jueves, 25 de septiembre de 2014

Un ídolo con pies de barro.

Yo soy el Diego. Diego Armando Maradona.
Planeta. 2001.
La palabra ídolo se usa tan indiscriminadamente que con frencuencia se vacía de significado. Nunca falta quien califique de ídolo a un figura de temporada que acaba siendo olvidada a la vuelta de un par de años. El verdadero ídolo es el que es capaz de generar una idolatría, el que sin buscarlo ni pretenderlo logra que sus seguidores conviertan su admiración en culto, su fanatismo en religión.
Diego Armando Maradona fue, por bastante tiempo, un ídolo, no solo en Argentina, sino en el mundo entero. Sus caídas y errores fueron duramente señalados por la prensa mundial precisamente por lo alto del pedestal al que ella misma lo había elevado. Que un jugador salga positivo en la prueba de doping es algo que, aunque suceda en una copa mundial, podría anunciarse sin mayor escándalo. Que una persona retirada pierda la batalla contra el sobrepeso ni siquiera es noticia. Que alguien tenga problemas de adicción a las drogas es un asunto personal y privado. Pero en el caso de Maradona era diferente. Tener debilidades y problemas es algo que se le tolera a las personas comunes y silvestres, no a los dioses, semidioses o titanes de la mitología.
Que una persona de carne y hueso como cualquier otra, con temores, defectos y virtudes como cualquier otra sepa que una multitud lo mira elevado en un altar, es una carga abrumadora. Maradona declaró repetidas veces que él era un jugador de futbol, no un ídolo ni un modelo para nadie. El mensaje no fue escuchado y fue necesario un desplome estrepitoso para que la fanaticada pudiera ver finalmente a Diego en su dimensión real: un hombre no muy inteligente, casi sin educación, con serios problemas de salud, cuya vida ha atravesado verdaderos malos momentos. Los idólatras de Maradona tuvieron que abrir los ojos. Todo ídolo es imaginario y no se puede evitar una decepción al confrontar su imagen idealizada con la triste realidad.
El mundo conoció a Maradona, el jugador de futbol. Sin embargo, pese a los cientos (quizá miles) de entrevistas y reportajes, Maradona el ser humano permanecía oculto. En el año 2000, en La Habana, ante los periodistas deportivos Ernesto Cherquis y Daniel Arcucci, Maradona habló sobre sí mismo. "A veces pienso que toda mi vida está en las revistas", les dijo, "pero no es así. Hay cosas que están solo dentro de mi corazón y nadie las sabe."
El fruto de esas entrevistas fue recogido en un libro, publicado por Planeta, titulado Yo soy el Diego, una obra importante para conocer a alguien que, pese a ser famoso en todo el mundo, nadie tenía claro quién era.
No soy aficionado al futbol. Nunca he pateado un balón y ni siquiera he visto  un partido completo en mi vida. Mi buen amigo, el poeta Joan Bernal, sí es muy futbolero y un buen día me dijo: "A vos no te gusta el futbol, pero sí te gustan los libros de memorias. Este tenés que leerlo".
Maradona no escribió el libro, sino que se lo contó a los periodistas. Tal vez por esa circunstancia, el encanto principal de esta obra es su tono íntimo, que hace que las páginas pasen y pasen como pasan las horas cuando uno tiene al frente a alguien que está abriendo su corazón. Al frente está un Maradona honesto, tranquilo, que ni presume de los logros ni se disculpa por los errores. Toda su vida la relata con serenidad. Se refiere, inevitablemente, a sus malos momentos y a los tragos amargos que le ha tocado sufrir, pero el repaso es apacible, con los sentimientos ya enfriados. "Nunca le perdonaré a Menotti el no haberme incluido en la selección de Argentina 78. Nunca se lo perdonaré, nunca. Pero no lo odio al Flaco. Eso no. Odiar es muy distinto de no perdonar, al menos para mí".
Maradona nació en el Fiorito, un barrio tan pobre que, en sus propias palabras, "si se podía comer, se comía y si no, no." Su casa tenía tres aposentos. Uno era la sala, comedor, cocina (todo junto), el otro era el cuarto de los papás y el tercero, de dos por dos metros, el dormitorio de los ocho hermanos. No tenían baño y el agua para cocinar y para asearse había que traerla en baldes de un tubo que estaba un tanto lejos. La única recreación para los muchachos (los pibes, dice él), era jugar futbol todo el día. El paso de la cancha sin pasto del Fiorito a la selección argentina y, de allí, al estrellato mundial fue rapidísimo. Empezó en la novena división. Al año siguiente, la octava y, casi inmediatamente, pasó a la sétima. En sétima jugó dos partidos y pasó a la quinta. Cuatro partidos ahí y pasó a tercera. Dos partidos más y llegó a la primera división. Tres meses después de haber debutado en primera, integró la selección argentina. El resto es historia conocida.
Cuando debutó en primera, Maradona era tan pobre que solamente tenía un pantalón de corduroy y al enterarse del dinero que iba a ganar, en lo primero que pensó fue en comprarse más pantalones. El dinero alcanzó para más que pantalones. Compró automóvil y se llevó a toda la familia a vivir en un condominio espacioso con cuarto privado para cada uno. Logró cumplir, además, dos sueños: pedirle a su padre, que era obrero de fábrica, que no trabajara más y llevar a toda la familia a conocer el mar. 
A pesar de lo duro de las condiciones en que pasó su infancia y juventud, el recuerdo de aquellas épocas tiene más añoranzas y menos reclamos que el de los años de gloria.
Este libro revela a un hombre sencillo, inocentón, espontáneo hasta el límite de lo rústico que, por su talento natural, acabó en la cúspide sin abandonar nunca su simpleza y que, viejo, pasado de peso y con una dolencia cardiaca, añora la época en que pasaba todo el día jugando en una cancha sin pasto.
No se refiere a sus escándalos porque, según él, no ha defraudado a nadie ni tiene que darle explicaciones a personas que no conoce. "No soy ni quiero ser un ejemplo. En todo caso, para mis hijas sí. A ellas me debo. Solo ellas tienen derecho a juzgarme."


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