lunes, 10 de abril de 2017

Luis Dobles Segreda recopiló documentos de Juan Santamaría.

El libro del héroe. Luis Dobles Segreda.
Asociación para el estudio de la historia
patria. Costa Rica, 1991.
Juan Santamaría, el humilde tambor del ejército costarricense que el 11 de abril de 1856 prendió fuego al Mesón de Guerra durante la batalla de Rivas, es el héroe nacional de Costa Rica. Sin embargo, su figura está envuelta en una nebulosa de leyenda. Su nombre, su nacimiento, su muerte, la importancia de su acción y hasta su existencia misma ha sido constante tema de debate entre historiadores.
La Campaña Nacional contra los filibusteros ocurrió en 1856 y 1857, pero no fue sino hasta más de diez años después que se le empezó a brindar importancia al nombre y sacrificio de Juan Santamaría. El primero en elevarlo a la categoría de héroe fue don José de Obaldía quien, en un discurso pronunciado el 15 de setiembre de 1864, llamó la atención sobre lo que consideraba "un hecho que no debe ser olvidado"
Según dijo, las tropas costarricenses estaban siendo amenazadas por los tiros de los filibusteros, que se habían encerrado en el Mesón de Guerra y "uno de los jefes de la República" se dirigió a los soldados para pedir un voluntario que cruzara la plaza y le prendiera fuego a la edificación donde se concentraba el enemigo. La misión, de más está decirlo, era suicida. 
Luego vino lo que todos los ticos hemos escuchado en la escuela: Juan Santamaría se ofreció de voluntario y, antes de caer muerto por los disparos de los que era blanco fácil, logró incendiar la esquina de la techumbre y obligó a los filibusteros a evacuar el sitio.
El discurso de Obaldía tuvo gran éxito y quienes quedaron impresionados por este admirable gesto de sacrificar la vida por la patria, se encargaron de que el hecho no cayera en el olvido. En 1865 se recogieron testimonios de combatientes y todos recordaron haber presenciado la hazaña. Veinte años después, se llamó Juan Santamaría a uno de los primeros buques guardacostas del país. En 1887 se dispuso levantarle un monumento en Alajuela, ciudad natal del héroe, pero hubo alguna demora y el monumento fue inaugurado en 1891. En 1918, el Presidente Alfredo González declaró feriado el 11 de abril para conmemorar la gesta heroica de Juan Santamaría cuya historia, ya para entonces, era conocida por todos los costarricenses.
Pese a la admiración general, no faltaron quienes elevaran cuestionamientos. Para empezar, no hay en Alajuela registros de nadie llamado Juan Santamaría. Además, ni William Walker ni don Juan Rafael Mora Porras le dieron gran importancia a la quema del Mesón durante la batalla de Rivas. En sus memorias, tituladas La Guerra de Nicaragua, William Walker simplemente dice: "...quemaron algunas casas..." y lo único que lamenta es que el humo haya impedido que sus hombres, situados en los techos, pudieran comunicarse entre sí. Por otra parte, Walker, sus oficiales y el mayor número de sus hombres no se encontraban en el Mesón de Guerra sino justo al otro lado de la plaza, en el Templo Parroquial.
En el Parte de Batalla que escribió don Juanito Mora, declara que los filibusteros controlaban la iglesia, el cabildo y todas las calles aledañas a la plaza, así como el Mesón de Guerra y la casa de la señora Abarca. Menciona que: "...los nuestros habían incendiado un ángulo del Mesón de Guerra..." sin brindar mayores detalles.  Más que los incendios, lo que don Juanito celebra es el arribo de tropas de refuerzo lideradas por Juan Alfaro Ruiz.
Ya entrado el siglo XX, Monseñor Víctor Manuel Sanabria publicó que, en el libro de fallecidos durante la Campaña Nacional, realizado por el Padre Francisco Calvo, capellán del ejército, hay una anotación sobre "Juan Santamaría, soltero, de Alajuela"  en la que se consigna que murió de cólera y fue sepultado en el camino de regreso entre Nicaragua y Costa Rica.
Luis Dobles Segreda.(1889-1956).
En 1926, don Luis Dobles Segreda, para aclarar la discusión, reunió una serie de documentos sobre Juan Santamaría que publicó con el título El libro del héroe. Se trata de una antología en que aparecen testimonios de combatientes y declaraciones oficiales, así como ensayos, poemas, discursos y artículos de diversos autores. El libro del héroe tuvo una segunda edición en 1991, que es la que tengo y, lamentablemente, no ha sido reeditado desde entonces.
Aunque la intención del libro era despejar dudas sobre temas controversiales, su lectura más bien acaba acentuándolas. 
En las primeras páginas aparece la certificación de que en el Libro de Bautizos de la parroquia de Alajuela (número 5, folio 63) consta que el 29 de agosto de 1831, el padre José Antonio Oreamuno bautizó a Juan María, nacido en esa misma fecha, hijo de Manuela Gayego. 
Según Dobles Segreda, esta es el acta de bautismo de Juan Santamaría. Sin embargo, el documento es en sí mismo bastante extraño. Dice: "Yo, el presbítero José Antonio Oreamuno..." pero, apenas un par de líneas después, firma el padre Gabriel Padilla.
Por otra parte, ¿Cómo fue que Juan María Gayego acabó llamándose Juan Santamaría? En su libro Tradiciones Costarricenses, Gonzalo Chacón Trejos intenta una explicación. Según él, por respeto a la Santísima Virgen, las personas de entonces no podían pronunciar el nombre de María sin anteponerle el Santa, por lo que el nombre de nuestro héroe habría sido Juan María Gayego. El argumento es bastante débil. Precisamente por la gran devoción mariana de entonces, eran muchos los varones que tenían María como segundo nombre. Allí están, como muestra entre las figuras de la época, Manuel María Gutiérrez, Francisco María Iglesias Llorente y el propio General José María Cañas, sin que a ninguno de ellos lo llamaran Santa María.
Aparece también la carta que la madre de Juan Santamaría le dirige a don Juanito Mora en 1857 solicitándole una pensión. No está firmada, porque la señora era analfabeta y alguien escribió por ella, pero la solicitud no está a nombre de Manuela Gayego, sino de Manuela Santamaría. La pensión fue concedida (tres pesos al mes), pero salió a nombre de Manuela Carvajal. En 1865, tras el famoso discurso de Obaldía, le subieron la pensión a doce pesos. En 1926, dos señoras que atravesaban una situación económica difícil, Ramona y Francisca Santamaría, solicitaron una pensión por ser primas de Juan Santamaría y también se les concedió. A propósito del hecho, Alejandro Alvarado Quirós pronunció un florido discurso de homenaje patriótico que tuvo una amarga réplica del General Jorge Volio, en cuya opinión el Estado no debía seguir dando confirmación a un hecho que no está del todo comprobado.
Este fue el modelo utilizado por
el escultor francés Aristide Croisy
para el monumento a Juan
Santamaría.
En cuanto al documento en que consta la muerte de Juan Santamaría a causa del cólera, don Eladio Prado llama la atención sobre el hecho de que, aunque el padre Francisco Calvo acompañó a las tropas durante toda la campaña, el libro de defunciones que escribió no tiene secuencia cronológica y está escrito con pulcritud y buena letra, lo cual lo hace suponer que fue realizado después de finalizada la guerra. Sostiene que quizá el Padre Calvo anotaba los nombres en un borrador y luego, al pasarlos en limpio, descuidara los detalles. De hecho, la gran mayoría de las defunciones no tiene fecha y, en cuanto a lugar, solamente dice: en Nicaragua, de Nicaragua a Costa Rica, de la frontera a Liberia y de Liberia al interior. Por otra parte, el propósito del registro era puramente notarial. No se pretendía dejar constancia del día, lugar y causa de la muerte de cada fallecido, sino simplemente anotar su defunción para efectos testamentarios, reclamos de pensiones o nuevo matrimonio de las viudas.
El libro recopila testimonios del Dr Andrés Sáenz, del General Víctor Guardia Gutiérrez y de otra decena de personas que estuvieron en la batalla de Rivas y presenciaron los hechos, pero, aunque coinciden en lo esencial, sus versiones son bastante contradictorias en los detalles. No se trata solamente de si la tea era una caña o un palo, con trapos empapados en alcohol o en aguarrás, o que si el héroe fue baleado de ida o de vuelta. Todo eso se puede pasar por alto. Pero hay hechos de importancia que son recordados de manera bastante distinta. Unos dicen que fue el propio General Cañas quien solicitó el voluntario, otros afirman que fue Pedro Rivera y hay quienes sostienen que la orden fue transmitida por un ayudante que no conocían. La gran mayoría de los testimonios declara que Juan Santamaría fue el primero en ofrecerse, algunos cuentan que ya había habido intentos anteriores y solamente uno menciona a Luis Pacheco, quien logró prender un pequeño fuego en el Mesón que no llegó a extenderse y terminó apagándose. 
Hay quienes sostienen que los filibusteros estaban dentro del Mesón y que pretendían obligarlos a salir con el fuego. Otros coinciden con la versión de Walker y declaran que los filibusteros estaban sobre el tejado. Dispararle desde el techo a quien está en la calle es cosa fácil. Lo contrario es prácticamente imposible. De ahí la necesidad de incendiar el alero de la casa. 
Es importante recordar que los filibusteros tenían ciertas ventajas y la experiencia era la mayor de ellas. Sabían atacar sin exponerse. Las tropas costarricenses en Rivas eran de dos mil quinientos hombres. Walker llegó a la ciudad al amanecer del día 11 de abril al mando de quinientos americanos y doscientos nicaragüenses. La batalla empezó cerca de las ocho de la mañana. Poco después del medio día fue el incendio del Mesón. Como a las cuatro de la tarde ambos bandos, totalmente exhaustos, espontáneamente y sin acordarlo, hicieron un alto al fuego. Walker abandonó la ciudad al amanecer del día doce. En sus filas se contaban cincuenta y ocho muertos, treinta y dos heridos y trece desaparecidos. Entre los costarricenses, los muertos fueron ciento diez y los heridos más de setecientos. Por inexperiencia, más que por arrojo, los ticos corrieron en espacios abiertos exponiéndose a las balas. Acabó siendo famosa la muerte del General José Manuel Quirós quien fue blanco fácil por creer que agacharse era indigno de un general.
En su camino de regreso a Granada, William Walker lamentaba con su hermano James, el que Norval, su hermano menor, hubiera desaparecido durante el combate. Sin embargo, Norval estaba a salvo. Se había quedado dormido en el campanario de la iglesia y al despertarse se percató que sus compañeros se habían ido. Antes de regresar a pie a Granada, dio una vuelta por la plaza y pudo ver a los ticos enterrando los muertos y curando los heridos. A nadie le pasó por la mente que aquel muchachito adolescente, casi un niño, que deambulaba por las calles, era el hermano del comandante enemigo.
Por la proporción de las bajas en ambos bandos, la duración del combate y el retiro de Walker al amanecer del día siguiente, tal parece que el incendio del Mesón no fue determinante.
Todos sabemos lo que vino luego. La peste del cólera obligó a los ticos a regresar y la guerra se reanudó al año siguiente.
Volviendo al libro de don Luis Dobles Segreda, no deja de ser irónico que el primer poema que aparece sobre la gesta heroica de Juan Santamaría, sea precisamente la letra al Himno Patriótico a Juan Santamaría, escrita por Emilio Pacheco Cooper, quien era pariente de Luis Pacheco, el primero que logró iniciar un fuego en el Mesón y a quien hoy nadie recuerda.
En el libro hay textos de Anastasio Alfaro, Máximo Soto Hall, Ricardo Fernández Guardia, Rafael Calderón Muñoz, Pío Víquez, Ricardo Jiménez Oreamuno, Antonio Zambrana, Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno entre otros muchos autores.
También incluye el artículo Bronce al soldado Juan, escrito por Rubén Darío durante su residencia en Costa Rica a propósito de la inauguración del monumento en Alajuela. En ese acto, por cierto, además de Darío, estuvieron presentes Rafael Yglesias, Ricardo Jiménez Oreamuno, Carlos Gagini, el escritor salvadoreño Francisco Gavidia y hasta el prócer de la independencia cubana Antonio Maceo.
Desde entonces, 1891, la figura de Juan Santamaría generaba polémica. Darío, en su artículo, se refiere de pasada a la discusión de si el héroe había nacido en Alajuela o Barva de Heredia y agrega, con gran sabiduría, que los héroes son hijos sencillos del pueblo que acaban mereciendo el canto de los bardos y los monumentos inmortales. Surgen de los campos o de las montañas y, como en el caso de Wilhelm Tell, el héroe de Suiza, "su enorme perfil se pierde entre las vagas nieblas de la leyenda."
INSC: 2734
Monumento a Juan Santamaría 1891. La escultura fue realizada en Francia por
Aristide Croisy. El pedestal es obra de Giuseppe Bulgarelli Paiani.

