domingo, 21 de mayo de 2017

Alas en fuga. Poemas de Julián Marchena.

Alas en fuga. Julián Marchena,
Editorial Costa Rica, 1980.
Hay un momento en la novela Murámonos Federico de don Joaquín Gutiérrez. en que Colacho, el boticario, hablando sobre la muerte, improvisa unos versos que podrían servirle como epitafio. Inmediatamente después de escucharlos, Federico exclama: "No sirven"... "le faltan sílabas".
Colacho entonces, haciéndose el ofendido, le responde: "Sos muy exigente. ¡Ni Julián Marchena que fueras!"
La salida, además de ingeniosa, fue acertada. En la poesía de Julián Marchena (1897-1985) no faltan ni sobran sílabas. La métrica es exacta y hasta la rima se apega a las normas clásicas: consonante en el soneto y asonante en el romance. Lo que hace su caso muy particular, es que para la época en que publicó su único libro, ya los poetas no solían ser tan apegados a las reglas. Aunque era un hombre muy querido y respetado, incluso por los escritores jóvenes, es posible que en sus últimos años, además de la mención incluida en Murámonos Federico, haya llegado a sus oídos la frase irónica, que lo aludía directamente, que afirmaba que Costa Rica era el único país del mundo que tenía un poeta modernista vivo.
Los historiadores de la literatura, así como todos aquellos que acostumbran etiquetar a los autores por generaciones, quizá calificarían su obra como "tardía". Son poemas típicos de la segunda mitad del siglo XIX, publicados en la primera mitad del XX.  Sin embargo, a quienes leen por placer y no por hacer análisis (que son la mayoría), esta clasificación, como cualquier otra, los tiene sin cuidado. En todas las épocas hay creadores que siguen fielmente los cánones tradicionales así como otros que, más bien, están dispuestos a romperlos. Los lectores (y muy especialmente los lectores de poesía), no suelen detenerse a considerar si los versos que logran impresionarlos y conmoverlos estuvieron a la vanguardia o a la retaguardia en el momento en que fueron publicados.
La forma en que alguien escribe, depende de sus gustos y su propio temperamento, más que de la tendencia que esté de moda a su alrededor.  "Cada poeta escribe sobre su propio mundo", me dijo una vez Popo Dada, "por lo que al publicar su libro, lo que hace es entregar a otros su mundo interno."
Julián Marchena empezó a escribir poesía desde joven. Envió sus versos a un par de concursos pero no obtuvo más que menciones honoríficas y, en 1941, cuando ya había dejado la juventud atrás, publicó su único libro Alas en fuga.  En poesía, como en muchas otras disciplinas, el criterio de los especialistas y el del público en general casi nunca coinciden. Los jurados de los premios a los que se presentó no lo galardonaron, pero su libro llegó a alcanzar gran popularidad.
Julián Marchena (1897-1985) Director de la
Biblioteca Nacional de Costa Rica de 1938 a
1967 y de 1974 a 1979. Autor de un único libro
de poesía: Alas en fuga.
Marchena, como ya se dijo, fue obsesivo con la métrica y con la rima, pero no echó mano ni de construcciones complejas ni de palabras rebuscadas. Los poemas, tal vez, parezcan un poco encorsetados y almidonados, pero son de una claridad transparente. Aunque en la estructura no falta ni sobra una sílaba, los temas y el vocabulario son perfectamente comprensibles para cualquier lector. Alas en fuga, es un libro amigable que se lee fluidamente y sin tropiezos y no obliga a consultar el diccionario. Las emociones, por su parte, son reposadas, serenas, y todo el libro, lleno de dolor y de ausencia, está escrito en un tono moderado y contenido.
Es difícil poner a circular libros de poesía. En muy raras ocasiones hay una segunda edición puesto que, por la general, un buen número de ejemplares del primer tiraje acaba sepultado en polvo lejos de los lectores.  Alas en fuga es uno de esos raros casos en que las ediciones se agotaban a pesar de que venían una detrás de la otra. 
Hugo Montes, autor del prólogo a la sétima edición publicada por la Editorial Costa Rica de Alas en Fuga, que es la que tengo,  señala que, desde el mismo título, la huida es el tema central del libro. Cita, para reafirmarlo, una serie de versos de distintos poemas que, de alguna manera, manifiestan el deseo de fugarse a otro sitio. 
"Huir en una barca o en un sueño"... "hayas de huir de ti mismo"... "por huir de su amor  infortunado"...  "como para escaparme de mí mismo"... "huir de todo lo que sea humano"... "tu silueta  ausente huye luego y se borra de repente"... "la tarde huyó por no manchar su traje",,, "y al verte prisionera de tu vida apacible no ansiaste vivamente poder huir muy lejos"... "vuestros encantos se fugan de las catorce rejas de oro de un soneto"... "se me escapaba el alma entre los dedos"... "fugóse el ave y me dejó su canto". 
Como si se sintiera prisionero en una realidad que lo asfixia, el poeta pretende escapar hacia un lugar remoto, desconocido y, por eso, nuevo y fresco. En cada página de Alas en fuga la mirada está puesta en la lejanía. El mundo poético de Julián Marchena no es el mundo real en que vivía, sino el mundo ideal con que soñaba. No se le puede reclamar que, al escribir, utilizara formas que habían caído en desuso ya que, después de todo, es muy probable que quien desee trasladarse a otro sitio, también prefiera ubicarse en otra época.
Aunque el más conocido es Vuelo supremo, mi poema favorito de Alas en fuga es el Romance de las carretas, quizá el único del libro que es nostálgico en vez de doloroso. Las carretas de bueyes, "ambulancias campesinas/ hormigas de las cosechas/ cándidos lechos nupciales/ y trashumantes viviendas/ se mueven siempre sin prisa,/ -tarde o temprano se llega-/ y sobre el barro o el polvo/ detrás de sí solo dejan/ como las almas afines/ ondulantes paralelas." 
INSC: 0711 

Vuelo Supremo

Quiero vivir la vida aventurera
de los errantes pájaros marino
no tener, para ir a otra rivera,
la prosaica visión de los caminos.

Poder volar cuando la tarde muera
entre fugaces lampos ambarinos
y oponer a los raudos torbellinos
el ala fuerte y la mirada fiera.

Huir de todo lo que sea humano;
embriagarme de azul... Ser soberano
de dos inmensidades: mar y cielo,

y cuando sienta el corazón cansado
morir sobre un peñón abandonado
con las alas abiertas para el vuelo.

sábado, 20 de mayo de 2017

El militarismo en Costa Rica.

