domingo, 7 de septiembre de 2014

Café que pele.

Arbol criollo. Otto Jiménez Quirós. (En la portada
aparece "Ocho-ji-kiros"). Editorial Irazú, 1964.
Esta edición se conoce como "La recogida" porque
fue retirada de las librerías.
Otto Jiménez Quirós (1918-1989) nació en el seno de una familia adinerada y prestigiosa que, como tenía varios personajes históricos en su árbol genealógico, presumía de formar parte de la aristocracia tica. Don Otto, por otra parte, tenía un agudo sentido del humor, era capaz de tomarse la vida en broma y, además, tenía gracia para escribir y para dibujar.
Aprovechando su familia, su temperamento y sus talentos, en 1964 publicó el libro Árbol criollo, en el que retrató las facetas más cómicas y absurdas de sus parientes,  incluyendo a su abuelo el general, don Justo Quirós;  a su primo el arzobispo, Monseñor Carlos Humberto Rodríguez Quirós;  y a su otro primo que llegaría a ser Presidente de la República, Daniel Oduber Quirós. El libro es  una lectura sabrosa, divertida e inocente, pero causó escándalo en su época, ya que sus parientes se tomaban muy en serio su genealogía, rango y abolengo. Que uno de los suyos se burlara de prácticamente todo el linaje y que, además, hiciera públicos secretos familiares guardados bajo llave, no fue de su agrado. De hecho, la primera edición de Árbol criollo, fue recogida de las librerías. Esa edición, hoy conocida precisamente como "la recogida", se ha convertido en pieza de coleccionistas. Pero como en Tiquicia no hay escándalo que dure tres días, en 1985 el libro fue reeditado por la Editorial Costa Rica.
El Arzobispo Carlos Humberto Rodríguez Quirós
y el Presidente de la República Daniel Oduber
Quirós, fueron caricaturizados por su primo
Otto Jiménez Quirós.
Inevitablemente, el público que leyó Árbol criollo recién salido de la imprenta, hace más de cincuenta años, se acercó a él con curiosidad morbosa en busca de material de primera mano para chismorrear sobre esa numerosa tropa de gente bien conocida como “toda la quirosada”. El autor confiesa: “He buscado entre mis amigos y parientes cultos un presentador para este libro, pero, aunque se hayan divertido de lo lindo leyendo el texto, todos sistemáticamente se han rehusado a hacerlo”. Cuenta también que le dio el manuscrito a alguien para que se lo corrigiera, pero las correcciones fueron tantas que, de autor, acabó convertido en lector.
Costa Rica se quedó con la boca abierta al enterarse que a la abuelita del arzobispo y del futuro presidente, la habían casado a la fuerza con su tío al que nunca quiso, mientras que al verdadero amor de su vida lo tenían sujeto a un cepo llevando sol en el patio del cuartel. O que en esa distinguida familia hubiera un miembro tan borracho que, cuando hizo un buen negocio y se ganó una enorme cantidad de dinero, como él mismo sabía que inevitablemente iba a acabar bebiéndosela, optó por comprar una cantina para encerrarse en ella hasta dejarla seca.
En todo caso, el escándalo ya pasó. Para un lector actual, los personajes ya no son identificables o, al menos, pertenecen ya a un pasado cada vez más remoto. Hechos a un lado el chisme y el escándalo, en Árbol criollo descubrimos hoy una novela audaz, atípica, vanguardista si se quiere, que con desenfado rompe cualquier convencionalismo. Una novela escrita con prosa fluida,  de ritmo alegre y de tono sonriente y desenfadado. Tiene el mérito, además, de venir ilustrada con dibujos del propio autor. 
Arbol Criollo. Otto Jiménez Quirós.
Editorial Costa Rica, 1985.
También, ironías que depara el tiempo, para cualquier lector actual es evidente que la novela, más que una afrenta, es un tributo a una familia que, por mantener su imagen respetable, se negaba a reconocer lo divertida y simpática que era. La caricatura, no siempre es una burla. Puede tener su origen incluso en la admiración. Habría sido una lástima que todas esas sabrosas historias hubieran quedado solamente reservadas a los parientes quienes, con tal no repetirlas, las habrían dejado desaparecer para siempre.
Paía, el tío del autor que es el personaje sobre cuyos flacos hombros se sostiene medio libro, es sencillamente encantador. Flaco, solitario, hipocondriaco y paranoico, pasa por la vida lleno de fobias, ideas y creencias extrañas. Creía que lo que hacía daño a la salud no era el tabaco, sino el fósforo y, por ello, cuando prendía sus cigarros lo hacía manteniendo el fósforo alejado. Todas las mañanas, a las seis en punto (siempre puntual aunque amaneciera lloviendo), llegaba a la casa del autor a pedir una taza de café caliente, que nunca estaba tan caliente como él quería. Cuando la empleada le traía el café, venía quemándose los dedos con el jarro. Pero Paía, después de beberlo de un solo trago, decía: “Está frío”. A las nueve de la mañana regresaba por la segunda taza del café del día. Sus instrucciones eran claras: “Dame un café que pele.” La empleada se lo traía hirviendo y Paía, después de tomárselo decía desilusionado: “Más helado que el de la mañana.” Al mediodía, después del almuerzo, contaba la historia del terremoto de Cartago, todos los días la misma historia, que solamente la escuchaban atentos aquellos que la oían por primera vez, que eran cada vez menos. Como era hipocondriaco, su tema de conversación favorito eran las enfermedades. “¿Cómo están los chiquitos? ¿Están enfermos?” Y al escuchar que no, que estaban bien, insistía: “¿No están ni siquiera resfriados?” Y cuando le confirmaban que estaban totalmente sanos, Paía daba por terminada la charla.
Aunque es comprensible el enojo de los parientes por las indiscreciones de don Otto, también es comprensible la valentía del autor al publicar su libro. Quien tuviera esa clase de tío, esa clase de abuelos y esa clase de primos, si además tuviera la capacidad de escribir, no podría aguantarse las ganas de inmortalizarlos en una obra literaria.

INSC: 2620
INSC: 2621

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