sábado, 1 de abril de 2017

Memorias del capitán Otto Escalante.

Memorias del Capitán Otto Escalante.
Un capítulo sobre la historia de la
aviación en Costa Rica. Ana C. Fonseca.
Guayacán, Costa Rica, 2007.
Por lo general, cuando los abuelos entretienen a sus nietos con relatos de su vida, lo hacen cómodamente sentados en un sofá, pero cuando el capitán Otto Escalante Wiepking compartía sus andanzas y aventuras con su nieta, Ana Fonseca, lo hacía dentro de la cabina de una avión en pleno vuelo.  Desde niña lo acompañó en sus viajes y escuchó sus historias, hasta que, ya siendo adulta, puso manos a la obra y las recopiló por escrito.
Memorias del Capitán Otto Escalante, un capítulo sobre la historia de la aviación en Costa Rica, es un libro tan agradable como revelador, que recoge, además de episodios personales y familiares, un valioso testimonio histórico sobre la guerra civil de 1948 así como un recuento del nacimiento, crecimiento y posterior desaparición de LACSA, Líneas Aéreas Costarricenses S.A.
Aunque la labor de Otto fue fundamental en el desarrollo de la aviación costarricense, no se le puede considerar dentro de los pioneros de la actividad, ya que pertenece a la tercera generación de pilotos del país. El primer aviador costarricense fue Tobías Bolaños Palma, quien se formó y ejerció en Francia entre 1916 y 1920. Tras sufrir un aparatoso accidente en que perdió una pierna, regresó a Costa Rica donde voló una única vez con tan mala fortuna que aterrizó en la copa de un árbol. Sobrevivió, pero no volvió a pilotear nunca.
Ya en la década de los años treinta hubo nuevos aviadores como Guillermo Núñez Umaña, Tobías Carrillo, Oscar Arana y Román Macaya.
Otto nació el 26 de octubre de 1921, minutos después de su hermana Olga. Los gemelos eran los primogénitos de Francisco Escalante y Eduviges Wiepking. La madre de Otto era alemana y trabajó como secretaria de don Carlos Kitzing y don Eberhard Steinvorth.
En 1928, con tan solo seis años de edad, vio a Charles Lindberg aterrizar en La Sabana. La primera vez que voló fue a los catorce años, también desde La Sabana, donde un aviador, a cambio de cinco colones, llevaba a los niños a dar una vuelta sobre San José.
Durante sus estudios en el Colegio Seminario, Otto hizo gran amistad con Gil Chaverri, Jorge Rossi, Danilo Jiménez Veiga y Daniel Oduber Quirós, pero no tenía claro que hacer con su futuro. Leía ávidamente novelas de aventuras y libros de filosofía y astronomía sin acabar de decidirse por una profesión. Eran los años de la II Guerra Mundial y un aviso en el periódico anunció que el gobierno de Estados Unidos ofrecía becas para formar pilotos de aviones. De los postulantes, solamente fueron aceptados Otto Escalante y Juan Victory Blanco, quienes partieron a Albuquerque, Nuevo México, de donde regresaron ya graduados.
Empezó haciendo viajes locales pero ya en 1943 realizó sus primeros vuelos internacionales a Tegucigalpa y New Orleans.
El 20 de mayo de 1944, contrajo matrimonio con María Cecilia Herrera Romero en la Iglesia del Carmen. Ofició la boda el padre Mariano Zúñiga, hermano del padre Ricardo Cayito Zúñiga. Ese día, cuenta Otto, por lo nervioso que estaba, se tomó el primer trago de su vida. El matrimonio tendría cuatro hijos, un varón y tres mujeres.
Aunque votó por el Dr. Calderón Guardia, pronto se desencantó de su gobierno. En las elecciones de 1944 fue cortesista y, dos años después, a la muerte de don León Cortés, desde una pequeña avioneta arrojó flores sobre el cortejo fúnebre.
En 1948, Frank Marshall lo contactó para una importante misión. El Dr. Arévalo, presidente de Guatemala, estaba dispuesto a facilitar armas a don José Figueres, pero se ocupaba un piloto que fuera a traerlas. Otto aceptó el encargo y el 12 de marzo, en cuanto las fuerzas rebeldes tomaron San Isidro del General, secuestraron un avión en el que partió de inmediato. Cuando llegó a Guatemala tuvo algunos inconvenientes debido a que el asunto no estaba del todo bien coordinado. El plan era tan secreto que nadie sabía de qué se trataba y Otto estuvo preso por unas horas. Una vez aclaradas las cosas, regresó con el primer cargamento de armas y oficiales. Trajo a dos dominicanos, seis hondureños y un nicaragüense, todos ellos militares de experiencia, que venían a brindar apoyo logístico a don Pepe. Uno de los hondureños, por cierto, se llamaba Francisco Morazán.
Durante las pocas semanas de conflicto, Otto realizó en total treinta viajes a Guatemala para traer armas y municiones. Tanto de ida como de vuelta tenía el cuidado de no pasar sobre Nicaragua, ya que Anastasio Somoza apoyaba a Calderón y a Picado.
También le correspondió a Otto bombardear Dominical y Puerto Cortés, donde las tropas del gobierno estaban reuniéndose con la esperanza de recuperar San Isidro. El gobierno también bombardeaba las tropas figueristas desde el aire con un DC 3 piloteado por un canadiense, que fue derribado el 1 de abril y cayó en las cercanías de San Ramón.
Fue Otto quien transportó las tropas que tomaron Limón y quien trajo a Gonzalo Facio y Daniel Oduber, que se encontraban fuera del país, al lado de don Pepe.
En 1955, le correspondió llevar tropas a Liberia para repeler la invasión procedente de Nicaragua y en 1959 transportó armas a Cuba para la guerrilla de Fidel Castro.
Otto Escalante Wiepking. (1921-2013).
El relato de estas aventuras militares es en verdad cautivador, pero el verdadero aporte de Otto Escalante a la aviación costarricense estuvo en el campo comercial. TACA (Transportes Aéreos de Centro América), fue fundada en Honduras, en 1931, por el neozelandés Lowell Yerex. Una vez terminada la II Guerra Mundial, Pan American Airways, para debilitar a TACA, se puso a fundar compañías aéreas nacionales: AVIATECA en Guatemala, SAHSA en Honduras, LANICA en Nicaragua, LACSA en Costa Rica y COPA en Panamá. LACSA fue fundada el 5 de octubre de 1945. Las acciones estaban repartidas en un cuarenta por ciento de PanAm, un veinte por ciento del Estado costarricense y el otro cuarenta por ciento para ser vendido entre inversionistas particulares. Con el paso de los años, el Estado llegó a tener hasta un treinta y tres por ciento de participación.
Otto empezó a trabajar en LACSA desde que se fundó. En 1958 llegó a ser subgerente y, desde 1960 hasta su retiro en 1989, ocupó la gerencia general. 
Durante el gobierno de su compañero de secundaria, Daniel Oduber Quirós, se planteó la intención de estatizar LACSA. Otto se opuso. De hecho, junto con Bruce Masís, Francisco Urbina, Carmen Naranjo y otros liberacionistas, formó el colectivo Acción Patria, que alertaba sobre el gigantismo estatal y la corrupción que, además de creciente, se estaba volviendo descarada. LACSA necesitaba capitalizarse, pero era difícil lograrlo. El mismo Otto cuenta que una vez fue a visitar a un rico cafetalero para invitarlo a invertir en LACSA, pero la respuesta que obtuvo fue: "Prefiero tener un billete de mil amarrado a una mata de café, que uno de cincuenta pegado al ala de un avión." 
PanAm estaba también en apuros y acabó regalando su participación en LACSA. Para 1990, la compañía estaba en manos de consorcios japoneses y no mucho después desapareció, como desaparecieron todas las líneas aéreas nacionales centroamericanas, que pasaron a ser del grupo TACA, con la excepción de COPA, que acabó siendo parte de Continental.
De 1993 a 1996, Otto fue asesor de AEROCOSTARICA pero, por diversos motivos la empresa no pudo crecer ni sostenerse.
En 1986, Otto fue nombrado embajador en Alemania, pero no asumió el puesto. Desempeñó cargos directivos en Coopesa y el Consejo Técnico de Aviación Civil.
El libro está lleno de datos sorprendentes. El primer aeropuerto que tuvo Costa Rica estuvo localizado en Chomes, Puntarenas, y funcionó de 1927 a 1931. Fue relevado por el de Lindora, que operó de 1931 a 1936. Durante la administración de León Cortés entró en funcionamiento el aeropuerto de La Sabana y en la de Otilio Ulate, el aeropuerto internacional Juan Santamaría. Estos datos son de dominio general. Lo que es poco conocido es que en la primera mitad del siglo XX, ante la falta de carreteras, el transporte aéreo era mucho más utilizado que en nuestros días. En Guanacaste había veintisiete pistas, en Limón cinco, en San Carlos doce, en el Valle del General siete y en el Pacífico sur nueve.
También, por supuesto, el libro está lleno de revelaciones personales. La que más me llamó la atención fue que a Otto, nunca lo trataron de don. Sus amigos, familiares y compañeros de trabajo lo llamaban por su nombre y hasta sus hijos y sus nietos lo llamaban simplemente Otto.
Poco después de haber leído el libro, me encontré por casualidad con Anita Fonseca. La felicité por haber escrito las memorias de su abuelo y me atreví a preguntarle por un incidente que esperaba encontrarme pero fue omitido. "No logro precisar el año, pero recuerdo que un avión comercial, uno de los grandes, se le salió de la pista y hasta apareció en el periódico, días después, una foto de tu abuelo en el hospital." Anita se encogió de hombros. "Otto no lo mencionó", me dijo. Y luego, con una gran sonrisa, agregó: "Tal vez no era algo que quisiera recordar."
El libro de memorias de Otto Escalante fue publicado en 2007. Otto murió el 28 de diciembre de 2013. Francamente espero que otros abuelos tengan, como él, la fortuna de que un nieto recopile las historias que le cuenta.
INSC: 2349