El militarismo en Costa Rica.
Fernando Volio Jiménez.
Libro Libre, Costa Rica, 1985
Desde la independencia, en 1821, hasta el año 1900, en Costa Rica hubo diez golpes de Estado. En el Siglo XX, solamente dos presidentes fueron depuestos por la fuerza: Alfredo González Flores en 1917 y Teodoro Picado en 1948, pero hubo intentos de golpes armados contra don Cleto González Víquez en 1932 y la Junta de Gobierno de don Pepe Figueres en 1949. Tras la abolición del ejército, en 1948, el país debió hacer frente a dos invasiones golpistas, una en el mismo año 1948 y otra en 1955. Sin embargo, con la única excepción de la década comprendida entre 1860 y 1870, los militares no han tenido un peso protagónico en nuestra historia.
Don Fernando Volio Jiménez, abogado constitucionalista, que fue Ministro de Educación y de Relaciones Exteriores, publicó, en 1984, un interesante ensayo titulado El militarismo en Costa Rica, en el que hace un recuento del largo y difícil proceso histórico que fue necesario para mantener las armas fuera de la política.
Curiosamente, declara que solamente dos militares (Francisco Morazán y Tomás Guardia) gobernaron Costa Rica en el Siglo XX, olvidando a Próspero Fernández Oreamuno, que era general, y a Bernardo Soto Alfaro, quien, por alguna razón, aparece en los retratos vestido de uniforme.
En todo caso, en los últimos años del período de la Colonia, Costa Rica contaba solamente con veintinueve soldados en todo el país. Las famosas "guerras" que se mencionan al inicio de nuestra vida independiente, no pasaban de ser batallas de pocas horas entre vecinos armados con escopetas de caza. Pese a lo inestable que podía ser el ejercicio del poder, ningún gobernante consideró necesario establecer fuerzas armadas regulares. Los hombres eran mucho más útiles con una pala que con un rifle al hombro.
La situación cambió cuando don Juanito Mora decidió combatir a los filibusteros de William Walker. Para la guerra de 1856, el gobierno estuvo autorizado a crear un ejéricito de nueve mil hombres, aunque, en la práctica, no llegaron a tres mil. Se compraron equipos y uniformes, se estableció una jerarquía y cuatro militares que lucharon contra los filibusteros (Máximo Blanco, Lorenzo Salazar, Tomás Guardia y Bernardo Soto), posteriormente acabaron teniendo un gran protagonismo en nuestra historia. Los dos últimos gobernaron el país, mientras que los dos primeros pusieron y quitaron presidentes durante diez años.
La primera víctima, irónicamente, fue el propio don Juanito, derrocado en 1860. Tres años más tarde depusieron al Dr. Jesús Jiménez, para poner en su lugar al Dr. José María Castro Madriz, a quien también derrocaron para poner de nuevo a Jiménez.
En su segunda administración, don Jesús Jiménez, quien tenía la extraña experiencia de haber sido quitado y puesto por los mismos militares, tuvo claro que la única manera de que Costa Rica rompiera la cadena de golpes de Estado y se encaminara por la ruta de la democracia y el derecho era reduciendo el poder del ejército y aumentando, en su lugar, la educación y la cultura. Con la ayuda de su ministro de guerra, don Eusebio Figueroa Oreamuno, logró destituir de sus cargos a Blanco y Salazar sin darles oportunidad de reacción. Paralelamente, junto con su otro ministro, don Julián Volio Llorente, estableció la educación pública gratuita y obligatoria.
No tengo claro cuándo se empezó a decir que Costa Rica tiene más maestros que soldados, pero fue a partir del gobierno del Dr. Jesús Jiménez que el presupuesto de educación empezó a superar, con creces, el de seguridad. De hecho, la desaparición del ejército en Costa Rica empezó con el debilitamiento presupuestario de don Jesús Jiménez.
Fernando Volio Jiménez. (1924-1996)
Abogado Constitucionalista. Fundador de la
Editorial Costa Rica. Ministro de Educación y
de Relaciones Exteriores.
Don Fernando Volio Jiménez, en su ensayo, tiene palabras elogiosas hacia don Jesús pero, quizá por discresión, omite mencionar que era su bisabuelo. Alberto Jiménez Oreamuno, hijo de don Jesús, era el padre de Arabela Jiménez Tinoco, la madre de don Fernando. Y ya que estamos con genealogías, Fernando Volio Sancho (Diputado constituyente en 1949), el padre de Fernando Volio Jiménez, era sobrino nieto de don Julián Volio Llorente.
Pese a su esfuerzo por sacar a los militares de la política y reducir el tamaño del ejército, don Jesús Jiménez Zamora sería derrocado por un golpe militar, esta vez orquestado por don Tomás Guardia Gutiérrez.
En 1879, los reportes gubernamentales mencionaban que el ejército costarricense tenía dieciocho mil hombres en servicio activo y diez mil en reserva. Para 1887 se hablaba de cuarenta mil hombres. Esas cifras, aunque oficiales, son engañosas ya que, según el código militar de 1871, todos los hombres entre dieciocho y sesenta años de edad podían ser llamados a servir en el ejército.
Durante la larga dictadura de Guardia, en todo caso, precisamente por su prolongado control personal, no surgieron dentro del ejército figuras destacadas. Floreció, en cambio, una generación de intelectuales jóvenes, totalmente alérgicos a las armas y los uniformes que, tras la muerte de Guardia fueron capaces de enrumbar el país por la ruta del Derecho, valiéndose de la Constitución que el propio Guardia había dejado.
En su ensayo, don Fernando no se detiene en la dictadura de Federico Tinoco, ni el golpe del Bellavistazo de Manuel Castro Quesada en 1932, ni en el Cardonazo de 1949. Salta de una vez al conflicto armado de 1948 y señala que, pese a que los costarricenses se llevaron la amarga sorpresa de que el gobierno tenía vehículos militares pesados, el debilitamiento del ejército desde la época de don Jesús Jiménez, ochenta años atrás, fue lo que permitió que el movimiento armado de don Pepe derrocara al gobierno sin mayor dificultad. El ejército no había sido, durante largo tiempo, una institución importante en Costa Rica y, cuando fue abolido, el 1 de diciembre de 1948, nadie parecía que lo iba a echar de menos.
Apenas unos días después de la abolición del ejército, el 10 de diciembre de 1948, el país debió hacer frente a una invasión calderonista procedente de Nicaragua. Un hecho similar ocurrió en enero de 1955 y, pese a que en esta segunda ocasión hubo enfrentamientos de importancia en Guanacaste y Ciudad Quesada, una vez pasada la emergencia, el país volvió a la calma sin que se considerara necesario reestablecer fuerzas armadas profesionales. La decisión de abolir el ejército, elevada a rango constitucional en 1949, había quedado definitivamente en firme.
En 1965, un grupo de guardias civiles costarricenses realizó labores de construcción y ayuda humanitaria en República Dominicana. Esa ha sido la única vez que miembros de nuestra fuerza pública han trabajado fuera del territorio nacional.
A finales de los años setenta, el gobierno de don Rodrigo Carazo Odio, por su apoyo a la causa sandinista, debió enfrentar una situación verdaderamente tensa con Anastasio Somoza Debayle. El ministro de Seguridad Pública, don Juan José Echeverría Brealey, envió guardias civiles a Venezuela para que fueran capacitados en manejo de equipo antiáreo. Por esa época, se creo un cuerpo de reserva que llegó a ser objeto de investigaciones por parte de diputados de la Asamblea Legislativa.
El ensayo de don Fernando Volio Jiménez fue escrito en 1984 y sus últimas páginas están llenas de preocupación por la seguridad de Costa Rica que, de muy diversas formas, se veía afectada por el conflicto centromericano de aquella época.
Afortunadamente el país continuó por la senda del Derecho y, en la actualidad, hablar de militarismo en Costa Rica es referirse a un tema verdaderamente muy antiguo.
INSC: 2522

Durante una década, los generales Máximo Blanco (1824-1866) y
Lorenzo Salazar Alvarado (1813-1871), quitaron y pusieron presidentes.

domingo, 14 de mayo de 2017

El gobierno de Alfredo González Flores.

