domingo, 21 de septiembre de 2014

El autógrafo.

El Jardín de los locos. Alfredo Oreamuno.
Albur, Costa Rica, 1976.
Lo más parecido a best sellers que ha habido en Costa Rica, han sido los libros de Alfredo Oreamuno, mejor conocido, por su gran parecido físico con el cantante, como Sinatra. Sinatra era un joven emprendedor con grandes deseos de surgir. Sin haber terminado el bachillerato, viajó buscando fortuna por varios países de América del Sur. De regreso en Costa Rica, hizo buen dinero trabajando como vendedor para diversas agencias de viajes pero, cuando ya gozaba de ingresos estables y abundantes y una posición social con contactos en prácticamente todas las altas esferas, la adicción por el alcohol no solo lo hizo perder todo lo que había logrado, sino que lo llevó al extremo de vivir en las calles como un indigente.
Una vez recuperado del alcoholismo, al tiempo que rehacía su vida, escribió Un harapo en el camino,  recuerdo y testimonio de sus experiencias más amargas. El propio autor costeó la impresión de tres mil ejemplares en julio de 1970. Al mes siguiente, agosto, imprimió otros tres mil. En septiembre, cinco mil y, en diciembre, diez mil. Al cumplirse el primer aniversario de su aparición, ya habían sido impresos cincuenta y seis mil ejemplares  del libro. Un harapo en el camino continuó reimprimiéndose y Sinatra continuó escribiendo. Publicó varios libros de cuentos y un par de novelas cortas.
El primer libro que leí de él fue El jardín de los locos. Recuerdo que entré con mi madre a la Botica Aranjuez a comprar un medicamento, mi madre vio el libro en la vitrina y lo compró. Aún lo conservo. Costó un colón. En aquellos tiempos, el pasaje del autobús costaba cuarenta céntimos, de manera que el precio del libro equivalía a poco más de un viaje en autobús ida y vuelta a San José. Bastante barato. Los libros de Sinatra se exhibían al lado de las novelitas del viejo oeste que publicaba Bruguera, de las novelas rosa de Corín Tellado y de las historietas de Supermán, Mickey Mouse o Kalimán. Se conseguían en farmacias, pulperías y bazares y, gracias a la intensa actividad de Sinatra, que además de su propio editor era su propio vendedor, sus libros estuvieron disponibles en todo el país.
En mi biblioteca tengo, además de los ya dichos (Un harapo en el camino y El jardín de los locos), otros tres títulos: Noches sin nombre, Terciopelo y Las hijas de la Carraca. Nunca he logrado conseguir Mamá Filiponda ni El callejón de los perdidos, los dos libros que me faltan para completar las obras que publicó. En cada uno de sus libros, Sinatra anunciaba los títulos que tenía en preparación. Me pregunto si llegó a escribirlos o si solo tenía la idea en su mente y, tal vez uno que otro apunte.
¿Por qué fueron tan bien recibidos por parte del público los libros de Sinatra? Podrían lanzarse al aire varias respuestas. Su estilo es claro, limpio, comprensible y ameno.  El bajo mundo josefino (burdeles, cantinas de mala muerte, nidos de ladrones, pervertidos y drogadictos) era algo sobre lo que se hablaba en voz baja, pero sobre lo que no se escribía ni leía. La curiosidad morbosa tuvo mucho que ver con el éxito de ventas de Sinatra. En tiempos en que las notas de sucesos de los periódicos no solían ser generosas en detalles, los libros de Sinatra permitieron a los josefinos asomarse a un mundo que conocían solo por rumores escuetos e inexactos. Sinatra fue parte de ese mundo, sabía de lo que hablaba y lo describía crudamente, sin el más mínimo pudor. Aunque tuvieran el aspecto de libros de cuentos o novelas, los contemporáneos tenían claro que todos los sitios eran ubicables y todos los personajes reconocibles. Todos los nombres de las pulperías y los apodos de los maleantes, ladrones y topadores que se mencionan en el cuento La Hazaña (incluido en el Jardín de los locos), son reales y los mencionados personajes se encontraban en plena actividad delictiva al momento de la publicación del libro.  Por otra parte, Sinatra era un redimido, un hombre que tras tocar fondo logró recuperarse, lo que hacía de él un personaje simpático y admirable. Sus libros, además, eran, como se decía en tiempos de Cervantes, ejemplares, daban un mensaje positivo y una enseñanza moral.
Sin embargo, pese a la gran popularidad que tuvo su obra, una vez muerto el autor sus libros dejaron de publicarse, leerse y comentarse.  A pesar de los tirajes masivos, sus obras se volvieron dificilísimas de conseguir, incluso en las compra y ventas más surtidas. Sinatra, como tantos otros autores, había caído en el olvido.
En septiembre del 2004, Evelyn Ugalde me pidió un favor que me sorprendió. Quería que yo diera una breve conferencia sobre los libros de Sinatra, que sirviera para iniciar una tertulia sobre su obra. Acepté con gusto, repasé sus libros y llegué al lugar de la cita con unas notas escritas en dos tarjetas de cartulina.
