lunes, 6 de octubre de 2014

Ernesto Cardenal en Cuba.


En Cuba. Ernesto Cardenal.
Círculo de lectores. Bogotá, 1979.
En 1970, invitado por Casa de las Américas, el sacerdote y poeta nicaragüense Ernesto Cardenal realizó una larga visita a Cuba. Las impresiones, recuerdos, sorpresas y encuentros de ese viaje, las publicó luego en un libro bastante ameno y revelador al mismo tiempo titulado, simplemente, En Cuba.
Es un libro valioso aunque, me parece, poco conocido. Al menos son pocas las referencias disponibles sobre él. La obra incluye interesantes entrevistas a Fidel Castro, José Lezama Lima y la madre de Camilo Cienfuegos, así como anécdotas de los encuentros del autor con Cintio Vitier, Fernández Retamar y otros poetas.
En el momento de la visita, Cardenal ya era un poeta reconocido y, por entonces, todavía era un sacerdote activo. Quizá por esa doble condición, durante su visita quiso ante todo observar de cerca la situación de la práctica religiosa y de la producción poética de la isla tras apenas once años del triunfo de la revolución. Su mirada curiosa y atenta hasta en los más mínimos detalles, le permitió descubrir, y anotar, valiosas revelaciones.
En el momento de su visita, ya el entusiasmo inicial por el nuevo régimen había pasado, tanto dentro como fuera de Cuba. El sonado caso de Heberto Padilla, dos años antes, había motivado a muchos escritores e intelectuales de diversos países a retirar el apoyo que habían brindado a la revolución en sus primeros años. Dentro de la isla, ya para entonces el comercio estaba desabastecido, apenas se podía mal comer con lo que daban por medio de la libreta de racionamiento y la ciudad de La Habana empezaba a deteriorarse. El control y la represión alcanzaba hasta los niveles más íntimos. Se encarcelaba a los homosexuales, se arrestaba (para raparlos) a los varones que llevaran el cabello largo, se perseguía quienes usaran pantalones estrechos porque el régimen promovía el uso de pantalones anchos y se prohibía la difusión de la música jazz por considerarla contrarrevolucionaria. En Nicaragua, el país de Cardenal, también se vivía por entonces bajo una dictadura, pero ninguno de los Somoza persiguió nunca ni preferencias sexuales, ni géneros musicales, ni determinados estilos de ropa o cortes de cabello. Cardenal da cuenta de estas y otras arbitrariedades del régimen cubano. Sin embargo, por su particular manera de comprender el cristianismo, el cura trapense de Solentiname también aplaude ciertos logros que considera un triunfo de la solidaridad sobre el egoísmo.
Lo más valioso de estas crónicas de Cardenal en Cuba es su balance. Escucha a los propagandistas del régimen y reproduce en sus apuntes los argumentos que le expusieron. Escucha también a quienes critican al régimen y también reproduce en sus apuntes lo dicho, aunque, en este último caso, por petición y seguridad de quienes confiaron en él, omite mencionar sus nombres. Cardenal, como cronista y como poeta, tiene una exquisita habilidad de insinuar sutilmente lo que desea mostrar con claridad. En las comidas del Hotel Nacional, donde se aloja con otros invitados de Casa de las Américas, degusta langosta acompañada de vinos franceses. Si visita a un poeta, ya sea Lezama Lima o Fernández Retamar, se queda sin comer porque incluso en las casas de tan distinguidos literatos, los alimentos son pobres, escasos y tan limitados que no permiten convidar a quien llega sin aviso previo. 
Cardenal apoya el comunismo, porque lo considera inspirado en el Evangelio. Al mismo tiempo, Cardenal cree en Dios y lleva el cabello largo, algo que un régimen policiaco y represivo no le permite a sus súbditos.
En Cuba es un libro escrito, con total honestidad, por un observador capaz de prestar atención balanceada, tanto a los logros como a los errores de ese extraño experimento social que fue convertir todo un país en el laboratorio de un solo hombre. Cardenal observa, anota y consigna todo lo visto u oído pero, en vez de juzgar, intenta comprender. No se parcializa y, por ello, ni oculta ni destaca una posición sobre otra. Sin apasionamiento y sin fanatismo, relata los hechos y las conversaciones. Tanto a los enemigos fanáticos de la dictadura cubana, como a sus defensores más intransigentes, este libro les parecerá injusto e inclinado hacia el bando contrario. Quizá por ello es que, pese a su gran valor como documento histórico, haya sido comentado poco en los más de cuarenta años que han transcurrido desde su publicación.
En cada capítulo, Cardenal incluye poemas, tanto suyos como de otros autores, que demuestran, una vez más, que la poesía puede alcanzar, en pocas palabras, cimas de concisión y profundidad a las que la prosa no llega nunca.
Un dato curioso: la edición que tengo, publicada por Círculo de Lectores, de Bogotá, tiene una extraña leyenda: "Queda prohibida su venta a toda persona que no pertenezca a Círculo". Yo, por supuesto, soy un propietario y lector clandestino de este libro.
Los poetas Ernesto Cardenal y Nicolás Guillén.




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