Administración González Flores.
Armando Rodríguez Ruiz. Editorial
de la Universidad de Costa Rica. 
La idea generalizada es que don Alfredo González Flores fue un presidente que tuvo el valor de ponerle impuestos a los ricos y, por eso, acabó siendo derrocado. Dicha versión está tan extendida que hasta aparece en los libros escolares. Sin embargo, las circunstancias que rodearon su elección, gobierno y caída son mucho más complejas de lo que comúnmente se cree.
Para empezar, González Flores llegó a ser presidente sin haber sido candidato. Las elecciones de 1914, que desembocaron en su nombramiento, fueron un verdadero laberinto de intrigas que aún hoy, a más de un siglo de distancia, resulta difícil comprender.
Para suceder a don Ricardo Jiménez Oreamuno, cuya primer período presidencial fue de 1910 a 1914, se presentaron tres aspirantes. Don Máximo Fernández, por el partido Republicano, el Dr. Carlos Durán por el partido Unión Nacional y don Rafael Yglesias Castro por el partido civil. Acabó siendo famosa la opinión de don Ricardo quien dijo: "De los republicanos me gusta el partido, pero no el candidato, del Unión Nacional me gusta el candidato pero no el partido y de los civilistas no me gusta ni el candidato ni el partido."
La campaña fue intensa porque aquellas elecciones eran las primeras en que el gobernante sería electo por voto popular y directo, en vez de ser designado por un Colegio Electoral. El ganador, por amplia mayoría en seis de las siete provincias, fue don Máximo Fernádez. El Dr. Durán que ganó en Cartago y obtuvo significativo apoyo en el resto del país, quedó en segundo lugar y muy atrás quedó don Rafael Yglesias, cuyos resultados fueron en verdad decepcionantes. Ninguno de los tres obtuvo el cincuenta por ciento requerido para ser electo y la Constitución de entonces establecía que, en ese caso, el Congreso debería elegir entre los dos que hubieran obtenido mayor número de votos. Estaba claro, entonces, que la elección sería entre don Máximo y el Dr. Durán pero en los días previos a la sesión parlamentaria, empezaron las reuniones entre líderes de todos los partidos para establecer pactos. La intención de Yglesias era lograr (y no se sabe cómo pero la obtuvo), la renuncia de don Máximo Fernández para poder regresar a la lucha y vencer a Durán en el Congreso. La mayoría de los diputados eran republicanos por lo que serían ellos quienes acabarían decidiendo. 
Para no hacer larga la historia (que es larguísima y extraña), al final los tres candidatos renunciaron y el Congreso acabó eligiendo como presidente al herediano Alfredo González Flores, propuesto (más bien impuesto) por su compañero del partido Republicano, don Federico Tinoco Granados.
En aquella sesión se hicieron célebres las palabras de don Arturo Volio Jiménez, quien, en su primer día como diputado y en su primera intervención en el plenario, empezó diciendo: "Yo sé que estoy asistiendo a una farsa, pero al menos estoy del lado de los que ríen y no de los que hacen reír."
El nuevo presidente, joven, soltero y prácticamente desconocido, empezó su mandato con la popularidad en cero. No era nada personal, pero todos los ciudadanos que habían votado, ya fuera por Fernández, por Durán o por Yglesias, estaban defraudados. Las primeras elecciones con voto popular y directo dieron como ganador a alguien que no había recibido ni un solo voto popular y directo.
Serio, metódico, estudioso, don Alfredo González Flores desglosaba minuciosamente los problemas nacionales, elaboraba análisis y propuestas llenas de cifras y gráficos, leía línea por línea los proyectos de ley y era capaz de escribir páginas enteras de alegatos llenas de citas y referencias. Reservado, tímido y callado, evitaba los debates y discusiones y pretendía gobernar desde la burbuja de su biblioteca. Tal parece que no lograba comprender que, en una hoja de papel, es fácil solucionar todos los problemas del país y hasta del mundo, pero que al intentar llevar la propuesta a la práctica, era necesario negociar, convencer o, ya en otro estilo, lograr imponerse. González Flores no tenía ni la firmeza de José Joaquín Rodríguez o Rafael Yglesias, que gobernaron de manera tiránica, ni la habilidad para navegar con calma aguas turbulentas, que caracterizó a don Cleto González Víquez y don Ricardo Jiménez Oreamuno. Entre los epítetos con los que, desde el inicio de su gestión, se calificó a González Flores, el más frecuente no tenía, en verdad, nada de ofensivo. Decían que aquel abogado joven y soltero al que habían puesto de presidente para salir del paso no era más que "un teórico."
Alfredo González Flores (1877-1962).
Por este traje a cuadros, uno de sus favoritos
recibió el apodo de Chinilla, que es como en
Costa Rica se llama a este tipo de diseño en
la tela.
El pueblo empezó a hacer chistes sobre su persona (por su traje favorito le pusieron el apodo de Chinilla), quienes escribían en la prensa hacían burla de sus propuestas, la oposición en el Congreso era feroz, los empleados públicos se oponían a sus disposiciones, los comercianes, exportadores, cafetaleros y banqueros escuchaban sus proyectos que, aunque interesantes, consideraban inviables. A la larga, don Alfredo perdió hasta el apoyo de su propio partido, el Republicano, y acabó prácticamente solo, sostenido únicamente por Federico Tinoco, quien lo llevó al poder, lo mantuvo en el cargo y, a la larga, acabó derrocándolo.
Los años que gobernó Alfredo González Flores (1914-1917), no fueron nada tranquilos. Además del estallido de la I Guerra Mundial, que trastornó el comercio internacional, el país se vio inmerso en toda clase de conflictos a los que el joven gobernante debió hacer frente.
El historiador Armando Rodríguez Ruíz hizo un detallado recuento de la época en el libro Administración González Flores, publicado por la Editorial de la Universidad de Costa Rica. El trabajo tiene la extraña particularidad de ser ampliamente documentado y, al mismo tiempo, totalmente parcializado. Todos los hechos reseñados, así como todas las citas incluidas, vienen con la referencia de las fuentes consultadas, pero en ocasiones el autor se permite soltar el editorial de manera más que apasionada. Comprendo que un historiador está en su derecho de manifestar sus simpatías o antipatías por los personajes históricos que estudia, pero palabras como "Solo en una mente enferma o malintencionada sería capaz de engendrarse semejante idea" y otras salidas de tono por el estilo, acaban siendo tropiezos molestos en la lectura.
A veces, por no resistirse a soltar la perorata, el autor cae en inocentadas. Cuando el gobierno de González Flores dispuso nombrar a Roberto Brenes Mesén como diplomático en Washington, envió una carta al Departamento de Estado Americano, para saber si estaban de acuerdo con el nombramiento. Al mencionar el documento, don Armando Rodríguez Ruíz suelta un amargo lamento: "Esta actitud del gobierno costarricense pone de manifiesto. muy claramente, su dependencia de la voluntad de la gran fuerza estadounidense. Por desgracia, actitud de sometimiento que deja mucho que desear y nada que admirar. Amarga realidad que vivieron y aún viven las pequeñas y las grandes naciones americanas." Pese a la reacción del historiador, las comunicaciones de este tipo son, más que normales, rutinarias. Antes de enviar un diplomático al exterior, se le pide el beneplácito al gobierno del país de destino. Esta práctica, sobra decirlo, es común en todos los países del mundo y nada tiene que ver con sometimiento o dependencia.
A pesar de su falta de mesura al expresar su opinión personal, el trabajo de recopilación que hizo don Armando Rodríguez Ruiz permite comprender mejor los asuntos que eran tema del día durante el gobierno de Alfredo González Flores.
Preocupaba el aumento del consumo de alcohol, la prostitución y el juego en la ciudad capital. A altas horas de la noche, los juerguistas corrían a toda velocidad en sus automóviles. Los moralistas pretendían imponer una ley seca, los liberales sostenían que el gobierno no debe vigilar la vida privada de nadie y los moderados proponían algún tipo de regulación.
Los empleados públicos vieron reducidos sus salarios para poder pagar los gastos de los partidos en las pasadas elecciones. Pese a predicar austeridad, el gobierno de González Flores creo nuevos altos puestos, incluyendo las Subsecretarías de Estado y el costo anual de su gabinete casi llegó, en el primer año, a ser el doble del de don Ricardo. 
En quince fincas bananeras de la United Fruit Company los trabajadores se declararon en huelga. También hubo huelgas de panaderos y otros artesanos en San José. El movimiento obrero, que ya se manifestaba en las calles, empezaba a organizarse. Juan Rafael Pérez fue uno de sus primeros líderes.
San Ramón, San Carlos, Palmares y Alfaro Ruiz pretendieron separarse de Alajuela y convertirse en una nueva provincia. Hubo un plebiscito, en que ganó la opción separatista, pero al final nada se hizo. Santo Domingo, por su parte, pretendió separarse de Heredia y convertirse en un cantón de San José, pero tampoco se llegó a concretar nada. También quedaron en puras buenas intenciones la idea de crear una fábrica de cemento, propuesta por Lesmes Jiménez, o el proyecto de construir una línea férrea entre Puntarenas y Cañas.
En el plano internacional, se trabajaba en el arreglo de límites con Panamá y existía cierta tensión por las pretensiones de Emiliano Chamorro por construir un canal interoceánico en Nicaragua.
Las finanzas públicas y privadas andaban mal. El registro de la propiedad estuvo seis meses sin incluir ningún traspaso. Sobre todas las fincas, grandes y pequeñas, pesaban altos gravámenes. El Banco Mercantil quebró poco después de que el gobierno se decidiera a retomar el proyecto de abrir el Banco Internacional, ideado originalmente por los hermanos Lindo. Mientras Cecil Lindo empezaba a exportar panela a Europa, el país debió importar carne.
También se debatía por entonces la importancia de que el obispo fuera costarricense. El primer obispo, Anselmo Llorente y la Fuente, había nacido en Cartago, pero el segundo y el tercero, Bernardo Augusto Thiel y Juan Gaspar Stork, eran alemanes. También en el plano religioso fue tema de polémica el regreso del padre José Manuel Quirós Palma S.J. En 1884 se había establecido una ley que prohibía el ingreso de jesuitas al territorio nacional, pero no estaba previsto el caso de que el jesuita que pretendiera entrar fuera costarricense.
Los grandes temas eran la guerra europea, el contrato petrolero que impulsaba Lincoln Valentine y los proyectos de colonización que se esperaba desarrollar. El gobierno no disponía de recursos más que para sus gastos ordinarios y hubo hasta una disposición de suspender cualquier proyecto que implicara la inversión de dineros públicos. Para colmo de males, hubo un escándalo al descubrirse un desfalco en la Fabrica Nacional de Licores por un monto superior a los seis mil colones, en una época en que podía comprarse una hectárea de tierra a menos de cien colones.
Para liberar de la carga tributaria a las personas de menores recursos, el gobierno de Alfredo González Flores quitó los impuestos al comercio interno de mercancías y, en su lugar, gravó, de manera progresiva, las propiedades inmobiliarias. La medida fue mantenida durante el gobierno de su sucesor, Federico Tinoco, y fue la base del actual impuesto territorial.
Como las primeras obras públicas inauguradas por Alfredo González  fueron el establecimiento de la Escuela Normal, en Heredia y el alumbrado público de Heredia, surgió la idea de que el nuevo gobernante se concentraría en favorecer su provincia natal. 
Sin embargo, don Alfredo, casi desde que ocupó el cargo, realizó giras por todo el territorio nacional. El libro cuenta en detalle la trágica aventura de su viaje a Talamanca y Sixaola. Cuando venía en la lancha de regreso a Limón se desató una tormenta, la embarcación se hundió y los ocupantes debieron regresar a nado, de noche y bajo la lluvia, a la costa. Ya daban al presidente por muerto cuando apareció en Limón, con la barba crecida, la ropa sucia y un hambre de varios días. Afortunadamente, todos los de la comitiva sobrevivieron, pero tuvieron que caminar media costa caribeña para dar la buena noticia.
El libro Administración González Flores nos permite descubrir que el gobierno de don Alfredo fue mucho más que bancos, impuestos y pleitos con los poderosos. Tan misteriosos como los entretelones de su nombramiento, son los motivos de su caída. Nunca, ni en el propio día de su designación, contó con un sector definido que lo apoyara. Sus incondicionales, si los tuvo, estaban todos en el reducido puñado de personas que componía su equipo de colaboradores más cercanos. Todos, desde los líderes políticos hasta el más humilde ciudadano, tenían claro que Alfredo González Flores era presidente "mientras tanto". Su nombramiento había sido la salida a una situación sin salida.
Es triste decirlo, pero a don Alfredo lo quitó quien lo puso. Todos se preguntan: ¿Por qué Federico Tinoco derrocó a don Alfredo? pero pocos cuestionan ¿Por qué lo propuso? ¿Por qué lo sostuvo? y, muy especialmente, ¿Por qué no lo dejó terminar el periodo de cuatro años si ya solo faltaba uno?
Don Alfredo González Flores nació en 1877. Fue nombrado presidente en 1914 a los treinta y seis años de edad y derrocado tres años después. Murió a los ochenta y cinco años en 1962. Desde su expulsión de la presidencia, se mantuvo el resto de su vida fuera de la política.
INSC: 0644

sábado, 13 de mayo de 2017

Tradiciones puertorriqueñas de Cayetano Coll y Toste.