sábado, 25 de marzo de 2017

Don Juan Trejos Quirós.

Don Juan Trejos. Síntesis biográfica y
esbozo para una antología de sus obras.
Trejos Hns. Costa Rica, 1984.
Aunque no tuvo oportunidad de cursar estudios formales, don Juan Trejos Quirós (1884-1970) fue un brillante ensayista que publicó valiosas obras sobre geografía, economía, psicología y literatura. Miembro de la Academia Costarricense de la Lengua desde 1953, fue además el Secretario Perpetuo de dicha corporación.  Empresario y comerciante, dedicó también tiempo y esfuerzo a obras de beneficencia. Fue miembro de la Junta de Protección Social de San José, desde donde propició mejoras en el Hospital San Juan de Dios y el Asilo Chapuí. Se mantuvo alejado de la política pero, a instancias de Otilio Ulate, fue electo diputado a la Asamblea Nacional Constituyente de 1949, en la que tuvo una participación destacada junto a otras figuras de la época, como don Arturo Volio Jiménez, don Luis Dobles Segreda y don Manuel Francisco Jiménez Ortiz. Estos señores, liberales de la vieja guardia, le ganaron la partida a la fracción Social Demócrata, liderada por Rodrigo Facio, cuyo proyecto de Constitución fue puesto a un lado para utilizar, en su lugar, el texto de la Constitución vigente desde 1871.
Don Juan Trejos Quirós nació el 13 de enero de 1884, hijo de don José Joaquín Trejos Fernández, abogado graduado de la Universidad de Santo Tomás, y doña Aurelia Quirós Aguilar, hija del General Pedro Quirós. Cursó sus estudios en el Colegio Seminario, dirigido por los sacerdotes paulinos alemanes y obtuvo su bachillerato en el Liceo de Costa Rica en 1903. Como la salud de sus padres estaba muy quebrantada, no pudo seguir estudiando y debió ponerse a trabajar inmediatamente después de la graduación. Su madre murió en 1904 y su padre en 1910. Poco después de la muerte de su padre, juntó sus ahorros y se fue a Limón, donde abrió un pequeño establecimiento comercial. Tal parece que le fue bien en la costa Caribe, puesto que en 1912 regresó a San José y le compró a Miguel Obregón una modesta librería en la avenida central. Junto con sus hermanos José Joaquín, Miguel, José Francisco y Fernando, fundó la sociedad Trejos Hermanos, con la que logró establecer una imprenta en 1916.
Doña Emilia Fernández Aguilar.(1895-
1978), Esposa de don Juan Trejos Quirós.
El 15 de setiembre de 1912, don Juan contrajo matrimonio con doña Emilia Fernández Aguilar. La pareja tendría seis hijos, el tercero de los cuales, José Joaquín Trejos Fernández, nacido en 1916, llegaría ser Presidente de Costa Rica de 1966 a 1970. Una curiosidad simpática es que el padre y el hijo de don Juan tenían exactamente el mismo nombre.
El primer libro de don Juan Trejos Quirós fue Geografía Ilustrada de Costa Rica, publicado en 1916 por la imprenta Trejos Hermanos. De manera totalmente autodidacta, don Juan se interesó por la Filosofía, la Economía, la Psicología y la Literatura. Otros libros suyos son Elementos de Psicología (1946), Los Principios de Economía Política (con prólogo de Tomás Soley Güell, 1951), Temas de nuestro tiempo, (selección de artículos publicados en diarios y revistas, 1954), un silabario y dos compilaciones de lecturas para niños. Sus dos últimos libros, Cuestiones de Psicología racional (1958) y La doctrina del eterno retorno y los avances de la ciencia (1954), fueron publicados en Madrid por Ediciones Iberoamericanas.
Poco antes de cumplir los ochenta años, don Juan escribió su autobiografía titulada Años de ilusiones y amarguras, pero no la publicó. Solamente sus familiares más allegados tienen una copia y la conservan como un documento privado.
Como editor, a don Juan le correspondió estar al cuidado de la publicación de las actas de la Asamblea Nacional Constituyente de la que él mismo formó parte.
Don Juan Trejos Quirós murió el 10 de agosto de 1970, tres meses después de que su hijo, José Joaquín Trejos Fernández, terminara su periodo presidencial. Don Juan, que nunca se involucró en política, tuvo un hijo presidente. Don Juan, que no tuvo oportunidad de cursar estudios formales y cuyo único paso por las aulas universitarias fue el haber asistido, como oyente, a cursos de la recién fundada Universidad de Costa Rica, tuvo un yerno y un nieto que fueron rectores de esa casa de estudios. Don Fabio Baudrit Moreno, casado con Aurelia Trejos Fernández, fue rector de la Universidad de Costa Rica en 1961 y el Dr. Gabriel Macaya Trejos, nieto de don Juan, fue rector de 1996 a 2004. El sillón E, de la Academia Costarricense de la Lengua, que ocupó don Juan de 1954 a 1970, lo ocupa, desde el 2002, su nieta Emilia Macaya Trejos.
En 1984, al cumplirse el centenario del nacimiento de don Juan, sus familiares publicaron un librito con un esbozo de su biografía y una breve antología de sus escritos. Digo librito, en diminutivo, porque se trata de un tomo pequeño, de apenas noventa páginas, en edición de bolsillo. Tuve la suerte de adquirirlo en su momento ya que ahora no se consigue en ninguna parte, como tampoco se consigue ninguna de sus otras obras. He andado tras ellas durante años, sin éxito.
Cuatro generaciones. Don Juan Trejos Quirós
con su hijo José Joaquín Trejos Fernández, su
nieto Diego Trejos Fonseca y su bisnieto
Carlos Trejos Cadaval.
En el librito del centenario, que es el único que tengo sobre don Juan Trejos Quirós, hay dos escritos verdaderamente valiosos. El artículo de 1943, en que se refiere a la crisis del liberalismo, además de profundo y analítico, resultó profético. La intervención estatal no soluciona los problemas que puede ocasionar un exceso de libertades y, a la larga, la negación de la libertad acaba generando el restablecimiento del liberalismo. El texto Razones de un constituyente, de febrero de 1949, explica, con asombrosa claridad y solidez, el principio de que quienes hacen las leyes no pueden nunca darle la espalda a los derechos, intereses y deseos de la sociedad que representan. 
Mi buen amigo don Roberto Trejos Escalante, sobrino de don Juan, me decía que su tío era un intelectual serio, activo y que no dejaba nada para después. En una ocasión, por el simple hecho de hacerle una consulta, acabó introduciendo una palabra en el diccionario de la Real Academia. Don Roberto, criador de perros y de caballos, una vez le hizo ver a don Juan que, en español, no había una palabra para pedigree.  "¿Qué es un pedigree?" Le preguntó don Juan. A lo que don Roberto contestó: "La genealogía de un animal y el documento en que consta". "Yo me encargo", dijo don Juan terminando la charla. Don Juan murió en 1970 y la edición del Diccionario de la Real Academia Española de ese año no incluyó la palabra pero, en la edición siguiente, de 1984, apareció: "Pedigrí: (Del inglés pedigree) m. Genealogía de un animal. 2. Documento en que consta."
INSC: 0377

domingo, 12 de marzo de 2017

Simón Bolívar y los alemanes.