El sitio, un café anexo a un hotel, estaba repleto. Me acomodé en la mesa de la tribuna y, mientras Evelyn me presentaba, noté un detalle que me pareció simpático. En mi mesa, además de mis notas, solamente estaba el clásico vaso de agua que se pone a disposición del expositor. Las mesas del público, tenían algo mejor que agua: vasos de cerveza, copas de vino o tazas de café.  Tal vez por haber estado reflexionando sobre el alcoholismo, un pensamiento cruzó mi mente. Supuse que quizá, quienes bebían café eran alcohólicos. Esa suposición fue sucedida, de inmediato, por otra. “Aquí deben estar presentes amigos y familiares de Sinatra”. La tertulia había sido anunciada en los periódicos, el café estaba lleno a reventar. Habían pasado casi treinta años de la publicación del último libro de Sinatra, quien ya no era un escritor reconocido. Llegué a la conclusión de que todos los que asistieron a aquella cita, lo conocieron en persona. Todos menos yo. Me entró entonces el pánico escénico. ¿Qué podía decir yo que el público no supiera?
Callado y serio, miraba los rostros de todos los presentes. Ellos también me miraban fijamente. Ellos también, callados y serios. El silencio era total y el tiempo pasaba sin un solo sonido, ni una palabra, ni un parpadeo. Evelyn, cuya presentación había concluido hacía rato, me tocó el brazo y, delicadamente, me dijo: “Adelante. Cuando guste.”
Yo tomé las notas, que definitivamente no iba a usar, las introduje en el bolsillo de mi chaqueta y empecé: “A diferencia de, supongo, la mayoría de ustedes, yo nunca tuve la oportunidad de tener al frente la mirada de Alfredo Oreamuno ni de escuchar su voz.  No conozco de él nada más que sus libros”.
Me puse entonces a dar un resumen, acompañado de comentarios, de cada libro. Poco a poco me fui tranquilizando. El público me escuchaba atento, aunque sin dar mayores muestras de aprobación. Ninguna cabeza asentía. Ninguna de mis afirmaciones hacía que nadie cambiara de posición o que dirigiera una mirada al vecino.  Una muchacha sentada al fondo, me observaba fijamente. Me dio la impresión de que estaba sopesando, midiendo y analizando el alcance de cada una de mis palabras.  A pesar de su silencio e inmovilidad, consideré que el público era amistoso y receptivo.  Sin embargo, fui breve.
Un harapo en el camino. Alfredo Oreamuno.
Lehmann, Costa Rica, 1971.
“Ya dije lo que tenía decir” –concluí– “y los invito a empezar la tertulia”.  No fue necesario insistir. Varios señores mayores hablaron. Eran, de hecho, amigos cercanos de Sinatra. El apodo, curiosamente, no fue usado por ninguno de ellos, quienes siempre se refirieron al autor por su nombre: Alfredo. Nadie, excepto yo, se refirió a los libros. Nadie discutió ni comentó mi exposición. Aquello no era una tertulia literaria, sino un homenaje, un tributo sentimental y nostálgico a un amigo que, a pesar de los años de ausencia, todavía se echa de menos.  La muchacha del fondo no intervino, pero escuchó atenta a todos los que hicieron uso de la palabra.  Cuando ya nadie más quiso hablar, se levantó la sesión. Me cambiaron el vaso de agua por una copa de vino tinto y me sirvieron una enorme empanada argentina. En todas las mesas se comía. Tras dos horas en que solamente hablaba uno a la vez, mientras todos los demás escuchaban, el salón acabó invadido por un alegre murmullo formado por muchísimas voces que participaban en conversaciones diversas.
Cuando me levanté de la mesa, la muchacha del fondo se me acercó con la mano extendida. “Mucho gusto de conocerlo” –se presentó–  soy Laura Marcela, la hija de Alfredo Oreamuno”.
“Lo supuse.” Estuve tentado a responderle, pero no me atreví. Conversamos solamente un par de minutos y, al despedirme, le pedí el favor de que me autografiara mi ejemplar de Un harapo en el camino, que andaba conmigo.   Muy gentilmente, aceptó.
“Tengo varios libros autografiados por el autor”, le comenté mientras se lo alcanzaba, “pero este es el primer libro que voy a tener autografiado por uno de los personajes”.  Le pedí que no lo firmara al frente, sino atrás, en el puro final, en el pequeño espacio en blanco que quedaba en la parte baja de la última página.

Cuando leyó la última línea del libro, Laura Marcela comprendió por qué yo quería su firma allí. Después de contar una larga secuencia de escenas grotescas, degradantes, vergonzosas y asquerosas, después de repasar humillaciones y atropellos, de confesar los extremos a los que lo llevó el alcoholismo, después de  relatar el momento en que tocó fondo y lo duro que fue el proceso de recuperación, Alfredo Oreamuno termina su duro testimonio diciendo: “Luego vinieron mis hijos, Leslie y Laura Marcela, que son la verdadera razón de mi vida”.

INSC: 43/500/501/502/1968

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...