Leyendas Puertorriqueñas. Cayetano Coll
y Toste. Veron Editores. España, 2003.
Lo más asombroso de las Leyendas Puertorriqueñas de Cayetano Coll y Toste es que la dosis de fantasía, si la hay, es mínima. Aunque de un tiempo acá se ha puesto de moda calificar las narraciones en las categorías de Ficción y No ficción, la verdad es que, en los libros, la línea que separa lo ocurrido de lo imaginado es verdaderamente tenue.
En las obras históricas, incluso las que presumen de científicas, inevitablemente abundan las suposiciones y conjeturas. De no ser así, no habría manera de enlazar los hechos documentados.
Los cuentos y las novelas, por su parte, están llenos de personajes y situaciones tomados de la vida real. 
La imaginación tiende a ser prudente, mientras que la realidad no conoce límites. Quien inventa una historia, pretende que parezca verosímil, mientras que entre los acontecimientos que suceden cada día, hay unos tan insólitos que desafían toda lógica. A veces, en los archivos históricos, en los expedientes de juzgados y hasta en las noticias del periódico, se encuentran relatos dignos de figurar en una antología de literatura fantástica.
Rebuscando entre papeles antiguos, Cayetano Coll y Toste, además de las fechas, nombres y datos que consignaba en su boletines como Historiador Oficial de Puerto Rico, encontró historias fascinantes, casi siempre protagonizadas por personajes humildes. Curiosamente, los boletines históricos de Coll y Toste, rigurosos, documentado y exhaustivos, acabaron siendo referencias de uso exclusivo de especialistas, mientras que sus sencillas y curiosas Leyendas Puertorriqueñas siguen deleitando a nuevas generaciones de lectores.
Cayetano Coll y Toste (1850-1930).
No logro comprender por qué Cayetano Coll y Toste decidió llamar Leyendas a estas narraciones. Las leyendas son historias populares, sin autor conocido, que nacen y se amplían de boca en boca y que, por lo general, carecen de una base documental. Lo que el eminente médico, político y escritor puertorriqueño hizo es algo bien distinto. Con un estilo dulzón, como el de los cuentos que se solía leer a los niños al caer la noche, rescató del olvido episodios históricos que parecen salidos de una fábula.
La historia de América Latina está llena de rebeliones indígenas contra conquistadores españoles, pero Coll y Toste encontró, en una de ellas, la conmovedora historia de amor de Don Cristóbal de Sotomayor y la borinqueña Guanina, quienes al intentar llegar a Caparra, para huir de la matanza, fueron asesinados y acabaron siendo sepultados juntos.  En el lugar de su tumba (no se sabe si por los indígenas o los españoles) fue sembrada una ceiba que creció enorme rodeada de amapolas y lirios.
Triste es la historia de Antonio Orozco y Juan Guilarte, modestos colonos de Caparra que un buen día decidieron ir a las montañas a buscar un yacimiento de oro. En el fondo de un precipicio, Guilarte encontró una pepita enorme pero, al volver a subir por la escalera (hecha de bejucos y tablas) que Orozco sostenía arriba, un escalón se le rompió. Con tal de no soltar la piedra, le pidió a Orozco que tirara de la escalera hasta subirlo. Orozco lo hizo, pero los bejucos se rompieron con el roce contra las rocas y Guilarte cayó, junto con el oro, en el fondo del abismo. En la Cordillera Central de la isla hay una cumbre, denominada La Sierra de Guilarte, que recuerda el suceso.
Juan Alonso Tejadillo, un joven andaluz nacido en Cádiz, llegó a Puerto Rico cuando acababa de cumplir los veinte años de edad. Tocaba la guitarra, era ingenioso y simpático, pero no tenía ni una moneda en el bolsillo, por lo que, pese a que la serenateaba frecuentemente, no se atrevía a pedir la mano de su amada Mónica. Juan Alonso era soldado y decía ser muy hábil disparando el cañón, pero no había tenido ocasión aún de demostrarlo. La oportunidad llegó cuando Sir Francis Drake, al frente de veinticinco naves bien equipadas, llegó de noche por sorpresa y empezó a disparar contra el Morro. Medio dormido, Juan Alonso era incapaz de ver los barcos y debió utilizar como guía los fogonazos de los disparos enemigos para poder apuntar el cañón. El primer y único tiro dio en la nave principal, atravesó el comedor y mató a John Hawkings, pariente muy querido de Sir Francis Drake quien decidió emprender la retirada sin esperar un segundo disparo. El gobernador de Puerto Rico, don Pedro Suárez, como señal de agradecimiento, le regaló a Juan Alonso una sortija de diamantes, que sirvió para que el andaluz le propusiera matrimonio a Mónica. Juan Alonso nunca hizo fortuna. Al retirarse del servicio militar, puso un establecimiento de aguardiente en el mercado de verduras. Los clientes, atendidos por la siempre sonriente Mónica, tenían la oportunidad de admirar, al recibir el vaso, su impresionante sortija de diamantes.
El Beato Juan de Palafox y Mendoza, (1600-
1659), Obispo de Puebla, presenció en Puerto
Rico, en vez de una corrida de toros, una
corrida de tiburón.
En 1640, llegó a Puerto Rico el Virrey de Nueva España, Marqués de Villena y Duque de Escalona, acompañado del obispo don Juan de Palafox y Mendoza, que iban rumbo a México. En la cena de bienvenida que les ofreció el gobernador Agustín de Silva y Figueroa, los viajeros mencionaron que, durante la travesía, habían pescado un monstruo de cuatro varas de largo y con la boca llena de dientes afilados. Nunca habían visto una criatura como esa que, según les informaron, abundaba en las aguas cercanas y lo llamaban tiburón. El gobernador, que pensaba ofrecer como entretenimiento a los ilustres visitantes una corrida de toros, cambió de planes y decidió organizar una corrida de tiburón. Un indígena llamado Rufino, vecino de Aguadilla, era famoso por haber matado a varios escualos a puro cuchillo. Al principio se negó pero, finalmente, aceptó dar el espectáculo por ocho pesos y una onza de oro. A las diez de la mañana, desde uno de los barcos atestados de público que hacían rueda en la bahía, se arrojó al agua un perro herido y sangrante que sirviera como cebo. En cuanto llegó el tiburón, todos los asistentes estuvieron de acuerdo en cancelar la actividad, pero Rufino, ignorando las advertencias, se lanzó al agua cuchillo en mano. Era muy difícil observar quién iba ganando. Solo se veían las aletas y la cola del animal y, muy de vez en cuando, los brazos, las piernas o la cabeza de Rufino que salía a tomar aire. Finalmente, en medio de las olas teñidas de rojo, asomó el rostro sonriente de Justino, mientras el animal flotaba inmóbil, sin vida. Tirado en la playa, el tiburón se veía más grande que en el agua. Justino, herido pero alegre, recibía regalos de sus admiradores. Los marinos del puerto llenaron su sombrero de monedas. El Virrey al darle dos onzas de oro, le suplicó: "Nunca vuelvas a hacer esto."  Justino acató el consejo y, con lo recaudado, se compró un bote y arregló su casa, en cuya entrada lucía, como una reliquia, el pequeño cuchillo rodeado de dentaduras de tiburones.
Cayetano Coll y Toste, médico, poeta, narrador, ensayista y político puertorriqueño, nació en Arecibo el 30 de noviembre de 1850, hijo de padre catalán y madre descendiente de portugueses. Pasó su infancia en Ponce y cursó sus estudios en el Colegio Jesuita de San Juan. Viajó a España y realizó los estudios de medicina y humanidades en Barcelona, donde contrajo matrimonio con Adela Cuchí, Tras su regreso a Puerto Rico, en 1875, se dedica al periodismo y, a lo largo de su carrera, es director de numerosos periódicos y revistas. En diversas ocasiones formó parte del gobierno y fue secretario Agricultura, de Comercio y de Hacienda. En 1913 fue nombrado Historiador Oficial de Puerto Rico. Incansable investigador, Cayetano Coll y Toste murió poco antes de cumplir los ochenta años, el 19 de noviembre de 1930, en Madrid, España, donde se encontraba realizando consultas en los archivos históricos.
Los primeros relatos de tradiciones y leyendas puertorriqueñas fueron publicadas entre 1924 y 1925, pero la primera edición completa apareció en Barcelona en 1930.
Curiosamente, la edición que tengo, aunque la compré en Puerto Rico, también fue editada en Barcelona y, quizá por ello, viene con un glosario muy oportuno. gracias al cual supe lo que es un areyto y un guanín, pero que, lamentablemente, dejó sin explicar qué es guaitiao.
En todo caso, es normal que una que otra palabra o referencia no suenen familiares. Se trata de un libro de principios del siglo pasado sobre acontecimientos de los siglos recontra pasados. Pero esas lagunillas de misterio y duda no afectan el deleite general de las Leyendas Puertorriqueñas de Cayetano Toll y Tosque que, sin lugar a dudas, continuarán reeditándose y leyéndose tanto dentro como fuera de la Isla del Encanto.
INSC: 1985
Casa natal de Cayetano Coll y Toste en Arecibo, Puerto Rico.

domingo, 7 de mayo de 2017

Dr. José María Castro Madriz. Primer presidente de Costa Rica.

