La señal de Caín. Habib Succar. Alef Editores, Costa Rica, 2000. |
Por muchos motivos, este es un libro conmovedor. Curiosamente, la
página que a mí me parece más conmovedora es una que tiene tan pocas palabras
que casi está en blanco y es en la que el autor dedica el libro a su esposa y sus
tres hijos.
La señal de Caín, de Habib Succar
es una novela testimonial en la que se retratan las inquietudes, locuras y
confusiones de los escritores costarricenses que, como él, conformaron el grupo
Sin nombre en los años setenta. Con
la crisis de la edad madura y la distancia que dan los años, repasar aquella
época le permite al autor y protagonista enfrentarse con unos fantasmas de los
que no puede librarse del todo.
Lo que nos ha entregado Habib Succar, en su novela La señal de Caín es,
ante todo, una confesión. La confesión de un joven que quiso ser artista y
acabó viendo sus sueños estrellarse contra el muro de la realidad, cuyas
urgencias no son fáciles de ignorar.
La confesión de alguien que quiso ser rebelde y que, al llegar a la
edad madura, se atormenta al percatarse de que debió haber aprovechado mejor el
tiempo y haberse preparado mejor para el futuro. No se arrepiente de las
locuras de su juventud, pero ya en la edad madura descubre que las
atarantazones juveniles tienen un precio que el destino se encarga de cobrar.
Esta confesión, como cualquier otra, no busca el perdón o la comprensión
sino, simple y llanamente, el desahogo. Las experiencias dejan heridas
difíciles de cicatrizar y muchas veces la única forma de curar esas heridas es
buscar un amigo dispuesto a escuchar para soltarle todo lo que se lleva dentro.
Ese amigo por lo general es una persona de confianza, si lo que hacemos es
hablar, pero también puede ser un perfecto desconocido, si lo que hacemos con
nuestra confesión es escribirla y publicarla.
Ese es uno de los fenómenos más interesantes de la literatura. Como
decía el personaje de El Túnel de
Sábato, el autor escribe con la esperanza de que entre todos sus lectores haya al
menos una persona que sea capaz de comprenderlo. Por eso el escritor tiene una
confianza infinita en el lector, en esa persona que no conoce, pero quizá lo
pueda comprender.
Todos tenemos secretos. Hay ciertas facetas de nuestras vidas que no
compartimos con absolutamente nadie. Ni al amigo de mayor confianza le
permitimos asomarse a los capítulos de nuestra existencia que tenemos
encerrados bajo llave en el más absoluto secreto. Sin embargo, cuando nos
ponemos a escribir, sí somos capaces de revelarle todo a esa persona
desconocida que es el lector.
Entre los lectores exigentes, no faltarán quienes le reclamen a La señal de Caín sus torpezas formales o
sus tropiezos de estilo. No es un libro cuidado, es cierto. Pero hay que
reconocerle a Habib la honradez, la sinceridad y hasta el valor de que ha hecho
gala al contarnos su juventud sin ocultar miserias ni bochornos.
El libro, que recoge los momentos más dramáticos de la juventud del
autor, está dedicado a sus hijos y su esposa, en lo que podría interpretarse
como un esfuerzo de reconciliar el pasado con el futuro.
Aunque haya ciertos intentos por disimularlo, lo cierto es que La señal de Caín es un libro, más que
testimonial, autobiográfico. El lector no percibe ninguna distancia entre el
autor y el protagonista y aunque aparezca la advertencia de que “Todos los
personajes y situaciones son fruto de la fantasía” lo cierto es que cualquier
persona medianamente enterada de la vida cultural josefina en las pasadas
décadas, puede reconocer los personajes y hasta recordar las situaciones.
El autor menciona algunos nombres propios bastante conocidos como Mario
Parra, Zulay Soto o Ana Istarú y a las figuras del mundillo cultural josefino
que trató de ocultar bajo otro nombre, le hizo un retrato tan evidente que su
rostro se asoma tras el disfraz.