Simón Bolívar y los alemanes. Günter
Khale. Inter Nationens. Alemania, 1990
Es bastante conocido el hecho, ciertamente irónico, de que durante la guerra de independencia de América del Sur  las tropas que defendían la autoridad de la Corona española estaban compuestas en su mayor parte por indígenas, mientras que los soldados que luchaban por la independencia eran criollos, es decir, hijos de españoles. Sin embargo, no se le ha prestado gran atención al hecho de entre los oficiales del ejército de Simón Bolívar hubo militares europeos profesionales. Primero, ingleses e irlandeses y, en una segunda etapa, alemanes.
En 1990, con motivo del aniversario número ciento sesenta de la muerte del Libertador, Günter Kahle publicó un breve ensayo histórico sobre esta poco conocida faceta de la historia latinoamericana. Según pudo constatar en su investigación, los periódicos alemanes prestaban gran atención a lo que sucedía al otro lado del mundo. Las extensas crónicas estaban escritas casi como una novela de aventuras por entregas. La presencia de Francisco Miranda en Alemania, en 1788, así como los posteriores viajes del Barón Alexander von Humboltd, llegaron a ser temas de general interés.
Fue precisamente en Venezuela donde Humboltd inició la travesía de cinco años en la que recorrió los países de Suramérica, México, los Estados Unidos y las Antillas. Entre los anfitriones de Humboltd en Caracas, hubo familiares de Bolívar, pero es poco probable que Bolívar y Humboltd se hallan encontrado en ese tiempo y, si se vieron, difícilmente podrían recordarlo.  Bolívar, nacido en 1783, era apenas un niño pequeño cuando Humboltd visitó su ciudad natal. Entre los regalos que Humboltd dejó en Venezuela, estaban partituras de Mozart (las primeras que llegaban a América) y Bolívar, ya más crecido, se deleitó con la ejecución de esa música mucho antes de su primer viaje a Europa.
Alexaner von Humboltd solamente se
encontró con Bolívar en París en 1804, pero
mantuvo con él una amplia correspondencia.
El encuentro entre ambos personajes tuvo lugar en París, en 1804. Se dice que Bolívar le preguntó a Humboltd si creía que los países latinoamericanos estaban maduros para independizarse y gobernarse a sí mismos. Humboltd le respondió: "Creo que sí, pero no veo quién pueda lograrlo". No se sabe si ese diálogo forma parte de la historia o de la leyenda, pero lo cierto es que Bolívar y Humboltd tuvieron oportunidad de conversar en varias ocasiones, siempre en París y siempre en 1804 y, aunque nunca más volvieron a verse, se escribían extensamente y con frecuencia. En la última carta que Humboltd le escribió a Bolívar le manifestó: "Una voz interior me dice que nos volveremos a ver en esta vida... pero en ese continente que debe su libertad a la noble moderación de su alma y donde espero terminar mis días."
Los vaticinios del sabio alemán no se cumplieron. Ni volvió a ver a Bolívar, que murió en Santa Marta en 1830, ni volvió a visitar el continente americano. Aunque Humboltd era catorce años mayor que Bolívar, lo sobrevivió casi tres décadas. El irlandés Daniel O'Leary, ayudante, amigo y uno de los primeros biógrafos de Bolívar, visitó a Humboltd ya anciano para recoger por escrito los recuerdos que tenía de su amigo por correspondencia.
Noticia de la muerte de
Simón Bolívar publicada
en Alemania.
Pero volvamos a los oficiales alemanes. Para 1815, Bolívar había sufrido serios reveses y su causa parecía perdida. Necesitaba con urgencia armas, municiones, dinero y hombres. Trató de obtener apoyo en Inglaterra (de donde eran sus oficiales English, Gilmore, Hippisley, Skene y Wilson), pero una orden real había prohibido a los súbditos británicos tomar parte en la guerra de las colonias españolas. Pese a la prohibición, estos oficiales, junto con Luis Seferino López Méndez, organizaron en Londres una campaña de reclutamiento dirigida principalmente a alemanes. Bolívar tenía que reorganizar su ejército, sabía que esa tarea podría llevar años y no tenía tiempo que perder. Mandó a buscar oficiales y veteranos con experiencia en las guerras napoleónicas y, para atraerlos, hizo una oferta muy atractiva. El sueldo sería mayor al del ejército británico, los oficiales serían recibidos con un grado superior al que ya tuvieran, los gastos de viaje serían pagados al llegar y, después de cinco años, a los que regresaran a Europa se les pagaría quinientos táleros mientras que a los que decidieran quedarse se les entregarían cincuenta acres de tierra.
Como es fácil de suponer, semejantes promesas atrajeron, además de soldados y oficiales profesionales y expertos, a una gran cantidad de aventureros que vieron la oportunidad de hacerse ricos fácil y rápidamente. El libro recoge tristes episodios de vagabundos que no hablaban una palabra de español emborrachándose un día tras otro y lamentando la hora en que decidieron cruzar el Atlántico.
Coronel Johan von Uslar. (1779-1866)
Sin embargo, a pesar de que fueron muchos los legionarios que tiraron la toalla apenas llegaron, Bolívar logró reclutar buenos hombres y, especialemente, valiosos oficiales como Friedrich von Clauditz (a quien Bolívar nombró general casi en el momento que bajó del barco), Johan von Uslar, el Barón Elben y Otto Phillip Braun, quienes, además de su conocimiento y experiencia, traían el equipo bélico que habían utilizado contra Napoleón.
Al coronel Johan Von Uslar, nacido en Hanover en 1779 y quien obtuvo su formación militar en Inglaterra no le fue muy bien al principio. Fue apresado por el ejército español y condenado a muerte, pero dado que era un oficial de renombre, la sentencia no fue ejecutada y, en su lugar, fue obligado a realizar trabajos forzados con la esperanza de que se cambiara de bando. En cuanto pudo escapar, se unió de nuevo al ejército libertador, en el que jugó un papel decisivo en numerosas batallas. Tras la independencia, Von Uslar fue nombrado gobernador de Valencia, donde murió en 1866.
Poco conocido e investigado, en su momento Johan von Uslar recibió grandes elogios. Charles Stuard Cochcrane lo llamó "uno de los heroes mas valientes de la revolución" y el coronel Hippisley "el oficial más diligente de todo el ejército venezolano". El historiador americano Hasbrouck, llegó a establecer un paralelismo entre Johan von Uslar y Friederich Wilhelm von Steuben, que fue el oficial que logró formar y capacitar a las indisciplinadas e inexpertas tropas de George Washington.  Johan von Uslar, como es fácil de adivinar por su apellido, es ancestro del escritor venezolano Arturo Uslar Pietri.
La figura de Otto Phillip Braun es más conocida. especialmente por su suerte extraordinaria. En la batalla final de Ayacucho salió ileso pese a que los disparos del enemigo le mataron cinco caballos en los que iba montado. Su buena fortuna se mantuvo después de la guerra, ya que acabó como hacendado y propietario de minas en Bolivia.
A Bolívar, como se sabe, le fue mejor en la guerra que en la paz. Concretada la independencia, tuvo serios problemas para organizar las autoridades de la gran república que fundó. Pensó valerse de sus colaboradores alemanes en esta nueva gran empresa, pero los recién liberados pobladores hispanoamericanos no se mostraron dispuestos a cambiar la asfixiante burocracia de las autoridades españolas por la severa disciplina prusiana.
INSC: 0728
Simón Bolívar (1783-1830).

lunes, 6 de marzo de 2017

Un libro sobre Daniel Oduber Quirós.

