miércoles, 29 de octubre de 2014

Vamos para Panamá.

Vamos para Panamá. Rodolfo Arias,
Perro Azul, Costa Rica, 2000.
A este libro no lo recuerdo como una lectura, sino como una experiencia. Cuando pienso en él, no recuerdo las palabras, sino los hechos. Mi memoria me traiciona a tal punto que me parece haber vivido lo que leí. En mis recuerdos, yo estuve allí, a la orilla de la carretera en el Cerro de la Muerte esperando en medio de la nada a que el motor del Land Rover finalmente arrancara. Pasé la noche en el hotel de Gunter y no pude evitar que se me saliera una lágrima cuando apareció el niño perdido. A todos los personajes del libro los recuerdo como si los hubiera conocido.
Aunque en Vamos para Panamá suceden ciertos acontecimientos que rayan en lo extraordinario y uno de ellos es verdaderamente poco común, el grueso de la novela se ocupa de hechos cotidianos. La mujer que observa el ruedo descosido de una colcha. El hombre que usando el abdomen de su esposa como almohada se pone a fantasear sobre todas las maneras posibles de hacer plata. El muchachito curioso que se pasa la tarde mirando las hojas de una enciclopedia o viaja con su dedo por las páginas de un atlas. Dos niñas, ya entradas en la adolescencia con sus propios conflictos y preocupaciones. Todos ellos conforman una familia de clase media baja que alquila una casa incómoda que desde hace años pide a gritos una manita de pintura.
Un buen día, el padre logra cerrar un buen negocio y, con el dinero que se gana, decide llevarse a toda la familia de paseo a Panamá. Miguel es así, un hombre que aunque no puede mantener al día las cuentas de la electricidad y al que con frecuencia le cortan el teléfono, en cuanto le cae alguna platilla se lleva a los niños al Parque de Diversiones y a la esposa a cenar en un restaurante carísimo.
A bordo de un viejo Land Rover con la canasta cargada de maletines, muy de madrugada, salieron para Panamá y, en vez de tomar por la costanera, se enrumban hacia Cartago, ya que Miguel sostiene que un viaje a Panamá no es lo mismo si no se pasa por la cima del mundo, el Cerro de la Muerte.
Ya en el cerro, exactamente en el medio de la nada, al vehículo se le rompe un eje y se quedan tirados a la orilla de la carretera.
Toda la ilusión de ir a Panamá, ver el canal, comprar ropa, una cámara de video, barbies y tenis con luces, se vio truncada. Pero el viaje no podía suspenderse y Miguel bajó en un camión hasta Cartago, de donde regresó con Perica, un mecánico dispuesto a arreglar el chunche.
A partir de ese pequeño drama, que después se convierte en uno mayor, Rodolfo Arias logra un magnífico retrato de cada uno de los personajes. Además de los miembros de la familia y el mecánico, hay otros personajes memorables: don Nosé, un viejillo rústico y sordo que tiene su rancho en el monte, Yobani, un pachucazo alcohólico que se ofreció a ayudar y Gunter, el alemán dueño del hotel en que acabaron refugiándose.
¿Qué se puede hacer, a la orilla de la carretera, mientras se espera que arreglen el automóvil? Solamente pensar y nada más que pensar. La novela no tiene un narrador, sino que está construida con los pensamientos de todos los personajes. El lector entra entonces en la mente del mecánico que cuando está tirado bajo el Land Rover batallando con una tuerca que no se afloja, en la de la señora sentada sobre una piedra que mira su sombra proyectándose sobre el pavimento y en la de la muchachita que recuerda, mientras mira los matorrales a la orilla del camino, a su noviecito del colegio.
Primera edición de Vamos para Panamá
de Rodolfo Arias. Editores Alambique,
1997. Fueron solo 500 ejemplares
encuadernados en papel de banano.
Lo que más asombra de este concierto a varias voces, es la maravillosa habilidad del autor al reproducir, no solo el lenguaje sino la mentalidad y el punto de vista de cada uno de los personajes. Sin necesidad de ninguna advertencia, el lector tiene claro, en cada párrafo, cuándo las palabras vienen de la mente del padre, del viejo, del mecánico, del niño, de alguna de las muchachitas o de la señora. El tema de las reflexiones, la perspectiva al enfrentarlo y el lenguaje utilizado al desarrollarlo, no dejan lugar a dudas acerca de en la mente de quién estamos dentro. Los personajes, conocidos desde lo más hondo de su interior, acaban haciéndose visibles y toman al lector de la mano para que se entere de mucho más de lo que ocurre. 
Hay quienes piensan que para escribir una gran novela se necesita un gran drama. Ciertamente, un automóvil descompuesto en la carretera no es un drama con mayúscula. Un niño perdido por una noche, tampoco. Pero Vamos para Panamá, sin lugar a dudas, es una gran novela y, más que eso, su lectura es una experiencia hermosa.
A fin de cuentas, el percance en el Cerro de la Muerte, sirvió para que todos los miembros de la familia descubrieran muchas cosas respecto a sí mismos y se percataran de lo mucho que se amaban entre sí. En un arranque de entusiasmo, Miguel abraza y alza a su hijo y, al notar lo pesado que está, descubre que desde hacía mucho tiempo no lo alzaba.
Vamos para Panamá, además de una novela impecablemente construida, es un libro bello por los cuatro costados y una experiencia que vale la pena vivir y repasar.

INSC: 1192

1 comentario:

  1. Miguel es el paradigma del buen español: no tiene pasta pero se lleva a sus hijos de vacaciones. Me gusta

    Y sí: sé que no es español.

    ResponderEliminar

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...