La
señal de Caín es la historia de un joven desafortunado y confundido
que, en los setenta, quiso ser escritor y acabó integrando con compañeros de
generación el grupo Sin nombre. En
ese grupo experimentó diversas formas de escape, entró
en contacto con distintas manifestaciones estéticas y llegó a desarrollar una
enfermiza relación de dependencia con el líder. En medio de la confusión típica
del joven que no sabe exactamente qué quiere hacer con su vida, el protagonista
llega a familiarizarse con los grandes escritores por medio de lecturas
afrontadas en desorden y asimiladas al
compás de los golpes de la vida diaria.
Uno llega a preguntarse si la confusión del
protagonista refleja de alguna forma la confusión de aquella generación de
escritores costarricenses de los setenta, dispuestos a generar una ruptura y
crear algo nuevo, pero sin saber exactamente con qué querían romper y qué era exactamente
lo que querían crear.
Fue una juventud intensa y transgresora. Pero
la juventud es un defecto que se corrige solo. Queramos o no, con los años
viene la calma y, con la calma, también inevitablemente, viene la tentación de
echar un vistazo hacia el camino recorrido para evaluar, ya con la distancia
que da el tiempo, las propias actuaciones. El protagonista, entonces, al
observar su pasado de joven alocado, es capaz de ver su propia confusión. “Me
he sentido como un peón perdido en el tablero que no sabe cuál es la estrategia
del ajedrecista” confiesa al inicio del libro. Más tarde, ya casi al final,
llega a calificarse como una “torpe marioneta que se ha dejado manipular por
las circunstancias”.
En esa crisis de la edad madura, el protagonista observa las locuras de
una juventud inquieta. No se arrepiente. Las experiencias fueron todas
valiosas. Pero no deja de sentir remordimientos al ver que el tiempo que anduvo
torrenteando, pudo haberlo dedicado a juntar un patrimonio que le brindara
seguridad y un mejor futuro. Aquel que quería ser artista, desea ahora la vida
de un burgués acomodado. En la juventud buscó la intensidad, pero en la madurez
ansía la estabilidad. Ya con sus años encima y sin una profesión o un capital
que le cubra sus necesidades, al protagonista lo angustia una gran
incertidumbre ante la vejez que ya ve cercana. Sobre este asunto, el libro
llega a ser repetitivo al declarar que un trabajo estable y un cheque fijo a
fin de mes son ahora el máximo anhelo de su vida.
El protagonista calcula que ya la mitad de su vida se le ha ido. O, uno
nunca sabe, tal vez más de la mitad. Se
sume entonces en una sensación de desperdicio, de culpa por haber
desaprovechado el tiempo y por no haber ordenado su vida más tempranamente.
“¿Por qué me suceden estas cosas a mí?” Se
pregunta “¿Por qué no puedo llevar una
vida apacible y exitosa como todo el mundo?”
![]() |
Habib Succar, retratado por Faustino Desinach. |
En la señal de Caín aparecen pocas imágenes, pocas historias, pero
muchas explicaciones y justificaciones. Es un relato crudo, doloroso y en
ocasiones desesperado. Es un libro intenso y desordenado, como intensa y
desordenada suelen ser la confesión de remordimientos guardados por mucho
tiempo.
El personaje bíblico de Caín representa la culpa que no se puede dejar
atrás, ya que está marcada en el cuerpo.
En todas partes se siente el discurso del pecador arrepentido buscando
redimirse confesando su vida. La culpa tiene gran presencia en el relato. Los
argumentos, por otra parte, son simples y alegóricos. Se trata de sacar a la
luz del día los fantasmas que habitan muy adentro. “Creo que requiero de un
exorcismo para echar afuera mis fantasmas”.
El libro está lleno de confusión, es desordenado y hasta incoherente,
pero así son los desahogos, así es la catarsis, porque para el protagonista,
como aparece en la última página del libro, la literatura es eso: catarsis.
INSC: 1114
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