Daniel Oduber: Una vida y cien imágenes.
Alberto Baeza Flores. Editorial Eloy
Morúa Carrillo. Costa Rica. 1976.
La figura y el gobierno de Daniel Oduber Quirós merecen un estudio profundo y reposado. Hombre de gran cultura general que dominaba varios idiomas, además de Licenciado en Derecho por la Universidad de Costa Rica, culminó una Maestría en Artes en la prestigiosa Universidad McGill de Montreal y obtuvo su Doctorado en Filosofía en La Sorbona. En su juventud, fue además un destacado deportista. Mientras estudiaba en el Colegio Seminario formó parte del equipo de basketball de la Gimnástica Española que obtuvo el Campeonato Nacional en 1935. Al levantar el trofeo, el joven Daniel contaba solamente catorce años de edad, puesto que había nacido el 25 de agosto de 1921.
El 27 de setiembre de ese mismo año, fue bautizado en la Iglesia del Carmen por el padre Mariano Zúñiga con los nombres de Porfirio Ricardo José Luis Daniel.
Sus padres, Porfirio Oduber Soto (sobrino del Presidente Bernardo Soto) y Ana María Quirós Quirós, vivían en las cercanías del Parque Morazán y tuvieron tres hijos: Daniel, José Francisco y Dora. José Francisco murió siendo apenas un muchachito, en 1935, el mismo año que su hermano ganó el campeonato de basket.
El joven Daniel perdió a sus padres muy pronto. Doña Ana María en 1943 y don Porfirio en 1944. Debió entonces ponerse a trabajar durante el día y seguir cursos nocturnos de contabilidad en la Escuela de Comercio Manuel Aragón. Pese a las limitaciones de tiempo y dinero, terminó su carrera de Derecho y, por sus propios medios, viajó a Canadá a continuar sus estudios. Allí conoció a la que sería su esposa, doña Marjorie Elliott, pianista graduada del Conservatorio de Toronto, quien también cursaba estudios de Artes en McGill. En repetidas ocasiones ella contó que Daniel Oduber obtuvo la nota perfecta en el examen de lógica de la Universidad, algo que ningún canadiense había logrado. La boda civil de don Daniel y doña Marjorie se celebró en París y la religiosa en la Iglesia de San Isidro de Coronado. Bendijo la unión el padre Benjamín Núñez.
Una faceta poco conocida de Oduber es la de poeta. Varios presidentes de Costa Rica han sido escritores. Don Ricardo Jiménez escribía ensayos; don Cleto González Víquez. investigaciones históricas; don Teodoro Picado recopiló toda la obra escrita por Rubén Darío en Costa Rica. Estos tres presidentes fueron Académicos de la Lengua, don Ricardo y don Cleto de la Academia Costarricense y don Teodoro de la nicaragüense. Don José Figueres escribía ensayos y relatos, el Dr. Abel Pacheco, cuentos y el Dr. Oscar Arias Sánchez, ensayos. Estos tres presidentes llegaron a ganar el Premio Nacional Aquileo Echeverría, don Pepe y don Oscar en ensayo y don Abel en cuento pero, hasta donde sé, Oduber es el único presidente que ha escrito y publicado poemas. 
Al igual que muchos otros de su generación, la carrera política de Daniel Oduber empezó en el Centro de Estudios para los Problemas Nacionales, fundado y liderado por Rodrigo Facio
Cuando estalló el conflicto armado en 1948, Oduber interrumpió sus estudios en Canadá para integrarse a los rebeldes y, tras el triunfo de don Pepe, fue nombrado Secretario de la Junta Fundadora de la Segunda República. Cuando ocurrió la invasión calderonista de 1955, también regresó al país para participar en el frente. Su jefe, en esa oportunidad, fue don Mario Charpentier quien, un par de décadas más tarde, sería su ministro de Seguridad.
Daniel Oduber estudiante de la escuela
Vitalia Madrigal.
El primer cargo público de Oduber fue como embajador en París, en 1953. Luego fue diputado de 1958 a 1962. En su primer intento de obtener la candidatura presidencial por el Partido Liberación Nacional fue vencido por Francisco J. Orlich, quien lo nombró Ministro de Relaciones exteriores de 1962 a 1966. Perdió las elecciones de 1966 frente al profesor José Joaquín Trejos Fernández. Atribuyó su derrota a una campaña de desprestigio orquestada por varios periodistas a quienes, tras finalizar el proceso electoral, demandó por calumnias ante los Tribunales de Justicia. Ganó el juicio. pero sus relaciones con la prensa, desde entonces, fueron siempre tensas.  Nuevamente diputado en 1970, presidió la Asamblea Legislativa durante tres años. Finalmente, en 1974, llegó a ocupar la Presidencia de la República.
Su gobierno, indiscutiblemente activo, estuvo, en su momento, rodeado de muchas polémicas que, con los años, se han acrecentado. Oduber convirtió al Estado costarricense en un aparato enorme, complejo y caro. Algún día, espero, habrá un equipo de historiadores y economistas que tendrá la paciencia de calcular cuánto le costó al país la experiencia de CODESA. Casi no hay quien defienda hoy el estatismo de la era Oduber, pero el exceso de burocracia, la proliferación de instituciones y la existencia de puestos directivos muy bien remunerados y de dudosa necesidad son secuelas de aquella época que aún no hemos podido quitarnos de encima. 
Por otra parte. a Oduber le tocó gobernar en una época bastante compleja y sería interesante prestar atención a la forma en que manejó tanto los conflictos internos como las relaciones internacionales. Dentro de propio partido, antes, durante y después de su paso por la presidencia, Oduber, por sus ideas, su estilo y su manera particular de hacer las cosas, logró cultivar tanto admiradores incondicionales como enemigos acérrimos. 
Quizá será necesario esperar décadas antes de que aparezca el escritor sereno que logre crear un retrato balanceado de su persona y su gobierno. Hasta ahora, las publicaciones que hay sobre él no pasan de recopilaciones de discursos y semblanzas biográficas escuetas. Existe también un libro, escrito por Alberto Baeza Flores, que es una verdadera rareza. Fue publicado en 1976, durante el gobierno de Oduber y se trata de un panegírico que, en vez de con pluma, parece escrito con brocha.
Baeza, escritor chileno, amigo personal de Oduber y de Luis Alberto Monge (sobre quien también escribió un libro semejante), no se mide a la hora de soltar elogios. El libro de Oduber, como ya dije, fue publicado mientras era presidente y el de Monge, cuando era candidato. Es evidente que ambas obras tienen una intención propagandística pero, incluso teniendo claro que no hay que pedirle peras al olmo, no deja de incomodar la ligereza, la dispersión y el descuido con que están escritas. De la objetividad, mejor ni hablar. Por ejemplo, en el libro menciona que Mario Echandi ganó las elecciones de 1958 debido a que los liberacionistas se habían dividido en dos candidaturas: la oficial de don Francisco J. Orlich y la independiente de don Jorge Rossi. Sin embargo, a la hora de narrar el triunfo de Oduber, no menciona que la oposición estaba dividida en tres candidaturas, la del Dr. Fernanto Trejos Escalante, la de don Rodrigo Carazo y la de Jorge González Martén. Echandi y Oduber comparten la extraña circunstancia de haber ganado la presidencia pese a que fueron muchos más los electores que no votaron por ellos.
La obsesión de Baeza por el zodiaco, ya manifiesta en su ensayo Evolución de la poesía costarricense, está también presente en este libro, en que dedica párrafos enteros a explicar la personalidad de Oduber y de Carlos Andrés Pérez, basándose en el hecho de que el mandatario costarricense era Virgo y el venezolano Escorpión.
Son abundantes, además, las páginas de relleno en que el autor se distrae con cualquier excusa para agregar volumen a un libro que no debió haber sido más que un folleto. No sé si los libros de Baeza sobre Oduber y Monge fueron escritos por iniciativa propia o por encargo. Tampoco tengo idea de cuántos ejemplares se imprimieron ni cómo llegaron a distribuirse. En todo caso, no creo que este tipo de material haya logrado el propósito con que fue hecho. Ya se sabe que en publicidad lo que funciona es un mensaje breve, memorable y repetido miles de veces. Los libros que se escriben con descuido y a toda prisa, acaban siendo leídos de la misma forma. 
Pese a todo lo que se le pueda cuestionar, Daniel Oduber Quirós fue un hombre culto e inteligente. un líder con arrastre, un pensador de ideas profundas, un intelectual muy preparado y un presidente que dejó un impacto profundo en el país. Su figura y gobierno algún día tendrán el estudio profundo y reposado que merecen.
INSC: 1716
Gabinete de Daniel Oduber. Carlos Manuel Castillo y Fernando Guzmán Mata
(Vicepresidentes). Gonzalo Facio (Relaciones Exteriores), Francisco Morales
(Trabajo), Edgar Arroyo (Gobernación), Jorge Sánchez Méndez (Economía).
Porfirio Morera (Hacienda), Fernando Volio (Educación), Carmen Naranjo
(Cultura), Herman Weinstock (Salud), Alvaro Jenkins (Obras Públicas), Hernán
Garrón (Agricultura), Mario Charpentier (Seguridad) y Oscar Arias (Planificación).

martes, 21 de febrero de 2017

La dinastía de los conquistadores de Samuel Stone.