Dr. José María Castro Madriz, paladín
de la libertad y de la cultura. Rafael
Obregón Loría. Costa Rica. 1949
El Dr. José María Castro Madriz, primer Canciller y primer Presidente de la República, fue también el gobernante más joven que ha tenido Costa Rica. En su larga trayectoria de servicio público, ocupó distintos cargos de importancia y se distinguió siempre por su apego a la ley, su respeto a los derechos y garantías de los ciudadanos, su actitud conciliadora y sus ideas liberales. La educación, la salud, las relaciones internacionales y el Derecho, fueron los campos en que más aportes brindó al país.
En 1949, a propósito del centenario de la fundación de la República, don Rafael Obregón Loría publicó un pequeño folleto biográfico sobre el Dr. Castro en el que logró resumir, en pocas páginas, la semblanza y la obra de este singular personaje de nuestra historia. 
José María Castro Madriz nació en San José, el primero de setiembre de 1818 (tres años antes de la Independencia), hijo único de don Ramón Castro Ramírez y doña Lorenza Madriz Cervantes. Fue bautizado el mismo día de su nacimiento por su tío paterno, el padre José Antonio Castro. Otro tío sacerdote, pero del lado materno, don Juan de los Santos Madriz, sería fundamental en su formación académica.
No había, en ese tiempo, escuelas organizadas con programas y asignaturas, por lo que la primera educación del niño José María consistió en clases más o menos regulares con Rafael Ramírez, Nazario Toledo y Rosalía Cortés. Con ellos aprendió a leer y a escribir, nociones básicas de aritmética y algo de ciencias naturales. Los conocimientos de gramática, geografía, historia y filosofía los adquirió por sí mismo con los libros de la amplia biblioteca de su tío, el padre Madriz, quien orientaba sus lecturas. Muchos años después, el ya Doctor Castro hizo lo que pudo para que su tío fuera nombrado primer obispo de Costa Rica, pero sus gestiones no tuvieron éxito.
Tras haber leído la biblioteca entera, con apenas veinte años de edad, el joven Castro partió a León, Nicaragua, donde estaba la universidad más cercana, en la que no solo logró ser admitido sin dificultad, sino que obtuvo el Bachillerato en Filosofía por suficiencia apenas llegó.
Permaneció estudiando tres años en León y, en noviembre de 1841, recibió su Doctorado en Derecho Civil. Un dato curioso, es que el Secretario de la Universidad de León, que le entregó el título, era el General y Doctor Máximo Jerez, sería padrino de bautismo de Rubén Darío y, cerca de medio siglo después, durante la temporada que Darío vivió en Costa Rica, uno de sus amigos más cercanos sería Ramón Castro Fernández, hijo del Dr. Castro.
Con su título de Doctor bajo el brazo, don José María Castro Madriz regresó brevemente a Costa Rica y, antes de partir de nuevo a Nicaragua, el joven académico de veintitrés años de edad, logró obtener el compromiso matrimonial con la niña Pacífica Fernández Oreamuno, quien aún no había cumplido los catorce. La boda se celebró en 1842, cuando ya don José María había obtenido un segundo doctorado, esta vez en Filosofía. En ese mismo año, funda el periódico semanal El Mentor Costarricense.
Dr. José María Castro Madriz. (1818-1892)
Primer Presidente de Costa Rica.
Pese a su juventud, Castro Madriz era reconocido por su amplia cultura y todos veían en él gran potencial. El título de Doctor, por el que tanto amigos como enemigos lo llamaron siempre, era pronunciado con verdadera reverencia. El primer cargo público que ocupó, Auditor General de Guerra, le fue otorgado por Francisco Morazán, que por entonces gobernaba Costa Rica.  La dictadura de Morazán, con la que Castro simpatizó de entrada pero luego se desencantó, duró poco. El hondureño fue derrocado por Antonio Pinto Soarez, Tata Pinto, pariente político del Dr, Castro quien, aunque apoyó la destitución, no estuvo de acuerdo con el fusilamiento de que fue objeto Morazán.
Castro Madriz pasó a ser ministro en el gobierno de José María Alfaro Zamora. Fue el primer ministro de relaciones exteriores de Costa Rica, cargo que después ocuparía de nuevo en otras administraciones.
El 3 de mayo de 1843, el Dr. Castro funda la Universidad de Santo Tomás, de la que sería primer Rector su tío, el padre Juan de los Santos Madriz. Nazario Toledo, el antiguo maestro del Doctor, así como el propio Castro Madriz, también llegarían a ocupar posteriormente el cargo de Rector de esa casa de estudios. Lamentablemente, la universidad no llegaría a cumplir cincuenta años, ya que fue cerrada en 1888.
Propuso, el 27 de junio de 1845, la reapertura del Hospital San Juan de Dios. El primer intento de fundar el hospital (también llamado San Juan de Dios) había sido en Cartago, pero acabó cerrando por falta de financiamiento adecuado. El nuevo hospital, que se levantaría pocos años después en San José, aunque en sus inicios no era más que unos galerones de adobe, acabó prestando importantes servicios durante la epidemia de cólera.
También presentó la iniciativa, el 13 de noviembre de 1846, de crear una Escuela Normal para formar adecuadamente nuevos maestros de primaria.
Además de ministro, Castro Madriz ocupaba la Presidencia del Congreso y, como vice Jefe de Estado, le correspondió en algún momento ejercer el poder de manera interina.
En 1847 es electo Jefe de Estado a los veintinueve años de edad, convirtiéndose en el gobernante más joven de la historia de Costa Rica. Su récord, por cierto, es imbatible, puesto que la Constitución actual establece un mínimo de edad de treinta años para postularse al cargo. Aunque no tenía función alguna asignada y, en aquel tiempo, ni siquiera se usaba el título de Primera Dama, el récord de doña Pacífica, su esposa, es más imbatible aún. Tenía apenas dieciocho años cuando su marido asumió el poder.
Durante su gobierno, se fundó el liceo de niñas que, aunque parezca una iniciativa de avanzada, no lo era tanto. La idea era que, además de leer y escribir, las niñas aprendieran costura, tejido, dibujo, música, cocina y otras habilidades que, por entonces, se consideraban "propias de su sexo."
Pero quizá la acción más memorable de su gobierno haya sido la declaración, el 31 de agosto de 1848, de Costa Rica como República Independiente. Por esa declaración, el Dr. Castro es considerado el Fundador de la República y, de hecho, es el primero en ostentar el título Presidente de la República de Costa Rica. Tras la independencia, en 1821, las cinco naciones centromericanas habían quedado de alguna forma unidas en la República Federal Centroamericana. El primer país en separarse fue Nicaragua seguida, casi inmediatamente, por Honduras. Al separarse Costa Rica, El Salvador y Guatemala siguieron un tiempo tratando de restablecer la unión, hasta que aceptaron que dicho proyecto era inviable y que cada país del Istmo seguiría su propio camino.
Pacífica Fernández Oreamuno. (1828-1885)
Hermana del Presidente Próspero Fernández
y esposa del Dr. José María Castro Madriz.
Según la leyenda, ella cosió la bandera de
Costa Rica blanco, azul y rojo, establecida
como Símbolo Nacional en 1848.
El 29 de setiembre de 1848, se establecen como símbolos nacionales la bandera tricolor, blanco, azul y rojo que, según la leyenda, fue cosida por doña Pacífica Fernández y el escudo de los tres volcanes entre dos mares con un barco en cada uno, que fue diseñado por don Antonio Pinto Castro, primo del Doctor.
El primer gobierno del Doctor Castro no fue fácil. Hubo intentos por derrocarlo que él, fiel a su estilo, trató de contrarrestar con el diálogo en vez de que con la fuerza. Sus relaciones con su vicepresidente, don Juan Rafael Mora Porras, nunca fueron y nunca serían amistosas y, ni siquiera, respetuosas. Don Juanito Mora forzó al Doctor Castro a renunciar y, no contento con ello, convocó una junta para expulsarlo del país. La intervención inmediata de don Juan Mora Fernández, primer Jefe de Estado de Costa Rica y pariente del nuevo gobernante, hizo que la junta revocara el destierro que ya había sido decretado.
Como Mora siguió hostigando al Dr. Castro, éste decidió realizar un largo viaje por Europa en compañía de don Nazario Toledo y don Vicente Aguilar. En la escuela se dice que el Dr. Castro estableció los colores de la bandera nacional, inspirada en la de Francia, porque admiraba mucho ese país que había visitado. En realidad, la bandera tricolor es de 1848 y el viaje a Francia, de 1850, fue posterior. En Francia, el Dr. Castro fue condecorado con la Legión de Honor, que le fue otorgada por Luis Napoleón, primer Presidente de la República.
A su regreso a Costa Rica, el Dr. Castro fue confinado lejos de la capital por el presidente Mora quien, en 1852, finalmente decidió expulsarlo del país. Durante la ausencia de su marido, doña Pacífica tuvo que hacer milagros para evitar perder todas sus propiedades, sobre las que hubo intentos de embargos e intervenciones.
Al igual que con Morazán, el Dr. Castro apoyó la destitución de don Juanito Mora, pero no estuvo de acuerdo con el fusilamiento. 
El nuevo presidente, el Dr. José María Montealegre, nombró al Dr, Castro como Secretario de Estado y le encargó especialmente la tarea de hacer regresar a todas las personas que el presidente Mora había desterrado (incluyento al obispo Anselmo Llorente), o que había confinado en lugares lejanos de la República. También participó como diputado y Presidente de la Asamblea Constituyente y realizó un importante viaje a Colombia, para definir los límites de la frontera sur del país, que fracasó por causas totalmente imprevistas.
En 1866, el Dr. Castro es electo de nuevo Presidente de la República y continuó con sus iniciativas del desarrollo de la educación y en defensa de las garantías y libertades. No pudo terminar su periodo porque fue derrocado por el General Lorenzo Salazar, el mismo que, pese a haber luchado al lado de don Juanito Mora en la Batalla de Rivas, había sido el ejecutor del derrocamiento de Mora. Se dice que el motivo del segundo derrocamiento del Dr. Castro fue su intención de promover la candidatura de don Julián Volio Llorente, su gran colaborador.
Vino luego el gobierno de don Jesús Jiménez Zamora, que acabaría siendo derrocado por Tomás Guardia. Al principio, el Dr. Castro se opuso a Guardia y, por ello, se ganó ser arrestado y encadenado con grilletes. Sin embargo, poco después el Doctor y el General hicieron las paces y Castro pasó a ser ministro de Guardia. Siempre se le ha atribuido a doña Emilia Solórzano Alfaro, la esposa de don Tomás Guardia, la iniciativa por la abolición de la pena de muerte, decretada por su marido. Sin embargo, no es de extrañar que el Dr. Castro también tuviera participación destacada en el asunto, ya que son abundantes los discursos y ensayos en que hace defensa de la inviolabilidad de la vida humana.
Tras la muerte de Guardia, ocupó la presidencia Próspero Fernández Oreamuno, hermano de doña Pacífica. Pero, más que un cuñado, Próspero era como un hijo del Dr. Castro, ya que desde pequeño había vivido en su casa. Un dato curioso de Próspero es que combatió en la guerra contra los filibusteros pero, cuando don Juanito Mora regresó en 1860 tras ser derrocado, Próspero fue a Puntarenas a repeler su retorno.
Tras la muerte de Próspero, el Dr. Castro, convertido ya en ministro permanente, siguió sirviendo en el gabinete de Bernardo Soto.
Al igual que don Julián Volio, el General Guardia, Próspero Fernández y Bernardo Soto, el Dr. Castro era un miembro prominente de la Logia Masónica. Pese a ser un hombre adinerado (tenía cafetales, cañales y fincas de ganado por todo el valle central), llevaba una vida austera. Fiel al personaje, vestía siempre de negro con levita, chaleco, sombrero de copa y bastón. En la solapa lucía la legión de honor y, al caminar por la calle, al ser reconocido por los campesinos descalzos que se topaba en el camino, los saludaba ceremoniosamente inclinándose y quitándose el sombrero. Su manera de expresarse era un tanto rebuscada y, tal vez en nuestra época, podría considerarse algo empalagosa, pero en sus escritos salta a la vista su optimismo, su fe en el futuro y su espíritu de conciliación. No se encuentran, en sus escritos, palabras duras contra nadie y su trayectoria en la compleja época en que le tocó vivir, demuestra que siempre estuvo dispuesto a dejar en el pasado los disgustos y tragos amargos para mirar sin resentimientos y con mayor claridad hacia adelante.
El Doctor Castro fue hijo único, algo raro en su época, pero con doña Pacífica Fernández procreó nada menos que catorce hijos. La considerable fortuna que acumuló, acabó diluyéndose al ser repartida entre tantos y sus nietos acabaron viviendo de manera digna, pero modesta.
Al terminar el gobierno de Bernardo Soto, en 1889, el Doctor Castro puso fin a su larga carrera de cuarenta y siete años de servicio público. Tres años después, el 4 de abril de 1892, murió a los setenta y tres años y medio de edad. En su funeral, fue llamado paladín del derecho, la educación, la libertad y la cultura. Rubén Darío, quien lo trató de cerca, lo había calificado como un hombre "extraño a nuestros tiempos y digno del mármol."
INSC: 2238

sábado, 6 de mayo de 2017

Diccionario de literatura centroamericana con datos erróneos sobre Rubén Darío.

