas alcanzaba a escuchar palabras sueltas, muchas de las cuales ni siquiera entendía, le comentó a su tío los problemas que tenía para comprender lo que le estaba tratando de decirle: "Creo haberte oído decir que Pepe fue encarcelado."
No había entendido mal, de hecho esa era la noticia. La policía interrumpió el discurso en la emisora y lo metió preso. Doña Henrietta habló (o se dio a entender, porque su español era incipiente) con el chofer del camión para que la llevara a San José, entró en la casa, echó un par de cosas en su bolso, como si se tratara de una salida breve, y partió sin saber que tardaría años en regresar. 
No entendía lo que estaba ocurriendo. Su esposo arrestado por dar un discurso, la policía interrumpiendo una transmisión de radio. ¿No era acaso Costa Rica una democracia ejemplar? Se hablaba incluso de enviar a don Pepe al exilio. ¿Es que una democracia se destierra a los ciudadanos?
Amigos influyentes consiguieron que doña Henrietta le hiciera una visita, de pocos minutos y supervisada, a su marido en la celda. Cuando se iba, don Pepe le preguntó: "Cuando me manden a alguna parte ¿Vendrás conmigo?
Don Pepe fue enviado a El Salvador. En el aeropuerto, mientras esperaba tomar el avión para ir a reunirse con él, doña Henrietta se percató que ya no era ni la muchachita gringa de vacaciones ni la esposa de un finquero en un lugar alejado. Su marido, y ella también, se habían convertido en figuras reconocidas. Al momento de la despedida, además del tío Vinell y la tía Ernestine, muchas personas se acercaron a darle la mano. Eran personas que, según cuenta en sus memorias: "Nunca había visto y nunca más las volví a ver".
El tercer vuelco en la vida de doña Henrietta fue conocer el exilio en El Salvador, Guatemala y México. Hay un punto en que las recuerdos de este período tienen versiones diferentes en las memorias de doña Henrietta y en las de don Pepe. En otra entrada de este blog lo menciono.
En México don Pepe compró armas y preparó el plan para derrocar la gobierno. Cuando inició el conflicto armado, doña Henrietta tuvo que caminar por la montaña con sus dos hijos pequeños, José Martí y Muni. El viaje de vacaciones para visitar a los tíos ya llevaba matrimonio y dos hijos, meses de aislamiento en una finca remota, exilio en tres países y guerra civil. Terminaría con su marido de Presidente de la Junta Fundadora de la Segunda República y doña Henrietta, de apenas treinta años de edad, tratando de cumplir dignamente con el papel de primera dama, atendiendo diplomáticos mientras sus hijos corrían por la casa o gritaban como parte de sus juegos. Para completar la serie de experiencias intensas, doña Henrietta debió ser operada de cáncer. 
La relación con don Pepe terminó y, cuando regresó a los Estados Unidos, llevaba su equipaje en aquellas dos valijas grises con líneas rojas que le habían regalado en su cumpleaños, cuando era estudiante, para que la acompañaran en sus aventuras.
Doña Henrietta publicó sus memorias originalmente en inglés y, en 1992, fueron traducidas al español por el Dr. Fernando Durán Ayanegui y editadas en Costa Rica. Después de leer Casada con una leyenda, inevitablemente uno acaba sonriendo con cierta ironía cuando escucha a alguien decir: "Ese viaje cambió mi vida."
Dice doña Henrietta que ella se dio cuenta que era una figura pública reconocida
cuando llegaron a darle la mano personas que nunca había visto y nunca volvió a
ver. Pues yo soy uno de ellos. El día de la presentación de su libro, en 1992, nunca 
antes la había visto y nunca más la volví a ver. Atrás, su hijo José Martí Figueres
y su nieta Dyalá Jiménez Figueres.


INSC: 2631

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