La dinastía de los conquistadores. Samuel
Stone. EDUCA. Costa Rica, 1976.
Aunque tenían apellidos distintos, los presidentes de Costa Rica mantenían entre sí lazos familiares muy estrechos. El Dr. José María Castro Madriz, casado con Pacífica Fernández Oreamuno, era cuñado de Próspero Fernández Oreamuno quien, casado con Cristina Guardia Gutiérrez, era a su vez cuñado del General Tomás Guardia Gutiérrez. Bernardo Soto Alfaro, (tío abuelo de Daniel Oduber), era yerno de Próspero y su esposa, Pacífica Fernández Guardia era, además de hija de Próspero, sobrina de don Tomás y de Castro Madriz. José Joaquín Rodríguez Zeledón (sobrino nieto de Juan Mora Fernández), era el suegro de Rafael Yglesias Castro que, para completar el círculo, era nieto de José María Castro Madriz.
El asunto no termina allí, porque Próspero Fernández Oreamuno, además de presidente, cuñado de dos presidentes y suegro de otro presidente, era también primo hermano del también presidente José María Montealegre Fernández, cuya primera esposa, Ana María Mora Porras, era hermana de Juan Rafael Mora Porras. Gerónima, la hermana de José María Montealegre, era esposa de Bruno Carranza, quien era también cuñado de Braulio Carrillo. Doña Esmeralda Oreamuno, hija de Francisco María Oreamuno, casada con don Jesús Jiménez Zamora y madre de don Ricardo Jiménez Oreamuno, fue hija, esposa y madre de presidente. Estos Jiménez, don Jesús y don Ricardo, tenían cierto parentesco, aunque lejano, con doña Josefa Jiménez Rucavado, madre de don Mario Echandi Jiménez.
Quienes han tenido la paciencia de investigar las genealogías de Costa Rica, desde la Colonia hasta el Siglo XIX, se han topado con una maraña de relaciones en que los mismos individuos aparecen repetidamente en varias ramas del árbol.
La tesis doctoral de Samuel Stone era sobre la clase dirigente en Costa Rica y cuando, tras presentar el primer borrador, sus tutores lo invitaron a explorar más a fondo, pudo notar que las relaciones de los gobernantes y los grandes cafetaleros del país, más que comerciales eran familiares. Después de armar los árboles genalógicos de las familias más ricas e influyentes, descubrió que todos los gobernantes de Costa Rica (así como la gran mayoría de congresistas y grandes hacendados, industriales y comerciantes), descendían de los primeros conquistadores españoles que se asentaron en estas tierras y, por ello, publicó su investigación con el título de La dinastía de los conquistadores.
Desde la Independencia, en 1821, hasta la publicación del libro, en 1975, de los cuarenta y cuatro gobernantes que tuvo Costa Rica, treinta y uno eran descendientes de Juan Vásquez de Coronado, veinticinco de Antonio de Acosta Arévalo y seis de Nicolás González y Oviedo. Veintitrés de los veintiocho firmantes del Acta de Independencia, tenían lazos familiares entre sí. 
Con estos y otros datos similares, Samuel Stone sostiene que el país ha sufrido cuatro siglos de dominación por parte de una clase dirigente que concentró el poder económico y político en manos de pocas familias y llega hasta el extremo de calificar los grandes enfrentamientos políticos de nuestra historia como disputas de poder entre los de arriba.
Aunque la insistencia machacona en este asunto de dominadores y dominados a veces hace la lectura un tanto pesada, el libro es un valioso e interesante recuento de la historia de Costa Rica. Una cosa es cierta y hasta el propio Samuel Stone la reconoce: antes del cultivo y exportación de café, en Costa Rica no se podía hablar de distintas clases sociales. Durante la Colonia, los impuestos no se recogían porque los habitantes no tenían monedas con qué pagarlos y hasta el Gobernador debía cultivar sus propios alimentos. Esa economía de subsistencia empezó a cambiar de manera rápida en 1740, cuando llegaron, procedentes de Martinica, las primeras matas de café a Costa Rica. En 1820 se realizó la primera exportación a Panamá, en 1930 se inició la venta de café costarricense en Chile y, a partir de 1843, gracias al célebre bergantín Monarch de William LeLacheur, se estableció el comercio con Europa. Los precios eran tan buenos que el café fue llamado "nuestro grano de oro". El cultivo no se concentró en pocas manos sino que estuvo siempre repartido entre pequeños y grandes productores, pero el reparto de las ganancias no era parejo. Los que cultivaban café recibían apenas para ir pasando. Al dueño del beneficio le iba un poco mejor y el exportador fue el que se hizo rico. El auge del café fue tan rápido que la primera generación de finqueros con bolsillos llenos de Libras Esterlinas, continuó viviendo y trabajando como campesinos. Se preocuparon, eso sí, por brindarle una buena educación a sus hijos, a quienes acabaron enviando a estudiar a Europa en el mismo barco en que iban sus sacos de café.
Samuel Stone deja claro que, gracias al café aparecieron en Costa Rica los ricos... y los peones. Antes, cuando se cultivaba apenas lo necesario para vivir y no había comercio con otros países, nadie trabajaba por un sueldo en la tierra del otro. Lo que se acostumbraba era ir a ayudar al vecino un par de días en sus labores con la única recompensa de que el vecino devolviera el favor. 
El libro de Samuel Stone, más que La dinastía de los conquistadores, debió haberse titulado Impacto del cultivo del café en el desarrollo de la economía costarricense pero, seamos francos, con ese título no habría resultado tan atractivo. La obra es una investigación seria, profunda y documentada que abarca la historia de Costa Rica desde la época colonial hasta la década de los setenta del Siglo XX, cuando ya se había abandonado el monocultivo del café y la burocracia surgía como un poder autónomo tanto de los cafetaleros como de los mismos políticos.
Sin embargo, la carga ideológica con que se interpretan le resta credibilidad y solidez a la obra. Los análisis políticos son simplistas y hasta ingenuos al dar por sentado que todos los miembros de las familias acaudaladas sostenían en bloque la misma posición. La historia está llena de ejemplos de todo lo contrario. En las primeras décadas del Siglo XX, llegaron a ser célebres los encendidos debates que tenían lugar en el Congreso cuando tres diputados, electos por tres partidos distintos, que sostenían posiciones ideológicas totalmente diferentes, intentaban convencer al plenario a la hora de tomar una decisión. Las discusiones acaloradas que, en algunos casos, llegaron a ser hasta violentas, resultaban pintorescas porque Claudio María Volio, Jorge Volio y Arturo Volio Jiménez eran hermanos.  En las elecciones de 1974, los dos principales candidatos, Daniel Oduber Quirós y Fernando Trejos Escalante (hijo de Fernando Trejos Quirós), tenían un tatarabuelo en común (don Calixto Quirós Castro), pero Oduber era estatista mientras que el Dr. Trejos era liberal.
En la que podría ser la línea más lamentable del libro, Samuel Stone define a los pobres y la clase media como los que no tienen relación con las familias de la clase dominante.
El gran error de Samuel Stone fue pretender ver dominadores y dominados en una sociedad pequeña en la que todos, de alguna forma, estamos emparentados. La población de Costa Rica, en 1569, era de veintisiete mil doscientas personas, de las cuales solamente ciento trece eran españoles. Más de doscientos años después, en 1801, la población del país apenas había llegado a ser de cincuenta y dos mil quinientas personas. En Cartago, durante el Siglo XVIII, era prácticamente inevitable que las bodas se realizaran entre primos lejanos, o cercanos. 
En sus investigaciones genealógicas Samuel Stone cometió el error de no prestar atención a los parientes pobres. José María Castro Madriz tuvo catorce hijos: Jesús Jiménez, siete: Aniceto Esquivel, trece y Rafael Yglesias, diez. Si le hubiera seguido la pista a todos sus descendientes, habría notado que la mayoría de ellos nunca se han metido en política y, totalmente ajenos a los grandes negocios, viven modestamente de su trabajo. De hecho, las más severas críticas a La dinastía de los conquistadores han sido planteadas por genealogistas. Mi buen amigo, Isidro Sánchez, una vez me dijo: "Es verdad que la mayoría de los presidentes descienden de conquistadores españoles pero muy probablemente la mayoría de los mendigos que piden limosna en la calle también."
Por otra parte, Stone tampoco presta atención a los ancestros indígenas o esclavos africanos que formaron la base la sociedad costarricense en la que los españoles eran minoría. El genealogista Mauricio Meléndez Obando, quien ha realizado investigaciones sobre ancestros esclavos africanos en familias costarricenses, hace algunos años anunció, no sé si en broma o en serio, que pensaba publicar un libro titulado "La dinastía de los conquistados."
Los lectores franceses de la tesis de Stone aplaudieron la investigación y le concedieron al autor el doctorado. Tal vez, desde allá, nuestro país les pareció una sociedad compleja, con una masa pauperizada, una clase media marginada y una oligarquía cerrada celosa de su poder. Los que vivimos aquí sabemos que hasta el millonario más encopetado tiene, unas generaciones atrás, a un campesino descalzo y que nuestra historia, al menos hasta mediados del siglo pasado, tuvo como protagonista a una población de cuatro gatos que no discriminaba a la hora de buscar pareja y reproducirse.
INSC: 1414
Arriba: el Dr. José María Castro Madriz, su cuñado Próspero Fernández Oreamuno
y el General Tomás Guardia. Abajo: José Joaquín Rodríguez Zeledón, Bernardo
Soto Alfaro y Rafael Yglesias Castro. Rodríguez era el suegro de Yglesias y Soto,
casado con una sobrina de Guardia, era el yerno de Próspero. Todos fueron
presidentes de Costa Rica.

domingo, 12 de febrero de 2017

Juan Loots y la música en Costa Rica.