Diccionario de la Literatura
Centroamericana. Albino Chacón y otros.
EUNA, Editorial Costa Rica.
Costa Rica, 2007.
A veces, los errores más evidentes aparecen en el lugar más notorio. Si un índice de escritores de Estados Unidos consignara datos erróneos sobre Walt Whitman, o uno sobre literatura de España brindara información equivocada sobre Cervantes, cualquiera, sin necesidad de ser especialista en la materia, notaría el fallo.
Lamentablemente, algo así ocurrió con el Diccionario de la Literatura Centroamericana, publicado en conjunto por la Editorial Costa Rica y la Editorial de la Universidad Nacional, en el que aparecen datos inexactos sobre la vida y la obra de Rubén Darío.
En la nota biográfica, que presta más atención de la necesaria a asuntos de su vida personal, se afirma que el matrimonio del poeta con Rafaela Contreras Cañas "fue interrumpido por la muerte de su mujer durante el primer parto."
Si, como es sabido, Rubén Darío Contreras, el primer hijo de la pareja, nació en Costa Rica en 1891 y Rafaelita murió en El Salvador en 1893, ¿Cómo es posible que haya muerto durante el parto?
En el resumen de la obra literaria el asunto se pone peor. Se citan, como libros de poesía, Los raros (1896), España Contemporánea (1901), Tierras Solares (1904) y El viaje a Nicaragua (1909), cuando, en realidad, Los raros es una colección de artículos sobre diversos escritores, mientras que España Contemporánea, Tierras Solares y El Viaje a Nicaragua son crónicas de viajes. 
Al referirse a la categoría de cuento, el Diccionario afirma que "fueron publicados mayormente en revistas y periódicos" y que "han sido recopilados en diversas antologías", pasando por alto el hecho de que Azul (1888), el libro con el cual Darío alcanzó fama continental, está compuesto principalmente por cuentos.
Por muchas razones que no debería ser necesario recordar, Rubén Darío fue el primer gran escritor centroamericano y resulta en verdad decepcionante que este Diccionario de la Literatura Centroamericana, consigne datos erróneos sobre su vida y su obra. 
Cabe mencionar que en el equipo de investigadores que reunió la información del Diccionario, coordinado por Albino Chacón, no hubo ningún nicaragüense. La obra fue realizada por tres costarricenses, dos panameños, dos guatemaltecos, un salvadoreño y una hondureña.
El no incluir a un especialista en literatura nicaragüense acabó haciéndose sentir. El libro, que pretende ser exhaustivo al incluir desde autores clásicos hasta escritores jóvenes de generaciones recientes, está lleno además de omisiones inexplicables.
Concentrándome en los escritores costarricenses, que es a los que mejor conozco, me llamó la atención que se incluyera a don Abel Pacheco, pero no a don Pepe Figueres, cuando ambos escribían cuentos y llegaron a ganar premios literarios de importancia. Aparece Mario Picado, pero no Lil Picado. Aparece Ana Antillón, pero no su hermano Juan Antillón. En el apartado de Alfredo Cardona Peña, se menciona que era sobrino del poeta Rafael Cardona, pero el tío no tuvo su espacio propio. También se quedaron por fuera, además de los ya mencionados, Juan Garita, Rosendo Valenciano, Carlomagno Araya, Edelmira González, Anabelle Aguilar Brealey, Ricardo Ulloa Garay, Marco Aguilar, Diana Avila, María Montero, Felipe Granados y Alfredo Trejos, entre otros muchos. Lo extraño es que sí lograron su espacio (y hasta grande), otros escritores que, comparados con los excluidos, habían publicado menos títulos y obtenido menos premios.
Con frecuencia, las notas se detienen en detalles minúsculos. Es oportuno mencionar que Salarrué era el nombre literario de Luis Salvador Efraín Salazar Arrué, o que Lara Ríos es el de doña Marilyn Echeverría Zurcher, pero resulta totalmente innecesario explicar que Roque Dalton era el nombre literario de Roque Antonio Dalton García. 
En el caso de Eunice Odio, que es presentada como Eunice Odio Infante, el autor de la nota afirma categórico: "Ese es su nombre, aunque ella decía tener por apellidos Odio Boix y Grave Peralta." Si el autor de la nota se hubiera tomado la molestia de consultar a un genealogista, se habría percatado que Eunice no hacía más que utilizar el apellido completo de sus ancestros de apenas un par de generaciones atrás.
La intención del Diccionario, según se menciona el prólogo, era incluir, en la nota de cada autor, un esbozo biográfico, una semblanza sobre los temas que aborda y una lista de las obras publicadas. Sin embargo, en muchos de los apartados, aparecen también opiniones y juicios de valor. Cuando hay elogios (por lo general en el caso de autores vivos), son tan desmesurados que hasta parecen escritos por el propio interesado. Con cierta frecuencia, el autor anónimo de la nota se permite decir cuál es "la obra mejor lograda" del escritor que reseña. Y hasta hay afirmaciones verdaderamente fuera de lugar. En la nota sobre Luis Chaves, por ejemplo, se afirma que "algunos de sus poemas tienen algo de una derrota básica, un cierto aire a lo Joaquín Sabina."
Todas las opiniones son tan respetables como discutibles, pero quien se atreve a emitir opiniones debe tener la cortesía de firmarlas.
Creo que es muy probable que otros, como yo, al tener en sus manos este Diccionario de la Literatura Centroamericana, corran a consultar, en primer lugar, la nota sobre Rubén Darío y, tras sorprenderse por los errores que consigna, sonrían al leer el texto de la contraportada que reza:

"Durante cuatro años un grupo de personas expertas en la materia recopilaron información sobre autores, sus obras y corrientes estético-ideológicas. Se trata de una obra hecha con rigor, y por tanto, fiable para quienes buscan profundizar en el conocimiento de las letras de la región, de autores particulares o de información bibliográfica."

"Esta coedición de la Editorial Universidad Nacional y la Editorial Costa Rica es un hito en la historiografía literaria centroamericana, tanto por su visión de conjunto como por la cantidad, calidad y exactitud de la información acerca de la producción literaria y de sus direcciones estéticas y temáticas."

Aunque soy partidario del libro impreso en papel, considero que un trabajo como este Diccionario de Literatura Centroamericana, habría sido mucho mejor publicarlo en una página de Internet. Así los autores podrían recibir la retroalimentación necesaria para corregir los errores consignados, sería posible crear nuevas entradas para incluir a los excluidos y, además, estaría abierta la posibilidad de actualizar los nuevos títulos de los autores vivos, cuya obra aún no puede considerarse cerrada.
INSC: 2651

miércoles, 26 de abril de 2017

Notas periodísticas de Gabriel García Márquez.