Juan Loots y las bandas de música militar.
Ludmila Svatek. Instituto del Libro.
Ministerio de Cultura Juventud y Deporte.
Costa Rica, 1986.
El músico belga Juan Bautista Gihslain Loots Deblaes, compositor, director y flautista que también tocaba oboe y clarinete, puede considerarse el promotor de la educación musical en Costa Rica. Naturalmente, antes de su arribo al país, en 1907, ya habían habido compositores nacionales de importancia, como don Manuel María Gutiérrez (autor del Himno Nacional) y don Rafael Chaves Torres (autor del Duelo de la Patria), sin embargo fue don Juan Loots el primero en intentar que la música, más que una afición ocasional, se convirtiera en una carrera y una profesión.
El aprendizaje de la música era totalmente empírico. Los jóvenes aprendían a tocar un instrumento gracias al vecino que les enseñaba, pero ni a uno ni a otro le pasaba por la cabeza que aquello requiriera un estudio metódico ni, mucho menos, que llegara a convertirse en la actividad principal para ganarse la vida. La única institución dedicada a la música eran las bandas militares que constituían la parte más vistosa y activa del pequeñísimo ejército costarricense. El sueldo de un músico de primera categoría, era el equivalente al de un maestro de tercera categoría, por lo que, para ir pasando, apenas ponían el instrumento en el estuche y colgaban el uniforme de un clavo, los músicos se ocupaban como peones agrícolas, carpinteros, sastres o albañiles.
En 1906, cuando murió el Director General de Bandas, don Rafael Chaves Torres, el recién electo Presidente de la República, don Cleto González Víquez, en vez de nombrar un nuevo director entre los músicos nacionales, decidió mandar a traer de Europa a un maestro profesional con la intención de elevar el nivel de enseñanza y ejecución dentro de las bandas.
El Marqués Manuel María Peralta y Alfaro, único embajador costarricense en el viejo continente, tras analizar varios candidatos, seleccionó a Juan Loots quien aceptó el cargo de inmediato, entre otras razones porque creyó que el clima del trópico le haría soportar mejor su padecimiento de asma. La fría y lluviosa ciudad de San José no era el soleado paraíso tropical que esperaba encontrarse pero puso inmediatamente manos a la obra. En su primera reunión con los músicos de la banda tuvo que recurrir a un intérprete porque aún no hablaba español. Tras presentarse, les pidió que tocaran algo. Roberto Cantillano Vindas, uno de los músicos presentes, quien además era flautista como Loots, recuerda que bajo la batuta de Alfredo Morales tocaron una pieza de Verdi y una marcha militar. Loots escuchó atento y, al final, para sorpresa de todos, aplaudió. Apenas Loots se retiró, los músicos comentaron el aplauso del nuevo director y, según recuerda Cantillano: "...quedamos plenamente convencidos de que éramos profesores."
El verdadero profesor era Loots, quien tenía claro que aquellos músicos no habían tenido educación formal y que todos se ganaban la vida con otros trabajos. Cuando alguno se equivocaba, Loots decía: "No se equivocó el músico, sino el albañil o el sastre". Sus metas eran elevadas pero realistas. Era comprensivo con las torpezas, paciente con los errores y, aunque no podía ser muy exigente con la calidad, sí era muy exigente con el compromiso y la disciplina. 
Loots, como maestro, sabía que la cumbre se alcaza subiendo un escalón a la vez. Durante los años que estuvo al frente de las bandas militares en Costa Rica, elevó el nivel de ejecución, amplió el repertorio, alentó a los músicos a componer, fundó la primera escuela de música del país, llevó a los músicos a tocar fuera a otros países realizó el primer intento de establecer una orquesta sinfónica en Costa Rica.
Sobre la figura y la obra de Loots existen pocas investigaciones, aunque las que hay son bien valiosas. Una de ellas, titulada Juan Loots y las bandas de música militar, escrita por Ludmila Svatek, fue publicada por el Ministerio de Cultura en 1986 y ofrece una síntesis tanto de los logros como de los tragos amargos del maestro belga en Costa Rica.
El libro consigna hechos relevantes. Durante la gestión de Loots, se intentó establecer la música como profesión en Costa Rica. Se fundó la Banda de Limón y se equipó con mejores salarios, instrumentos y uniformes a las ya existentes de San José, Puntarenas, Heredia, Cartago y Alajuela. Cada banda tenía de dieciséis a treinta integrantes y solamente la de San José superaba la cincuentena. Pese a las limitaciones, se aumentó el número de presentaciones y la variedad del repertorio. La banda de San José, dirigida personalmente por Loots, realizaba cinco presentaciones por semana. Los retretas eran abiertas a todo público y se realizaban en los parques. En 1910, en honor del nuevo presidente, Loots compuso una marcha titulada "Viva Ricardo Jiménez", que fue su única obra escrita en Costa Rica. La escuela de música que fundó no tuvo el éxito esperado. En 1909 abrió con cincuenta estudiantes que, muy pronto, acabaron siendo solamente treinta y cinco, de los cuales solamente seis lograron formar parte de la primera graduación, en 1912. Ese mismo año de 1912, ocurren dos hechos importantes. Por una parte, en el plano personal, Loots contrae matrimonio con Marie Aumart, francesa radicada en Costa Rica, propietaria de un hotel en San José. Por otra parte, en el plano profesional, la Banda Militar de San José realiza su primera gira internacional  al ser invitada a presentarse en Panamá en la primera toma de posesión del Presidente Belisario Porras. Años después, en 1915, la banda también sería invitada a un festival en San Francisco, California, pero por la política de austeridad del presidente Alfredo González Flores el viaje no se concretó.
En 1913, a propósito del centenario de Richard Wagner, Loots presentó un recital con piezas del compositor alemán y se publicó una severa crítica en el periódico, frimada por Ignacio Trullas, que cuestionaba la habilidad de dirección del maestro belga.
Juan Loots, en Costa Rica, llegó a ser un personaje conocido y respetado pero ciertamente no muy querido. Nadie ponía en duda su dedicación al trabajo y sus dotes para la enseñanza, pero se le criticaba la manera estricta en que imponía disciplina a los músicos. El libro de Svatek menciona que aplicaba castigos severos por las ausencias a los ensayos y la conducta inapropiada (especialmente la embriaguez) de sus subalternos pero, no especifica en qué consistían tales castigos.
Juan Loots. Creador de la primera escuela
de música y la primera orquesta sinfónica
de Costa Rica.
El asunto es que Loots no gozaba de simpatías entre los músicos, quienes solían hablar mal de él a sus espaldas y en torno a su figura se llegó a urdir una leyenda negra que llegó a filtrarse incluso en investigaciones históricas publicadas.
Se decía que Loots despreciaba la música costarricense y se le acusó de haber destruido partituras de autores nacionales, entre ellas valses y mazurcas de Manuel María Gutiérrez. Decían que viajó hasta Puntarenas y Liberia para quemar papeles de música que no era de su gusto. 
La acusación parece tener origen en una carta de José María Ríos, director de la banda de Puntarenas, en que dejó constancia que Loots, luego de revisar los archivos de la banda del puerto, había dispuesto quemar una pila de papeles. En su descargo, Loots explicó que se limitó a destruir partituras viejas e incompletas.
Por otra parte, Ludmila Svatek deja claro que lejos de ser enemigo de la música costarricense, Loots fue su gran promotor. Una única vez, en más de veinte años, Loots decidió no incluir "El duelo de la Patria" de Rafael Chaves Torres, en el programa de Semana Santa. Pero mientras fungió como director de bandas, incluyó obras de Alvise Castegnaro, José y Roberto Campabadal, Alejandro Monestel, Emilio León, Enrique Jiménez Núñez y el propio Rafael Chaves Torres. También apoyo las composiones de Roberto Cantillano Vindas y de Eduardo Cuevas, músico de origen puertorriqueño, muerto en 1913, director de la banda de Alajuela, que fue quien compuso la música para la obra "El Marqués de Talamanca" de Carlos Gagini. José Daniel Zúñiga, además, tomó en cuenta a Loots en su planteamiento de nacionalismo musical de 1927.
Durante la dictadura de Federico Tinoco, Loots se mantuvo al margen de toda polémica pero la banda, bajo su batuta, tocó en el funeral de Rogelio Fernández Guell.
En 1921, durante la presidencia de Julio Acosta García, Juan Loots fue removido de su puesto. En su lugar fue nombrado don César Nieto Casabó. En 1925. don Ricardo Jiménez Oreamuno, revierte los papeles y vuelve a nombrar a Loots. Tres años después, de los sesenta y cinco músicos de la banda, cincuenta y tres firman una carta solicitando, sin éxito, el regreso de Nieto. 
El gran proyecto de Loots fue también su más sonado fracaso. Su sueño era fundar la orquesta sinfónica de Costa Rica y, con ese fin, fundó una asociación musical que ya desde 1915 contaba con cincuenta y cinco músicos que, ocasionalmente, ofrecían recitales de música de cámara.
El 25 de mayo de 1926, en el Teatro Moderno, se realizó oficialmente el primer concierto de la Orquesta Sinfónica de Costa Rica. Un empresario, de apellido Nicolai, se ofreció a gestionar una gira internacional. Quizá empujado por el entusiasmo del estreno, Loots aceptó la oferta. La orquesta estaba apenas naciendo y tal vez habría sido más prudente esperar. Nicolai, además, no actuó honestamente. Desde Guatemala, donde realizó gestiones para iniciar la gira, le escribió a Loots indicándole que las dos primeras presentaciones serían en Guatemala y México, le dio fechas y programas de viajes y lo urgió a partir de inmediato. Tras muchas peripecias, Loots llegó con los músicos a Guatemala y allí recibió la triste noticia de que Nicolai había cobrado por adelantado y se había marchado del país. Los músicos realizaron las presentaciones acordadas y, con la ingenua esperanza de encontrar a Nicolai en la segunda escala, partieron a México, donde les fue aún peor, ya que nadie los esperaba y no había nada programado. Pese a saberse víctimas de un engaño, por puro amor a la causa lograron encontrar un espacio para presentarse en la capital mexicana. Las críticas en la prensa fueron demoledoras y, al regresar a San José con el rabo entre las patas, se percataron que los periódicos costarricenses habían reproducido las notas periodísticas de su sonado fracaso en México.
El proyecto de Orquesta Sinfónica se abandonó y no sería sino hasta la década de los años cuarenta que sería retomado. Loots no llegó a verlo, puesto que falleció el 2 de agosto de 1929.
Desde que llegó a Costa Rica, en 1907, Loots estuvo totalmente dedicado a la enseñanza y el desarrollo de la música. Su única ausencia voluntaria del país fue en 1914 cuando, pese a su asma, partió junto con su paisano Aristides Romain a Bélgica, con el fin de servir a las fuerzas armadas de su país en la recién declarada I Guerra Mundial. No pudieron, en todo caso, integrarse a las filas y pasaron un año refugiados en Francia, compartiendo su deseo por volver a Costa Rica que, vista desde allá, ya reconocían como su tierra.
INSC: 2087
Los  maestros Cantillano, Campabadal y Cambronero.

sábado, 14 de enero de 2017

El particular liberalismo del Dr. Gregorio Marañón.

Gregorio Marañón. Radiografía de un
liberal. Antonio López Vega. Taurus.
España. 2011.
Médico, historiador, escritor y columnista, el Dr. Gregorio Marañon (1887-1960), gozó en vida de gran prestigio, pero su figura y su obra fueron recibiendo cada vez menos atención tras su muerte. Hubo una época en que sus escritos eran leídos y comentados a ambos lados del Atlántico. No sé si en España sus libros continúan circulando pero, en América Latina, sencillamente no se consiguen. Su nombre, pese a todo, sigue resultando familiar en ciertos círculos. 
Marañon, como tantos otros, ha alcanzado esa extraña categoría de ser, a la vez, famoso y desconocido.  Muchas personas saben que escribía, pero solamente muy pocas podrían citar el título de alguno de sus más de cien libros. Se sabe que sus opiniones eran muy respetadas en España, pero no se tiene clara su posición sobre tantos acontecimientos que le tocó presenciar y sufrir.
Opinaba sobre política, pero se mantenía alejado de ella. Se declaraba liberal en tiempos en que en España no había ningún partido con ese nombre. Por los intensos conflictos políticos vividos durante la primera mitad del Siglo XX, casi todas las figuras de la época son etiquetadas dentro de alguna ideología en particular. Marañon, que supo mantenerse equidistante de los extremos, pasó a la historia como un moderado. En la posguerra civil, era respetado por ambos bandos, pero no gozaba de la confianza de ninguno. Los republicanos no le perdonaban el haber sido propagandista de Franco y los franquistas no olvidaban el apoyo que brindó a la República en sus inicios.
Nacido en Madrid en 1897, Marañón tuvo una visión bastante crítica de la realidad de su país. El panorama que tenía ante sus ojos no era muy prometedor. En alguna entrevista, Luis Buñuel se atrevió a decir que, en España, la Edad Media había durado hasta la Primera Guerra Mundial. El país en que creció Marañon no parecía vivir en el Siglo XX. El Jefe de Estado, Alfonso XIII, era el único monarca en la historia que había nacido rey. Los políticos se enzarzaban en debates interminables sin prestar mayor atención a la pobreza, el analfabetismo y la condiciones verdaderamente injustas en que vivía la mayoría de la población. El desarrollo industrial y tecnológico era prácticamente inexistente. El propio Marañon, al evocar su juventud, considera "poco científica" la facultad de Medicina en que cursó sus estudios. Como todos sus compañeros de generación, confiaba que pronto llegaría el momento de cambiar el panorama social, científico, social y político, que parecía haberse petrificado.
Marañón soñaba con ver a su país gobernado de manera más racional y eficiente, pero los acontecimientos tomaron otro rumbo. En 1926 fue encarcelado por la dictadura de Primo de Rivera a la que él había brindado su apoyo tres años antes. En 1931 apoyó la República y al año siguiente ya estaba defraudado. En 1936, ante el inicio de la Guerra Civil, se trasladó a vivir a París donde le tocó ver a los nazis ocupar la ciudad. Su hijo, llamado también Gregorio, combatió en el bando nacional. Propagandista pagado de Franco desde 1937, regresó a España en 1942, donde permanecería hasta su muerte, en 1960.
La monarquía absurda de Alfonso XIII, la represión de Primo de Rivera, la furia descontrolada de bandos extremistas durante los años de la República, la sangrienta guerra civil española, la Segunda Guerra Mundial y la asfixiante dictadura de Franco fueron los escenarios en que a Gregorio Marañón le tocó vivir su vida y escribir su obra.
Marañón tuvo la oportunidad de tratar de cerca y establecer estrechas relaciones con prácticamente todos los políticos, intelectuales, artistas y escritores de su época. Benito Pérez Galdós era su padrino y José Ortega y Gasset su entrañable amigo. Tuvo una relación estrecha con Miguel de Unamuno, Pérez de Ayala y Azorín, con Ramón Menéndez Pidal y Salvador de Madariaga, con Pío Baroja y García Lorca, con el rey Alfonso XIII y el Presidente de la República Manuel Azaña. Tal parece que Marañón era un hombre tolerante, capaz de establecer y mantener vivo el diálogo y el respeto mutuo con personas que sostenían opiniones diferentes a las suyas. Lamentablemente, esta virtud no era muy común en su época.
En el ejercicio de la medicina, Marañón se dedicó tanto a la práctica clínica como a la investigación. y llegó publicar varios libros de ensayos en los que exponía las conclusiones a las que había llegado a través de sus estudios y experiencias. La sexualidad era uno de sus temas recurrentes y los libros que escribió sobre la materia llegaron a ser verdaderamente populares. Con el tiempo, sus ensayos sobre medicina y sexualidad han perdido la categoría de estudios científicos y han pasado a ser considerados simplemente colecciones de rarezas y prejuicios de otra época. La ciencia de ayer, es la superstición de hoy y la ciencia de hoy, es la superstición de mañana.
Sus biografías e investigaciones históricas también han sido revaloradas con el paso de los años. Más que una recopilación de acontecimientos, personajes, fechas, lugares y citas, los libros históricos de Marañón eran apreciados porque ofrecían un retrato psicológico de los protagonistas. En el rey de Castilla Enrique IV, descubre sus trastornos de personalidad y especula sobre sus conductas depravadas y prácticas sexuales, mientras que al emperador romano Tiberio le diagnostica "una predisposición biológica al resentimiento."  La distancia en el tiempo que separaba a Marañón de Enrique IV (más de cuatrocientos años) y de Tiberio César (casi dos mil), hace prácticamente imposible darle alguna base concreta a sus afirmaciones. Las biografías y los libros de historia escritos por Marañón podrán ser piezas literarias con buen estilo, pero son poco fiables como fuente de datos confirmados.
Para tratar de comprender mejor su pensamiento, leí la voluminosa biografía que Antonio López Vega publicó con el título: Gregorio Marañón. Radiografía de un liberal, en que salta a la vista que el autor no solo ha investigado la trayectoria del médico madrileño, sino que lo conoce a fondo. Enumera las polémicas en que se vio involucrado y cita detalles íntimos de su correspondencia privada. Al igual que solía hacer su biografado, López Vega en ocasiones se permite especular sobre aspectos personales ajenos a la historia documental. Llega a afirmar, por ejemplo, que Marañón nunca le fue infiel a su esposa, Dolores Moya. "O al menos no hay indicios que prueben lo contrario", dice. Cabría cuestionar tanto el argumento lógico (dar por cierta una suposición solamente por el hecho de que no hay pruebas de lo contrario), como la mención en sí misma. Que un personaje histórico haya tenido o no aventuras extramaritales no se supone que sea algo que interese a la posteridad.
Lo que más me llamó la atención del libro fue el subtítulo: Radiografía de un liberal. De primera entrada supuse que debió haber sido bastante difícil ser liberal para alguien que, durante su vida, le tocó vivir bajo regímenes negadores de la libertad.
El propio Marañón explicó su pensamiento en el libro Ensayos Liberales, de 1946, que aún no he podido conseguir pero que espero llegar a leer algún día. Supongo que estas páginas, publicadas en el período más duro del franquismo, podrían aclarar ciertas posiciones ambiguas que sostuvo.
El liberalismo de Marañón era, por decir lo menos, bastante atípico. El liberalismo defiende la libertad indivual, aboga por limitar la acción del Estado y prefiere las iniciativas personales a las colectivas. Un liberal cree que cada uno debe ser responsable de su propia vida y tener la oportunidad de resolver por sí mismo sus propios problemas. Rechaza privilegios odiosos. aboga por la igualdad de derechos, cree en la democracia y defiende los derechos de cada uno sin distinción de sexo, lengua u origen étnico.
Marañón, al igual que su buen amigo José Ortega y Gasset, miraba con recelo la democracia, desconfiaba del votante y creía que la sociedad debía ser regida no por la voluntad de la mayorías, sino bajo la guía de minorías rectoras. En cuanto a la solución a los problemas sociales, más que oportunidades para los desfavorecidos, proponía acciones generosas que vinieran desde arriba.
Sostenía, además, que un país debía tener unidad raza, lengua y religión. Llegó a afirmar que "la amistad es más difícil y menos cordial entre personas de raza dispar."
Creía, con el discurso oficial de su época, que existía un espíritu nacional, un alma nacional y una personalidad nacional además, por supuesto, del orgullo nacional.
En teoría, estaba de acuerdo con el derecho a las mujeres al voto, pero en la práctica se oponía. Sus ideas sobre las mujeres resultan en verdad sorprendentes. Para él, hombres y mujeres realizaban distintas actividades, no por tradición social, sino por deternimismo biológico. Había, según él, ciertas habilidades que eran exclusivas de un cerebro varonil. La razón de ser de una mujer era la maternidad y solo los hombres estaban destinados a realizar actividades creativas ya que, según sus estudios y argumentos científicos, la creatividad dependía de la cantidad de testosterona que hubiera en el organismo. A las mujeres, decía, les falta originalidad.
Marañón sostuvo esta tesis incluso después de asistir a una conferencia magistral de Madame Curie, en la que solamente prestó atención a la simpleza de su vestido negro, a su rostro sin maquillaje y a la estructurada claridad de su discurso. Al meterse a realizar una actividad exclusiva de los hombres, como es la investigación científica, Madame Curie se había desfeminizado.
Ante semejantes afirmaciones, otro médico, Santiago Ramón Cajal, llegó a escribir que el concepto de mujer sostenido por Marañón, no pasaba de ser una ocurrencia de café sin ninguna trascendencia.
Un liberal cree en la capacidad de cada individuo por regir su propia vida y defiende la libertad de cada uno de escoger su forma de vida que, sobra decirlo, no está determinada ni por su sexo, ni por su lengua, ni por su origen, ni por ninguna otra circunstancia. Respetuoso de la libertad plena en el ámbito privado, un liberal tampoco pretende imponer gustos a otros. Marañón, por su parte, llegó a mostrar preocupación y disgusto porque el fútbol fuera desplazando en popularidad a la "fiesta nacional" de las corridas de toros.
Médico de cabecera de varios miembros de la familia real, tuvo oportunidad de mirar de cerca el nivel de frivolidad, ignorancia y grosería con que esas personas se desenvolvían. Compartió en varias ocasiones la mesa con el rey Alfonso XIII, a quien acompañó en algunas de sus giras. El monarca, con su mente de muy corto alcance, su cuestionable conducta y sus censurables hábitos, vivía en un mundo paralelo totalmente ajeno a la realidad del país y su caída acabó siendo inevitable.
Cuando la República inició un programa de reforma agraria, Marañón, en vez de celebrar que los campesinos se convirtieran en propietarios, asumió la defensa de los derechos de la nobleza.
Años más tarde, desde su residencia en París, le envió una carta a su hija Belén, en la que se mostraba satisfecho de que la entrada de los nazis en la capital francesa "haya sido pacífica". Cabe anotar, además, que en la Exposición Universal de 1937, Marañón no quiso visitar el pabellón español para no ver el Guernica de Picasso. Para esa época, ya Marañón era propagandista a sueldo de Franco. Cobraba de ochocientas a mil libras anuales por escribir artículos en revistas internacionales sobre temas afines a la causa nacional. Tanto historiadores posteriores como sus propios contemporáneos han criticado severamente esta actividad. En su caso, el dinero no pudo haber sido la motivación. Se comprende que alguien en serios aprietos económicos ponga su pluma al servicio de una causa por pura necesidad. Pero Marañón, médico prestigioso con numerosa y rica clientela, no estaba forzado a hacerlo o, mejor dicho, si lo hizo fue porque quiso.
Al final de la Guerra Civil española, Marañón afirmó que los españoles solamente querían "paz con un mínimo de libertad".  Palabras verdaderamente extrañas en boca de alguien que se declara liberal.
Según Antonio López Vega, el sueño de Marañón era que España se convirtiera en una democracia con régimen parlamentario. Ante el triunfo de Francisco Franco ese sueño se desvanece y Marañón no tuvo más remedio que acomodarse a las circunstancias.
Pasa por alto, sin embargo, que hubo un buen número de intelectuales de renombre que no tenían la oportunidad de acomodarse y también otros que, aunque podían haberse acomodado, prefirieron no hacerlo.
La democracia, en España, tardó en llegar y Marañón no alcanzó a verla.
Más que especular sobre si Marañón le fue infiel a su esposa o no, valdría la pena analizar el grado de fidelidad que Marañón mantuvo con las ideas que pregonaba.
La lectura de Gregorio Marañón. Radiografía de un liberal me sirvió para conocer mejor la figura, la vida y la época del famoso, aunque desconocido, médico y escritor madrileño. Al liberal, debo confesar, no lo vi en ninguna parte.
Gregorio Marañón. (1897-1960), Médico, historiador, escritor y filólogo español.

INSC: 2565
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