Entre Cachacos. Gabriel García Márquez.
Recopilación y prólogo de Jacques Gilard.
Editorial Oveja Negra. Colombia. 1982
La carrera periodística de Gabriel García Márquez inició en los periódicos El Nacional y El Heraldo, ambos de Barranquilla, así como en El Universal, de Cartagena. Pero fue a partir de su establecimiento en Bogotá, en que sus críticas de cine y sus reportajes sobre las tradiciones de la costa, publicadas en El Espectador, hicieron que su nombre y su estilo llegaran a ser ampliamente reconocidos.
García Márquez tenía apenas veintiséis años de edad cuando, en enero de 1954, invitado por Álvaro Mutis, se trasladó a la capital colombiana. Tras una breve temporada escribiendo colaboraciones, recibió la atractiva oferta de convertirse en redactor de planta de El Espectador, con un sueldo de novecientos pesos al mes. Antes, por cada colaboración, le pagaban tres pesos.
Los admiradores más fanáticos de su prosa (Jacques Gilard entre ellos), han pretendido recopilar hasta las notas sin firma que pudo haber redactado y se han abocado a revisar ejemplares de la época para reconocer el estilo de García Márquez en las secciones de sucesos, eventos sociales o noticias nacionales.  La tarea, de más está decirlo, además de agotadora, no promete lograr ninguna certeza. En un periódico, todos los redactores, y muy especialmente los jóvenes y novatos, deben estar dispuestos a escribir sobre lo que haga falta. Las notas de último momento las acaba escribiendo el primero que esté libre.
La primera tarea de García Márquez en el periódico, por cierto, fue escribir la columna Día a Día, que existía desde mucho antes de su entrada a la redacción y que aparecía sin firma. Solamente estuvo un mes a cargo de esa sección, ya que en febrero inauguró el espacio Estrenos de la semana, en que comentaba las películas que se proyectaban en la ciudad.
Más adelante, publicó reportajes sobre particulares facetas de la vida en los pueblos remotos de la costa, en los que ya se manifiesta su habilidad de mezclar lo insólito con lo cotidiano que acabaría siendo, posteriormente, la característica distintiva de sus novelas y relatos.
El libro Entre cachacos, tercer tomo de la obra periodística de García Márquez, editada por Oveja Negra, reúne la recopilación que hizo Jacques Girard de las notas publicadas en El Espectador durante los siete meses que el escritor trabajó en el periódico. Aunque el joven periodista logró hacerse de buen nombre y buen público con sus críticas de cine y sus asombrosos reportajes, en julio de 1954 abandonó la redacción y, unos meses después, partió rumbo a Europa.
Las críticas de cine de García Márquez reunidas en esta obra son una maravillosa muestra de que el análisis profundo es perfectamente compatible con el estilo ameno tanto como con la brevedad. Independientemente de que comente una película con pretensiones artísticas o un producto puramente comercial cuyo fin no es más que el mero entretenimiento, García Márquez logra brindar una idea general, llama la atención sobre detalles de producción sin enredarse con tecnicismos y, lo más importante, le deja claro al espectador lo que puede esperar (y lo que no) si se decide a ir a ver la película que fue tema de su reseña.
Una buena crítica de cine no depende de la calidad de la película, sino de la capacidad de apreciación de quien la comenta. En el libro vienen notas sobre musicales, melodramas, comedias y, con cierta frecuencia, películas de la II Guerra Mundial que, por entonces, se hacían por docenas. Aunque el grueso de la oferta en cartelera venía de Hollywood, también aparecen en Estrenos de la semana, producciones francesas, alemanas, italianas y mexicanas. Según parece, el comediante Fernandel, el cantante Bing Crosby y el galán Glenn Ford, a quien García Márquez define como "el actor que mayor bofetadas ha dado a sus compañeras de actuación", eran las estrellas del momento.
En aquellos tiempos, a diferencia de los actuales, el público iba al cine a disfrutar de una historia bien contada, bien fotografiada y bien actuada sin prestarle mayor atención a las imágenes sorprendentes creadas por "efectos especiales". Las modestas e incipientes mejoras tecnológicas acababan siendo, más bien, una distracción molesta. El cinemascope, por ejemplo, le resultó desagradable a García Márquez, quien consideró oportuno advertir a sus lectores que: "En una pantalla longitudinal hasta donde la fisiología óptica lo permite, se están proyectando tonterías embadurnadas de technicolor."
Como el cine es una obra realizada por un equipo con muchos involucrados, García Márquez, al señalar tanto los aciertos como los desaciertos, logra identificar a los responsables. En unas películas, descubre que actores con gran potencial fueron desperdiciados por el director, mientras que en otras destaca que a pesar de fallas evidentes y constantes, la propuesta, como conjunto es muy acertada. Menciona incluso una película, excelente en todos los aspectos, pero estropeada por el guión.
Los reportajes incluidos en el libro, más que trabajos periodísticos, se leen como relatos de literatura fantástica. La costa caribeña, donde García Márquez había nacido y crecido, era un mundo verde, cálido y húmedo, totalmente desconocido para la gran mayoría de los habitantes citadinos de las altas y frías tierras bogotanas. En la capital, los costeños eran considerados personas extrañas y medio salvajes. La desconfianza era correspondida y en la costa se decía que los cachacos (como llamaban a los de la ciudad) eran peligrosos y traicioneros, por lo que había que extremar precauciones al tratar con ellos.
García Márquez, al escribir para cachacos, ni siquiera intentó liberarlos de sus prejuicios sobre los remotos pueblos de la costa, total y permanentemente envueltos en bananales, selva, ríos y aguaceros. Más bien, por el contrario, acabó reafirmando la idea generalizada de que en aquella zona ocurrían acontecimientos insólitos y los pobladores mantenían creencias y tradiciones descabelladas.
Uno de los primeros reportajes que publicó trata sobre Jesusito, una imagen milagrosa que llegó a generar una devoción tan intensa que muchos, al morir, le heredaban sus tierras y ganado. Con semejantes aportes, en poco tiempo Jesusito llegó a ser inmensamente rico. Su fortuna crecía sin cesar pese a que los administradores de sus bienes no eran, precisamente, intachables. A la larga, a Jesusito le sucedió algo a lo que todo gran terrateniente está expuesto: fue secuestrado. La búsqueda y rescate de la milagrosa imagen, así como el juicio para aclarar lo ocurrido y castigar a los culpables, estuvo llena de complicaciones. La mayor de ellas fue que aparecieron falsos Jesusitos y resultó difícil identificar al auténtico.
Verdaderamente fascinante es la serie de reportajes sobre los ritos funerarios en los pueblos de la costa. Aunque había mujeres que eran plañideras profesionales, quienes a cambio de dinero, estaban dispuestas a gritar, llorar y hasta desmayarse para lamentar la muerte de alguien a quien nunca conocieron, los velorios y entierros, en la costa, eran una verdadera fiesta. El trabajo de las plañideras no era tanto llorar al muerto, sino rendirle homenaje a visitantes distinguidos. Cuando la concurrencia descubría que un visitante notable, por su influencia o su dinero, se presentaba en la capilla ardiente, de inmediato se le ordenaba a la plañidera que empezara a gritar. Verdaderamente famosa llegó a ser en esas funciones una mujer autoritaria y escuálida llamada Pacha Pérez, quien tenía la facultad alucinante de concentrar toda la vida de un hombre muerto en un prolongado y estridente alarido.
Otro personaje célebre, que no se separaba del féretro hasta darle sepultura, era Pánfilo, el rezador. Era un hombre gigantesco (García Márquez dice "arbóreo") y un poco afeminado, capaz de recitar oraciones durante horas con las manos juntas y la mirada fija en el techo. Su rezo era todo un espectáculo improvisado, puesto que las plegarias, las letanías, los misterios y hasta los santos invocados eran inventados por él mismo sobre la marcha. Pánfilo no tenía domicilio conocido. Se quedaba a vivir en la casa del último muerto hasta recibir noticias de uno nuevo.
Aislados en aldeas minúsculas y distantes, los habitantes de la zona encontraban en los velorios una ocasión para congregarse y divertirse. Se bebía aguardiente, se tocaba música, se bailaba y hasta se establecían noviazgos. Las mujeres que buscaban marido se ponían a enrollar tabaco y los hombres dispuestos a casarse se dedicaban a moler café. Los hombres y mujeres que realizaran la tarea más rápidamente, eran considerados los mejores partidos. En ese ambiente de fiesta, el único elemento que le daba a la muerte un aspecto macabro y pavoroso no era el cadáver, sino la horrible caja de tablas viejas sin cepillar que el carpintero armó a la carrera.
Son muchísimos los escritores que, siendo jóvenes, han ejercido el periodismo. Don Joaquín Gutiérrez sostenía que a un escritor, al trabajar como periodista "se le afloja la mano".  Don Alberto Cañas, por su parte, diferenciaba los oficios aclarando que: "el escritor piensa con la cabeza, mientras que el periodista redacta con los dedos." 
En el caso de García Márquez, en muchas de las críticas de cine y los reportajes con que deleitó a los cachacos desde las páginas de El Espectador de Bogotá en 1954, se pueden descubrir los orígenes del estilo y el contenido de las novelas que, después, lograron capturar la atención de lectores en todo el mundo.
INSC: 2735
Gabriel García Márquez (1927-2014), en la sala de redacción de El Espectador
de Bogotá, 1954.




lunes, 10 de abril de 2017

Luis Dobles Segreda recopiló documentos de Juan Santamaría.

El libro del héroe. Luis Dobles Segreda.
Asociación para el estudio de la historia
patria. Costa Rica, 1991.
Juan Santamaría, el humilde tambor del ejército costarricense que el 11 de abril de 1856 prendió fuego al Mesón de Guerra durante la batalla de Rivas, es el héroe nacional de Costa Rica. Sin embargo, su figura está envuelta en una nebulosa de leyenda. Su nombre, su nacimiento, su muerte, la importancia de su acción y hasta su existencia misma ha sido constante tema de debate entre historiadores.
La Campaña Nacional contra los filibusteros ocurrió en 1856 y 1857, pero no fue sino hasta más de diez años después que se le empezó a brindar importancia al nombre y sacrificio de Juan Santamaría. El primero en elevarlo a la categoría de héroe fue don José de Obaldía quien, en un discurso pronunciado el 15 de setiembre de 1864, llamó la atención sobre lo que consideraba "un hecho que no debe ser olvidado"
Según dijo, las tropas costarricenses estaban siendo amenazadas por los tiros de los filibusteros, que se habían encerrado en el Mesón de Guerra y "uno de los jefes de la República" se dirigió a los soldados para pedir un voluntario que cruzara la plaza y le prendiera fuego a la edificación donde se concentraba el enemigo. La misión, de más está decirlo, era suicida. 
Luego vino lo que todos los ticos hemos escuchado en la escuela: Juan Santamaría se ofreció de voluntario y, antes de caer muerto por los disparos de los que era blanco fácil, logró incendiar la esquina de la techumbre y obligó a los filibusteros a evacuar el sitio.
El discurso de Obaldía tuvo gran éxito y quienes quedaron impresionados por este admirable gesto de sacrificar la vida por la patria, se encargaron de que el hecho no cayera en el olvido. En 1865 se recogieron testimonios de combatientes y todos recordaron haber presenciado la hazaña. Veinte años después, se llamó Juan Santamaría a uno de los primeros buques guardacostas del país. En 1887 se dispuso levantarle un monumento en Alajuela, ciudad natal del héroe, pero hubo alguna demora y el monumento fue inaugurado en 1891. En 1918, el Presidente Alfredo González declaró feriado el 11 de abril para conmemorar la gesta heroica de Juan Santamaría cuya historia, ya para entonces, era conocida por todos los costarricenses.
Pese a la admiración general, no faltaron quienes elevaran cuestionamientos. Para empezar, no hay en Alajuela registros de nadie llamado Juan Santamaría. Además, ni William Walker ni don Juan Rafael Mora Porras le dieron gran importancia a la quema del Mesón durante la batalla de Rivas. En sus memorias, tituladas La Guerra de Nicaragua, William Walker simplemente dice: "...quemaron algunas casas..." y lo único que lamenta es que el humo haya impedido que sus hombres, situados en los techos, pudieran comunicarse entre sí. Por otra parte, Walker, sus oficiales y el mayor número de sus hombres no se encontraban en el Mesón de Guerra sino justo al otro lado de la plaza, en el Templo Parroquial.
En el Parte de Batalla que escribió don Juanito Mora, declara que los filibusteros controlaban la iglesia, el cabildo y todas las calles aledañas a la plaza, así como el Mesón de Guerra y la casa de la señora Abarca. Menciona que: "...los nuestros habían incendiado un ángulo del Mesón de Guerra..." sin brindar mayores detalles.  Más que los incendios, lo que don Juanito celebra es el arribo de tropas de refuerzo lideradas por Juan Alfaro Ruiz.
Ya entrado el siglo XX, Monseñor Víctor Manuel Sanabria publicó que, en el libro de fallecidos durante la Campaña Nacional, realizado por el Padre Francisco Calvo, capellán del ejército, hay una anotación sobre "Juan Santamaría, soltero, de Alajuela"  en la que se consigna que murió de cólera y fue sepultado en el camino de regreso entre Nicaragua y Costa Rica.
Luis Dobles Segreda.(1889-1956).
En 1926, don Luis Dobles Segreda, para aclarar la discusión, reunió una serie de documentos sobre Juan Santamaría que publicó con el título El libro del héroe. Se trata de una antología en que aparecen testimonios de combatientes y declaraciones oficiales, así como ensayos, poemas, discursos y artículos de diversos autores. El libro del héroe tuvo una segunda edición en 1991, que es la que tengo y, lamentablemente, no ha sido reeditado desde entonces.
Aunque la intención del libro era despejar dudas sobre temas controversiales, su lectura más bien acaba acentuándolas. 
En las primeras páginas aparece la certificación de que en el Libro de Bautizos de la parroquia de Alajuela (número 5, folio 63) consta que el 29 de agosto de 1831, el padre José Antonio Oreamuno bautizó a Juan María, nacido en esa misma fecha, hijo de Manuela Gayego. 
Según Dobles Segreda, esta es el acta de bautismo de Juan Santamaría. Sin embargo, el documento es en sí mismo bastante extraño. Dice: "Yo, el presbítero José Antonio Oreamuno..." pero, apenas un par de líneas después, firma el padre Gabriel Padilla.
Por otra parte, ¿Cómo fue que Juan María Gayego acabó llamándose Juan Santamaría? En su libro Tradiciones Costarricenses, Gonzalo Chacón Trejos intenta una explicación. Según él, por respeto a la Santísima Virgen, las personas de entonces no podían pronunciar el nombre de María sin anteponerle el Santa, por lo que el nombre de nuestro héroe habría sido Juan María Gayego. El argumento es bastante débil. Precisamente por la gran devoción mariana de entonces, eran muchos los varones que tenían María como segundo nombre. Allí están, como muestra entre las figuras de la época, Manuel María Gutiérrez, Francisco María Iglesias Llorente y el propio General José María Cañas, sin que a ninguno de ellos lo llamaran Santa María.
Aparece también la carta que la madre de Juan Santamaría le dirige a don Juanito Mora en 1857 solicitándole una pensión. No está firmada, porque la señora era analfabeta y alguien escribió por ella, pero la solicitud no está a nombre de Manuela Gayego, sino de Manuela Santamaría. La pensión fue concedida (tres pesos al mes), pero salió a nombre de Manuela Carvajal. En 1865, tras el famoso discurso de Obaldía, le subieron la pensión a doce pesos. En 1926, dos señoras que atravesaban una situación económica difícil, Ramona y Francisca Santamaría, solicitaron una pensión por ser primas de Juan Santamaría y también se les concedió. A propósito del hecho, Alejandro Alvarado Quirós pronunció un florido discurso de homenaje patriótico que tuvo una amarga réplica del General Jorge Volio, en cuya opinión el Estado no debía seguir dando confirmación a un hecho que no está del todo comprobado.
Este fue el modelo utilizado por
el escultor francés Aristide Croisy
para el monumento a Juan
Santamaría.
En cuanto al documento en que consta la muerte de Juan Santamaría a causa del cólera, don Eladio Prado llama la atención sobre el hecho de que, aunque el padre Francisco Calvo acompañó a las tropas durante toda la campaña, el libro de defunciones que escribió no tiene secuencia cronológica y está escrito con pulcritud y buena letra, lo cual lo hace suponer que fue realizado después de finalizada la guerra. Sostiene que quizá el Padre Calvo anotaba los nombres en un borrador y luego, al pasarlos en limpio, descuidara los detalles. De hecho, la gran mayoría de las defunciones no tiene fecha y, en cuanto a lugar, solamente dice: en Nicaragua, de Nicaragua a Costa Rica, de la frontera a Liberia y de Liberia al interior. Por otra parte, el propósito del registro era puramente notarial. No se pretendía dejar constancia del día, lugar y causa de la muerte de cada fallecido, sino simplemente anotar su defunción para efectos testamentarios, reclamos de pensiones o nuevo matrimonio de las viudas.
El libro recopila testimonios del Dr Andrés Sáenz, del General Víctor Guardia Gutiérrez y de otra decena de personas que estuvieron en la batalla de Rivas y presenciaron los hechos, pero, aunque coinciden en lo esencial, sus versiones son bastante contradictorias en los detalles. No se trata solamente de si la tea era una caña o un palo, con trapos empapados en alcohol o en aguarrás, o que si el héroe fue baleado de ida o de vuelta. Todo eso se puede pasar por alto. Pero hay hechos de importancia que son recordados de manera bastante distinta. Unos dicen que fue el propio General Cañas quien solicitó el voluntario, otros afirman que fue Pedro Rivera y hay quienes sostienen que la orden fue transmitida por un ayudante que no conocían. La gran mayoría de los testimonios declara que Juan Santamaría fue el primero en ofrecerse, algunos cuentan que ya había habido intentos anteriores y solamente uno menciona a Luis Pacheco, quien logró prender un pequeño fuego en el Mesón que no llegó a extenderse y terminó apagándose. 
Hay quienes sostienen que los filibusteros estaban dentro del Mesón y que pretendían obligarlos a salir con el fuego. Otros coinciden con la versión de Walker y declaran que los filibusteros estaban sobre el tejado. Dispararle desde el techo a quien está en la calle es cosa fácil. Lo contrario es prácticamente imposible. De ahí la necesidad de incendiar el alero de la casa. 
Es importante recordar que los filibusteros tenían ciertas ventajas y la experiencia era la mayor de ellas. Sabían atacar sin exponerse. Las tropas costarricenses en Rivas eran de dos mil quinientos hombres. Walker llegó a la ciudad al amanecer del día 11 de abril al mando de quinientos americanos y doscientos nicaragüenses. La batalla empezó cerca de las ocho de la mañana. Poco después del medio día fue el incendio del Mesón. Como a las cuatro de la tarde ambos bandos, totalmente exhaustos, espontáneamente y sin acordarlo, hicieron un alto al fuego. Walker abandonó la ciudad al amanecer del día doce. En sus filas se contaban cincuenta y ocho muertos, treinta y dos heridos y trece desaparecidos. Entre los costarricenses, los muertos fueron ciento diez y los heridos más de setecientos. Por inexperiencia, más que por arrojo, los ticos corrieron en espacios abiertos exponiéndose a las balas. Acabó siendo famosa la muerte del General José Manuel Quirós quien fue blanco fácil por creer que agacharse era indigno de un general.
En su camino de regreso a Granada, William Walker lamentaba con su hermano James, el que Norval, su hermano menor, hubiera desaparecido durante el combate. Sin embargo, Norval estaba a salvo. Se había quedado dormido en el campanario de la iglesia y al despertarse se percató que sus compañeros se habían ido. Antes de regresar a pie a Granada, dio una vuelta por la plaza y pudo ver a los ticos enterrando los muertos y curando los heridos. A nadie le pasó por la mente que aquel muchachito adolescente, casi un niño, que deambulaba por las calles, era el hermano del comandante enemigo.
Por la proporción de las bajas en ambos bandos, la duración del combate y el retiro de Walker al amanecer del día siguiente, tal parece que el incendio del Mesón no fue determinante.
Todos sabemos lo que vino luego. La peste del cólera obligó a los ticos a regresar y la guerra se reanudó al año siguiente.
Volviendo al libro de don Luis Dobles Segreda, no deja de ser irónico que el primer poema que aparece sobre la gesta heroica de Juan Santamaría, sea precisamente la letra al Himno Patriótico a Juan Santamaría, escrita por Emilio Pacheco Cooper, quien era pariente de Luis Pacheco, el primero que logró iniciar un fuego en el Mesón y a quien hoy nadie recuerda.
En el libro hay textos de Anastasio Alfaro, Máximo Soto Hall, Ricardo Fernández Guardia, Rafael Calderón Muñoz, Pío Víquez, Ricardo Jiménez Oreamuno, Antonio Zambrana, Manuel de Jesús Jiménez Oreamuno entre otros muchos autores.
También incluye el artículo Bronce al soldado Juan, escrito por Rubén Darío durante su residencia en Costa Rica a propósito de la inauguración del monumento en Alajuela. En ese acto, por cierto, además de Darío, estuvieron presentes Rafael Yglesias, Ricardo Jiménez Oreamuno, Carlos Gagini, el escritor salvadoreño Francisco Gavidia y hasta el prócer de la independencia cubana Antonio Maceo.
Desde entonces, 1891, la figura de Juan Santamaría generaba polémica. Darío, en su artículo, se refiere de pasada a la discusión de si el héroe había nacido en Alajuela o Barva de Heredia y agrega, con gran sabiduría, que los héroes son hijos sencillos del pueblo que acaban mereciendo el canto de los bardos y los monumentos inmortales. Surgen de los campos o de las montañas y, como en el caso de Wilhelm Tell, el héroe de Suiza, "su enorme perfil se pierde entre las vagas nieblas de la leyenda."
INSC: 2734
Monumento a Juan Santamaría 1891. La escultura fue realizada en Francia por
Aristide Croisy. El pedestal es obra de Giuseppe Bulgarelli Paiani.

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